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Baby Driver

Por Lucía Salas

Baby Driver va muy rápido y lo único que la alcanza es su protagonista. Un poco de trampa: como él es quien elige la música en una película que casi no tiene silencio (unas 29 canciones a un promedio de 210 segundos por canción le corresponden unos 101,5 minutos de película contra los 113 que dura), es el que le pone el ritmo. Los ladrones de banco que trabajan con él saben que tienen media canción para volver al auto y otra mitad para escaparse. Es una cuestión de sincronía: el que no baila con Baby que se busque otro trabajo.

El secreto que tiene la película para hacer que Baby sea el dueño absoluto de ritmo y estilo es sembrar la duda constante acerca de si es que él sabe bailar sobre lo que encuentre (no solo en sonido sino en espacio: el ancho de una calle, las cosas plantadas en la vereda y algunos ocasionales peatones) o es que el mundo está hecho a medida de sus ocurrencias motrices. Esto último es la definición de lo cool: no saber si la frescura viene de adentro hacia fuera, de afuera hacia adentro o un poco y un poco. Camina sereno esquivando balas como si supiera de antemano el trayecto y a la vez se mueve como hay que moverse para no encontrarlas.

Su estado de las cosas es bastante fijo y chico: una colección de iPods para usar según la ocasión, una (literalmente) infinita colección de lentes de sol, un par de cicatrices y swing. Por el lado de los humanos, Baby es como su tocaya de los años ’30, Baby Face. Tiene un solo pseudofamiliar, un tío sordo con el cual comparte un coreográfico lenguaje de señas y un jefe que es el primer obstáculo para lograr que ese universo cool no se derrita: una de esas deudas infinitas con el pasado, que nunca termina de saldarse, hace que sea claro desde siempre que toda esa belleza y euforia se van a terminar disipando a los tiros.

Como la música es un arte temporal, nada que dure más de una canción mantiene el mismo estado. De hecho, hay algo que se instala en cinco canciones para luego desarmarse en las siguientes 24: ese mundo que existe en la película entre que roban el primer banco, Baby va caminando a comprar un café en pleno solo de baile, graba un tema con sintetizadores, grabaciones de casette y ruiditos, y conoce a la chica de sus sueños es demasiado fresco como para volverse un tiempo suspendido. Cada vez que el universo de Baby adquiere una nueva capa de complejidad (un personaje nuevo, un flashback o algún gesto que es el germen de un problema), todo corre más peligro de romperse. El desequilibrio más grande lo hace el momento en el que Baby Driver se vuelve una película de dos jóvenes que nunca fueron apropiadamente presentados. No hay nada mejor y más frágil que dos jóvenes enamorados.

Hay películas que tienen una relación con el tiempo histórico parecida a esos hielos de chasco con una mosca adentro. Por más que simule conservar a un ser vivo con frío, el hecho de que la mosca sea de plástico y la cubierta también hace que si lo metés adentro de un vaso no va a enfriar la bebida ni a ser un asco. En el caso de las películas, el supuesto ser vivo adentro es una idea de universo hermoso e impoluto que se supone deseable para algún tipo de persona preclasificada por alguna magia de la generalización. El hielo alrededor es una falsa capa de narración que lo que hace es simular la existencia de una temporalidad y una narración. Algo que podría haber sido Baby Driver si hubiese sido un ejercicio de atestiguar durante 113 minutos ese universo con el objetivo de crear una versión del deseo de habitar la pantalla que tenga que ver con consumirla. Pero Baby Driver es más parecida al adorno de la punta del bastón de Hammond en Jurassic Park: un mosquito que quedó encerrado en la sabia de un árbol hace muchos años. El mosquito, además, tiene adentro el ADN de una bestia gigantesca cuyo carácter de anacrónica va a terminar descontrolando todo cuando la clonen. Es un objeto hermoso que cuando se pone en movimiento tiene potencial de inmanejable. Una vez que el objeto cobra vida (una existencia material orgánica y no un simulacro de existencia), nace la velocidad. Es una película sobre cómo eso es necesario en una película: ensamblar algo y ponerlo a funcionar. El mayor obstáculo que va a tener Baby en ese universo en el que existe es que sus puntos ciegos (la violencia que hay en su forma de vida) van a empezar a empujar desde fuera del cuadro hacia adentro para aparecer y ahí ser el dueño de la música se va a volver algo de importancia vital.

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