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Twin Peaks Recap – Episodio 11: Quiero que lleguemos enteros

Twin Peaks Recap es una columna semanal de Keith Uhlich para  The Notebook  que cubre la nueva temporada de la serie de David Lynch y Mark Frost, Twin Peaks. Agradecemos a Keith Uhlich, Daniel Kasman and Kurt Walker de Mubi por permitirnos traducir este material para seguir esta tradición semanal en castellano desde Las Pistas. Aquí el link original del artículo en inglés.

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Por Keith Uhlich

Un estudio de contrastes. Esa es la mejor forma de describir la parte 11 del revivido Twin Peaks, que abre con un breve momento de condenada calma—tres chicos jugando a la pelota se cruzan con la muy golpeada aunque muy viva Miriam Sullivan (Sarah Jean Long)—y luego detalla, para la primera mitad, las muchas formas en las cuales el pueblo del título, al igual que Buckhorn, South Dakota, se están despegando. Pero así son los incidentes dramáticos en el estilo de Lynch, lo que significa que los ritmos narrativos se la pasan cambiando (violenta e impredeciblemente), como si alguien estuviera continuamente llevando el motor del auto al límite pero sin demasiado cálculo.

Hay locura a tal extremo que se emparenta con el grito desaforado que hiela la sangre de Becky Burnett después de recibir una llamada que confirma que su esposo Steven la está engañando. Agarra un arma de abajo del sillón y toma el volante del auto de su madre Shelly. Becky está tan llena de ira que por poco mata a Shelly, quien se agarra del capot del vehículo mientras su hija despega del Fat Trout Trailer Park. Mezclado entre el sonido del motor y el chirrido de las ruedas sobreexigidas aparece un sonido familiar: el agudo gemido de la Reina del Baile asesinada, Laura Palmer, un espectro emocional que ronda cada peripecia turbulenta de las vidas de las personas.

Aunque jamás un personaje está en el mismo fervoroso lugar. Becky estalla sin control descargando un cargador entero de balas en la puerta de la amante de su esposo Steven (quien termina siendo—como vemos en el borde del plano que recorre el complejo de departamentos—la Gersten Hayward de Alicia Witt, hermana de la ausente Donna Hayward). Mientras tanto, Shelly llama en pleno ataque de histeria a su jefa Norma Jennings, quien está demasiado lejos como para ayudar en algo. El administrador del Trailer Park, Carl Rodd, intenta darle un ritmo más mesurado al drama mientras llama con un hilarante silbido a su leal chofer de van para alcanzar a Shelly al RR: “¿Podemos ir un poco más rápido, Carl? Pregunta Shelly. “Quiero que lleguemos enteros” él contesta. Lynch y Frost no necesariamente desean esto para sus personajes ni para sus espectadores. La sensación acá es la de un mundo que se corrió de su eje. Incluso el despacho de policías de Twin Peaks, manejado por la siempre vigilante Maggie (Jodee Thelan), está sobrepasado por las llamadas al 911. Y cuando Lynch corta de este inicio de caos a la repentina calma de Buckhorn, Dakota del Sur, la sensación de intranquilidad está lejos de disiparse.

Gordon Cole del FBI y su séquito están siendo guiados por el muy perturbado ex director de escuela William Hastings hacia el lugar donde supuestamente pueden entrar a ese otro mundo místico—descubierto por Hastings y su amada muerta Ruth Davenport (Mary Softle, una cabeza cortada en los capítulos anteriores, un artísticamente contorsionado torso aquí)—llamado “La Zona”.  Hay un plano largo excepcional en esta sección, observando desde lejos a Cole parado con los brazos levantados, apuntando hacia algo en el cielo. Cuando la cámara se acerca a Cole, vemos lo que ve—un vórtice arremolinado que se abre entre las nubes y revela, por unos segundos, tres de los Leñadores de otro planeta parados en una escalera quemada que es sospechosamente similar a la de la casa de los Palmer. Aunque el leal subordinado Albert Rosenfield, parado a unos metros, tiene una visión diferente, viendo a Cole apareciendo y desapareciendo de la existencia, completamente claro en un momento, transparentado al siguiente (hasta que eventualmente lo trae de vuelta). El resto del grupo—una al parecer ambigua Diane Evans, la colega fiel Tammy Preston, el detective de Buckhorn Dave Mackey y Hastings—no ven nada de esto. Visto de lejos es gracioso notar como cada uno está completamente metido en lo suyo, tan consciente de la presencia de los otros como no. ¿Cómo actúa uno cuando está con alguien que claramente está pasando por una experiencia que no estás compartiendo?

¿Y la incomprensión? Miren la forma en la que Bobby Briggs reacciona a lo que pasa después de la discusión familiar en el RR. Ya ha visto a Becky—la hija de él y Shelly como confirma el episodio—rondar un sinnúmero de justificaciones extremas para validar su relación abusiva con Steven. También ha visto a Shelley, de quien está o divorciado o separado, escaparse para ir a besarse con el dealer Red (Balthazar Getty)(poco sorpresivo que Shelly se enamore de otro chico malo encantador, aunque el crédito es de Lynch, Frost, Amick y Getty a través de un lenguaje corporal idiotizado y regocijado para mostrar lo intoxicante que puede ser una relación). Así que ha sido toda una noche y es ahí cuando, por supuesto, dos disparos entran silbando por las ventanas del RR.

Todo el mundo entra en pánico. Bobby mantiene la calma y sale. Ve a una mujer (Cherity Parenzing) peleando con su esposo (Linas Phillips) en un cruce. Aparentemente el hombre dejó un arma cargada en la minivan y su hijo (Elias Parenzini) disparó contra el RR. Bobby les pide identificaciones y luego ve al chico, vestido con ropa camuflada igual que su padre, quien se para desafiante junto a la puerta del vehículo. Es fácil imaginar cómo un peor director hubiera transformado esta escena en un momento “los pecados del padre”, uno que reflejara las fallas de Bobby y Shelly como padres. Pero el ritmo aberrante de la escena, el sonido y la actuación enfatiza todo inescrutablemente en la escena. Esto no es como cualquier otra cosa. Es su propia cosa. También lo es el espectáculo que se cruza Bobby cuando intenta  callar a la mujer delirante (Laura Kenny) que no para de tocar bocina desde atrás. Primero recibe una serie de frases acerca de llegar tarde a la cena y un par más de balbuceos (¡Todavía nos quedan kilómetros!) y después ve a la hija de la mujer (Priya Niehaus) levantarse como un zombie del asiento del acompañante tirando un vómito verde, todo mientras su madre grita erráticamente. Otra señal insondable. No tiene que ver con nada más allá de la sensación inexpresable de que un elemento fundamental está faltando en Twin Peaks.

Mientras tanto en Las Vegas… la convulsionada situación que involucra al hombre de seguros Dougie Jones, mejor conocido como el Agente Especial del FBI Dale Cooper, llega a un punto impresionante. Lynch y Frost arman otro flash informativo cómico cuando el jefe de Dougie/Cooper, Bushnell Mullins, despliega la trama criminal (descubierta por su no tan lento como parece empleado) que fue orquestada por alguien para arruinar a los hoteleros gánsteres, los hermanos Mitchum, Bradley y Rodney. Por suerte Bushnell tomó una póliza complementaria para pagar el arreglo de 30 millones que debían a los Mitchum. Y quiere que Dougie lleve el cheque.

Los hermanos Mitchum todavía están enfurecidos porque creen que Dougie los cagó. Tienen el asesinato montado en el corazón, pero durante un desayuno post-mediodía (ningún pez gordo de Las Vegas se levanta antes de las 2, probablemente), Bradley le cuenta a Rodney un sueño que tuvo, del cual sólo recuerda algunos detalles. Pero aun así sabe que es importante. En el mundo de Lynch, la gente a la que le va bien (o sobrevive cualquier problema al que se enfrente) tiende a deberle algo de esto a sus sueños y otras supersticiones. No importa si sos un duro maloso o un Eagle Scout trabajador de la ley de Halcón de Missoula, Montana—todo el mundo es capaz de mirar, y por lo tanto moverse, más allá de su campo de experiencia.

Y también sucede que Cooper/Dougie desarma a los hermanos Mitchum de más de una forma cuando llega al punto de encuentro en el desierto. Carga una caja con un objeto misterioso adentro (el habitante del Red Room, el One-Armed-Man mejor conocido como Mike guía a Cooper/Dougie hacia la tienda donde lo compra). Bradley reconoce la caja como un elemento de su sueño. Pero algo muy específico tiene que estar adentro: una tarta de cerezas (obviamente). El deleite con el que los hermanos Mitchum reaccionan al hecho de que de hecho hay una tarta de cerezas en la caja—y que Dougie tiene en sus bolsillos un cheque por 30 millones de dólares a nombre de ambos, es infecciosa (este va a ser el episodio que largue mil memes de reacciones de Jim Belushi). “¡Amo a este tipo!” grita Bradley, y el balance de esta sección de la nueva trama está casi restablecido (falta el asunto del dos-caras Anthony Sinclair, pero eso es para otra semana).

La escena que sigue es quizás la más sublime en lo que va de la serie, ya que Cooper/Dougie es festejado tanto por los hermanos Mitchum como por la señora adicta al juego (Linda Porter) de las partes 3 y 4, quien aparece por completa casualidad vuelta una mujer mayor exitosa que se reconectó con su hijo (¡y hasta se compró un perro!). “Espero que se den cuenta de la persona especial que hoy cena con ustedes” les dice a los hermanos Mitchum, enfatizando como todo el arco de Dougie fue el de una especie de súper héroe originándose, una forma en la que Cooper puede re-aprender cómo ser la persona profundamente moral y desinteresada que solía ser en la serie original (con grados de éxito variables). Esto se siente como una secuencia sumatoria de muchas maneras, y hasta podría estar satisfecho con ella como una especie de clímax de la serie en esa forma de final Lyncheana de final/no final (no digo que esté queriendo eso). Aun hay algo inefablemente conmovedor en la forma en la que Cooper/Dougie murmura “amigo” a los claramente emocionados hermanos Mitchum, mientras cada tanto murmura sobre esa “riquísima” tarta de cerezas. Es casi suficiente. Podríamos quedarnos en ese momento para siempre. Pero hay otro lugar, como bien sabemos, que necesita de la influencia armonizante del Agente Especial.

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MÁS PORCIONES DE TORTA

-Alicia Witt sólo aparece en un episodio de la serie original, la premier de la segunda temporada dirigida por Lynch en la que Gersten (vestida de princesa) toca el piano durante una cena para los Palmer en la casa de los Hayward. Witt comenzó su carrera en otro proyecto de Lynch, la para nada convencional épica sci-fi Dune (1984) en la que ella hacía de la hermana más chica del mediático personaje de Kyle MacLachlan, Alia.

-Más fechorías de Diane en Buckhorn: evita avisar que hay un Leñador acercándose desde atrás al auto del detective Macklay. Unos minutos después la cabeza de William Hastings queda aplastada de una forma muy similar a la de los empleados de la estación de radio de la parte 8 en 1956. Macklay, aterrorizado, llama pidiendo asistencia. “No hay ayuda para esto”, contesta Diane, su voz (una elección de diseño de sonido genial) distorsionada por el parabrisas del auto que tiene detrás. Más tarde intenta memorizar las marcas en el brazo de Ruth Davenport, las cuales Albert (quien nota su comportamiento sospechoso) identifica con las coordenadas de un pueblo en el Noroeste.

-¿Hubo alguna vez una frase tan Gordon Cole como esa en la que el agente del FBI dice “Está muerto” sobre el cadáver fresco de Hastings? Aunque también se aprecia la reversión del cooperismo de la serie original (¡el sueño de todo policía!) al ver el plato de donas y café que Maclay y Tammy llevan a la reunión de grupo en la estación de policía, posterior a la explosión de la cabeza de Hastings. Y ni hablar de, una vez más, la descripción de los Leñadores en una visión en el cielo. “Vi hombres barbudos. Hombres barbudos sucios en un cuarto”.

-La única escena verdaderamente calma en Twin Peaks sucede entre el Sheriff Frank Truman y Hawk mientras organizan una expedición al bosque, al lugar que el Mayor Garland Briggs anotó en su mensaje secreto. Me gusta especialmente la forma en la que Hawk describe el mapa que desenrolla: “Este mapa es muy antiguo, pero siempre es actual. Es una cosa viva”. Esa idea de que un objeto es una cosa viva para tanto los protagonistas de la escena como para los que la miran podría describir a la mismísima Twin Peaks—o a cualquier obra de arte que intenta resonar más allá de su momento.

-Margaret “Log Lady” Lanterman llama a Hawk para ver cómo está progresando y para dejarle otra alerta profética: “Mi leño le tiene miedo al fuego. Hay fuego a donde vas”.

-Hace poco terminé de leer el estudio de Dennis Lim sobre el co-crador de Twin Peaks, David Lynch: The Man From Another Place (2015). Está repleto de observaciones críticas muy astutas sobre los años de formación de Lynch, muchas cosas de las cuales había olvidado y me hubiera gustado haber mencionado en los recaps anteriores. La que más me arrepiento: Bushnell Mullins se llama así por Bushnell Keeler, un artista que le regaló a Lynch un libro que le cambió la vida a los 15 años: The Art Spirit de Robert Henri.

-Antes de meterse en la limusina que lo lleva a la reunión con los hermanos Mitchum, Dougie/Cooper recibe una charla motivacional por parte de Bushnell. “¡Noquealos!”, le dice el jefe. Dougie se agarra su propia cara de una forma bastante parecida a la que su doppelganger malvado le hace a su secuaz en la parte 2. “Noqueealos”, repite—un momento a la vez misterioso y desamparado.

-Hay muchos golpes elocuentes en la segunda mitad de la parte 11, pero mi favorita involucra a la cabeza hueca empleada de los Mitchum, Candie, quien habla de lo hermoso que es el tránsito de Las Vegas. “Fue increíble”, dice con absoluta sinceridad. Hay belleza en todos lados.

-No hubo escena del roadhouse. Pero si hay un montaje musical en la parte en la que Dougie/Cooper está siendo llevado al desierto, al ritmo del cover de “Viva las Vegas” de Shaw Colvin. Y la secuencia final con los hermanos Mitchum y Dougie incluye un pianista que se parece mucho al compositor de la serie, Angelo Badalamenti, tocando espléndidamente “Heartbreaking” en las teclas (un rumor en el mundo virtual es que es Badalamenti mismo con una peluca a lo Burt Bacharach).

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