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Twin Peaks Recap – Episodio 10: True Men

Twin Peaks Recap es una columna semanal de Keith Uhlich para  The Notebook  que cubre la nueva temporada de la serie de David Lynch y Mark Frost, Twin Peaks. Agradecemos a Keith Uhlich, Daniel Kasman and Kurt Walker de Mubi por permitirnos traducir este material para seguir esta tradición semanal en castellano desde Las Pistas. Aquí el link original del artículo en inglés.

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Por Keith Uhlich

Vale la pena citar por completo las últimas (¿tal vez la última?) declaraciones cortas hechas por Margaret “The Log Lady” Lanterman (la fallecida Catherine E. Coulson), hablando por teléfono con el ayudante del Sheriff, Tommy “Hawk” Hill:

“Hawk—la electricidad está zumbando. Se oye en las montañas y en los ríos. La oyes bailar entre los océanos y las estrellas. Y brillando alrededor de la luna. Pero en estos días, ese brillo agoniza. ¿Qué será lo que en la oscuridad permanezca? Los dos hermanos Truman son dos hombres honestos (*). Son tus hermanos. Y los otros, los buenos que han estado contigo. Ahora, el círculo está casi completo. Mira y escucha el sueño del tiempo y espacio. Todo sale ahora, fluyendo como un río. Aquello que es y no es. Hawk—Laura es la elegida

Hay mucho para examinar en esta escena—que llega casi al final de la Parte 10 del revival de la serie de Mark Frost y David Lynch, Twin Peaks—: “Electricidad” trae a la mente imágenes del Black Lodge y sus habitantes que deforman el tiempo y hablan al revés. Muchas observaciones crípticas  (“the glow is dying”; “el sueño del espacio y tiempo”) se sienten como si sirvieran tanto para nuestro mundo como para el que vemos en la pantalla. La forma tranquila y atenta en la que Hawk se sienta a escuchar a Margaret produce en él un comportamiento casi monárquico, real, que le da un aspecto más cincelado que humano (una provocativa complicación de su herencia Nativo Americana mencionada en una profecía pasada de la Log Lady). Y por supuesto, está esa referencia final, poderosa, a la quizás semi divina reina de la graduación, Laura Palmera, el cordero sacrificial de este pequeño pueblo pintoresco y de nuestra propia pequeña pantalla.

Sin embargo, lo que más sobresale es el juego de palabras que Margaret hace alrededor del apellido de los dos sheriff Truman (Robert Forster and Michael Ontkean): True Men (Nota: se dejó intencionalmente sin traducir para respetar el juego de palabras). En un primer visionado, su lectura solemne de esa línea me sonó algo discordante—un extraño momento donde donde el patrón surreal que Lynch y Frost manejan en torno a las palabras y el habla se volvía demasiado obvio. Al pensarlo y volviéndolo a ver, se entiende que se trata de un momento clave de un episodio (y de una serie; y de todo un cuerpo de trabajo) frecuentemente preocupado en torno a esa misma idea. ¿Qué es lo que hace a un hombre en el mundo de David Lynch?

Los hombres son basuras. Cualquiera pensaría eso luego de haber tenido la mala suerte de encontrarse con Richard Horne (Eamon Farren). Este vástago psicótico de una de las familias más ricas de Twin Peaks regresa luego de una ausencia de tres episodios para amenazar y asesinar a Miriam Sullivan (Sarah Jean Long), la mujer que atestiguó cómo Horne se escapó de la escena del choque en la Parte 6. Lynch y su director de fotografía Peter Deming filman el asesinato desde afuera del trailer de Miriam, capturando el reflejo irreal de Richard (tal vez hecho con CGI, lo que lo hace aún más terrorífico) desde el vidrio de la puerta. Ya adentro del trailer para terminar lo que empezó, la cámara corta a un plano general del trailer, que se sacude mientras los dos pelean y el grito de Miriam da el pie para que un enfermizo golpe seco seguido del sutil susurro de la hornalla, que Richard abrió para que todo estalle, se escuchen.

Los hombres son sabios. Miren a Carl Rodd (Harry Dean Stanton), manager del Fat Trout Trailer Park y espectador del caos vehicular de Richard Horne, tocando su guitarra, canturreando la icónica canción folk “Red River Valley”. Al igual que con la Log Lady, sus palabras parece proféticas y aplicables a varios de los dramas que ocurren dentro y fuera del mundo de Twin Peaks: “From this valley they say you are leaving/I will miss your bright eyes and sweet smile/For they say you are taking the sunshine/That will brighten my pathway a while.” (Dicen que te vas de este valle / Voy a extrañar tus brillosos ojos y tu dulce sonrisa / Porque ellos dicen que te llevas la luz del sol / Que hará brillar mi senda por un rato”). Antes de que Rodd pueda terminar la canción, una taza roja de café sale desde una ventana de un RV cercano, y la enojada voz de un hombre comienza a escucharse. “Es una puta pesadilla”, se queja Carl. Está sucediendo de vuelta.

Los hombres son crueles. Dentro del RV, Steven Burnett (Caleb Landry Jones) le aúlla a su mujer Becky (Amanda Seyfried) acerca de la vida indigente que llevan. Ella se acurruca en el sillón mientras él grita como un animal salvaje. Ella lo ataca con sus manos. Él la sostiene, sus ojos dilatados de miedo. Se trata de la versión homínida de ese documental de violencia animal que que Sarah Palmer (Graze Zabriskie) miraba en la Parte 2, y para nada menos hipnotizante.

Los hombres no harían daño ni a una mosca. Asi que dejan que sus mujeres lo hagan. En una mansión de Las Vegas, Rodney Mitchum (Robert Knepper), hermano de su compañero en el crimen Bradley Mitchum (James Belushi), estudia atentamente las grabaciones de vigilancia de uno de sus hoteles-casinos. Una de sus tres damas de compañía, la mujer-robot interpretada por Amy Shiels, Candie (sus hermanas cabeza huecas con Sandie y Mandie), persigue una mosca por el cuarto, queriendo aplastarla con un trapo. El insecto siempre logra evidarla, hasta que vuelva cerca de Rodney. Candie agarra el control remoto y, cuando el bicho se asienta en la cara de Rodney, se lo lanza a él y a su hosco empleador. El infierno se desata: Candie llora, Rodney se contrae de dolor sangriento, Bradley llega y trata de entender qué es lo que pasó. Una vida de películas llenas de gángsters y sus mujeres nos indica que Candie va a recibir su merecido. Pero en cambio tenemos una escena en la que Rodney gentilmente reconforta a su arrepentida novia. “Estoy bien”, le dice dulcemente, aunque sus palabras no traen mucha calma. “¿Cómo puedes amarme despues de lo que hice?, Candie balbucea. Y Rodney, ese violento criminal (quien luego hará una referencia sobre Marlon Brando y su rol de mafioso más conocido), la mira sorprendido como si estuviera por decir “¿Cómo podría no hacerlo?”.

Los hombres son peculiares. Janey-E Jones (Naomi Watts) finalmente lleva a su esposo Dougie—quien es, en realidad, el agente especial del FBI Dale Cooper, todavía encerrado en ese caparazón luego de su viaje interdimensional—al doctor de cabecera de la familia, Doctor Ben. El doctor se maravilla de la transformación física de su paciente, “perfecta” en todo, desde la presión sanguínea hasta el tono muscular, aunque se sorprende un poco de la peculiar tendencia de Dougie de repetir las palabras que otros dicen. (“Pe-cu-liar”, murmura Dougie. Tal cual.) Janey-E también nota esta transformación y claramente se excita. Lo que sigue es una seducción bastante lyncheana que comienza con un hermoso plano de los pies de Janey-E en chatitas rojas  y que llega a su clímax con, bueno, Cooper/Dougie y su “mujer” en éxtasis orgásmico. (La forma en la que MacLachlan extiende sus brazos y mueve su cara mientras Janey-e se lo coje remite a un genio idiota a lo Showgirls—aunque Showgirls ya es, quizás, una genialidad idiota). Luego de ese momento de resplandor, Janey-E le susurra un “te amo” a Dougie. “Amo”, él repite, aunque hay algo en su eufórica expresión que sugiere que esto no se trata tanto solo de una imitación verbal. Las profundidades se están formando.

Los hombres son ruidosos. Claramente es ese el caso con el Dr. Lawrence Jacoby (Russ Tamblyn), vendiendo sus teorías sobre conspiraciones del gobierno y sus palas para “escarbar la mierda” en otra transmisión nocturna de su programa de internet.  Aunque él se propone hablar para las masas, sus escupidos estruendos son muy masculinos, muy de macho. (Personalmente pienso en la concisa respuesta que la gran humorista Fran Lebowitz dió una vez a un miembro de la audiencia que le preguntó “¿Cuáles piensa que son las diferencias innatas entre el hombre y la mujer?”: “Testosterona”, dijo sarcásticamente.) Pero, como suele suceder seguido en esta Parte 10, los berrinches de Jacoby son contrabalanceados por una mujer. Se trata en este caso de Nadie Hurley (Wendy Robie), devota fan del doctor y uno de los personajes de la serie original más tristes y lastimosos (y habitualmente una figura de diversión) a quien aquí se la revela como la dueña de su propio negocio—una tienda de cortinas llamada “Run Silent, Run Drapes” (una referencia, y por extensión, una complicación del thriller de submarinos Run Silent, Run Deep, dirigida por Robert Wise en 1958 y protagonizada por los muy masculinos Clark Gable/Burt Lancaster). “Es tan hermoso”, dice Nadine al mismo tiempo que Jacoby larga su furia (“¡Deja de distraerte con toda esta mierda divertida!”), aunque queda la sensación, especialmente en todos nosotros ya familiarizados, que ella ha hecho un viaje largo, emocionalmente agotador, para ser capaz de decir eso.

Los hombres son bufones. Jerry Horne (David Patrick Kelly), todavía drogado y perdido en el bosque: “¡No podes engañarme! ¡Yo ya estuve acá!”, grita a su celular. Y también está el comisario Chad Broxford (John Pirruccello), quien intercepta la carta que Miriam Sullivan le mandó al Sheriff Truman luego de hablar algunas idioteces con la recepcionista Lucy Moran Brennan (Kimmy Robertson), quien, a pesar de su peculiar comportamiento, se da cuenta quien es un hombre malo cuando lo tiene enfrente.

Los hombres son inútiles. Johnny Horne (Erik Rondell), a quien vimos por última vez rompiéndose la cabeza frente a una pared, usa ahora un casco, una chaqueta de fuerza y está atado a una una silla en el hogar que comparte con su madre, Sylvia (Jan D’Arcy). Es forzado a ver a un osito de peluche algo improvisado—una cabeza de vidrio pegada a un cuerpo peludo—que le dice “Hola, Johnny. ¿Cómo estas?” una y otra vez. Ahí es cuando entra Richard Horne, quien viene a robarle dinero a Sylvia, su “abuela” (esta trama casualmente revelada sugiere que Richard es, de hecho, el hijo del personaje de Sherilyn Fenn, Audrey Horne, aún por aparecer). Esta es la secuencia más desconcertante de la Parte 10, ya que superpone la impotencia de Johnny y Sylvia (él se cae al piso y lucha, ella se acurruca en triste terror) con la furia desenfrenada de Richard. Lynch enerva todavía más las cosas al musicalizar todo el encuentro con una popular grabación de “Charmaine” de Ernö Rapée y Lew Pollack, hecha por la orquesta de Mantovani. En medio de todos esos momentos de violencia, nuestra simpatía cambia constantemente, dando vueltas de un lado a otra, y nuestro entumecimiento (o nuestro deseo de tenerlo) constantemente pinchado. Sentimos…aunque no sabemos bien cómo hacerlo, ni hacia quién. La última frase que Richard Horne le dice a Sylvia parece resumir toda la escena: “¿Por qué tenés que hacer las cosas tan difíciles? ¡Puta!”

Los hombres son tramposos. En Las Vegas, el colega de Dougie Jones en la compañía de seguros, Anthony Sinclare (Tom Sizemore) se encuentra con el adinerado hombre de negocios Duncan Todd (Patrick Fischler). “¿Recordás a mis rivales en los negocios y amargos enemigos, los hermanos Mitchum?” le pregunta, y así comienza a arrojar un montón de información que trae toda una nueva luz acerca de la línea narrativa sobre el fraude de los seguros con la que Lynch y Frost vienen molestando de un modo surrealmente oscuro. Todd le ordena a Sinclair que vaya a visitar a los hermanos Mitchum (Mitchum, Gable, Lancaster, Brando—¡Hombres!…de un cierto tipo) para convencerlos de que es Dougie quien está detrás de todo esto, y así asegurar su muerte y la continuación de toda la encubierta. Luego, cuando Sinclair va a decirles a los hermanos “¡Que tienen un enemigo en Douglas Jones!”, vemos que Candie ya volvió a su estado de cabeza hueca. Ni siquiera es capaz de traer a Sinclair a la oficina de los hermanos sin ponerse a balbucear sobre el reporte climático y el aire acondicionado del casino. Las tareas más sencillas son imposibles para Candie; su felizmente atontada ignorancia y su dulzura constante hacen acordar a Betty Hudson (Marla Rubinoff), siempre desorientada e ingenua, personaje de la serie de corta vida que Lynch y Frost realizaron en 1992, On the air. Una vez más, las condiciones nos hacen creer que será castigada. Pero todo lo que los chicos Mitchum hacen es putear con mínima exasperación. “Hay que despedirla” dice Bradley, enfadado pero compasivo, “no tiene lugar adonde ir”. El amor todo lo conquista, incluso a esos que cortan gargantas.

Los hombres son buenos. La humanidad, en toda su bondad, se puede ver en su totalidad en el hotel de Buckhorn, Dakota del Sur, donde la coronel Constance Talbolt (Jane Adams) y el especialista en forenses del FBI Albert Rosenfield (Miguel Ferrer) conversan coqueteando mientras cenan, al mismo tiempo que Gordon Cole (David Lynch) y su protegida Tammy Preston (Chrysta Bell) los observan, riendo y maravillados, desde lejos. Esta escena es menos sobre diálogo (que permanece, en ambas parejas, prácticamente inaudible) y más sobre reverente pantomima, acerca del absoluto placer que las personas pueden encontrar en la compañía de los otros, más allá de los géneros y otras diferencias.

Los hombres son empáticos. Más adelante, en su cuarto de hotel, Cole se distrae de su trance artístico (dibujando lo que se parece al “Angriest dog in the world” del propio Lynch, reformulado en lo que se asemeja a un reno) cuando alguien le toca la puerta. La puesta en escena es escalofriante debido a que es prácticamente igual a ese momento de la primera temporada en el que un agresor desconocido le dispara al agente Cooper. Pero en cambio, cuando Cole abre la puerta lo que vemos es…una asustada Laura Palmer proyectada encima de él. “Proyectada” es la palabra correcta, porque la imagen de Laura pertenece a Fire walk with me, especificamente a ese momento devastador en el que va a visitar a su amiga Donna Hayward en busca de algo de consuelo luego enterarse de que el hombre que estuvo abusando de ella es su padre, Leland. La visión se disipa para revelar que Albert tiene una evidencia que complica a la Diane de Laura Dern, y pisándole los talones llega Tammy, trayendo una imagen de Mr. C, el doppelganger maléfico de Cooper, en el penthouse de New York donde la joven pareja de Sam y Tracey fueron asesinados en la Parte 1. Aún así, es difícil librarse de esa imagen de Laura—un momento especialmente extraño en un serie repleto de ellos. Más allá de las maquinaciones propias de la trama, es como si Lynch se confrontara con su propia creación, contemplando a su serie y a su torturado personaje desde el centro de una ausencia de un cuarto de siglo, preguntándose cuál es el mejor camino a seguir.

Los hombres son patéticos. En el Great Northern, Benjamin Horne (Richard Beymer) recibe una llamada de Sylvia (de quien ya está divorciado) en la que le cuenta de la invasión que acaba de cometer su nieto. Al igual que en la serie original, su conversación rápidamente se llena de acusaciones y recriminaciones. Luego de cortarle, Ben tapa su cara, exhausto, y finalmente cae en la tentación de la que estuvo escapando en el resto de los episodios. “Beverly”, le dice a su devota aunque casada secretaria (Ashley Judd), “¿querés cenar conmigo?”.

“Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, reza el viejo dicho. Y es, de hecho, una mujer la que está en el frente y el centro de la escena final de la parte 10 que sucede, obviamente, en el Roadhouse. Esa mujer es Rebekah del Rio, la cantante latinoamericana que llevaba al límite emocional a Naomi Watts y Elena Harring en la sublimemente trágica historia de Hollywood de Lynch, Mulholland Dr., (2001). Aquí, engalanada en un vestido cuyos patrones blanco y negro son muy similares a los del piso del Black Lodge, canta la balada que co-escribió con Lynch, “No Stars, incluída en su disco del 2011 “Love Hurts Love Heals”. La cámara, como bien debe ser, se queda con Del Rio. La audiencia está extasiada. La letra de Del Río es muy simple y muy nostálgica y llena de presentimientos al igual que las súplicas que la Log Lady le hace a Hawk o bien la canción que Carl Rodd se canta a si mismo. El coro, en español, dice lo siguiente: “En tus ojos vi las estrellas / Pero ya no están / Las estrellas ya no están.” Algo se perdió. Hay que falta en muchas vidas. No puede haber belleza sin horror, luz sin oscuridad—”aquello que es y no es”. Mientras Del Rio canta, una cara conocida se encuentra detrás de ella, acompañándola en la guitarra. Ese hombre es Moby.

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ep10

-“Hola, Las Pistas. ¿Cómo se encuentran hoy?”

 

(*) Acá la Log Lady hace un juego de palabras que no se entiende en la traducción. Al decir, en inglés true man, fonéticamente hace una alusión al apellido de los dos hermanos Truman. De ahí también sale el título de este resúmen, que decidí dejar en inglés para que se entienda mejor.

Traducido por Lucas Granero

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