comments 3

Tarde de perros

Hace tiempo ya que el cine de Sebastián Lingiardi nos fascina. Su última película, General Pico, se estrenó el año pasado casi silenciosamente. Este texto de Alejandro Cozza examina algunas de las maravillas que se encuentran en ella, al mismo tiempo que celebra la obra de un autor tan particular como su cine. Ah, pueden ver la película (y todas las otras de Lingiardi) acá.

1-1

Por Alejandro Cozza

Charlando sobre mi fascinación por el cine de Sebastián Lingiardi con Laura Delmonte, una entusiasta cinéfila de General Pico, La Pampa, me contaba que su paisano cineasta podía llegar a tener influencias de un tal Domingo Filippini y su hijo, también llamado Domingo. Esta familia fue pionera a comienzos del siglo XX del arte cinematográfico y fotográfico. Dueños de una sala de cine que se incendió en 1936, su obra productiva alcanzó diversas ramas del audiovisual y se extendió hasta la década del ´70, con cortometrajes documentales y ficcionales, y diversas publicidades en donde privilegiaban el documento real de la ciudad, el paso del tiempo, por sobre el marketing implícito en ellas. Estando este año en la ciudad de Pico para su segundo festival de cine me encontré allí con una cinefilia pujante que asistía asiduamente a dos salas de cine gigantescas (de capacidades de entre 700 y 500 personas cada una) a solo dos cuadras de distancia y equipadas con la última tecnología DCP. Entiendo que los Filippini tendrán mucho que ver con ello, incluso encontré fotos de un antiguo cine-bar de la década del ´10. Con el dato de la familia de fotógrafos en mano me puse a investigar un poco sobre ellos y encontré que se está haciendo un gran trabajo de restauración y conservación de sus materiales desde Archivo Provincial junto con el Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken”. Entre los cortos se destaca uno sobre una lluvia de cenizas que cayó en General Pico luego de la erupción de un volcán en Chile en la década del ´30 y otro muy curioso llamado “Carlitos en La Pampa”, sobre una imitación de Chaplin echo por los Filippini porque no mandaban películas desde Buenos Aires para exhibir en las salas locales. Revisando fotos antiguas de los Domingos se pueden rastrear ciertas similitudes con la obra de Sebastián Lingiardi, casi como una continuidad natural entre coterráneos, sobretodo en la forma de filmar la ciudad: fachadas de casas y comercios, tanto frontal como lateralmente, así como los planos de la ciudad desde edificios y azoteas. Evidentemente, me sedujo esta tradición fílmica y fotográfica encontrada en una ciudad del interior, ni siquiera capital de su provincia, tan al margen y alejada de Buenos Aires y sus luminarias cinematográficas y publicitarias.

Lo cierto es que, con tradición o no, el caso de Sebastián Lingiardi es paradigmático. Por un lado es un cineasta extremadamente lúcido, preciso, con una fe absoluta en la imagen cinematográfica y en el poder de un plano. Claramente sabe dónde está parado políticamente en el mundo pero sin pretender por ello dar sentencias sobre sus ideas. Política de la mirada dirían en la nouvelle vague, o una mirada política, ¿política de autor? Es muy válido aplicar estos términos a su filmografía sin que suenen vetustos. Con estos conceptos mencionados uno podría creer inmediatamente que Lingiardi es un autor famoso que va de festivales en festivales por todo el mundo y que toda la crítica especializada se deshace en elogios por su obra. Bueno, eso prácticamente no sucede. Lingiardi tiene un perfil bajo extremo, mezcla de timidez personal y sabio recato, y sus películas obviamente van en esa sintonía. Entonces ocurre que Linigardi es un cineasta enorme, pero oculto. Pero dijimos “prácticamente” y es porque su segundo largometraje Sipo´hi, el lugar del manduré ganó la competencia oficial de FIDMarseille en 2011, el más exigente festival de documentales del mundo. Además tiene seguidores entusiastas en parte de la jóven nueva crítica y cinefilia argentina. Pero estos casos son excepciones y no reglas, y ni así su obra es reconocida como debería.

La historia cuenta que Lingiardi, nacido en General Pico, se muda a estudiar cine en Buenos Aires a la F.U.C., se interna luego en una comunidad wichí para hacer sus primeras dos películas (la mencionada Sipo´hi, el lugar del manduré y su lúdica ópera prima Las pistas – Lanhoyij – Nmitaxanaxac del 2010), pero regresa a su ciudad natal en los últimos años para residir allí. Nada más alejado de los centros de poder cinematográficos que uno imaginaría para un cineasta que venía de ganar FIDMarseille. ¿Las razones? Conectarse con sus raíces -¿cinematográficas?- nuevamente, e incluso, se intuye que la Capital Federal es un sitio demasiado hostil y contaminado (en todos los sentidos del término) para la pureza de su mirada. Cuando uno habla de centros de poder habla del poder de la producción y de dólares y euros en miles y miles. Algo que Lingiardi no parece precisar a priori como condición sine qua non para hacer cine; su lugar es estar con el otro, en el lugar del otro, haciendo cine a la par, sin avasallar jamás ese lugar de comunión con una parafernalia visual que no le sería propia ni adecuada. Entonces al volver a Pico, Lingiardi toma una cámara y sale a filmar su ciudad. Y lo que encuentra es extraordinario. Como el propio Lingiardi admite, es como filmar desde adentro del interior mismo, buscando generar siempre nuevos centros concéntricos desde la propia idea misma de descentralización, en vez que repetir fórmulas calcadas o calculadas de la Capital Federal. Su cuarta película entonces se llama General Pico y es sin duda una de las mejores películas argentinas del año pasado.

El objetivo temático de la película es simple: seguir el recorrido de un perro a lo largo de un día. Mientras, en la ciudad ocurre su primer festival de cine. En él pasan Adiós al lenguaje de Jean Luc Godard y Roger Koza da una clase magistral sobre dicha película. Al mismo tiempo hay elecciones municipales y la gente va a votar. ¿Qué encontramos entonces en General Pico? Una reescritura de Adiós al lenguaje en los términos de Lingiardi. Si el propio Godard decía que la mejor critica que se le podía hacer a una película era otra película, Lingiardi se lo toma al pie de la letra. Ojalá alguna vez Godard pueda ver General Pico.

Y toda película que se precie de hablar de cine y sobre el cine tiene que filmar trenes, trabajadores, perros y chicas paseando en bici: a todo esto Lingiardi lo hace de maravillas. No es común que una ciudad sea filmada y entendida en su esencia por un cineasta oriundo de ella. Suele ocurrir lo contrario, que a veces las mejores miradas en el cine sobre lugares, sean extranjeras.¿Ejemplos? ¡Decenas! Desde A propósito de Niza de Jean Vigo a la Buenos Aires de Wong Kar Wai en Happy Together, pasando por la Venecia que encuentra Visconti –Muerte en Venecia– o la Lisboa que filma Wenders –Lisbon story-, o la Nueva York de Jonas Mekas en muchas de sus obras. Si quieren, una noche de copas seguimos listando hasta la madrugada y encontramos algunas excepciones también: pago la primera ronda.

Quería mencionar particularmente A propósito de Niza de Vigo porque creo que es la que mejor sintoniza con General Pico en su esquema narrativo de mostrar por bloques distintas viñetas de la vida de un lugar y, sobretodo, por encontrar en el humor un lugar de conexiones extrañas entre las cosas filmadas y cómo son montadas. Ese humor “conectivo” en Lingiardi va desde filmar comercios con la palabra Pico en el nombre, a una jauría de perros persiguiendo un auto que arranca en un plano general del barrio, a un divertidísimo montaje “actuado” (la conexión Vigo) en donde la chica en bici tiene que sortear motoqueros que todo el tiempo se cruzan en su camino, incluso en los lugares más inhóspitos. Lingiardi se permite chistes hasta en los créditos al agradecer a los lugares participantes con la palabra Pico en el nombre. Pero hay que aclarar que cuando uno dice chiste no es el típico gag cómico ni el jaja de las redes sociales, sino esa operación mental que se genera en los espectadores cuando encuentran relaciones entre los sentidos (el lenguaje) de las distintas imágenes, incluso luminosas por sus simplezas: el perro parando la orejas cuando ve pasar a un gato corriendo por el muro. Algo que también ocurría ya en Sipo´hi, a priori un film más “serio”, en donde por ejemplo el director se detenía insistentemente con la cámara en un boulevard del pueblo wichí en donde incipientes arbolitos tenían como protección una exagerada coraza de maderas y troncos secos que los protegían, esto parecía importarle más que el recorrido de su protagonista, Gustavo Salvatierra, volviendo a su lugar de origen. Uno se pregunta todo el tiempo en sus películas, ¿Qué observa Lingiardi en lo que muestra? ¿Qué cosas le llaman la atención? Su humor es honesto por saber reírse de las cosas junto con el espectador y que con él descubramos esos vínculos insólitos entre las imágenes, incluso en un lugar donde pareciera que no pasara nada interesante a priori como en General Pico. Su fe es creer que la inteligencia es la que produce humor y su cine apunta a considerar al espectador como digno pensante que hará las mismas asociaciones alocadas que él hace. Uno lo imagina a Lingiardi riéndose en la sala de montaje todo el tiempo mientras encuentra dichas asociaciones. Que nunca suenan forzadas porque apuesta siempre a su estilo de planos fijos, generales en su gran mayoría, esperando que lo maravilloso suceda delante del lente, que la realidad encuentre el plano, y no viceversa. Excepcional es el momento en una mesa de votación de un colegio que observa a lo lejos cómo las cámaras y periodistas entrevistan a un candidato a intendente, pero éste ubicado de espalda a la cámara de Lingiardi y todas las otras cámaras periodísticas mirando hacia nosotros espectadores y hacia el propio director, ubicado a contramano del resto. Un gran plano político, y el ejemplo del método Lingiardi para incluirlo en la remanida, pero justa, política de autor. Tomo las propias palabras del director para completar la idea: Siempre pienso el cine en términos políticos -a veces con mejores resultados que otros-, es prácticamente mi mayor interés. Siempre intento que la política sea parte de la película -el lenguaje, la ideología y la conciencia, que son prácticamente lo mismo-, de cualquier discurso audiovisual”. Su capacidad de encuadrar va desde ubicar la información de lectura en distintas capas en los planos generales, hasta saber qué y cuándo poner en primer plano lo que se merece tal privilegio: que en General Pico son siempre perros y obreros, por supuesto.

En los libros de manuales del documental (el de Bill Nichols a la cabeza) se habla de estos formatos documentales como “de observación”. Y si, sin duda General Pico es un documental observacional sobre dicha ciudad. Si en las reglas del observacional se suele dejar de lado el discurso hablado de un realizador, sea dentro de cuadro o como voz en off, no deja de ser llamativo el quiebre que Linigardi propone con su obra previa en donde los temas que le obsesionaban era justamente el de la transmisión oral y del discurso hablado. Acá se evita la parla para pasar con énfasis al puro lenguaje visual. El observacional es un formato que a veces puede saturar las programaciones de festivales de cine, pero en donde no por moda sino por pereza en programadores, críticos y público especializado de la propia observación de estos observacionales, valga la redundancia, no se termina de distingir en donde se encuentran las particularidades de cada uno de ellos y sus correspondientes valores. Imagino que por ahi puede estar el problema del porqué de cierta negación a que General Pico obtenga una mayor consideración. Lo particular concretamente en el lugar de observación de Lingiardi, es ponerse en el lugar de mirada de un perro, y a su servicio como un trabajador de la imagen, que al pasear a lo largo de un día iría encontrando el ritmo de una ciudad y de un festival humilde pero con claridad de miras como pocos (que entiende como mixturar lo local y lo regional con lo nacional e internacional en un ida y vuelta de igual a igual. Acá podríamos vincular a General Pico con Tres D de Rosendo Ruiz, otro film sobre un festival de cine a pequeña escala y sus canes), que están dando justo una película sobre un perro que se llama Adiós al lenguaje y que un crítico de cine como Roger Koza está hablando también sobre perros, y sobre Manny Farber. Y Lingiardi aprovecha con ello para dictar sutilmente las coordenadas de lectura de su película en las palabras de Koza sobre Farber y su oposición entre arte termita -obviamente la obra de Lingiardi- y arte elefante blanco -en este caso, toda la industria de cine, sea comercial o alternativa-. También General Pico es otra gran película junto con Routine Pleasures de Jean Pierre Gorin y Negative Space de Chris Petit sobre el pensamiento de Manny Farber. Pero eso a un perro no tiene porqué importarle y seguirá su camino, y su mirada encontrará un graffiti en un muro que dirá El misterio del conflicto, que es a su vez la tercera película de un director de General Pico que se llama Sebastián Lingiardi que se está estrenando justo en ese mismo festival y del cual veremos un fragmento, justo el que corresponde al final y a los créditos. Como detalle extra a la película cuento que a su vez General Pico ganaría un premio del jurado en el segundo festival de la ciudad en donde se estrenaría para el público local. No hay vicios de chauvinismo alguno en la premiación, sino la constatación justa del talento del director, al mismo tiempo que su correlato autocelebratorio. No había forma que la mejor película del festival de General Pico, precisamente General Pico, no resultara ganadora de algún premio. Acá tanto lo filmado como lo que ocurrió por fuera de dicha filmación sería otro buen ejemplo de estas relaciones alocadas, Lingiardi se cita a sí mismo en el autobombo más bizarro de la historia del cine, que a su vez lo que ocurre luego en la realidad pareciera formar parte de su misma lógica absurda. O no, porque en realidad la película ya adoptó tanto la mirada del perro que uno ya cree que la digita entera el propio can y que Lingiardi fue solo el hombre elegido como vehículo para su filmación. Entonces la lógica será esa, la de las rutas misteriosas de sentido que puede haber en una ciudad y que no obedezcan a ninguna razón en particular más que apreciarlas y reírse con ellas al descubrirlas.

Anuncios

3 Comments

  1. Migo

    Qué bien que hayan elegido escribir sobre esta película. Yo la vi en su momento en el DocBsAs y después… nunca oí a nadie decir nada de ella ni vi que la pasaran en ningún lado de vuelta. Lo cual es una pena porque efectivamente es una gran película termita. Un poco de justicia poética. Y se agradece también que ahora me entero que El misterio del conflicto está en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=C5w99ndBrhY

    Me gusta

    • Hola Migo,
      Gracias por comentar.

      Efectivamente no se sabe bien cuál fue el camino que hizo General Pico. Yo también la vi en esa edición del DocBS.AS y despues le perdí el rastro…Por lo que se, la versión que está subida a Cinemargentino tiene algunas cosas diferentes a esa versión que vimos nosotros a la que, a mi parecer, le faltaba algo de trabajo en la post-producción.

      El misterio del conflicto no la vi, me la debo aún. Pero si no viste el resto de las películas de Lingiardi te las recomiendo mucho, están todas subidas a Cinemargentino.

      Un abrazo!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s