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El club de debate de Las Pistas (08) – Fences

Hemos llegado al final de la batalla. La película que cierra este primer club de debate es una de las peores que han tenido que padecer nuestros participantes al punto tal de que Salas, que ya se había sacrificado al ver Lion, abandonó la tarea y dejo que Granero se haga cargo de Fences.

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En un artículo publicado en el número de enero de Film Comment, Denzel Washington afirma que el único consejo que tuvo siempre en mente al filmar Fences fue uno que le dió Richard Attenborough: “poné siempre la cámara en frente de los actores”. “Eso fue todo lo hice”, declara más adelante, revelando así su método de trabajo como si no bastara con ver su película para darse cuenta de que si, eso fue todo lo que hizo. Porque lo cierto es que no hay mucho más en Fences que personas hablando, bah, no debería hablar de personas, debería más bien decir actores, actores hablando, diciendo sus líneas con su intensidad tan de actor, llorando sus lágrimas con esas caras de tristeza tan de actor, moviéndose en los espacios con esos movimientos tan de actor… Fences es una película dirigida por un actor cuya intención primordial es la de filmar actores o, como bien le aconsejaron a Denzel, poner la cámara en frente de ellos y dejar que se hagan cargo de todo.

Basada en la obra de teatro homónima de August Wilson, cuyo potencial es indiscutiblemente poderoso, Fences se centra en la vida de Troy Maxon y su familia, una serie de pobres seres a los que les tocó en suerte tener como pater familias a ese ser resentido hasta el cansancio que interpreta Washington con el volumen subido a cien, aturdiendo a todos con sus ladridos y confundiendo buena actuación con modismos, estereotipos y lugares comunes que transforman a todo el asunto en una lección de anti-cine que podría ser maravillosa de ver sino fuera porque realmente resulta una tarea agotadora soportar las 2 horas y 19 minutos (!!) que dura y porque sencillamente no hay nada en ella: ni un rayo de sol que penetre accidentalmente por una ventana, ni una brisa que mueva unas cortinas, ni mucho menos pequeñas partículas de polvo que vuelen por ahí y que hagan mínimamente soportable el hecho de estar mirando esta película. Es más bien una exhibición de atrocidades a la que venden como buen cine, cine serio, de ese que importa porque toca los temas que hay que tocar, porque retrata con justicia a aquellos que han sido históricamente relegados, porque emociona, porque es necesaria y porque no se cuántas cosas más.

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Cualquiera que deteste las películas de Straub-Huillet por su radical tendencia a la adaptación de textos, bien debería pasar por la experiencia de ver esta película para comprender qué es lo que vuelve inmenso al cine de aquella pareja, para quienes esas palabras escritas y luego declamadas por sus actores siempre revelan una lucha entre aquello que hace único a una pieza, sus materiales intrínsecos y su traspaso a un nuevo medio, y las implicancias que tal batalla conlleva. Aquí, las palabras de Wilson solo sirven como motor para que los actores hagan su gracia, demuestren lo talentosos que son y esperen el aplauso final. En el apego total de Washington hacia el texto, las miles de posibilidades de encontrar algo de cine allí quedan completamente desterradas porque lo único que le interesa es que la luz esté siempre sobre él y su festival de muecas. En cierto sentido, se trata de una película egoísta, centrada únicamente en mostrar un lucimiento que termina impidiendo comprender los conflictos que viven los personajes, sus vidas y sus relaciones, porque en su necesidad de mimesis no hace otra cosa que demostrar a más no poder, paradójicamente, que estamos viendo actores haciendo todo lo posible para convencer. Después, claro, dirán a modo de elogio que ésta película es una “magistral clase de duelo actoral” y ellos saldrán felices a recibir las flores y a llenar sus discursos sobre lo importante que fue hacer este papel y lo necesario que es mostrar estas historias en el cine. Y eso es todo.

Entre todas las millones de cosas que pensaba mientras la veía (porque alguna cosa hay que hacer), me aparecían con frecuencia imágenes de la obra maestra de Charles Burnett, Killer of sheep. Al ver aquella película esencial, uno realmente puede sentir de qué se trata eso de ser negro y vivir en Estados Unidos. Y esto no se lograba por mostrar únicamente a un hombre enojado con todos sino por ir por el camino contrario y retratar con verdadera justicia no solo la lucha diaria por sobrevivir, sino lo que esa supervivencia regala como pequeños consuelos: un baile improvisado en la cocina, unos niños jugando en la calle, el sonido de un blues saliendo de alguna casa. Por suerte cuando dejé de pensar en todo esto y quise retomar el hilo de la cuestión ya estaban todos los actores reunidos otra vez en el patio trasero, mirando por alguna razón hacia el cielo y tuve la leve impresión de que el telón se iba cerrando.

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