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El club de debate de Las Pistas (07) – Hell Or High Water

Estar atrasados es casi una especialidad de la casa, por lo que no vamos a disculparnos. Pero lo cierto es que ya esta batalla está dando signos de cansancio, y nuestros participantes ya casi se parecen a los dos hermanos que protagonizan Hell Or High Water: sucios, transpirados, agitados y creemos que también armados. Falta una sola y termina la guerra.

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Por Lucas Granero, en contra:

Ah, pero ya no se hacen películas como esta dirá el cinéfilo con cierta conciencia de lo exagerado de su frase pero aún así dispuesto a combatir a todo aquel que se le venga en contra. Uno, que ya más o menos sabe por dónde seguirá su raid de elogios desaforados, tratará de no entrar en ese territorio enemigo, evitando a toda costa que la palabra clasicismo, que siempre termina sirviendo de escudo en estos casos, haga su inevitable aparición. Porque si algo indica todo esto es que si ya no se hacen películas como esta (primer mentira) quiere decir que algo como Hell or high water es una especie de milagro (segunda mentira) cuyo gran valor es que logra traer al panorama cinematográfico del 2016 aquello que hacía grande al cine americano de antaño (tercer mentira). Para el colmo, de alguna manera logró quedar nominada en la categoría más alta y preciada de los Oscars, la de mejor película, por lo que el cinéfilo tendrá todavía más excusas para creer que algo todavía sigue vivo en la gran colina de Hollywood y que existen personas como David Mackenzie en las que se puede confiar porque en su mirada se resguarda la llama viva de lo que alguna vez nos hizo enamorarnos de todo esto (cuarta y para nada última mentira).

Si a Damien Chazelle no le perdonamos que haya visto mil millones de musicales en vano solo para crear ese museo de cera llamado La La Land, bien podríamos reclamarle a Mackenzie el haber reducido la épica del western a puro paisaje de llanura texano, como si con ese mínimo elemento bastara para que su película remita a lo más crepuscular de aquel género. Es más, al verla me persigue la sensación de que ni siquiera fue tan lejos en su expedición hacia el corazón del género, porque mucho de ella resuena de aventuras más cercanas, como bien podría ser la reciente Bone Tomahawk o bien aquella que dió el puntapié inicial para que toda esta serie de películas neo revisionistas del western naciera, The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, la primera incluso en notar que las melodías de Nick Cave y Warren Ellis, que Hell or high water vuelve a utilizar, bien podrían encajar con los paisajes que contienen, porque siempre se trata de paisajes, el cielo celeste, algún pastizal ardiendo, unas cuantas vacas, llanura y llanura, miles, cientos de llanuras.

Claro que a esas tierras hay que ponerlas en algún contexto y a Mackenzie le viene bien rodear esos campos fantasmales con la presión del agua al cuello que desató la fiebre hipotecaria. Así es como los dos hermanos recorren esas rutas desiertas siempre en fuga, escapando, en principio, del sheriff de turno que los tiene siempre cerca pero siempre se le pierden, cuál eterna cacería del coyote y el correcaminos, pero sobre todo andando con la intención de ganarle al tiempo, aquel enemigo voraz, que se expresa aquí en forma de fechas de pago al borde de vencerse y que también afecta a su cazador, que sabe que se le acaban los días de aventuras y lo esperan otros de puras tardes de nada en el porche del hogar.

Si un objetivo tienen en claro los dos hermanos es el de pagarles con la misma moneda a aquellos cuervos que esperan, impacientes, a que se den la cabeza contra el piso. Y a ese plan lo cumplen robando en esos bancos que les robaron todo a ellos simplemente para volver a poner todo su dinero bajo la protección de esas instituciones, como para darle un toque cínico a la acción de convertirse en unos Robin Hood en botas de cuero. Pero lo cierto es que ese plan, brillante en su gesto irónico, demuestra lo poco que entiende Mackenzie la moral del western. Aquí, el peso de lo ambiguo de sus acciones es cargado por Toby, quien quiere que todo se haga de la manera más limpia y amable posible, sin matar a nadie y tratando bien a los empleados. Que quede claro: él es una buena persona que hace algo malo por buenos motivos. La zona gris de sus actos queda deliberadamente fuera del conflicto, restándole una importancia que se intuye vital para entender las formas en las que en el mundo se desarrollan el bien y el mal, que, lo sabemos, nunca son tan inconfundibles, sino que más bien se mezclan, se chocan y se contradicen aún en las más excepcionales de las situaciones. La mesera a quien le deja doscientos dólares de propina lo comprende mejor que él.

No tiene mucho sentido andar haciendo estas cosas, le dice un personaje al walker texas ranger de Jeff Bridges. ¿Qué cosas? Robar bancos, parece de otra época. Qué paradójico resulta entonces que la propia película exponga su lógica demodé y que extrañamente adecuado hubiera sido que ganara el premio a la mejor película y éste les fuera entregado en mano por Bonnie and Clyde, aquellos ladrones ahora transformados en la vergüenza andante de Hollywood pero que no hicieron otra cosa que hacer, casi a su pesar, su gran batacazo final. ¡Ah, ya no se hacen películas como esa!

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Por Lucía Salas, a favor:

Primero, un regalito:

https://open.spotify.com/user/11123139161/playlist/7821faJkaRQYYyCGjXi7WL

¿Qué sentido tendría hacer una remake de High Sierra (1941) de Walsh? Todos, es una obra maestra. De hecho lo hizo Walsh en 1949 en Colorado Territory con McCrea por Bogart, Colorado por California y western por policial. Mackenzie se instala en el medio de los dos: semi policial y semi western. ¿Cómo puede ser? Con un dúo protagónico que no se junta hasta el final. Por un lado un ladrón de bancos (Chris Pine), por el otro un Texas Ranger (Jeff Bridges). El primero es uno de esos bisnietos de esos viejos de Tobacco Road, viejos que estuvieron por perder la granja en los ’30 y tuvieron que hipotecar hasta lo que no tenían, que quiere sacudirse la pobreza como si fuera una enfermedad y la cura fuera robarle a un ladrón. El plan no es un sofisticado robo de bancos con explosivos y desencriptadores de contraseñas de caja fuertes al estilo siglo XXI sino el asalto a mano armada con pasamontañas en la cara como si fuera el pañuelo de un bandido del oeste que sólo es posible en esa tierra de nadie que es Texas del oeste, que es como una república aparte en la que tienen sus propios bancos y un ratio de posesión de armas de 1:1. Lo acompaña el desquiciado del hermano, un colorado que acaba de salir de la cárcel y que lo sigue a todas partes con tal de tener un poco de acción. Como le decía el médico de High Sierra a Humphrey Bogart, dos tipos que viven corriendo hacia la muerte. Los otros dos tipos que van corriendo hacia la muerte son el Texas Ranger y su compañero, un ranger de familia mexicana que tiene cara de indio al cual Bridges no para de atosigar a chistes un segundo, paciente como nadie, tiene una forma sutil y casi completamente invisible de cuidar a Jeff Bridges casi como si fuera un padre al que hay que tapar con una manta a la mañana temprano porque se quedó dormido trabajando en el sillón. Marcus Hamilton es un viejo ranger que está por pasar a su versión de muerte absoluta: el retiro. Uno de esos tipos para los cuales la vida es perseguir y atrapar criminales y esta es su última misión. Ya está viejo y poco ágil, agarrar a estos dos hermanos es quizás lo último que haga, aunque le cueste dormir a la intemperie un par de noches vigilando el banco que cree que están a punto de robar.

En Hell or high water es la vida en efectivo. Los ladrones entran al banco con armas y se llevan la plata de la caja, los policías interrogan testigos y persiguen a los criminales por la ruta. La única forma de resolver el caso en con un encuentro real, en el lugar. No pueden rastrearlos, ni perseguirlos en helicóptero, sólo pueden perseguirse o escaparse o tirotearse. Los cuatro personajes andan rondando un lugar que es el centro de la mismísima nada, el único lugar en el cual todavía es posible robar un banco y salirse con la suya como si fuera 1941. Es que en ese lugar es 1941, o mucho antes. Hay vacas cortando la ruta, gente que va al mercadito a caballo, empalizadas, fuego que sale de todos lados. El estado está literalmente prendiéndose fuego y parece que ya no quedara nada más que pasar el tiempo. Eso es algo de lo que se ve todo el tiempo porque en el medio de esos dos protagonistas y sus compañeros la película tiene una especie de déficit de atención horizontal. Ese lugar parece el más plano del mundo y cada vez que alguno se sube a un auto a la película se le ban los ojos hacia los restos de lo que alguna vez fue un lugar habitable donde ahora están rematando todo, prendiendo todo fuego para sacar el petróleo, lo único que vale la pena ahora está bajo tierra y todo lo que está por encima es una ruina.

El otro déficit de atención que tiene la película es personal. En esa mezcla entre el policial (la parte de la película que le pertenece a Jeff Bridges) y el Western (la que le toca a Chris Pine) que dura un par de días, con esa lógica cuerpo a cuerpo y cuerpo a tierra los protagonistas se van a ir cruzando con algunas de las pocas almas que quedan en ese páramo, como una especie de ultimo registro antes de que un pozo de petróleo agriete el suelo y se hundan todos en el centro de la tierra para siempre. Si hay algo que no resignaron ninguna de las parejas de contrincantes es esa forma de vivir que se mueve por curiosidad, herederos de una época de pasarse todo el día hablando de nada en un bar o investigando a base de entrevistas. La moza de un bar que por poco no le dispara a Jeff Bridges por sacarle los 200 pesos de propina que le dejó Chris Pine después de charlar un rato, la empleada del banco que se resiste a abrirles la caja del banco hasta el pico máximo de su mal carácter, el comanche que le dice al hermano loco que comanche significa “enemigo de todos”, la vieja que trabaja de decirles a los que van a comer al restaurant en el que está lo que van a comer y tomar, los vaqueros que se aparecen de la nada en el medio de la ruta quejándose de que es el siglo XXI y están arreando ganado para alejarlo de un incendio, el padre que aunque sabe que no puede volver a la familia vuelve todos los días a arreglar algo para ver en qué se convierten los hijos que tiene. La idea de solamente pasar el tiempo cobra profundidad porque se empieza a ver que en realidad donde parece que nadie estaba haciendo nada en realidad todos se están prestando atención entre todos y que no es que están pasando el tiempo esperando a morirse sino porque hay un verdadero placer en estar en un lugar simplemente comiendo o tomando algo, viendo si hay algo nuevo que se mueve, charlando mientras todo se hunde. Sobre todo si son dos tipos que van a robar el banco que les robó toda la vida. De a poco ese lugar deja de ser el medio de la nada y se vuelve el centro de algo, no sólo el centro de estos dos protagonistas sino de todos los que andan alrededor.

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3 Comments

  1. Dreyer

    La objeción de Granero es tan curiosa como imprecisa: ¿por qué la mitad de su polémica tiene como destinatario un espectador ideal, cuya glorificación desacertada por melancólica de la película podría despacharse, inteligentemente, en solamente dos líneas? Vamos, ya sabemos que las películas existen indiferentemente de aquellos que las miran y de cómo las miran.
    Por suerte, cuando sí se decide a hablar del film, la cosa se pone más interesante.
    No estoy de acuerdo con que la zona gris de conflictos de Toby quede descartada. Es, efectivamente, el nudo que ata la relación de los hermanos: ¿es “malo” su hermano por haber liquidado a un padre abusivo y es “bueno” Toby por haber aguantado sin hacer nada?, ¿es “bueno” Toby por robarle a los que les robaron y “malo” su hermano por matar inocentes en el robo, o el “malo” es Toby por -y acá la figura en inglés viene bárbara- set the trigger of the events? Es, también, el nudo de la relación de Toby con su familia: pensando en la conversación que tiene con su hijo, parecería que estamos más cerca de un desenmascaramiento (las manos sucias a la vista), que de un barrido claro e hipócrita sobre el bien y el mal.
    Parecería más demodé la objeción acerca de esa moral que Mackenzie no entiende que la postura moral de la película, más preocupada por radiografiar un estado de situación que un relato “de western”. Personalmente creo que es un film valioso porque permite entender, mucho más profundamente que otras películas, como si se tocara un nervio, algo de la sociedad estadounidense relegada, esa que hoy nos enigma con una de las desiciones electorales, aparentemente, más incomprensibles (¿o no?) del siglo. Quizás, cuando en un futuro la pregunta sea “¿cómo es que estos tipos votaron a Trump?” haya que recurrir a películas como Hell or high water.
    Por otra parte, el modo de robar los bancos, y qué bancos se roban, podría ser criticable no por demodé, sino solamente si comprometiera un verosímil. Yo creo que no. Se trata, en definitiva, de un acto patético (todo es patético en la película, con estos tipos corriendo y jugándose la vida en el medio de la nada). Escojo entenderlo de la siguiente manera: una elaboración, casi como un chiste cínico, de que esos bancos, el verdadero antagonista de la película, se convirtieron en algo tan poderoso que el estafado solamente puede recuperar lo suyo atacando la rama más esclerótica y moribunda de su sistema. Es decir, una acción condenada a la esterilidad. Como votar a Trump.

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    • Estimado Dreyer,
      muchas gracias por leer la crítica y por comentar.

      Voy a intentar responderle algunas cuestiones.

      En principio, no me parece correcto que no le de importancia a la cuestión melancólica que esta película maneja, demasiado evidente como para intentar evitarla. Pienso que forma parte de un grupo de películas más o menos recientes que se resguardan en las virtudes que otros géneros (en este caso el western, pero pueden ser otros como el terror para It Follows o el musical para La La Land) supieron conseguir con el único objetivo de “pasar como una de las de antes” y así hacer rememorar a sus espectadores lo bueno que puede ser el cine cuando se “hace como en los buenos tiempos“. Digo único objetivo porque realmente hasta allí llegan con sus intenciones revisionistas: tan solo la superficie pueden rascar, haciendo evidente que solo se ponen un disfraz de película vieja, un disfraz que, por suerte, siempre les queda lo suficientemente grande como para que podamos ver sus verdaderas formas. En este caso, incluso, Mackenzie tiene una necesidad tan fuerte de mostrarse virtuosista con su forma de encuadrar que ya de entrada queda claro de qué lado está parado, por más que quiera poner todo de tono sepia. Admito que estoy tratando de no usar la palabra “clásico” o “clasicista” porque noto que su uso está, últimamente, demasiado manoseado y ya no me queda claro a qué se refieren cuando dicen que algo es “clásico”. Si de algo sirve, pienso que a la única película de esta temporada a la que tal etiqueta no le quedaba errónea en lo absoluto es a la gran Sully, de Clint Eastwood. Que haya quedado deliberadamente marginalizada de los Oscars sin duda da mucho qué pensar.

      Por otro lado, con respecto a las intenciones políticas de la película, Ud. ya ha aclarado todo. Digamos que tampoco es tan difícil: la película no hace más que remarcarlo todo el tiempo ya desde el comienzo mismo con ese grafitti que de sutil no tiene nada y que a partir de ahí no para de repetir. Me resulta más interesante cómo esto se revela en el constante juego de chistes que se hacen los dos policías quienes, enfundados bajo los difuminados límites del doble sentido cómico, puede hacer notar con mucho más poder que una frase escrita en una pared de un banco la huella indeleble de un país construido en base a apropiaciones constantes (si la consigue, le recomiendo que vea la película The Illinois Parables, de Deborah Stratman, para ver hasta qué niveles subterráneos de la historia americana llegan estas sistemáticas tareas de matanzas y usurpaciones). Eso de que Hell Or High Water bien puede entenderse como una radiografía de por qué hoy estamos todos sufriendo el gobierno de Donald Trump ya lo he leído también en otros lados. Lamento disentir: no me alcanza con que me muestren a estos texanos pintorescos que se calzan las armas de las misma manera en la que se ponen las medias a la mañana para que pueda ver ahí un síntoma de época. O al menos no uno lo demasiado complejo como para preguntarmelo.

      Saludos, Dreyer
      Y muchas gracias otra vez por comentar.

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  2. Dreyer

    Hola Lucas, gracias por la rapidez en devolver el comentario y el cuidado en la forma (con la cual yo no fui tan prolijo).
    La doble atribución que le otorgás al film (calzarse un disfraz y activar una identificación melancólica) me resulta un poco empecinada. Creo que la película abreva en elementos del western, pero, como vos bien te percatás, sería un error hablar de clasicismo (y estoy muy de acuerdo con el juicio sobre Sully), pero si lo hace, a mi parecer, es más como un armazón para apuntar a lo que le interesa, que es una exposición de personajes (y podría haber algo forzadamente coral en el peso que tiene la palabra de los secundarios y terciarios -creo que un mes después todavía recuerdo casi todo lo que dijeron desde el comanche, hasta la mesera, el tipo que arrea el ganado, el contador, etc.-), donde la identificación se produzca más en relación a lo que dicen y hacen que en relación a la trama de western en sí. Eso no quita dos cosas que bien indicás: que Mackenzie tenga un trazo grueso (más allá del graffiti, lo que indica Lucía Salas en relación al déficit de atención es crucial), y que los personajes que acompañan, esos ciudadanos en crisis, resulten bastante caricaturescos. Ojo, no creo que una caricatura pueda decir menos sobre la realidad que otro tipo de representación, especialmente cuando la realidad tiende a ser, de tanto en tanto, bastante caricaturesca. A su vez, quizás ese lado b de las grandes ciudades que se muestra, y que vos reprochás como no lo suficientemente complejo, quizás sea más simple de lo que nos parecería. Esto tampoco convierte a la película en sí en una caricatura del modelo western, en tanto parecería que casi es menos western que aventura. Quizás le cabría mejor ser una película contrabandista, que se apropia (y ese sería el disfraz), de ciertos tópicos para exponer otra cosa.
    Hasta casi parece que termino dándote la razón.
    La diferencia es que yo no considero eso un motivo suficiente para condenar a una película que me parece, a pesar de los reparos indicados, sólida, ajustada e interesante como encuentro y comprensión de un otro. Y, extrañamente, honesta en sus intenciones. Quizás en este honestismo transite nuestra diferencia. Donde yo veo la reminiscencia a una pauta formal/argumental que opera como guiño para elaborar otros temas, vos ves, entiendo, una especie de decrepitud con máscara nueva, que se sostiene hasta las últimas consecuencias. Intuyo que para vos debe ser una película muy poco honesta.

    Agendo la película de Deborah Stratman, no la tengo.
    Gracias por la recomendación y, de nuevo, por la amabilidad.

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