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El club de debate de Las Pistas (03) – Hacksaw Ridge

Tercer round en la guerra Salas-Granero y los marcos comienzan a difuminarse. Hacksaw Ridge, la película de Mel Gibson sobre el granjero devenido mesías, confunde a nuestros contrincantes y los deja tirados en el campo de batalla que son las películas de los Oscars. ¿Quién podrá salvarlos?

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Por Lucía Salas, ¿a favor?

Película de guerra es película de batallón. Samuel Fuller. Hacksaw Ridge es una biopic del hillbillie más famoso de la segunda guerra mundial (sucesor del habitante de los Apalaches de la primera, Alvin York). La guerra es parte de ese pantano de barro que es el mundo para el resto de los mortales, la última porción de ese extraño mundo terrenal en el camino de un hombre (descalzo sobre brasas) hacia el cielo.

Pero Mel Gibson no es ningún amateur y sabe como ingresar al terreno sin hacer que todo parezca lateral en la búsqueda de filmar un milagro materializarse. Desmond Doss será primero que nada, un humano. Un niño con las manos casi llenas de sangre, un joven enamorado, una porción de la naturaleza más impresionante y un joven de su época: llegado el conflicto bélico, no hay posibilidad de no presentarse a trabajar. Ahí está la clave de la unión con Doss, en su enfrentamiento con la institución hecha de barbarie (el ejército), Doss recibirá castigos, humillaciones y la muestra de estupidez mayor: la literalización de sus creencias, la primera gran derrota de los herejes. En un cuarto un psicólogo intenta encontrar la forma de declararlo no apto y le pregunta si este Dios del que tanto habla se comunica con él de forma directa (si le habla con palabras). Si bien ambos saben que esa comunicación con la divinidad no es algo que se manifieste de manera audible sino un sentimiento que forma parte del sistema de su creencia, el psicólogo lo subestima y esa es la trampa en la que caen siempre. En el momento en que los militares buscan desnaturalizar al religioso, pierden. Desmond Doss es el John Wick de la fe, no va a descansar hasta que los haya convencido a todos.

Toda esa primera parte de la película (la tortura en el entrenamiento) va a dejar el terreno arado para la divinización física de Doss. La primera batalla (a la que Doss llega triunfante sin cargar un arma) es una abstracción gore que imita la existencia real del suceso filmado. Está hecha como si se montara en un escenario lo más referencial posible una batalla del volumen de una verdadera y el rodaje se transformara en un registro, desde el lugar más acertado en el momento justo, con un alto grado de caos en la organización de los fragmentos porque lo que se juntan son pedazos de acción destructiva sobre el batallón. Lo que hay es un escenario ficticio con acciones ficcionales desplegados en un terreno inmenso, filmadas como si fuera un documental. En medio de esa búsqueda de realismo de las acciones, la percepción del tiempo en el campo de batalla y sobre todo el volumen y velocidad de las muertes, Desmon Doss es un espíritu que se materializa y desmaterializa en lugares (como las cámaras que los rodean). Aparece y desaparece en el monte donde alguien lo necesite y una vez que está en contacto con otros y se atiene a las leyes de su existencia física, ahí si puede ser herido. La película nunca se detiene a describir (constatar) de una manera visible el milagro de sus movimientos ilesos por el campo de batalla porque es un iluminado de la puesta en escena. Para el resto de nosotros, mortales que vemos, el verosímil va a estar dado no por la coherencia de los movimientos en el espacio sino por la constante constatación de la injusticia del sufrimiento ajeno y el avistaje de cientos de vidas en peligro, casi como una distracción.

La guerra le sirve a Mel Gibson para construir un héroe celestial, un tipo de voluntad absolutamente inquebrantable. Mientras más cierta se vuelva su condición de héroe, enviado, espíritu santo o como sea que ingrese al sistema de creencias de cada uno, más lejos va a estar Doss de lo terrenal, lo concreto y material. En medio de la cosa más física que existe (la guerra, con muerte y mutilaciones) Mel Gibson logra crear algo que se desprende de todo. Su despedida de la tierra va a tener una representación tangible en un plano, como para intentar conversar una última vez con los que viven en el barro en su idioma: Doss baja del monte en una camilla hecha del sistema que él había accionado con sus propias manos y ahora funciona con poleas. Primero se lo ve de frente, bajando casi desvanecido y después de espaldas (a ese lugar al que está yendo no puedo acompañarlo). El cuerpo de Doss baja a casa pero su alma se eleva literalmente al cielo. La literalización esta vez si vale, porque el sacrificio terminó y el milagro se hizo visible. El final va a ser un mini simulacro de vuelta a la vida humana, para que la película cierre su existencia: lavarse las heridas y aparecer en esa versión real inexistente. Doss se fue en la camilla y el Loco Mel filmó a un hijo de Dios de nuevo, mientras se fue cantando bajito entre herejes. Disfrazó de historia real su fábula ancestral.

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Por Lucas Granero, ¿en contra?

Bajo el fuego inextinguible de las armas, las oraciones de Desmond Doss se enfrentan al más poderoso ruido de guerra y, no en pocos momentos, sus pedidos alcanzan el oído divino, haciendo que su voz se vuelva única entre los miles de estallidos. Así, logra desafiar cualquier expectativa y salva a más de 75 hombres de morir enterrados entre la pólvora y la tierra. Nadie cree como él, esto se lo dice claramente en un momento su comandante, nadie tiene convicciones tan profundamente arraigadas como para soportar estar en un campo de batalla demencial sin portar armas y no importarle nada excepto salvar la vida de sus compañeros. Pero Dodd no quiere ser Dios y eso queda bien en claro en un momento clave de Hacksaw Ridge, cuando a una pregunta de ese mismo sargento acerca de por qué quiere que su conciencia se mantenga limpia él responde “no tengo las respuestas a preguntas tan trascendentales”

Porque antes de cualquier cosa, Doss es simplemente un humano. Tan humano que hasta amagó matar a su hermano de un ladrillazo y se tuvo que aguantar las ganas de pegarle un tiro a su padre, harto ya de sus constantes abusos. Humano, también, por haberse arrepentido de sus actos y por temer, por sobre todas las cosas, a parecerse aunque sea un poco a esa figura paterna de la que tanto desea alejarse. “La paz es el tiempo en el que los hijos entierran a sus padres y la guerra aquel en el que los padres entierran a sus hijos”, dirá un soldado en un extraño momento de calma en el fuerte, y algún otro le dirá que se calle, que deje de decir esas cosas que no ayudan a nadie. Pero si la frase queda rebotando es porque de tan solo imaginar al padre de Dodd frente a la tumba de sus hijos de la misma forma en la que se enfrenta a los de sus amigos muertos, uno entiende que hay algo en la propia guerra que también te vuelve horriblemente humano, un pedazo minúsculo en medio de la llaga del mundo.

Pero a Mel Gibson ni siquiera le alcanza con hacerlo enamorar de una Maureen O’Hara que se le cruza en el camino. Lo que a él le interesa es sacarlo de la tierra, hacerlo levitar sobre las cosas, volverlo una estampita milagrosa (eso sí, ningún soldado reza: ellos solo esperan que otro lo haga por ellos), sacrificarlo y que no pierda nada en el medio. Lo vuelve un super-hombre y, avalado en la condición verídica de la historia, le saca todo el jugo posible a la formación de esta figura bigger than life. Desmond Doss deja entonces de ser un simple hombre que se rehúsa a matar y se transforma en un salvador, un Mesías que intenta cuidar a los habitantes de su jardín, transformado ahora en una sucursal del infierno (los japoneses son el demonio, le dirá una vez más su sargento, tratando de convencerlo para que agarre un rifle), tal como lo deja en claro la cámara de Gibson, que ubica al campo de batalla en lo más alto de una colina, elevando la cámara hasta el cielo y quedándose ahí hasta el fin.

Obstinado en rescatar a todo soldado que se le aparezca, Doss es guiado por las voces que le piden ayuda entre los escombros y a todos y cada uno de ellos auxilia, inclusive a unos japoneses que tuvieron la suerte de cruzarlo. La guerra en Hacksaw Ridge es siempre imprecisa, nublada por el humo que ahoga y el caos que ensordece. Nada se ve, nada se destaca. Gibson potencia el elemento demencial y se expresa de la manera que mejor le sale desde hace algún tiempo. Desmesurado, opta siempre por la imagen barroca y crea un espacio de excesos donde la explicitud de los cuerpos estallando, sangrando o agonizando se vuelve una norma únicamente interrumpida por unos precisos planos generales, similares casi a los cuadros de Cándido López, que exhiben la desolación del panorama. Claro que todo exceso siempre tiene su contracara y si en la guerra la mirada de Gibson encuentra un móvil ideal para siempre desbocarse, ese mismo apetito por el exceso debilita escenas que requerían otro estado y que finalmente terminan descubriendo un costado casi kitsch, bien expuesto en ese momento en el que a Doss lo mojan como si fuera un modelo, con ralentí incluido, o en esa patada a una bomba que terminará por destruirlo solo para que luego se lo baje en una camilla y quede suspendido en el cielo, no como el humano sufriente que es sino como el Dios que Gibson quiere que sea.

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1 Comment so far

  1. Perdón que me meta, Lucía y Lucas. No es mi intención desmerecer la elegancia de sus prosas, pero hallo dificultades para que la película soporte las ideas que les atribuyen. No encuentro ningún rasgo celestial ni sagrado en Doss, (el que construye Gibson, no el real, del que no sé nada). Más que celestial me parece un zonzo obstinado. No es un “joven de su época” sino un zonzo quien cree que “llegado el conflicto bélico, no hay posibilidad de no presentarse a trabajar”. Tiene que ver con la posición patriotera y fascista de Gibson y no con ningún deber celestial enrolarse en el ejército. ¿Qué tiene de celestial – cualquiera que sea el significado de esta palabra – enrolarse en un dispositivo de muerte para funcionar como reducidor de daños? Ni siquiera puedo ver en él algún rasgo religioso, a menos que entendamos que religión es aferrarse a un librito como si fuera un amuleto o sustituir el padre real -al que tiene ganas de matar- por otro ideal que no se emborracha ni le pega a las mujeres. Se trata más bien de pensamiento mágico y no de conexión con lo sagrado “si tengo la biblia y rezo a dios padre, nada malo me va a pasar”. Creo que si esa es la puesta en escena de un milagro en el cine, deberìamos pensar qué hacemos con Bresson, Pasolini, Favio o los Dardenne. Si el psiquiatra militar quiere hacer caer a Doss en la trampa para demostrar que tiene alucinaciones auditivas, Gibson le hace caer en la trampa a un espectador ilustrado de que la fe es sadismo y pensamiento mágico.

    En fin, creo que si no es de guerra, cosa que no importa tanto, tampoco hay nada religioso en esta película. Es oscurantismo sádico, lo que Gibson necesita para seguir torturando a sus personajes e invitarnos a gozar de esas impudicias. A los que les gusta el gore, no tengo ninguna objeción que hacerles. Gibson está desesperado por exhibir el desgarro de los cuerpos y su putrefacción abundante con goce insaciable. Pero da un poco de pena que se quiera hacer pasar estas alucinaciones fascistas, que reponen al Padre y a la Patria con toda la crueldad corporal a que eso habilita, como una expresión de religiosidad.
    Saludos.

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