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Los inspiradores de la Nouvelle Vague (07) – Los ojos sin rostro

Kino Palais se complace en recibir el nuevo año con una selección de películas francesas, cuyos realizadores han sido esos inspiradores de los por entonces jóvenes Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol o Rivette, por citar a algunos. Algunos de estos films han sido alabados, otros despreciados completamente. Lo que es innegable es que su influencia calaría muy hondo en la generación de los “Cahiers”. Acompañamos este ciclo con textos sobre algunas de las película que lo integran. Agradecemos a Tomás Dotta la gentil invitación.

Por Juan Francisco Gacitúa

Dos tradiciones antiguas y perezosas de la crítica de cine afloran a la hora de analizar Los ojos sin rostro (Franju, 1960): el offside en el que queda el redactor cuando el tiempo da un paso adelante -si anteriormente coronó a una revolución pasajera, o encaró a una película que luego se volvió bisagra con una checklist de aspectos técnicos, limitando sus posibilidades a futuro- y el acercamiento sencillo y trillado de encontrar o forzar un punto en común entre las acciones de un personaje y el mecanismo de su director sobre la película. Con la excepción cahierista, o la de un periodista inglés de The Spectator que casi termina despedido por su opinión positiva, las primeras críticas a Los ojos sin rostro se enfocaron mayormente en la autenticidad y la asquerosidad de las intervenciones quirúrgicas del malvado doctor Génessier, antes que en la maestría y tenacidad de la cirugía que Georges Franju ejecutó sobre distintos órganos estéticos y temáticos del cine.

Génessier está empecinado con arreglar lo que provocó en el rostro de su hija Edith cuando tuvo un accidente automovilístico, aunque el remedio se vuelve continuamente peor que la enfermedad y su compensación implica mandar a su secretaria Alida a secuestrar jovencitas parecidas a Edith por las calles de París, para luego sedarlas y extirparles la piel que va a implantar sobre la cara de su paciente, que espera aislada y enmascarada la improbable cura. Las composiciones de Maurice Jarre para la banda sonora resultan un acompañamiento correcto, pero los sonidos del entorno son la advertencia más escalofriante del oscuro universo que Franju construye: los perros y las aves se escuchan permanentemente cuando alguien merodea la tenebrosa mansión del doctor, un avión atraviesa como un cuchillo la tensión de abrir una bóveda para esconder un cadáver, y los suspiros de Génessier inquietan mientras su bisturí recorre la piel de su primera víctima, en una escena bastante gráfica que de otro modo se volvería risueña, gracias a lo rústico de sus efectos especiales. En 2017 probablemente no sea demasiado desafío atravesar lo explícito de las imágenes, pero lo que perdura es la incómoda belleza que el director supo elaborar: los ángulos de cámara alemanes, la fotografía en la que blancos y negros se amenazan mutuamente, el devaneo angelical de la afectada protagonista, inexpresiva con su máscara y que parece flotar en esos vestidos que diseñó Givenchy.

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Son palpables las poéticas de Cocteau y Buñuel, puntos G de la piel cahierista, y quizá el producto de las gambetas estéticas y dramáticas de Franju para evitar las censuras puntuales de distintos países. El horror tiende su trampa atrayendo nuestra mirada con elegancia y el minimalismo en los recursos, sin obstinación por mostrar las atrocidades del doctor y tampoco cargando demasiado las tintas en salidas psicológicas. Las aberraciones mentales o físicas no necesitan explicaciones ni señalamientos obtusos con tal de atemorizar: para el estreno de esta película no habían pasado dos décadas desde que los franceses tuvieron que lidiar con maniáticos de buen porte que secuestraban a millones de personas y experimentaban con sus cuerpos. Y tampoco el rostro de Edith sin su máscara es muy distinto a lo que muchos veíamos en el espejo a los catorce años. Cuando, pájaro en mano, la joven emprende su liberación hacia la oscuridad del bosque al final de la película, no hay nada que hayamos observado en los personajes que sea demasiado ajeno a la condición humana.

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