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Los inspiradores de la Nouvelle Vague (04) – El salario del miedo

Kino Palais se complace en recibir el nuevo año con una selección de películas francesas, cuyos realizadores han sido esos inspiradores de los por entonces jóvenes Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol o Rivette, por citar a algunos. Algunos de estos films han sido alabados, otros despreciados completamente. Lo que es innegable es que su influencia calaría muy hondo en la generación de los “Cahiers”. Acompañamos este ciclo con textos sobre algunas de las película que lo integran. Agradecemos a Tomás Dotta la gentil invitación.

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Por Lucas Granero

Dentro de los directores que conforman este ciclo, la de Henri-Georges Clouzot probablemente sea la figura más polémica. Su obra, a excepción del documental El misterio Picasso, que les gustaba tanto a Bazin como a Truffaut porque “Clouzot se borró deliberadamente” (1), no fue nada apreciada por los Cahiers originales, para quienes su cine entraba en esa categoría de “la tradición de calidad” contra la que con tanta furia arremetieron. Pero, como pasa con todo gesto de rebeldía adolescente, esa tan obstinada marginalización hacia Clouzot pronto se fue vaciando de fuerza y, calmadas las olas de lo nuevo, su obra fue ganando el reconocimiento de sus pares, a punto tal que el propio Claude Chabrol (quizás obligado por el gen de la hermandad hitchcockiana que ambos poseían) terminó realizando en 1994 una de sus películas inconclusas, El infierno. Este hecho no debe pasar desapercibido porque exhibe, en su evidente ironía, las fallas que el sistema de la Nouvelle Vague no pudo corregir y que pagó transformándose en eso que tanto odiaba, acaso a su pesar. Quien más tuvo que saldar las cuentas con el tiempo fue el primero que arrojó la piedra, Francois Truffaut, cuyo cine se había convertido, a fines de los años 70’s, en una nueva versión de eso que con tanto desprecio llamaban qualité.

Al enfrentarse a El salario del miedo uno puede, entre otras cosas mucho más importantes que pasan mirando esta película, preguntarse qué es lo que los jóvenes críticos veían en la obra de Clouzot que les impedía llevarlo a su afamado plantel de triunfadores del cine francés. ¿Tendrá algo que ver con el tono deliberadamente nihilista y oscuro de sus películas? ¿Será porque, con su adaptación de El cuervo, se lo acusó falsamente de colaboracionista? ¿O acaso no les gustaba que se lo comparara tanto con su amado Hitchcock? Las razones podrían ser miles y todas válidas pero se me hace imposible no preguntarme si habrán sentido el mismo vértigo que yo, la misma ansiedad, el nudo en la garganta ante el advenimiento imposible de parar del peligro y esa agotadora sensación de estar recorriendo ese camino lleno de obstáculos sabiendo que en cualquier momento todo puede explotar (recomendación a los espectadores: vean esta película en el más absoluto de los silencios porque cualquier pequeño ruido puede hacer volar todo por los aires) y no haber pensado que quizás todo eso sea suficiente como para darse cuenta de que esta película pertenece a otro orden.

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Al igual que sucede con sus personajes, atrapados en esa tierra hostil hasta el fin de sus días, no es muy fácil planear el escape de El salario del miedo. La primer hora de la película puede resultar un tanto decepcionante si se va con la promesa de la adrenalina total. Pero hay que saber esperar: esta introducción en el clima del pueblo Las Piedras donde los cuatro personajes fueron a parar (los motivos se resguardan, aunque es fácil intuir que no están de vacaciones), resulta fundamental para que la necesidad de la fuga se vuelva un imperativo. Tierra maltratada tanto por el abrasador sol que no tregua como por las explotadoras compañías petroleras que chuparon todo, dejando solo a los insectos que se pelean por ver quién muere primero, la desolación que ataca a este pedazo de tierra latinoamericana es tal que nadie quiere quedarse ahí. No hay trabajo, por lo tanto no hay comida ni mucho menos dinero. No se puede escapar en auto porque las rutas están cerradas, no se puede escapar en barco porque el océano está muy lejos y la única salida es un pasaje de avión cuyo precio solo permite que sea alcanzable en sueños. Con este estado de las cosas, Clouzot pone a sus personajes a caminar sobre una cuerda floja porque la que tienen en el cuello ya les aprieta hasta la asfixia. Así, aceptaran pasar por el único punto de quiebre que el sistema les permite: trasladar cientos de litros de nitroglicerina por un camino completamente destrozado, sabiendo que al menor sobresalto pueden estallar en mil pedazos.

Los cuatro hombres que emprenden esta tarea parecen tener el coraje necesario para llevarla a cabo. Uno de ellos sobrevivió al régimen nazi, otro es un mafioso en problemas, el tercero un noble italiano con desbordante espíritu positivo y el último de ellos es el más consciente de las implicancias de este viaje y eso lo convierte en el más racional y por ende en el que más sufrirá el largo camino. Sin embargo, todos ellos quedaran desnudos ante el miedo que los iguala y Clouzot entenderá que es ese el sentimiento que vuelve a los hombres seres frágiles y los termina, finalmente, derrotando, exhibiendolos como lo único que verdaderamente son: humanos enfrentándose a la muerte. En este sentido, la mirada de Clouzot ante la proximidad del miedo y la decisión de enfrentarlo de todos modos tuvo sus resonancias directas en películas como Garden of Evil, que Henry Hathaway dirigió tan solo un año después y sobre todo en su remake directa, Sorcerer, que en las manos de William Friedkin encontraría grados más altos de psicosis. El sonido de sus motores se escucha, aún, en algunos casos extraordinarios de cine del presente como lo es Mad Max: Fury Road.

Charles Vanel(left) and Yves Montand (right) in Henri-Georges Cl

Esa lucha contra lo inevitable que produce el camino hacia ninguna parte en la que se ubica el centro del relato demuestra de qué manera Clouzot supo sacarle toda la potencia a su historia. Una vez emprendido el viaje, la película se compone de tres largos segmentos que muestran cómo los cuatro hombres superan los obstáculos que se les presentan. El primero de ellos es una ruta resbaladiza, el segundo un puente destartalado por el que deben cruzar con extrema cautela y el tercero es una lucha contra una roca que les impide el paso. En los tres, Clouzot apuesta todo por la creación de un suspense sofocante y en todos los casos termina ganando. El salario del miedo encuentra cine en el silencio atronador de una ruta vacía, en el humo que le sigue a una explosión y que todo lo cubre o en ese compañerismo entre los cuatro protagonistas, a los que el contexto intenta de todas las formas posibles vaciar de humanidad, dejarlos tirados como esos insectos del comienzo, luchando uno contra otros por obtener nada más que un día extra de vida bajo este sol tremendo. Algunos de ellos, ni siquiera podrán tener el extraño privilegio de morir con el ticket de salida en la palma de su mano.

(1) Tanto Truffaut como Bazin escribieron a favor de este documental. Dichos textos pueden encontrarse, respectivamente, en Las películas de mi vida y en ¿Qué es el cine?

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