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Los inspiradores de la Nouvelle Vague (01) – La gran ilusión

Kino Palais se complace en recibir el nuevo año con una selección de películas francesas, cuyos realizadores han sido esos inspiradores de los por entonces jóvenes Godard, Truffaut, Rohmer, Chabrol o Rivette, por citar a algunos. Algunos de estos films han sido alabados, otros despreciados completamente. Lo que es innegable es que su influencia calaría muy hondo en la generación de los “Cahiers”. Acompañamos este ciclo con textos sobre algunas de las película que lo integran. Agradecemos a Tomás Dotta la gentil invitación.

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Por Lautaro Garcia Candela

La gran ilusión empieza en una cantina de aviadores, algunos de ellos hablan vagamente sobre una chica. Es la Primera Guerra Mundial. Marechal (Jean Gabin), un oficial, es llamado por su capitán Boeldieu (Pierre Fresnay), para un vuelo de reconocimiento. Las fotos que había sacado su compañero no eran lo suficientemente buenas, así que son necesarias otras. Por corte directo, una elipsis imperceptible y con esfuerzo del director por hacer los lugares similares, llegamos detrás de las lineas alemanas: aparecen ellos dos de nuevo, pero escoltados por unos guardias alemanes, los mismos que derribaron su avión. Son recibidos como colegas y los invitan a comer, incluso con un un cóctel preparado especialmente. El momento incómodo llega cuando aparece un arreglo floral festejando la caída del avión francés. Los alemanes se disculpan por el mal gesto y el mal gusto, empezando con una serie de gestos nobles que recorre toda la película. Después de este prólogo, La gran ilusión tiene dos actos, y una larga coda. Los dos actos son las dos prisiones por las que pasan Marechal y Bordieu, y en las que Renoir demuestra una verdadera pasión por lo inútil: todas las maneras de matar el tiempo de los presos, sus relaciones entre comida y libros, malentendidos de idioma, todos sus números teatrales y sus intentos de fuga, más divertidos que rigurosos, merecen toda su atención porque allí está el verdadero capital de la guerra. No importa tanto la razón del enfrentamiento entre franceses y alemanes como sus esfuerzos por entender y mantener (o no) el protocolo.

Quizás esta no sea la película más apreciada por los Cahiers (André Bazin prefería El Río y La regla del juego), aunque sí la más recordada en Estados Unidos. Las razones son dos y explican ambas circunstancias. Falta el realismo baziniano entendido a la ligera: no hay demasiados planos con profundidad de campo en exteriores, ni siquiera panóramicas a lo El crimen de Monsieur Lange, sino que al contrario, La gran ilusión es más discreta. Renoir prefiere la música sobre la magia, una emoción quizás exagerada vale más que un truco formal. La otra razón para el desprecio es la aparente armonía que se extrae de la psicología de los personajes. Pero en realidad, ¿cuánto sabemos de Marechal para entender sus acciones? Más que corrección psicológica lo que pone en juego La gran ilusión es la rigidez moral que encarnan todos los personajes, condición necesaria, paño sobre el cual se despliegan las cartas para poder poner en escena su historia. El capitán Boerdieu, el banquero devenido modista Rosenthal y Elsa, la viuda alemana, tienen orígenes y devenires imposibles de conjurar y sin embargo en el presente de la película actúan bajo la misma lógica. Podría pensarse que en realidad esa actitud es una especie de sobreentendido de los propios actores por encima de las exigencias del guión.

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Sólo los ángeles tienen alas (1939, Howard Hawks), estrenada unos años después, y La gran ilusión son dos películas hermanas. En ambas se recrea el ambiente masculino de trabajo, de persistencia, cada uno con su Sísifo sin resolver. Tienen gusto por lo arbitrario y por mantener las pequeñas ocupaciones de los personajes supuestamente secundarios: todavía recuerdo con estremecimiento cómo en la película de Howard Hawks un doctor español cita a Shakespeare cuando nadie lo esperaba, análogo al francés que lee obsesivamente a Píndaro en su reclusión. Siempre hay un resto de sabiduría privada, especie de pacto entre caballeros que prefieren no hablar de más.

Hace unos días hablaba con un amigo sobre las películas que preexisten a nosotros, que inician o amplían un camino que nosotros conocemos ya empezado, y cómo ellas nos enseñan a vivir, en el sentido más banal de la expresión: a veces me pregunto qué haría Marechal, o podría adscribir palabra por palabra a la conversación entre Boeldieu y el personaje de Erich Von Stroheim. La gran ilusión podría ser la ilustración del cliché crítico sobre lo teatral en Renoir, pero termina siendo, como siempre que se contrasta un cliché con lo real, su implosión. En la película, sí, se baila, se canta, se exagera, pero se hace mientras se planea una fuga: todo está en función de crear otro mundo con los retazos del mundo propio, más oscuro y sórdido de lo que se querría. Si tuviera que pensar en algo que puede enseñarnos a los cineastas de mi generación es esa actitud, no la de regodearse en las injusticias y miserias del mundo, que se repite película a película, sino el de tratar de construir, con lo que se tiene, una mirada de esperanza sin ingenuidad. A través de su puesta en escena, de sus movimientos de cámara en lateral (“las naciones y las gentes se dividen más horizontalmente que verticalmente”), de la teatralización, de lo impertubable de sus actores, Renoir, desde 1936, inicia una utopía con la misma fuerza con la que irrumpe Marechal cantando La marsellesa ante la mirada de los alemanes, incrédulos.

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