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27 horas y 5 avemarías – Sobre Hail, Caesar!

Por Lautaro Garcia Candela

¿Quién podría animarse a filmar el imaginario asalto de Hollywood en los años ‘50 por parte de los pequeños focos comunistas que vivían en Los Ángeles? Sólo para probar: ¿Alguien podría esquivar la falsa toma de conciencia de las grandes estrellas admitiendo su lugar en el engranaje, a los grandes míticos productores haciendo un mea culpa, al público reclamando en masa un poco de conciencia crítica? Esa ucronía, que debiera tener una distancia endemoniada, no podría ser filmada ni por los conservadores ni por los nostálgicos (que suelen ser los mismos), tampoco por los bien pensantes, que lo arruinarían. Podrían hacerse melodramas musicales con Baz Luhrmann o Todd Haynes, ¿pero quién podría hacer una película de verdad sobre ello? Se me ocurre un solo nombre: Quentin Tarantino. Si bien después se fascinó filmando la venganza de los negros en la guerra de secesión, sólo él puso en escena el cadáver de Hitler siendo destrozado por mil balas de la ametralladora mientras un cine lleno de nazis se prende fuego como una venganza innecesaria, mentirosa, irresponsable y estúpida (es decir, totalmente estadounidense) pero llena de vida, quemando también los restos de polvorientas representaciones cinematográficas anteriores, históricamente responsables y concienzudas. Es decir, su ficción le ganó a la Historia y a la corrección política, filmando sin más intensiones que brindar emociones a la vieja platea, pensando sólo en qué plano le sigue a otro. Sin proponérselo, Tarantino hace feliz al viejo Ranciére.

Los hermanos Coen, queda demostrado, no podrían. Les falta fe, principalmente. No en un sentido religioso, o mejor dicho: en el sentido más antiguo que podríamos darle al término, la vieja kátharsis, si nos remontamos a las ficciones antes de Cristo, en ese Olimpo difuso y contradictorio que mucho se parece a lo que fue el star-system. Deberían creer más en la ficción, en el poder de sus personajes y su narración para poder cambiar la Historia en sus películas. No pueden tener su propio Hitler lleno de balas o su Hollywood invadido por los comunistas, no por miedo sino por apatía, falta de vigor o irreverencia. Su idea de compromiso político es la de Eddie Mannix: ¿de qué se trata Hail Caesar!, sino de alguien cuyas creencias no se permiten tener el más mínimo declive, cuyo trabajo consiste en que todas las películas se hagan en normalidad? No nos queda ni el pop en su variante transgresora por repetición, ni siquiera un gesto vacío, no podemos pensar siquiera la idea del cine como algo no tan serio. Josh Brolin nos mira fijo, vigila con el gesto adusto, e incluso tiene la mano lista para pegar cachetadas, del derecho y del revés.

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A su manera ellos también hacen revisionismo histórico: sitúan ante problemas coyunturales al productor todopoderoso Eddie Mannix y lo salvan del bronce que ya tienen históricamente los grandes de su oficio, que mantenían una docena de películas en distintas etapas de realización salvaguardando una cierta línea estética. En vez de iluminarlo con grandes ideas, lo enfrentan ante los chismes, las acusaciones, actrices embarazadas y la lluvia que arruina un plan de rodaje. Lo que pudo haber sido un muestrario de parodias a directores precisos y un simple juego de trivia (¿qué director es este o qué actor es aquel?) en realidad es una ficción hecha y derecha, sin homenaje de por medio. La Hollywood de esos años fue objeto de varias celebraciones vacuas y sin embargo aquí se percibe como algo que respira por varios frentes, una máquina orgánica –si es que eso es posible, todo el tiempo a punto de romperse. Gracias a Mannix (con complicidad de los Coen), el exceso está fuera de campo, sólo hay recuerdos o chismes de las perversiones, e incluso la violencia sólo se insinúa: todo transcurre en una aparente calma, manteniendo las formas, las apariencias.

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Y sin embargo, en esa distancia, hay algo que escapa a la apatía y a los gestos cancheros. Mientras transcurren las 27 horas que narra la película hay ciertas escenas, líneas de diálogo, miradas incluso, que transcurren en el más puro absurdo: no es necesariamente desprecio a lo que sucede (la acusación fácil) sino extrañeza, falta de algo que unan los diferentes discursos que la película entrecruza. Se suceden los números musicales (brilla Channing Tatum, camino a ser el más fotogénico de su generación) y los gags en relación a los rodajes con Ralph Phiennes por un lado y George Clooney por el otro, y todos mantienen ese tono seco, característico del mejor cine de los Coen. Joel y Ethan deben ser tipos extraños, muy observadores pero también muy distantes. Hay cinefilia en su cine, pero no hay entrega a los placeres de éste, ya sea los culposos o los otros. En cambio la relación de Mannix con el cine es incluso contradictoria con su trabajo, totalmente irracional, impoluta, como si de un espectador totalmente virgen se tratara. No acepta ningún tipo de duda, de análisis posterior, y sin embargo por su amor al cine se termina preguntando por cuestiones un poco más teóricas, como vemos en la escena en la que se sienta con los religiosos a discutir sobre la representación de Dios y su trinidad (podríamos invitarlos a la próxima edición del BAFICI y darles una mesa redonda). Esa cuestión está desplazada por el tono de comedia del diálogo y en realidad no llega a nada (como tampoco lo hacen cuando hablan de marxismo) y sin embargo es, estrictamente hablando, efectiva: la película de Capitol Pictures no tendrá problemas de distribución. De eso se trata, de ser efectivos.

Un cristo, un rosario, un reloj, así empieza Hail Caesar!. Esa es la clave: todo el exceso imaginable que podría haber tenido la película se apaga frente a una idea económica pero sugerente de montaje, de iluminación de los ambientes, de registro actoral. La estructura episódica se prestaba a ser totalmente esquizofrénica, incluso lyncheana si se dejaban empapar por esas escenas dentro del estudio que ya quedan emocionalmente distantes porque los Coen no creen tanto en el cine como Mannix, que lo prefiere y lo prioriza frente a un trabajo con bombas atómicas. Esa importancia casi religiosa del cine plus toda la imaginería cristiana y marxista configuran las ambiciones de su cine, que quiere filmar a Dios, es decir Hollywood, la ficción, el comunismo: estuvieron cerca en A serious man, cuyo tornado se presentía con una importancia metafísica, pero en Hail Caesar!, si sacamos todas las capas que tiene arriba, lo que consiguen es capturar una faceta del tiempo que mira a la eficiencia como fin último.

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