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Escritura esencial sobre cine #3 – Abril 2016

Por Ezequiel Iván Duarte

Con complacencia, cobardía cívica, rapidez, inexactitud, colaboracionismo, miedo, oportunismo, alpedismo, yerros e inconsciencia política, es decir, como de costumbre, apelamos a la malignidad pura de nuestros lectores, malignidad y forrez, hemos de decir, que nosotros bien sabemos cultivar cual porotito en papel secante, malignidad y forrez que son marcas de superioridad ontológica —superioridad ontológica de cabo primero, hay que decir— nuestra y de ustedes, espantosos lectores —y nos miramos al espejo y también nos espantamos ante las marcas de la miserabilidad en nuestros propios rostros— para repasar algunos textos sobre cine publicados durante abril.

Sabrán disculpar nuestro carácter chichi —que, por otra parte, no tan otra ni tan siquiera parte, compartimos con vosotros, criaturas buscarroñas— que nos lleva, seguramente, a repetir nombres y sitios web respecto a ediciones anteriores. También es probable que vosotros, lectores, infinitamente más avispados que nos, no sólo ya hayan leído muchos de los textos que procederemos a linkear, sino que también hayan leído artículos infinitamente superiores que a nosotros se nos hayan pasado por alto. Nuestra incapacidad es infinita o, dicho de otro modo, nuestra capacidad para equivocarnos infinitamente es infinita, por no decir que, a veces, directamente apelamos a la maldad, como forma de ocultar nuestra infinita falta de preclaridad.

Y si de infinito y preclaridad hablamos, ahora más acá de la esquizofrenia, imposible no pensar en la luz y, en consecuencia, en la figura de Terence Davies (no confundir con Miles Davies y muchísimo menos con Miles Dives). El abrileño BAFICI 2016 —introduzcan aquí sus pentaclorias favoritas ante maldito evento, sobre todo respecto de cierto ministro que no debe ser nombrado salvo para subrayar, helado estampado en la frente de pro (error tipográfico muy dicente) medio, las posibilidades y casualidades semánticas de su apellido (y caemos de golpe otra vez más allá de la esquizofrenia)—, además de hilarantes gacetillas, ofreció su penúltima película, Sunset Song.

Mientras esperamos la biopic de Emily Dickinson, tratando de volver al más acá, risperidona mediante, recomendaremos que Miguel Blanco Hortas ve a la luz como eje fundamental en la obra del, para muchos, mayor cineasta inglés vivo (saludos a Nic Roeg y a Peter Watkins mediante): “Davies trabaja continuamente la luz, no buscando iluminar mejor cada escena, sino como punto de referencia, como cuerpo dentro del film.” La idea de metamorfosis, de cómo la protagonista Chris Guthrie va transformándose continuamente a lo largo del relato, es otra de las articulaciones propuestas por el autor.

La gran ganadora de este BAFICI fue La larga noche de Francisco Sanctis, dirigida por Andrea Testa y Francisco Márquez —también exaterizadores de ya sabemos quién (miedito), para amargura momentánea de un puteante Quintín, quien luego se disculpó por el exabrupto[1]—, película seleccionada, además, para competir en Un Certain Regard, la segunda sección en importancia del próximo festival de Cannes. Juan Jorge Michel Fariña escribe en La Cueva de Chauvet un elogio breve, conciso, argumentado desde Borges y su cuento “El Sur”.

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Uno de los films restaurados que pudo verse en el festival fue Con los puños en los bolsillos, ópera prima de Marco Bellocchio, quien nos permite retomar el tema de la luz. “Hay dos cosas que amo del cine: el tiempo y la luz”, afirma el realizador italiano en el primero de tres textos traducidos por José Miccio —el de la pluma dorada— y publicados conjuntamente en Hacerse la Crítica: “Está la luz de La règle du jeu, que anuncia el inicio de la guerra, la luz de Viaggio in Italia, que anuncia L’avventura de Antonioni y con ella todo el cine moderno, y la luz de À bout de souffle, que anuncia los años sesenta.”

Retornamos a la contundente brevedad con Aníbal Perotti y su crítica de Cosmos de Andrzej Zulawski sobre la novela homónima de Witold Gombrowicz. Zulawski, cineasta del margen —entre la cordura y la locura, entre lo esotérico y lo pornográfico, entre lo divino y lo infernal—, falleció en febrero de este año —vuelven los fantasmas de ediciones anteriores de esta infame columna—, a poco de haber parido su primera película en quince años, “desenfrenada, caótica y fascinante que mezcla escenas de teatro, historieta y comedia dentro de un drama”, a decir de Perotti. El BAFICI aquí hizo lo que Mar del Plata no y trajo a la Argentina este canto del cisne.

Y si de Zulawski se trata, dejando, por supuesto, la brevedad de lado, de lectura indispensable es la traducción que Santiago González Cragnolino realizó de una entrevista al director a cargo de Boris Nelepo, con seguridad una de las últimas que dio. Bleurgh.

A modo de balance baficesco proponemos dos textos de Martín Iparraguirre en La Mirada Encendida. Uno que hizo promediando el festival, donde reflexiona sobre el sadismo estético y narrativo que poblaría los festivales del mundo, donde se propone mostrar las variaciones del mismo entre Communication & Lies de Seung-won Lee y La Noche de Edgardo Castro; y otro balance-balance con lista de premiados incluida y reflexión respecto a los éxitos en el festival del cine cordobés.

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También como suerte de recuento, Marcos Rodríguez se pone los zapatos de, antes que nada, espectador y rescata la “mentira” de los festivales de cine (“las películas que ahí agotan entradas función tras función no llenan ni diez butacas en el momento de su estreno”) por la posibilidad que éstos ofrecen de construir esfera pública y romper el aislamiento complaciente del ver cine en la comodidad del hogar. Además, por la posibilidad de sorprenderse, para bien o para mal, o de decepcionarse o aburrirse, emociones difíciles de conseguir en nuestras casas, donde vemos lo que ya sabemos que queremos ver.

De yapa, ofrece una mirada respecto de La larga noche de Francisco Sanctis contrapuesta con la antes ofrecida por Fariña (no, no ese Fariña. Bleurgh).

[1] Nota mental: hipótesis: hay un mal endémico en la crítica de cine según el cual la lucidez para escribir sobre películas es directamente proporcional —o no tanto— a la falta de lucidez para escribir sobre lo que vulgarmente entendemos por ‘política’. Problema: qué pasa cuando las películas se meten con eso que vulgarmente entendemos por ‘política’; aunque el nuevo cine argentino, si todavía existe y si no malinterpreto a Nicolás Prividera, sería poco afecto a abordarla. Según entiendo y en este sentido, La larga noche de Francisco Sanctis constituiría una excepción más que una regla.

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