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BAFICI 2016 (9) – La infiltrada de Las Pistas: algunos colegas imaginarios

Quizás lo sepan pero este BAFICI estuve infiltrada entre los directores argentinos. Estrenamos Implantación nuestra primera película (con Sol Bolloqui y Fermín Acosta) y esa infiltración llevó a ver menos películas ajenas (porque hay que ver como cuatro veces la propia), y una especie de colegada por la cual entre intercambio de postales, abrazos y chats de autoayuda al operaprimista con datos logísticos y técnicos llevó a ver bastantes películas argentinas con la distancia anticrítica de todo esto. De paso, como acabamos de terminar una y estamos empezando una nueva, no podía dejar de absorberlo todo como parte del trabajo próximo y como una especie de referente directo para el trabajo pasado. Robé algunas ideas, solucioné algunos problemas que venía pensando, aparecieron algunos nuevos y sobre todo empecé a querer que esta infiltración se haga permanente. No estén tristes, ya se sabía que como crítica era buena operaprimista.

Todavía no se como sucedió este milagro (porque no hubo presentación, sólo entrada alegre de los programadores y el director del festival uno por uno a ocupar sus asientos en la sala con el resto de los presentes que no estaban ya en una fiesta) pero la película de apertura fue Le fils du Joseph de Eugène Green. La película es una especie de viaje hacia Belén vía un burrito ring ring, feliz y delirante como una mezcla de visitas guiadas por padres putativos al Louvre con un negocio de venta de esperma por internet. Será que para Green el amor tierno y sincero es tan curioso como una persecución que incluye una huida en burro, que los homologa. Le fils descubre que esa especie de velo que recubre a una película especialmente sofisticada no es un vidrio esmerilado generador de distancia a priori sino una especie de película elástica de material suave y transparente que constantemente dan ganas de tocar, como ese carbohidrato que recubre y da estructura a los invertebrados, la quitina. En este caso al ser Eugéne Green y no una araña dan ganas de dejarle a su quitina los ojos, oídos y cerebro dispuesto y sensible para que haga lo que quiera. Lo que la forma acá quizás sean sus ángulos precisos (de 45 a 180 grados), la repetición de acciones por el mismo personaje como el robo a una ferretería, la cara serena e inmóvil de María y las cejas de José. Pero igual que una araña hay algo hipnótico e inquietante en dejarle completa potestad de los sentidos a este fils y es esa extrema suavidad que se pega a la dureza del mundo, la rigidez de un ambiente con la maleabilidad de otro, lo ridículamente cruel que son sus villanos contra la mirada franca y a los ojos de los padres de alguien más. Los personajes de Green, cuando miran hacia delante, miran directa y realmente a los ojos con ese lanzazo directo que es la mirada abandonada y sin tensiones pero depositada en un punto fijo.

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Le Fils de Joseph (Eugène Green, 2016)

Del progama de Margaret Tait que vi, el de los cortos más cortos, y de la película de Cecilia Kang, Mi último fracaso se desprende que hay varios tipos de cineastas y uno es el que se hace filmando todo, todo el tiempo. Eso hace en ambos casos que se vean muchísimas cosas y se arme voluntaria e involuntariamente una red de afectos, formas de vida y ternuras . Dentro de ese mismo tipo (bastante tiene que ver este texto de García Candela) hay uno que se hace filmando siempre proyectando hacia fuera: buscar de la oficina la calle, de la casa la ventana, de la gente la que trabaja de otra cosa, de la familia los mayores o menores, que son cosas que de todas formas las ensamblan como sujeto, pero sin constituirse como centro y descansando fuera de cuadro. Esta es la práctica que busca hacer a las maestras de la delicadeza y sienta las bases de la creencia en un cine que sea una exploración íntima y sensible del mundo, al que se acerca como un ser curioso y no como un enunciador estático que construye y reconstruye discursos sobre las ideas que tiene desde la silla que mejor le cae. Buscar bellezas y encadenarlas para pensarlas alrededor, definirse como decía la mujer al principio de Últimas conversas a Coutinho: la herramienta es siempre la curiosidad. Como el brasileño, curiosidad proyectada hacia otros más o menos cercanos pero siempre otros. Como intento de entender y homenajear, filmar. Algo de esto intentamos hacer nosotros con la nuestra.

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Ultimas Conversas (Eduardo Coutinho, 2015)

De Wolf se desprende que las películas chicas profundizan organizando elementos por capas. Funciona como saga de Yo no sé que me han hecho tus ojos en tanto y en cuanto organiza respuestas a las miles de preguntas que lleva el haber hecho una película mucho tiempo y después ya no estar haciéndola, o sea: terminarla. Esta está hecha en pocos días en un proceso de resolución de algo irresoluble y lo que sale es una excusa de 60 minutos o unas semanas para existir en un espacio entre el pasado (de Falcón, de Wolf, de sus formas materiales de hacer cine hace 15 años) y algo que no es el presente sino más bien un pasado casi inmediato. Distintos intentos de abordar un problema: primero, explicarlo y así quizás en el proceso de narrar surja una solución posible como en alguna de Borzage que alguien entra por la ventana y dice ¡Por qué no se van los dos juntos!. También, como cuando se pierde un trabajo, la difícil socialización de que estás buscando algo. Después métodos y procesos formales: montar, intentar recuperar algo en la sala de montaje, algo que estuviera medio escondico en el material (la ilusión de todo cineasta). Pero el material de Wolf no es un misterio, es que ya está embrujado: las contigencias, lo físico, concreto y real que implica hacer una película, filmar a una persona, manejar un auto por la ruta para ir a buscarla y la posibilidad de un accidente extracinematográfico. ¿Qué pasa si algo no se puede resolver? Parece que se pregunta Wolf, ¿qué pasa si no existe un método que resuelva esta incógnita? Se tiene la distancia necesaria para hacer una película de proceso, que se vaya desmaterializando. No es posible descifrar todos los rastros del relato de Ada Falcón gesticulando en una película sin sonido, pero se puede filmar un intento maravilloso. Porque en el presente todo es intento y el cine intenta todo el tiempo comunicarse con los muertos, con la propia juventud, de congelar algo en imagen o en sonido. Y así entre espacio común (al cine, moviolas, salas de montaje, museos, salas de proyección, la ruta) la película va entrando a un espacio al que nadie quiere entrar pero ya estamos todos embrujados con ese tono de investigación directo que es por cierto el presente más ilusorio, de la resolución sobre la marcha de un misterio concreto y para nada etéreo que deja un lugar desnudo y terrible: ¡todos vamos a morir! Y seguramente Wolf lo esté pensando. Hay un mínimo grupo de espectadores que se separan de todos los posibles que son aquellos a los cuales una película les concierne directamente: actores, personajes, equipo, en cuya cabeza algunas veces dan ganas de estar cuando se ve algo (los chicos de Coutinho por ejemplo, que habrán visto la película cuando el ya estaba muerto), y esta película me pone en ese específico lugar de pensar si alguna vez seré el material sin sonido de alguien más, o un sonido sin imagen. Y hay algo de todo esto que ingresa como una sombra en el plano cerrado de una mujer experta en leer labios que intenta repetir, con total concentración, qué es lo que dijo una mujer muerta. Con gracia, con humor y con toda esa muerte encima. El cine es una especie de recuerdo de duración fija pero el trance no siempre queda de ese lado, con tres o cuatro capas encima articuladas en profundidad para dejar completamente roto el corazón. Los ojos de Ada de la anterior película se cambian por esta mujer que la mira sin verla porque ya está muerta y proyectada en una pantalla. Viviré con tu recuerdo significa prolongar la vida de alguien haciéndola finita. ¡Y se puede ser ligero sobre eso! Mientras llega por correo un telegrama de la muerte. Y sobre cuestiones como el cine, el tiempo, el armado de una película documental con una estructura de investigación cuando ya se saben los resultados, es tan sencillo (tanto que así se hacen todas las películas, casi) y fascinante. Siempre se habla de la materialidad del cine como algo un poco trillado, pero en ese caso ese tiro directo a lo material, a una lata de fílmico perdida y reencontrada, a una voz que se perdió, a tres métodos concretos parecen haberle dado a Wolf (como a Edgardo Casto, por otras razones) la rarísima facultad de parecer más joven que hace 15 años. ¿Estará embrujado por habernos pasado al resto el terror a la muerte? Quizás porque tiene ese efecto de películas como Un ladrón de alcoba, que cuando termina casi vuelve a empezar, como si con una mano borrara todo lo que hemos visto con la vuelta a la calma inicial y con la otra lo fijara en algún lado con barniz (porque se puede rebobinar una película pero no volver el tiempo real una hora y media atrás). Yo no estaría en la misma habitación que una copia física de esta película.

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Viviré con tu Recuerdo (Sergio Wolf, 2016)

Bastante más cerca de Wolf que lo que parece está la película de Ross Sutherland que ganó la competencia de Vanguardia y Género, Stand-by for the tape back-up. Llegamos para ver la segunda mitan de los cortos en 8mm y 16 mm que pasaban antes así que de repente se apagaron los proyectores y apareció una grabación en VHS del Mago de Oz con Dark Side Of The Moon de Pink Floyd encima. Por suerte antes de que huyéramos de la sala empezó a hablar un tipo encima que no se cayó hasta el final. Pasa de Oz a Los Cazafantasmas ocupando toda la pantalla y diciendo que ahí está reflejado todo aspecto de su vida desde que su abuelo lo llevó a ver muchas veces la película al cine un verano aburrido a sus cuatro años, un abuelo que ahora esta muerto. Como un reverso de O futebol, Stand-by… inventa o describe una serie de acontecimientos (pensar en esta película cuenta como acontecimiento) cuya veracidad es irrelevante porque aquello que se forma entre el video de pedazos de cosas pasadas por la tele y grabadas en ese VHS del abuelo que el personaje hereda y esa voz que construye un texto totalmente sincronizado con eso sin un punto, una coma o un silencio de más arma una verdad ficcional que es mejor que todo lo que puede haber de referencial en ese. Y eso que es una especie de locura paranoica o algo que se parece a estar en la cabeza de alguien que piensa muy rápido durante una hora y que tiene, como todos los humanos, la capacidad de tener pensamiento abstracto que en este caso es completamente descomunal y que recuerda la complejidad diaria de ser un humano cuando esa facultad del pensamiento abstracto se vuelve en tu contra y no se proyecta hacia fuera. Aunque esta película es una forma de proyectarlo, finalmente ese torturante constante pensamiento mientras este video de alguien más va pasando, frenando, rebobinado y que tiene un misterio similar al del final de American Epic Trilogy en el que mientras entrevistan a Mississippi John Hurt, un peon de campo que había grabado a finales de los 20 unos temas incríbles para un sello encontrado por casualidad en un concurso de banjo hecho para captar talentos al que él no se presentó y después desapareción para siempre hasta ser reencontrado por un coleccionista que sabía donde trabajaba, para llevarlo a tocar con jóvenes cantantes de Folk en un escenario destrás del cual alguien le hacen una entrevista mientras se escucha que en el escenario Bob Dylan muy joven estácantando The times are A-changing como si fuera tanto un acto de magia condensada de la Historia de la música y una triste, falsaria y conocida máxima de que en el sur, cuando la leyenda se vuelve un hecho, hay que imprimir la leyenda. Igual que Mississippi y Ransom Stoddard tendrá que cargar Sutherland con el peso y la tristeza que destila su leyenda impresa de un abuelo muerto que desencadena un poema de una hora. Eso viene con la importancia de la práctica: la tristeza como Wolf de hacer algo que el resto perciba como único y presente como es el cine, y que lleva mucho pasado, construcción milimétrica y una frescura que en hacer muchas veces no se siente y confunde con obsesión. Shutherland hace como un músico, porque la música es un arte temporal y el despliega así su poema, en el tiempo real y en el espacio imaginario que se alimenta del espacio de una pantalla con videos. A veces esos espacios (el real y el imaginario) se cruzan en algún punto de unas líneas que vany vienen y en esos puntos que se cruzan se hace una especie de circulo para el estudio posterios de estas líneas y luego siguen cada una su rumbo. Por ejemplo, ahora que no puedo ver la película no recuerdo qué imágenes estaban mientras el personaje hablaba de una noche en la casa de una amiga en la que un ataque de asma primero le cortaba la respiración y después se desplegaba como esas mismas líneas hasta hacerlo sentir que el gatito de su amiga que estaba ahí con él al rasguñarlo un poco le causaba heridas terribles y mortales y eso sí lo veo, ese cuarto y el gato y la amiga a la que no quiere despertar y la calle a la que sale a tumbarse y respirar, y saber que ese ataque es terrible aunque pase y después vendrá algo peor que es quedarse por prescripción médica la mayor cantidad de tiempo posible, días, semanas, para recumerar una fuerza física que va a minar por completo cualquier fuerza emocional existente que es o ahogarse en la realidad o ahogarse dentro del cerebro porque lo que viene con la obligación de quedarse unas semanas en casa es la depresión. Y la depresión puede tener una cantidad temenda de pensamiento abstracto estando solo en una habitación con unos videos y pensar alrededor de eso hasta que de tanto caminar de un lado a otro del cuarto se le hacen zurcos a la memoria, y sin poder proyectarlo para afuera eso es como una olla a presión que en algún momento o te mata, o te vuelve loco o te sale una película hecha con muchísimo trabajo en intentar congelar el momento de la vida de alguien muerto que si pudiéramos elegir para loopear para siempre sería su abuelo y él yendo al cine a sus cuatro años a ver Los Cazafantasmas, o sea antes de todo esto. O sea que esas líneas dependen para ser verdad de uqe todo esto hable de una muerte y en ese caso esa muerte se encargaría de darle veracidad lo los liberaría para ser graciosos y volverse locos. Digamos que en el cine también es estar solo en un cuarto pensando o proyectando que estás a punto de volverte loco y que eso le puede estar pasando a alguien más o que la belleza en todo caso se puede sobreponer a todo eso de manera tal que sea más complejo o tenga una capa más de complejidad de ser humano y sin embargo esta vez eso sea para mejorar todas esas capas político-cotidianas de la memoria y la vida per se.

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Stand by For Tape Back-up (Ross Sutherland, 2015)

En todo eso me quedé pensando más o menos cuando Granero me dijo que en la función de la noche de John From, Joao Nicolau dijo algo así como que sabía que eran tiempos de crisis y que el sentía que tenía que hacer películas con eso, y que había hecho esta película sobre lo que para él era lo más complicado del mundo que es el corazón de una chica, que asi escrito por mi suena más a una pavada que a la belleza del enunciado real. Nicolau se pone en el lugar de John Wayne en La legión invencible: básicamente compromete su batallón entero para que dos jóvenes puedan odiarse y coquetear un rato, o sea que si los chicos no pueden enamorarse en paz más allá de sus propias turbulencias, ¿para qué sirve todo esto? Una valiente declaración de prioridades que a la vez lo deja a él (Wayne, Nicolau) fuera del centro de la cuestión. Entonces algunas de estas películas que fumos viendo (esta es mi especie de top 5) fueron dando respuestas a este problema acerca de la película que llevé al festival, sobre todo después de estrenar y que a todos unánime y sospechosamente les haya gustado: ¿le falta a la película tensión externa? ¿Tensión interna? ¿Contundencia? En el corazón de una chica pueden estar todas estas cosas, en estas películas que dejan el cerebro en perpetuo movimiento y que terminan haciendo pensar en las crisis económicas y sociales. Como para Sutherland, construir desde adentro de un cuarto para hacerlo estallar afuera y dejar esta confusión acerca de qué es importante a compartir con el que mira, o intentar entender que todas estas capas de la humanidad es lo que une, algo así como si se viniera una guerra ahora querría unas buenas canciones para cantar en el frente de batalla, con imaginación, con belleza, con Sons of the pioneers y lambadas que le hagan justicia a distintos pedazos de mundo y a la gente que va viviendo por ahí. Si vamos a resignar belleza, imaginación y pensamiento nos queda nomás quedarnos acá discutiendo adentro de un pasillo bajo tierra si tal o cual cosa es o no una obra maestra con fecha de caducidad en abril 2017.

Lucia Salas

 

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