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Escritura esencial sobre cine #01 – Enero/Febrero 2016

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Hoy inauguramos una columna de un amigo de Las Pistas: Ezequiel Iván Duarte, más conocido entre nosotros como El Zapato de Herzog, el nombre de su blog. Aquí recolectará textos críticos sobre cine, los más destacables del mes. Una suerte de greatests hits. Pasen y vean. 

Por Ezequiel Iván Duarte

Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía detener sus perversas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.

Los Muertos, James Joyce

¿Qué es un fantasma sino un pasado que se niega a abandonar el presente? Un fantasma puede ser una metáfora del peso de la historia. Pero, también, puede ser algo material. Quizás, la imagen cinematográfica no consista de otra cosa que de fantasmas: hombres, mujeres, animales, plantas, objetos capturados en un estado al que no regresarán. Sin embargo, algo de ese estado siempre permanece.

La muerte ha marcado al universo cinematográfico en el verano meridional. Y si un ser aún vivo impreso en la película o digitalizado y vuelto a decodificar se afantasma en el proceso, qué decir de un muerto cuando volvemos a las imágenes de cuando se encontraba con vida.

He aquí una breve especulación que suelo reiterar: en un futuro no muy lejano, la tecnología habrá avanzado hasta tal punto que no sólo podrán crearse animaciones computarizadas virtualmente indistinguibles a simple vista de ‘lo real’, sino que, de este modo, se podrá reconstruir en la pantalla a los muertos, no sólo en la imagen de sus cuerpos sino creando inteligencia artificial capaz de capturar la ‘psicología original’ de la persona de que se trate (todo esto está bastante bien abordado en “Be right back”, el primer episodio de la segunda temporada del unitario Black Mirror). Esta ‘psicología’ o ‘mente’, como muestran las películas Her de Spike Jonze y Welt am draht de Fassbinder, podría volverse autoconsciente y capaz de desarrollo autónomo.

Para el cine, significaría la posibilidad de resucitar digitalmente a las grandes estrellas muertas: se realizarían nuevas películas protagonizadas por los ‘clones’ de Jimmy Stewart o de Rita Hayworth. O de cualquiera.

Es lo más cercano que podríamos estar en un futuro no muy lejano a la resucitación de los muertos. Mientras tanto, nos quedan los fantasmas. Hagámoslos presentes:

Ettore Scola falleció el 19 de enero a los 84 años. Jacques Rivette, el 29 a los 87. Padecía Alzheimer. Andrzej Zulawski, el 17 de febrero a los 75. Cáncer. En Espacio Cine, Fernando Varea encuentra un aspecto en común entre estos tres grandes realizadores: la censura que sufrieron sus películas en la Argentina y, en los casos de Rivette y, sobre todo, de Zulawski, también en sus países de origen. Así, propone un recorrido breve pero detallado por las distintas películas que sufrieron cortes o que, directamente, no pudieron estrenarse sino hasta cierto tiempo después.

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En el caso del polaco, y como complemento al texto de Varea, podemos señalar que ya con sus segundo largometraje, El Diablo [Diabel, 1972] sufrió la censura comunista, por lo que decidió marcharse a Francia. Un tiempo después, intentó hacer otra película en Polonia, Sobre el globo de plata [Na srebrnym globie, 1988], inspirada en la Trilogía Lunar de su tío abuelo, el escritor Jerzy Zulawski. El rodaje tuvo lugar en 1977 pero fue interrumpido por el ministerio de Cultura a poco de terminar, al interpretar la obra como una crítica alegórica al autoritarismo político imperante, autoritarismo que, de esta forma, y más allá de las intenciones del film, quedaba plenamente confirmado. Los baches resultantes en el forzado corte final son rellenados por la voz en off del propio Andrzej quien, acompañado por imágenes varias de una ciudad y sus movimientos, narra lo que debía ocurrir en esos momentos y que no llegó a filmarse, además de explicar, al final del metraje, las razones detrás de los faltantes.

En la entrada del lunes 22 de febrero de su diario crítico virtual, Marcos Vieytes recuerda a Zulawski como un autor de películas capaces de reinventarse infinitamente, al igual que japoneses como Seijun Suzuki, Siono Son o Kiyoshi Kurosawa. Lo hace, básicamente, a partir de dos de sus films: Mis noches son más bellas que tus días [Mes nuits sont plus belles que vos jours, 1989] y Szamanka [1996]. De yapa, la entrada incluye reflexiones críticas acerca de la última ficción de Herzog —quizás su peor película, de acuerdo con el autor— y una visión elogiosa de Mommy de Xavier Dolan.

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Por su parte, Jorge García escribe en Con los ojos abiertos un obituario de Ettore Scola y rescata la que considera una de sus mejores películas, en lo habitual ignorada: Pasión de amor [Passione d’amore, 1981], a la que describe como una “suerte de relectura del Nosferatu de Murnau”.

Conocidas son las vinculaciones entre teatro y cine en la obra de Jacques Rivette, patentes de forma explícita en películas como L’amour fou [1969] o Out 1, noli me tangere [1971], donde los ensayos de obras teatrales se llevan buena parte del metraje. Asimismo, Quintín, en La lectora provisoria, propone dos asociaciones entre Rivette y literatura. La primera y más obvia es con Balzac, cuya obra es uno de los corazones —el de la intriga— en Out 1. La segunda, es con Héctor Libertella a partir de un libro-ensayo de Esteban Prado, Libertella. Un maestro de la lecto-escritura: un recorrido. Libertella es caracterizado como un vanguardista que sostenía que el objeto de la literatura es enseñarnos a leer. Quintín concluye por afirmar no saber qué quería exactamente Rivette. Mediante la traza de un paralelismo evidente, uno se siente tentado a responder “enseñarnos a ver (y a oir) de una manera diferente”.

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Por su parte, Roger Koza menciona una crítica que hiciera Quintín del último film de Rivette, 36 vistas del Pico Saint Loup [36 vues du Pic Saint Loup, 2009] en su obituario “Rivette nos pertenece”. Allí, menciona cómo la muerte de un ser significativo para nuestras vidas nos pone en contacto con nuestra propia finitud, aún la muerte sospechada o inminente (Koza comenta cómo presintió el fallecimiento de Rivette el día anterior a que se produjera).

David Bowie murió el 10 de enero víctima del cáncer, como Zulawski. Fue sin dudas uno de los músicos pop más influyentes de la historia. Su ligazón con el cine es conocida. Debutó como actor al mismo tiempo que iniciaba la era de Berlín en su discografía. A fines de 1976 se mudó a Berlín occidental tras una breve estadía en Suiza, en una época marcada por su adicción a la cocaína. Ese mismo año vería la luz El hombre que cayó a la tierra [The man who fell to earth, 1976] del gran Nicolas Roeg, donde interpretaba el papel protagónico: un extraterrestre que llegaba a nuestro planeta con el objetivo de llevar agua al suyo,agonizante por la sequía.

Cuentan que Low, lanzado al año siguiente y muy elogiado por Philip Glass, primer disco de la trilogía berlinesa, contiene materiales que Bowie pensó para la banda sonora de la película pero que fueron rechazados ya sea por ser presentadas a destiempo o por no satisfacer al director.

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La estadía de Bowie en Alemania, movilizada por la influencia del krautrock, coincidió no sólo con una etapa tóxica en su vida sino también en la del propio país de acogida: por esos años, Alemania sufría una epidemia de adicción a la heroína que encontraría su epítome en la figura de Christiane Vera Felscherinow, una adolescente, prostituta y adicta que en 1978, a raíz de una investigación de los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck, inspiró y co-escribió la novela Los chicos de la Estación del Zoo. Sobre esta novela, el cineasta Ulrich Edel realizó, en 1981, el largometraje Christiane F.. Cristina Álvarez López cuenta en “Throwing darts in lovers’ eyes”, título tomado de un verso de la canción “Station to Station” de Bowie —incluida en el disco homónimo de 1976 en el que el músico encarna al “Delgado Duque Blanco”, personaje asimilable estéticamente a su Thomas Jerome Newton del film de Roeg y cuya ‘blancura’ está asociada a las drogas—, que la película de Edel está dividida en dos por escenas de un recital del autor de Ziggy Stardust en Berlín, luego del cual Christiane inhala heroína por primera vez. Así, López desarrolla en paralelo su historia y la de David Bowie y cómo se interpenetran dentro y fuera del film de Edel.

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2 Comments

  1. Puede que sea un problema técnico, lo envío nuevamente:
    Quiero corregir la imprecisión algo apresurada de Eze Iván Duarte, autor de esta nota: yo nunca he llamado a “básicamente no ir” al Bafici Lopérfido. Sí he reiterado la cobardía cīvica con que las påginas de cine abordan el desempeño del ministro de cultura negacionista y provocador que fue repudiado por cientos de miles de personas que se movilizaron por los derechos humanos el 24 de marzo y repite un lamentable stand up que opaca los anuncios del director artístico del festival. También Lopérfido fue mundialmente repudiado por notables exponentes de la cultura internacional. Y es notorio que no puede aparecer en muchas manifestaciones culturales porteñas. En cambio, son evidentes la complacencia y la cobardía con que se esquiva el asunto de lo pérfido en el campo de la crítica cinematográfica, actitudes de las que puede ser un claro ejemplo la liviandad, rapidez e inexactitud con que se comenta el asunto en esta nota. No sé si es el miedo, el oportunismo o la simple ausencia de conciencia política lo que lleva a los críticos a escaparle al tema o a creer que se puede liquidar con una vaga referencia a Rodolfo Kuhn. Siempre es más cómodo esconder las propias defecciones apelando a un muerto. Se sabe, lo dijo Ricky Espinosa, todos los muertos son buenos y son un magnífico recurso para esquivar las responsabilidades actuales. Seguro nadie evocará dentro de 30 años esta nota como ejemplo de nada, como oportunistamente hacen Gacitua y Duarte con la nota del difunto Kuhn. Sería bueno saber qué piensan Duarte, Gacitua y en general, la redacción de Las Pistas sobre los asuntos que no nos hagan “perder de vista la lucha grande”, que admiran en los dichos de Kuhn, para que esa manera de tirar la pelota muy afuera no aparezca como un discurso de politiquería barata, para aparentar decir algo sin decir nada realmente.

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