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Road to Oscars #06 – La chica irlandesa

 Brooklyn (John Crowley, 2015)

Una hora cincuenta minutos de suavidad ocre. Brooklyn es la historia de Ellis, una chica irlandesa que decide irse a Estados Unidos a buscar una nueva vida.

No sirve de nada hacerse esta pregunta pero ya que estamos haciendo una cobertura de los Oscars… ¿qué hace Brooklyn nominada a mejor película? Quizás por ser la versión heterosexual de menor intensidad de Carol, o por ser la historia de superación personal de una pequeña mujer con el volumen más bajo que Joy, o por estar protagonizada por una mujer irlandesa religiosa a diferencia de Creed o por tener mucho menos vómito y sangre que Los 8 más odiados.

Lo que si tiene Brooklyn es ese brillo que sale de los objetos blancos (y la luz, y el cielo donde vive Dios) e ilumina personajes, ese color crema-rosado en las pieles lisas y esa discreción de silenciosos primeros planos  que son una receta de nominación directa: tiene el color del corazón sincero, con un difuminado de ensueño, madera y peinados.

A diferencia de sus contemporáneas películas de mujeres con nombre propio, Brooklyn es la película sobre una idea de una época: esa en la que Nueva York se comenzó su presente cosmopolita por una oleada de irlandeses (Ellis) e italianos (su novio/marido Tony) entre otros, que jóvenes y llenos de esperanza empezaron a poblar zonas antes despobladas y aportar mano de obra a la construcción de esta gran ciudad. Lo que tiene que pasar para que esto se logre es que los jóvenes migrantes suelten su vida anterior, aquel viejo y anticuado continente, y se unan a la vida moderna. La dicotomía estará representada en dos amores: Tony -el fontanerito italiano, simpático y dulce, con muchos hermanos, amante del baseball y sin muchas luces- opuesto a Jim Farrell -el coterráneo fino, tradicional y elegante pronto a heredar casa y comodidad económica- (interpretado por el pelirrojo capitán de El renacido,  Domhall Gleeson).

Eve Macklin as "Diana," Saoirse Ronan as "Eilis" and Emily Bett Rickards as "Patty" in BROOKLYN. Photo by Kerry Brown. © 2015 Twentieth Century Fox Film Corporation All Rights Reserved

2015, BROOKLYN

En todo esto Ellis será una ejecutora. A diferencia de sus compañeras Carol y Joy, su voluntad estará presente sin ser verdaderamente determinante: un recuerdo de lo nocivo que es vivir en un pueblo tradicionalmente chismoso la mandará de vuelta al barco en medio segundo a honrar eso que había contraído antes de irse: un compromiso romántico y sobre todo una unión legal.

Brooklyn tiene una belleza discreta pero torpe. Es demasiado cuidadadosa y en sus cuidados se le escapa cualquier posibilidad de vida. La posibilidad de reírse de actores imitando acentos ridículos como el inventado vocablo ¡Maronna! de Jersey Boys, o un poco mas de baile y canto entre irlandeses. La necesidad de que todo sea serio y verdadero, la creencia de que estos actores con facciones extranjeras pueden representar la historia de sus antepasados sin distancias es lo que la hunde. En la voluntad de una idea, de una pequeña épica, se va lo fundamental: que una película está hecha con escenas, no con un muestrario de situaciones y movimientos medianamente decorativos que llevan de una cosa a la otra sin mayor ingenio. Lo único que queda después de una hora cincuenta con Ellis es lo sobrenaturalmente traslúcidos que son sus ojos y un cuñadito pendenciero e insolente, hermano de Tony, a quien todos callan todo el tiempo.

En una de las primeras escenas de Ellis en Estados Unidos una compañera intenta entablar una conversación contándole que fue a ver una película  situada en Irlanda. Una película que estuvo nominada también a mejor película y perdió, pero su director  sí ganó el Oscar. En El hombre tranquilo (John Ford, 1952), un ex boxeador vuelve a su pueblo natal a recuperar sus raíces (casi prácticamente todo lo contrario que en Brooklyn) y ahí se enamora de una mujer. ¿Cómo es el romance entre Wayne y Maureen O’Hara? Ella intenta golpearlo cuando ve la oportunidad y él la arrastra del cuello toda la distancia entre el pueblo y su casa. En una escena en la que después de una pelea particularmente violenta el amigo de Sean (Victor Mc Lagen) entra a la casa y ve de reojo en el cuarto la cama de la pareja destrozada y se ríe y hay más sexo en esos segundos de Ford de que en dos Brooklins seguidas, y muchísimo más romance en sus implicaciones. En Brooklyn, tener carácter es poder decidir si irse o quedarse, ir de un tipo a otro, la tradición es igual a un montón de actitudes desagradables y retrógradas, y dirigir una película es más o menos acompañar una historia con actores sobrios e interesantes. Joy, en su dedo chiquito, tiene más O’Hara que todas las Ellis del mundo.

En fin.

 

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