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Road to Oscars #05 – Es la ciencia, estúpido

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The Martian (Ridley Scott, 2015)

Por Lucas Granero

Dentro de la categoría “historia de superación personal – cómo crear un héroe del americano común”, ineludible en toda premiación académica que se precie de tal, ya teníamos a Joy (de la que Salas se encargará pronto), que bien contiene todos los elementos esenciales para que tal categoría quede por demás satisfecha. Pero este año la Academia se inclinó por The Martian, una película de ciencia ficción que es mucho menos solemne que Gravity e Interstellar pero que tampoco entra en la idea de “comedia” en la que extrañamente la ubicó la última premiación de los Globos de Oro. Se trata más bien de un raro ejercicio de película científica, casi un film de propaganda comandado desde la Nasa, repleto de personajes sobresalientes, ultra inteligentes, matemáticos, físicos, botánicos, químicos, blancos, negros, asiáticos, alemanes, latinos, algunos buenos, otros más malos pero todos ellos entrenados para resolver problemas y sobrepasar las adversidades, ya sea en la tierra como en el espacio.

Y asi y todo el conflicto se genera a partir de un error. Haciendo estudios en Marte, la tripulación del Ares III es sorprendida por una gran tormenta de polvo que los obliga a abandonar inmediatamente el planeta dejando allí el cuerpo de Mark Watney, a quien daban por muerto, imposible de encontrar entre el caos desatado. Por supuesto que Watney sobrevivió al evento y cuando despierta se encuentra con la novedad de que tiene Marte a su entera disposición. Sin poder comunicarse con la Nasa y con pocas probabilidades de sobrevivir, al solitario astronauta no le quedan muchas opciones más que esperar lentamente el fin de sus días.

Hay una frase de Brecht que me gusta mucho. Dice algo asi como “el único medio de renovación consiste en abrir los ojos y contemplar el desorden”. Watney accede a ese tipo de revelación en un momento determinado: contempla el desorden y se da cuenta de que tiene varios métodos para acomodar su estadía hasta que un rescate sea posible, el cual, nos dicen, tardaría cuatro años en llegar hasta el planeta. Una de las renovaciones más importantes que logra es la de poder sembrar papas en Marte y así extender la alimentación de la que dispone. La forma en la que logra que este cultivo sea posible exhibe por primera vez un mecanismo que se repetirá varias veces hasta el cansancio. La metodología de la narración de The Martian se basa en la exposición de problemas y su consiguiente resolución o falla. Es una película bitácora y no por nada la forma que Watley encuentra para no perder los rastros de su humanidad en el desierto rojizo que es Marte sea dar cuenta de sus experimentos a una computadora/diario que graba todo lo que hace. Funcionando como un reverso high tech de Náufrago, aquí la tecnología es lo que era la pelota Wilson para Tom Hanks en la película de Zemeckis. Asi, Watley se va convirtiendo en el marciano del título original y no porque comience a transformarse en un alien (eso ya lo contó Ridley Scott en otra película suya), sino porque logra volver a ese terreno inhóspito una zona posible de albergar existencia.

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Abajo, en el planeta tierra, las cosas se rigen por el mismo comportamiento. El problema de la Nasa radica en encontrar una forma de traer con vida a su astronauta y poder limpiar el desorden mediático desatado al darlo por muerto. Aquí, como bien corresponde a las implicancias terrenales, hay un conflicto ético que se ubica saludablemente por encima de la tecnocracia reinante de la película de Scott. Las decisiones que debe tomar el personaje de Jeff Daniels, prácticamente un CEO de la Nasa, con respecto a la modalidad de rescate oscilan entre la necesidad de mostrarse humanamente solidario en relación al astronauta abandonado y ser racionalmente económico y efectivo con las necesidades productivas de la agencia espacial a la que representa. Otros personajes actuarán de manera más fuertemente impulsiva, evitando la racionalidad excesiva y el cálculo ultra chequeado, en acciones que verdaderamente inflan de humanidad a una película en extremo mediatizada por máquinas, monitores, computadoras y demás artificios electrónicos que contaminan cada uno de sus planos. ¿Es que acaso es esta la única manera de filmar una película sobre astronautas? Por supuesto que no y Scott bien lo sabe. Por eso uno se resiente cuando nota el poco tiempo que Scott le dedica a la contemplación del paisaje espacial, rechazando toda la potencialidad de dimensiones y posible existencialismo que podría haberle servido para contar con imágenes la verdadera sensación de estar solo en la inmensidad del espacio para, en cambio, optar por contarlo todo mediante una oralidad y exhibición de procesos definitivamente desmesurados.

The Martian es, en definitiva, una película sobre la fe en la ciencia. Todos sus personajes confían ciegamente en la posibilidad de resolver los problemas mediante la puesta en práctica de sus conocimientos. Nadie reza a ningún dios: todo es cálculo y prueba y error. La esperanza aquí se mide en términos de inteligencia. Son super-humanos. Su forma de comunicarse requiere, por lo tanto, una debida explicación que Scott no duda nunca en no exponer. Todo el posible humor se desgasta en mecanismos justificativos que todo el tiempo buscan una legitimidad con aquello que muestran. Es la película de ciencia ficción que más se obstina en dar cuenta de una verosimilitud a rajatabla. Un cine cientiífico solo para científicos. Didactismo visual casi de Discovery Channel que todo el tiempo intenta demostrar de qué manera funcionan todas las cosas de las que todo el tiempo hablan. Hay, en ese sentido, un pasaje cómico que verdaderamente funciona, acaso porque exhibe sin reparos su verdadera naturaleza: el personaje de Kristin Wiig no entiende por qué la operación de rescate lleva el nombre “Proyecto Elrond”. Todos los hombres de la Nasa se ríen de su ignorancia. “Porque se trata de una reunión secreta”, responde uno de ellos. Wiig sigue sin entender. “Elrond. El Consejo de Elrond…Viene de El Señor de los Anillos. Es la reunión en la que deciden destruir el anillo”. Ese mismo estado de ignorancia compartimos los espectadores (siempre y cuando no seamos astronautas o algo parecido, claro).

Asi, el espacio se transforma en una zona estéril. El desierto rojo que se expande por todo Marte ilustra de buena manera la experiencia de ver The Martian: ciencia ficción inerte en cuyo territorio Scott no puede sembrar ni una papa de cine pero si explicarnos cómo hacerlo.

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