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Road to Oscars #02 – James Donovan, avant-garde

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“Con cualquier otro hombre, me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.”

                                   Bartleby el escribiente, Herman Melville

Es sintético el plano con que abre Steven Spielberg su última película, Puente de espías: en un espejo vemos a Rudolf Abel, que se mira a sí mismo, y mediante un lento zoom out el cuadro se completa con su propia nuca, en el medio, y el auto-retrato que estaba haciéndose. Después sabremos que es un espía ruso, pero ese ¡triple! desdoblamiento ya nos había anticipado todo. Precisión y eficacia, no esperábamos menos de Spielberg. En la escena que le sigue orquesta una persecución que empieza en el subte (podemos pensar en Hitchcock o el Samuel Fuller de Pick-up on South street) y sigue hasta la casa del pintor-espía, que no se sorprende ante la irrupción de la policía. Todo sin una palabra –sin un gesto siquiera-, sin nada de música. Qué lindo que es el cine de esta manera: unos personajes que se mueven en un espacio, buscando a otro que quiere escapar, y en el medio se varía el ritmo y las distancias, no necesariamente como una coreografía (que implicaría un plano secuencia, la existencia de esos movimientos tal como los estamos viendo) sino como una pura dependencia de planos correspondientes dando una idea de simultaneidad que no existe. Una forma de investigación del movimiento.

Pero la película sigue y los personajes empiezan a hablar: Tom Hanks es James Donovan, un abogado de seguros que se presenta como bonachón (con un componente de astucia) y por eso le encajan lo que nadie quiere hacer: defender a un espía ruso en plena Guerra Fría.Y en ese momento es como todos si dijeran: “hagamos de cuenta de que lo hacemos en serio, pero ya sabemos que a este espía lo vamos a llevar a la silla eléctrica”. Es muy claro para todos excepto para Donovan: ¿cómo podrían pensar en un juicio justo para alguien que si puede tirar una bomba nuclear en el Empire State, lo haría? Un gran acuerdo implícito en toda la sociedad estadounidense se veía venir.

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Entonces James Donovan hace algo emocionante: quiere defenderlo en serio. No sabemos las causas precisas, ni podemos encontrar algo en su pasado que explique su actitud. Lo vemos en puro presente, salvo el dato de que participó como fiscal en los juicios de Auschwitz. Quizás simplente ve en Rudolph Abel a un par, una persona sensible con otros intereses pero digno de ser escuchado. Ese gesto es algo vanguardista por ser imposible de prevenir e imposible de justificar. Un gesto así sólo puede dejarlo en la más absoluta soledad. Constituye una posición totalmente gratuita, inexplicable. Está solo en la defensa y ni siquiera su propio defendido, Abel, le cree al principio. Su basamento moral y político es a priori conservador (defender la constitución casi literalmente) pero termina dando la vuelta: termina a la vanguardia de todos, dejándolos en off-side, que le advierten de su actitud infantil y caprichosa. Él encarna la contradicción de querer ser el más norteamericano pero a la vez ofender mortalmente las posibilidades de ésta. Un acto así es bastante inasible por sus alcances, y sólo puede pensarse a la distancia temporal (ya veremos que pasa con esto). James Donovan se transforma así en un gran vanguardista: genera una confusión total de términos que aterran a su familia, recibe balas en su casa y miradas amenazantes en el tren. Sin que le importen esos detalles, él sigue con su credo: todos deberían ser juzgados de la misma manera sean rusos o norteamericanos. Si la sociedad norteamericana le dice que deje de defender a Abel, él contesta: preferiría no hacerlo.

En esa escalada fenomenal, cuando Donovan ya bastante manija dice que apelará a la Corte Suprema, me llega un whatsapp. Invitación a jugar al fútbol. Es un domingo soleado, no pienso negarla. En el trayecto, pienso otra cosa sobre el cine: ya no es sólo un estudio sobre el movimiento, sino algo que implica una representación. Spielberg claramente no se fascina con el poder alucinatorio de la cámara y por eso agrega contextos históricos, pensamientos y discursos, es decir, le agrega ficción. Esto, algo que parece muy evidente, no lo era tanto en esa gloriosa primera secuencia.

Vuelvo y me encuentro con dos situaciones. Por un lado, la vanguardia empieza a perder fuerza. Ese es, al final, el destino de toda vanguardia: debilitarse, encontrarse en un callejón sin salida y al final resignarse a ser vendido como pura forma, como cuadrito de Rothko en oficina de banquero. Toda innovación, toda renovación epistemológica se integra al capital y lo refuerza, lo hace más flexible. Es decir: ahora resulta que no hay que cuidar al espía ruso porque somos humanistas sino porque puede servir para un posible intercambio. El potencial revulsivo de Donovan al servicio de la CIA. Esa es la primera situación. Y la segunda, que se revela al mismo tiempo, es que potencial narrativo de Spielberg también se pone al servicio de la coyuntura: con un montaje que conecta espacios (el juicio, el aula de su hijo menor, la instrucción de los pilotos), vemos las peripecias del joven Francis G. Powers, que caerá en Rusia con información muy importante para el destino de la Guerra Fría paralelamente a un soliloquio sobre la constitución del ya cansino James Donovan. Le puso nombre, apellido y cara al piloto que hay que salvar para convencernos de que evitar la silla eléctrica no es mala idea por si la locución tomhankiana no es suficiente. Sí que es eficiente Spielberg.

Al leer críticas alrededor de Puente de espías se desprende claramente una idea común: Steven Spielberg como el último clásico, con el fantasma de John Ford rondando. Dudo que éste último hubiese dejado que los personajes hablen tanto sin ningún chiste en el medio que corte la melaza (recordar los escupitajos sobre el estrado en The sun shines bright), haciendo tan evidente la identificación de lo dicho por parte del propio director. Aquí, aparte, no podemos apreciar el funcionamiento de una comunidad, sino simplemente el rechazo de plano de la actitud de un individuo solo. En cambio sí aparecen las preguntas sobre el trabajo, el tiempo sobre él, y cómo hacer las cosas bien: si vamos a comparar, pensemos en Hawks. Me detengo especialmente en Río Bravo. Comparten un mismo concepto de inicio, una descripción de personajes en su acción silenciosa, yendo de un lugar al otro, y no en un tiempo detenido extra-narrativo: vemos el hecho que desencadena todo lo demás en la película. Por otro lado, John Wayne tiene su momento preferiría no hacerlo cuando decide esperar al juez, decidiéndose por hacer las cosas de manera legal (y por lo tanto más difícil) soportando los incontables ataques de Burdette. Y al final existe la misma posibilidad de resolución de conflicto, el intercambio entre partes (con un acercamiento más claro a la comedia que Puente de espías).

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De esas críticas cito algunas partes.

“Una película de resistencia política, una resistencia que se liga con la responsabilidad, con el rechazo del cinismo y la conveniencia, con la claridad necesaria para saber que lo mayoritario no es necesariamente lo mismo que lo justo, lo legal, lo que se ajusta a las reglas que definen las bases de un país.” Javier Porta Fouz

“Todo funciona y la película resulta emotiva por los motivos adecuados: cuando nos hace lagrimear es cuando descubrimos que lo único que declara la película es que toda vida es sagrada y que la justicia, se esté de cualquier lado del muro, nos iguala y nos protege.” Leonardo D’Espósito

“Donovan siempre hizo lo correcto. Hizo lo correcto que lo convirtió en un paria dentro de su país, y luego siguió haciendo lo correcto convirtiéndose en héroe. A veces ser un héroe no otorga prestigio, a veces hacer lo correcto convierte a alguien en el enemigo del pueblo. Le asignan un caso y él lo hace bien. Sí, defiende a un espía soviético durante la Guerra fría, y eso hace que la opinión pública y sus colegas lo condenen. Pero si esa es su misión y es lo correcto, él lo hace. Luego ocupará el lugar contrario, y todos entenderán su grandeza. Bien podría no haber pasado esto último y Donovan seguiría siendo una persona extraordinaria.” Santiago García

Por supuesto los argumentos son los de siempre, refieriéndose a Spielberg como el último bastión del sentido cívico y del relato clásico. ¿Qué ensalzan exactamente? ¿Los valores demócratas del personaje o su posterior utilización republicana? Cuando volví de jugar al fútbol, me encontré con otra película: una que se dedica a afirmar de manera tajante lo que ponía en duda en la primera parte. Si en el juicio se dice que lo mejor que tienen los estadounidenses es su constitución, su libro de reglas para la vida en comunidad, en Rusia la virtud y lo que rige la puesta en escena es la muñeca política para ocultar y manipular a antojo. Spierberg, por su parte, se fascina con ambas y les da igual importancia, para él no hay diferencias. Si bien puede pensarse que la línea de conducta de Donovan es la misma, los resultados y el bando elegido son bien distintos. Saber diferenciarlos es saber hacer política. En esa ambigüedad se juega la cosa pública en la Argentina, en eso se nos va la vida a quienes tratamos de clarificar el panorama, y es notorio cómo estos críticos no se tomaron el trabajo de separar un momento del otro. Pero bueno, pensemos que estamos dialogando con gente que sigue apoyando a Macri a esta altura del partido.

Así están las cosas. Donovan va a Alemania Oriental. Empiezan a aparecer los embrollos prácticos de las negociaciones, las idas y vueltas, las intrigas, todo lo que caracteriza a una película de espías. Esta segunda película es menos interesante: hay bandos enfrentados es por razones diplomáticas, pequeñas formalidades. Lo más arriesgado por parte de Donovan (quizás en riesgo fácticamente, más no socialmente) es afirmar todas las vidas son iguales. Parece que no quedan rastros de lo que alguna vez fue vanguardia en James Donovan.

Si en algún momento la negociación se vuelve divertida por algún chiste inesperado es gracias al representante de la Alemania oriental en la negociación y a sus problemas de autoestima con respecto a su hermana mayor, la Unión Soviética. Sin embargo rápidamente Spielberg corta el mood y hace que veamos un cruce fallido del flamante muro de Berĺin que termina con varios muertos. Algo horrible está pasando frente a nosotros y no hay espacio del humor. Todo se vuelve gris, nevado, frío en estos pasajes. Ya al final, cuando se hace dolorosamente literal el título de la película, podemos ver más aún el componente hawksiano: la mirada casi amorosa entre Donovan y Abel al despedirse, ambos con la satisfacción del deber cumplido. Este último tuvo un cambio cualitativo: empieza pintando un auto-retrato y termina pintándole un cuadro a su abogado estadounidense. Parece ser que él sí fue al encuentro con El Otro, pero no tuvimos oportunidad de verlo. Sin nada de vanguardia ya, Donovan se contenta con que lo miren bien en el tren.

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