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Highlights 2015 – Primera parte

(Un recorrido por algunos de los descubrimientos más placenteros del año) 

Sherman’s March (1986, Ross McElwee)

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No se puede decir a la ligera que Sherman’s March es un diario de viaje: no hay relato sobre lo que ya sucedió sino que la cámara es la desencadenante de todo lo que sucede. Ross McElwee, el que la sostiene, viaja a lo ancho de Estados Unidos para investigar la marcha de Sherman, un pariente lejano de la Conquista del Desierto pero igual de cruel e injusta, aunque en realidad lo que pretende es olvidarse de la ruptura amorosa que tiene al iniciar la película, justo antes de salir. La cámara de 16 mm (hoy, un armatoste) le provee continuamente tema de conversación para hacer un recorrido parecido al de Rob Gordon de High Fidelity, conociendo chicas nuevas pero desenterrando las viejas, poniéndolas a prueba mientras ellas lo testean a él. Son todas muy raras: una se está preparando para el apocalipsis nuclear y se regufia en un bosque, otra es una cantante con pretensiones de rockstar, una tiene una hija que se la pasa patinando y otra es profesora de gimnasia y lo seduce con posiciones de yoga bastante sensuales.

En varios momentos McElwee se pone delante de cámara (a veces borracho, a veces borracho y disfrazado) y relata lo que le acaba de suceder. Si bien esos relatos orales no tienen la planificación cinematográfica tan particular que propone (él es el camarógrafo pero a la vez busca reflejos o espejos para integrarse en el encuadre), su frontalidad es un recurso inteligente: nos deja observar su ridícula figura contando una anécdota bastante improbable, en una auto-puesta en escena despreocupada y prolija, desnuda de pretensiones que no nos ofrece nada más que a sí mismo, en un gesto de entrega al cine conmovedor.

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¡Que vivan los crotos! (1990, Ana Poliak)

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La provincia de Buenos Aires que imagina Ana Poliak en ¡Que vivan los crotos! es terreno vasto para que pueda insertar allí a un extraño grupo de personas, ya viejas, que me recuerdan a los rebeldes de Caterva (Juan Filloy) por ser eruditos y tener un honor intachable: los crotos. Si bien los podemos ver (la película articula entrevistas con dramatizaciones) , ellos mantienen un carácter esquivo, respetuoso con su pasado, un tiempo irrepetible que añoran. La ausencia paulatina de trenes (que se recrudecería en esa década) no funciona como comentario social sino como muestra de que los caminos convencionales de narración, que funcionaban como rieles, no existen para Poliak.  La nostalgia que se puede sentir en parte es por su falta.

Repongo otro eslabón perdido. Sin esta película no podría haber existido la llanura pampeana que recorre Llinás en Historias Extraordinarias ni la fascinación y amor por los lúmpenes de Adrián Caetano.

Hay una tensión irreductible en la película: los encuadres de las entrevistas son burocráticos, un plano medio tres cuartos, la iluminación demasiado artificial, rápidamente asimilable a lo industrial, que se sacan chispas con la figura mítica de Bepo, que exige una puesta en escena más extrema, quizás un poco menos folclórica, y una voz en off menos narrativa. Poliak lleva sus elementos a un límite. Escribir y vagabundear, filmar y viajar, tomar mate y pregonar anarquía, todas actividades que se asumen como paralelas e indistinguibles, como un largo respiro de rebeldía que trata de encausarse en un sistema que no se lo permite del todo y no le permite imaginar un mundo aún más croto.

Más ahora, en la fiesta de la eficiencia y la tecnocracia que se avecina, es posible una rebelión soterrada: imitar a Bepo Ghessi y crotear por ahí.

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Applause! (1929, Rouben Mamoulian) / 42nd Street (1933, Lloyd Bacon)

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Applause! es un sórdido melodrama, una tragedia que quiere hacerse pasar por una comedia más feliz utilizando números musicales que si los viésemos aislados quizás sentiríamos algo parecido a la alegría, pero están situados en un contexto que no puede ser sino perverso. Rouben Mamoulian narra la vida de Kitty Darling, una gran corista que se está poniendo vieja, cuya hija, April Darling, acaba de salir de un convento pagado con mucho esfuerzo por su madre y se debate entre seguir sus pasos y ser corista o tener una vida más convencional, con casa e hijos, con Tony, un marinero que de lo ingenuo parece de otra película. El villano es Hitch, que presiona a ambas para que la niña empiece a bailar y poder quedarse con las ganancias de ambas. Mediante tranzas éste hace que se desencadene una situación límite que no voy a contar pero incluye un número musical de April casi al borde de las lágrimas, empujada al escenario de manera violenta, cuyos movimientos espásticos y desesperados tienen un cariz maliciosamente eufórico. Para peor la música se desentiende del orden de los acontecimientos y anima la escena con la canción de cabaret diegética, lo que convierte todo en algo sumamente desesperante. No contento con ello, Mamoulian sostiene la canción más allá de sus límites, cuando afuera del escenario ella se da un beso con Tony mientras su madre los mira, explicitando la tragedia.

42nd Street tiene un funcionamiento similar: se contraponen bailes como si nada pasara con las peripecias necesarias para llevarlas a cabo. Sin tanto melodrama, lo que influye acá es el verdadero paso del tiempo, el hartazgo del trabajo, el cansancio del ensayo. Los bailes que dirige Bubsy Berkeley, genio total, se ven casi siempre empañados por la historia que le encorseta el director de la película, Lloyd Bacon (IMDb dice que hizo ¡130! Películas en 30 años). También vemos un reemplazo de último minuto, de una chica soñadora que sí se quiere subir a las tablas: cuando finalmente lo hace, todo es alegría, ensoñación característica del musical, suspensión de todo lo que no sea efectivo y efectista. Hay fundidos uno atrás del otro, sumados a coreografías circulares o con figuras geométricas más extrañas que recuerdan con fuerza a algunos experimentos vanguardistas del surrealismo. Es todo muy raro y gran parte de su belleza reside en eso.

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