comment 0

30 MDQ FEST (4) – Los directores sintéticos

1

La Calesita (Hugo del Carril, 1963)
Mountains may depart (Jia Zhang-ke, 2015)
Office (Johnnie To, 2015)

Por Lautaro Garcia Candela

En este festival de Mar del Plata me encontré con una serie de películas que van en contra de la norma festivalera internacional a la que me creía acostumbrado. Despojadas de cualquier minimalismo, estas películas acogen todo lo heterogéneo, erigiéndose como imperfectas a sabiendas de sus incorrecciones. Logran esto deshaciéndose principalmente de la figura de autor como el que define qué entra y que no: en ellas se acogen discursos contradictorios, impulsados por algo de lo real y no por el pensamiento –el filtro- director. Pareciera que se construyeran solas, sin depurar, sin refinamiento pero con organicidad porque (también) son buenas películas y están vivas. Es emocionante percibir como un film que se podría guardar muchos juicios, conformarse con una austeridad estándar, contenerse en su forma y mostrarse al mundo como equidistante y juiciosa, reniega de esos derechos (conservando la estela de ese camino no tomado para quien quiera mirar) para asumirse más impura, dejándose llevar por el espíritu de su época.

2

Nos quedamos en MDQ pero nos remontamos a 1963. La Calesita, de Hugo del Carril, es una fábula en flashbacks sobre un amor que atraviesa dos generaciones, con cambios políticos y sociales en el medio. Su lenguaje es clásico, un poco acartonado, pero su ánimo no es para nada críptico, sino más amorosamente populista. Exhibe las contradicciones de los años que narra de manera más transparente incluso poniendo a don Hugo (el cantante oficial de la marcha peronista) a interpretar a dos militantes de la Unión Civica Radical. Todo se condensa en la calesita aludida en el título, en la que el protagonista rememora toda su vida: el leit motiv musical (la canción homónima de Mariano Mores) va cargándose de significado ante cada aparición. En una escena, el padre del narrador, se presenta a elecciones, desafiando al partido conservador y desoyendo las advertencias de un político oponente pero amigo, que le dice que hay gente armada que no lo va a dejar votar. Camino a la urna, es acribillado en las escalinatas de una iglesia, y él sólo alcanza a cubrirse con su viejo documento. La imagen de ese papel maltratado agujereado por las balas, sumada a los gritos del niño, mientras la cámara se aleja para mostrarlos en contexto, consigue un poder de síntesis con tres o cuatro elementos que no es muy aconsejable en los Labs y Talents de todo el mundo: ¿cómo se sale inmune de esa situación tan poco sutil? Esa concentración de símbolos puede ser nociva para la película cuando se la disfraza de trascendental, pero con la correspondiente levedad y el debido humor, más bien se agradece.

Pero mejor busquemos películas contemporáneas. Mountains may depart probablemente sea la gran película de este Festival de Mar del Plata y la primera de Jia Zhang-Ke que pueda amoldarse, sin demasiados malabares críticos, dentro del género melodrama. Incluso, como dice Iván Morales en nuestros video-diarios, un melodrama latinoamericano, aunque no sé muy bien a qué se refiere con eso. La situación inicial es la de un triángulo amoroso entre la chica, Tao, y dos chicos, el moderno Zhang, con destino de rico, y el sumiso Liangzi, con un destino más austero. Se desarrolla en capítulos, con sus cambios de formato correspondientes, situados temporalmente en 1999, 2014 y 2025, y el avance histórico –el progreso- los excede pero a su vez determina sus historias: en ese ánimo de época, la chica se queda con el que tenía un futuro más promisorio. Me resisto a pensar que ella es la alegoría de una China que eligió modernizarse antes que mantener sus tradiciones. Aunque la verdad es que Jia decide dedicarle la mayor parte del tiempo a Zhang, mientras que Liangzi hace mutis por el foto una vez que se cura de las enfermedades que le causó su trabajo en las minas -ya hemos visto cantidad de representaciones del bagaje histórico de ese tipo de trabajo-. Quizás sea porque éste último carece de las ambigüedades de las que Zhang y su hijo Dólar están hechos. “¡¿Para qué quiero la libertad si no tengo a quien dispararle!?”, le dice el padre al hijo, en un paraíso artificial australiano, en un gesto dolorosamente sintético que bien podría haber sido de Hugo del Carril.

Captura de pantalla 2015-11-21 22.22.30Captura de pantalla 2015-11-21 22.22.33Captura de pantalla 2015-11-21 22.22.59

En el último capítulo, el más flojo según casi todas las opiniones, podemos ver como todos los objetos con un atisbo de simbolismo se van juntando para confluir al final. El auto vintage en el que Dólar se escapa con su profesora. La llave de su casa en China que le deja su madre, Tao. Los dumplings familiares. Y las dos canciones que van resonando a lo largo de la película: la de Sally Yeh, que recuerda a Liangzi, pop un poco mersa pero emocionante, y Go West, de los Pet Shop Boys, que al principio propone distancia frente a tanta euforia y exaltación, pero en la escena final encarna una resistencia frente al olvido, un gesto gratuito, una liberación cinética que nadie verá ni escuchará. Al contrario de lo que se piensa de los simbolismos en el cine, Jia propone una percepción más atenta de lo material, tanto visual (esos paisajes imponentes, los movimientos de los personajes, los objetos que circulan) como auditiva (pocas veces en el cine advertí tantos matices en una canción pop), que proviene de la implicación emocional que con justeza sabe administrar. Sabemos, no está exento de manipulación, pero hay algo más inherente al film de lo cual el director ya no es totalmente dueño.

Esto mismo hacía Rainer Werner Fassbinder en sus melodramas: reutilizaba canciones populares, mezclaba el milagro alemán con prostitutas, arquitectos, jueces, jerarcas nazis y los hacía bailar y cantar, armando una ensalada ética y estética, movilizante e irresponsable en partes iguales.

d699a0fbcb41ada62f0316c04ce0c6221280x720-4vu

El movimiento que hizo Jia Zhang-Ke de A touch of sin, su anterior película, a Mountains may depart es el de concentrar dramáticamente lo que estaba disperso: de los relatos sin relación que pretendían dar un panorama de la situación de la China semi-rural en un tiempo casi sincrónico, a la focalización de un triángulo romántico que se va abriendo, tomando nuevas formas, a lo largo de veinticinco años. Lo mismo sucede, de manera más drástica, en el pasaje de Life without principle a Office, ambas de Johnnie To. La primera es un relato coral, recorriendo toda una ciudad, del día en el que la bolsa griega cayó y empezó una crisis europea (por lo tanto global), la segunda es un relato temporalmente más clásico, pero ridículo en sus planteos espaciales: todo sucede en un mismo decorado, a todas luces un set de filmación.

Si bien entramos a la empresa de Office con los dos protagonistas novatos, destinados a ser pareja, pujantes y con ganas de aprender (es decir, un poco ingenuos), después encontramos otras tramas más importantes a nivel económico y jerárquico, guiándonos por los escalafones de Jones & Sunn. Éstas se van sucediendo sin solución de continuidad, mezclándose de manera desordenada, errática, tanto lo como lo hace el camino del dinero, que va de un lado para el otro en la empresa. El clímax, por lo tanto, está reservado para el momento más dramático, es decir, el que implica más movimiento de capitales. David, el mentor del protagonista, tiene una relación clandestina con Sophie, la contadora de la empresa (aunque también tenga relaciones con la CEO, interpretada por Sylvia Chang). Él le propone hacer un negocio, modificar los balances internos, quedarse con un poco de dinero para invertirlo en la bolsa y después devolverlo sin que nadie se dé cuenta. Primero trata de convencerla bailando (me olvidé de decir que Office también es un musical), mientras los vemos en un plano cenital, mirada que antes podía tener implicaciones religiosas, pero ahora pertenece al capital financiero. El baile no da resultado, así que le da un ultimátum: vemos un súper zoom sobre el número que Sophie tiene modificar mientras escuchamos los sollozos y reproches de ambos. Ella se decide y hace lo que David le pide. Ese cursor, titilando en una planilla de Excel, resulta más expresivo y determinante que cualquier primer plano. Otra escena sintética de un director que a veces puede serlo.

Office puede ser un ejemplo claro de la victoria pírrica de la síntesis en el cine: ganamos en artificialidad, en discursos cruzados, en la enunciación de un mundo complejo sin necesidad de fundirse en él. Pero perdemos en nobleza, parsimonia, dramaturgia clásica. Todo sucede en un mismo lugar, segmentado en paredes imaginarias o de cristal, haciendo literal un enunciado que ya es un lugar común en el discurso sobre lo contemporáneo: ya sabemos que no existe privacidad, que todo es superficial. Lo que no sabemos es si Johnnie To se ríe de esta idea o si se la toma demasiado en serio. Probablemente la verdad esté en el medio, y eso hace que la película sea tan buena.

Hugo del Carril, R.W. Fassbinder, Johnnie To, Jia Zhang-ke, todos directores peronistas y sintéticos. Con un ojo en el cine y otro en su país.

1280x720-Q36

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s