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30 MDQ FEST (1) – Dos Tardes en Mar del Plata (Granero)

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En un tiempo joven y brillante
En una cuestión de fe
En una coraza invisible
En una tarde de cansancio
Suárez, Tarde de Cansancio

Cemetery of Splendour (Apichatpong Weerasethakul, 2015)
Afternoon (Tsai Ming-liang, 2015)

Por Lucas Granero

Una idea: si pudiéramos pesar esta película estoy seguro de que nos daría un peso liviano, similar al de una pluma. Y esto no es porque Cemetery of Splendour sea una película que nada alberga en su interior sino más bien porque todo aquello que contiene es expresado a través de gestos plácidos, leves incluso, realizados por personajes que jamás se ven veloces ni apurados y cuya obstinación por ese ritmo etéreo, de naturaleza calma, se contagia en cada plano volviéndolo todo similar a una espaciosa tarde que avanza. El espíritu de la nueva película de Apichatpong Weerasethakul es uno que ya se nos hace familiar pero que al verlo (sentirlo) explayado con tal intensidad en esta nueva película noto cuánta falta nos hacía.

Cemetery of Splendour es una película sobre energías. Algunas de ellas silenciosas, como las que conservan los soldados perpetuamente dormidos cuyos sueños se traducen en luz fluorescente, u otras más ruidosas como las de ese extraño molino que moviliza el agua y cuya imagen Apichatpong vuelve recurrente o bien esas máquinas que construyen algo que permanece secreto para la población. Energías evidentes y otras sepultadas, ocultas siempre bajo una apariencia falsa a las que los personajes jamás temen e intentan siempre revelar. Una médium puede comunicar a los familiares de los soldados los sueños por los que éstos transitan y que, a su vez, traduce en un tipo de realidad las alucinaciones más secretas. Así, un paseo por un frondoso bosque se transforma en un tour por un palacio olvidado que dejó de existir hace años y la aparición de dos deidades en forma de mujeres modernas que se presentan a visitar a su fiel, casi como el reverso ideal del hijo transformado en bestia que aparecía en Uncle Bonmee, son solo dos muestras del conocido interés de Apichatpong por hacer convivir aquello que vemos con una cierta inmaterialidad que se vuelve manifiesta sin perturbar jamás el orden existente. Son esas dos deidades las que nos cuentan que el sueño de los soldados se debe en realidad a que están, aún dormidos, luchando bajo las órdenes de viejos generales que los requieren. Lo oculto siempre está palpitando y buscando formas de hacerse presente: ahí también están esos monumentos de dinosaurios, replicas exageradas que nos permiten entrever que ésta es una película a la que le gusta hurgar, tratando siempre de encontrar los restos fósiles de un pasado que se niega a ser enterrado del todo. Cemetery of Splendour es, también, una película en la que varios estados subterráneos buscan modos por los que puedan liberarse.

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Como una ventana abierta por la que su cine penetra cual brisa de atardecer, las energías se pasean libremente por Cemetery of Splendour. Ubicándose siempre en ese limbo en el que la memoria se convierte en sueño y el sueño, no pocas veces, en pesadilla, Apichatpong despliega su maestría habitual para el encantamiento y nos embruja. No sabemos cómo ni cuándo, o bien tal es su poder que muy difícil se me hace distinguirlo, pero llega un momento en el que su película se contagia también de ese letargo que padecen los soldados y ya no sabemos si estamos soñando o si estamos despiertos. Dos escenas claves, a las que cualquier intento de descripción les queda chico: la primera, que sucede en un cine, finaliza con un fundido que entremezcla escaleras mecánicas con los ya mencionados tubos de luces que ayudan a soñar cosas buenas a los soldados. Un fundido que es más que una simple unión de escenas porque su valor radica en funcionar como un verdadero pasaje entre la vigilia y el sueño. Una suerte de narcolepsia visual que nos apresa, que busca confundir nuestra percepción, desmayarla acaso, para poder llevarnos hacia el más alto nivel de alucinación. Por ello, cuando vemos la segunda escena más hermosa de esta película (y hay más, muchísimas más), ya nada hacemos por rebelarnos ante el hechizo. Una especie de organismo celular flota en el cielo, ¿o es acaso el reflejo del cielo en el río? Sea lo que sea, poco importa: ahí está, una vez más, Apichatpong para revelarnos los mundos totales que yacen invisibilizados bajo nuestra mirada cotidiana. Micro y macromundo unidos en un mismo plano: una síntesis visual perfecta que encierra la lógica de todo su cine. Nuestros ojos, como los de Janira en los últimos minutos de la película, son obligados a quedar siempre bien abiertos, tratando de que nada se escape. Lo cierto es que tampoco hace mucha falta: sensorial como lo es, todos los sentidos se ven afectados por su encanto y no solo la vista entra en trance sino que también, en muchos momentos, el tacto y el olfato son seducidos y quieren ver. Una orquídea liberada de esa bolsa que la resguarda y esa pierna que también se libera de su dolor y que se entrega a los placeres benditos de una lengua y un tacto descontrolados.

Hacia el final, un baile en la calle comunica a esta película con su reflejo más evidente dentro de la filmografía del director, Syndromes And A Century. Como en esa, una celebración irrumpe de manera extraña en los últimos minutos. Aquella era, sin embargo, una película un tanto más feliz. Cemetery of Splendour resguarda (de nuevo, otra capa más oculta y revelada) un cierto sesgo pesimista hacía Tailandia que se volvió evidente hace pocos días atrás cuando Apichatpong confesó que no volverá a filmar una película en su país natal. Como siempre, a la realidad la pueblan los peores fantasmas. Mejor cerrar los ojos para poder mantenerlos bien abiertos.

Otra idea: Afternoon, la nueva película de Tsai Ming-liang también tiene un peso ligero. Esta vez las plumas son dos y caen siempre juntas: la del propio director y la de su histórico actor fetiche, Lee Kang-sheng, su propia musa personal. Unidos desde hace más de 20 años en la tarea de realizar un cine que terminó por mimetizarlos completamente, Afternoon propone una extraña separación en ese monstruo de dos cabezas e intenta exponer los verdaderos lazos que los unen en un ejercicio casi warholiano que hace de la actividad de la charla un proceso extremadamente poderoso. Se trata de un paso raro para Tsai, quien siempre ha preferido ver expuestas sus obsesiones a través del cuerpo de Lee Kang-sheng, refugiado siempre en la seguridad de su álter ego fílmico, volviendo imposible que su intimidad se revelara. Aquí, esa barrera se desvanece y Tsai se entrega por completo al desafío de la confesión desatada y en primera persona, invitándonos a pasar hasta a su propia casa, la que comparte con Lee. Por eso no resulta nada descabellado pensar a Afternoon como un regalo con el que todo fan de Tsai ha fantaseado alguna que otra vez, uno en el que se pudieran hacer visibles las lazos que unen a estas dos personas y que los han llevado a realizar algunas de las escenas más conmovedoras de la historia del cine.

Por supuesto que es entendible que muchos espectadores queden afuera de esta charla. En principio, porque Tsai no renuncia a su habitual estilo contemplativo, ahora, quizás, un poco más radicalizado como lo demuestran sus últimas películas, y filma la conversación en planos fijos que solo se interrumpen cuando la tarjeta de la cámara se queda sin espacio. Y, por otra parte, porque muchos de los tópicos giran en torno a la experiencia compartida por los dos amigos durante todos estos años de trabajo y eso vuelve casi fundamental tener un mínimo de noción acerca de las películas. Sin embargo, el proyecto tiene tanta luminosidad en su interior que resulta difícil que alguien no sienta algo de empatía por los dos amigos. Dejando de lado toda anécdota cinéfila, Tsai y Lee no hacen más que hablar de aquello que sus películas han sabido expresar en términos siempre alienantes: el miedo a la muerte, la imposibilidad de amar, la necesidad de comunicarse (¡Tsai habla mucho por teléfono!) y otros asuntos de la existencia cotidiana que sin duda nos afectan e interpelan. La puerta de Afternoon está siempre bien abierta: solo hay que llegar y ver dónde sentarse.

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En lo que a mí respecta, no pude más que sentirme en familia durante las dos horas que dura la charla. Su casa son dos paredes de cemento con dos ventanas en las que, del lado de Tsai, se observa un recorte de un bosque lleno de árboles y vegetación que oculta buena parte del paisaje que sí se ve del lado de Lee, en el que incluso se puede contemplar una pequeña montaña. Quizás porque ya estaba demasiado en casa y muy relajado escuchando a mis amigos pero que no se acuse de loco al creer que hay algo en ese encuadre elegido por Tsai que también habla mucho de sus personalidades: Tsai, el que oculta, el paranoico, el eternamente enamorado, el necesitado se ubica del lado de ese bosque intenso en el que solo se ven tonos de verdes; Lee, el relajado, el que no sobreinterpreta todo dos veces, el impulsivo, ubicado del lado de donde se puede ver un fondo límpido que invita a la aventura de otros mundos. No es casual que en un determinado momento Lee comience a enumerar algunos de sus viajes por el mundo de los que Tsai parece mostrarse siempre temeroso, perseguido por el miedo de perder a su amigo. “Quiero morir antes que vos” le confiesa en un momento. Y no es el único momento en el que la charla alcanza tales niveles de apertura sentimental.

“Esperemos hasta que oscurezca”. Tal es el plan de Tsai: hablar hasta que la noche los encuentre. Eso no sucede, pero si así hubiese sido no nos podríamos quejar. Solo hubiéramos tenido un par de horas más para continuar escuchando la jovial risa de Tsai y así estar hasta que el sol de la tarde caiga y la luna se aparezca.

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Las tardes marplatenses las pasamos siempre adentro de un cine. Los festivales tienen un poco esa magia de tiempo suspendido. Uno entra al cine de día y cuando se va a la casa ya es de noche. Horas y horas que se nos fueron por habitar momentáneamente las vidas de otros. Por suerte existen películas como éstas dos, un tipo de cine que nos deja habitar dentro suyo, un cine por el que entra siempre aire y que mantiene todo el tiempo las ventanas abiertas para que no nos perdamos ni solo un minuto de sol.

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