comment 0

FESTIFREAK – Tres versiones de La Plata

lp3

Mi primer día en el Festifreak fue también mi primer día en la ciudad de La Plata. No tuve mucho tiempo de recorrerla porque, por suerte, siempre había algo por ver. Y ese primer día estuvo coronado por la proyección de Todo Juntos, que en sí mismo era todo un evento que justificaba el viaje hasta el festival. Esta película de Federico León data del año 2004 y desde su estreno ese mismo año no fue proyectada nunca más en Buenos Aires hasta este momento en el que gratamente el Festifreak decidió terminar con esa injusta tradición. En una maravillosa sección llamada “Las Películas Invisibles”, el festival se puso la feliz tarea de traer nuevamente a la luz tres películas que, por diversas razones, se mantuvieron en silencio desde su estreno, exhibiéndose muy pocas veces. Los misterios del ocultamiento de Todo Juntos me son completamente extraños pero tales condiciones hicieron su efecto con los años y creo no equivocarme al denominarla como la película de culto por excelencia del NCA y sin dudas la que más aura de mito supo construir, acaso a su pesar. Lo cierto es que al visionarla, finalmente, por primera vez, la sensación fue similar a la de encontrar la figurita que faltaba para completar el álbum. 

Todo Juntos es el relato de una disolución que nunca llega. Como unidos por un magnetismo imposible de quebrar, la pareja protagonista no puede escapar de ese final perpetuo que se extiende hasta lo impensado y aún así no deja de unirlos. No se cómo irme le dice ella a él en un momento con un gesto deadpan que encierra tanta gracia como depresión. Todo en ellos resuena angustia continuada desde hace tiempo, transformados ya en puros zombies que no saben hacer otra cosa más que estar juntos. Uno de los mayores aciertos de León es empezar su película justo en el final de la relación, cuando las peleas ya pasaron, las discusiones ya existieron y los reclamos se agotaron y las lagrimas quedaron palpitando en los ojos. No hay rastros ni mucho menos motivos que expliquen el estado actual de las cosas sino solo un presente pantanoso al que no quieren transformar en pasado y por eso mismo se ahogan en citas en bares que se extienden hasta lo inadecuado. Hay dos elementos claves de los que León se aferra para decir mucho sin (casi) decir nada: los diálogos, por un lado, que funcionan como un encadenamiento de pensamientos dichos sin filtros por los dos amantes, formando una especie de cadáver exquisito de cadencia y tono siempre neutro, donde las cosas que deberían gritarse se dicen de la misma forma que aquellas que, directamente, no deberían decirse, y, por el otro, el uso del fuera de campo, mediante el que se exhiben algunas partes de esa cadena invisible que los mantiene unidos a través de constantes llamadas telefónicas a parientes y amigos cuyas voces nunca escuchamos pero que su existencia por fuera de ese mundo agobiante de la pareja hace posible pensar en un punto de fuga que permita sacar la cabeza del agua y respirar. Si toda relación amorosa crea un mundo con reglas propias, Todo Juntos las presenta como barras de una celda asfixiante que se expresan en encuadres siempre cerrados que no permiten la concepción de un horizonte posible. En ese panorama de eterna despedida no resulta descabellado que sea la explícita faena de un cerdo el momento más extrañamente feliz de esta película indispensable.

vlcsnap-2015-10-12-22h53m50s880

Ese mismo día, unas horas más tarde, nos tocaría a Lucía y a mí presentar la película que elegimos para el festival, la española Sueñan Los Androides. Si son asiduos a Las Pistas ya sabrán que se trata de una película que nos gusta mucho y que en varias oportunidades escribimos sobre ella y hasta entrevistamos a sus creadores. La proyección platense contó con varios adeptos y la película se pasó una vez más durante el fin de semana. De nuestra presentación preferimos no hablar, pero hay un vídeo dando vueltas que muestra perfectamente mis nervios y, en contraposición, la bella templanza de Lucía que es toda una experta en este tipo de situaciones. Júzguenlo ustedes mismos.

Nos volvimos a Capital con la compañía de Emiliano Grieco, que esa tarde estuvo presentando su película, La Huella en la Niebla, que formaba parte de la Competencia del Festifreak. Como siguiendo la corriente de los ríos heredados de películas tales como Los Muertos (Lisandro Alonso, 2004) o la más reciente El Rostro (Gustavo Fontán, 2014), La Huella en la Niebla también plantea un viaje en bote fantasmal hacía el lugar de la infancia, un retorno inesperado que tiene mucho de huida que una herida siempre abierta no puede dejar disimular. La sangre y el río, acaso los dos elementos visuales más constantes y poderosos de los que Emiliano Grieco se hace eco para contar esta historia, se mezclan en un mismo camino que se llena de deseos pero del que Elías, ese Ulises que retorna a la selva, solo encuentra obstáculos. Una inundación se ha llevado todo lo que él conocía, incluidos su mujer y su hijo, quienes, cansados de esperarlo, han decidido rehacer su vida. Su padre, estancado como siempre en el mismo lugar, ya no desea con futuros posibles y solo parece esperar por el fin. ¿Cómo se vuelve a la vida que uno dejó? Elías sigue los pasos que considera correctos (busca un trabajo, arma una casa), pero nada de eso parece servir. Observando todo desde la distancia, moviéndose como un animal salvaje en terreno desconocido, su cuerpo se mimetiza con el contexto y recibe la crudeza de un territorio que parece regirse por otras leyes. Una de las mejores decisiones que toma Grieco es dejar que ese entorno sea el que hable por Elías, demostrando así una particular sensibilidad por capturar una belleza que se hacía fugaz, intangible y que ahora parece respirar en planos que exhiben los verdaderos sentimientos de un personaje que se mueve entre un presente complicado, un futuro impreciso y un pasado del que no puede despegarse.

vlcsnap-2015-10-12-22h53m24s214

Unos días después volveríamos al Festifreak con motivo de la charla/presentación de las revistas de cine, en la que conversamos con los amigos de Cinéfilo y Hacerse La Crítica, que presentaban sus flamantes publicaciones en papel, y los platenses La Cueva de Chauvet. Esta vez fuimos Lautaro y yo los encargados de representar a Las Pistas en tal evento. Hablar sobre crítica siempre es una tarea difícil básicamente porque cada vez más se transforma en algo sumamente abstracto que se complica definir. Uno de los tópicos que discutimos fue justamente esa dificultad en torno a la utilidad y el campo de acción de la crítica, cada vez menos exacto. No creo que hayamos llegado a ninguna conclusión, ni tampoco pienso que ese haya sido el objetivo de la charla, pero lo cierto es que este tipo de eventos siempre tienen un lado positivo que es el de saber que todavía hay personas que creen en que escribir sobre cine conserva aún algún valor. Mientras íbamos en auto hacía La Plata con Lautaro intentábamos preparar algunas posibles respuestas a preguntas que nos imaginábamos serían parte de la charla. Yo quise responder a la incómoda y clásica ¿por qué escribir sobre cine? y obviamente no pude pasar del balbuceo pero si algo quedo claro fue que hay una idea de querer perseguir ese efecto que la película nos suscita y generar algo que extienda ese placer que nos dio o bien otra cosa que nos permita sacudirnos el mal gusto que nos dejó. Después intenté expresar una idea acerca del modo en el que el cine afecta nuestras vidas, pero ya entrábamos en una zona demasiado personal que, quizás, me anime a desarrollar en alguna otra futura charla. Pero si hay gente que es capaz de venirse desde Córdoba para ver películas o de viajar más de 100 KM para encontrarse por un par de horas en una sala a oscuras, que editan revistas y libros contra todo obstáculo en una época en la que la satisfacción de lo impreso se encuentra olvidada, que organizan sus propios cineclubes sin ayuda de nadie y que no sienten que nada de todo eso sea una pérdida de tiempo es porque hay algo de la vida normal que ya hemos abandonado para entregarnos por completo a esa otra forma de vida que se asoma desde las pantallas.

En su libro Subjetiva De Nadie, Marcos Vieytes dice que la vida de un crítico consiste en tres sueños. El primero, es el sueño del crítico cuando duerme; el segundo, cuando se levanta y empieza a ver películas, donde sueña el sueño de otros; y el tercero es la escritura, en el que se mezcla el sueño propio con el ajeno. El sueño que soñamos ese día provino de Bélgica y su directora, Isabelle Tollenaere le puso por nombre Battles. No podemos decir que se haya tratado de un sueño de esos que quedan pero tampoco fue una pesadilla. Retrato que intenta buscar las huellas de guerras pasadas en un pequeño pueblo, el documental de Tollenaere se conforma con mirarlo todo desde una distancia adecuada que vuelve postal todo lo que su cámara captura. Hay algo de pereza en esa decisión de inmovilizarse ante todo lo que ve, una imposición que pone a su película en un estado de automatismo que rápidamente agota su interés. La idea de encontrar las manifestaciones cotidianas en las que aún hoy respiran los vestigios de batallas pasadas, empezando desde una tarea de exhumación cuasi microscópica cuyo fin es desenterrar viejas balas y misiles que aún quedan latentes en los bosques hasta llegar a su fin mercantil donde los tanques solo existen como inmensos globos inflables que solo sirven para el festejo, permite un terreno lleno de curiosos momentos que solo pocas veces convencen. Antes de la función con Lautaro comenzamos a charlar sobre la película de Phillip Warnell Ming Of Harlem: Twenty One Storeys In The Air, que también se podía ver en el Festifreak y que, al igual que Battles, también surge de la productora Michigan Films. Él me comentó que en varios momentos de “la película del tigre” sintió que no había nadie filmando y que por eso mismo la sensación era la de estar viendo algo que se regía más por el azar que por decisiones que alguien tomaba. Eso mismo sucede en Battles, donde la distancia entre quien filma y eso que se está filmando se hace gigantesca, haciendo que ciertas decisiones de puesta debiliten su poder aún antes de que puedan explorar todas sus posibilidades. Si esta película tuviera voz hablaría muy bajo y por más de que eso pueda ser hoy día entendido como una virtud entre tanto ruido falso siento que, de vez en cuando, unos gritos no vienen nada mal.

Lucas Granero

lp5

Dos películas sobre viajes

En el pasaje Dardo Rocha vi la primera de las dos películas sobre viajes de este Festifreak, pero no en el espacio INCAA del primer piso, sino un nivel más arriba, en una sala multiuso bastante sospechosa: presentada por la poeta Cecilia Pavón, la función especial de D’Est, de Chantal Akerman (anunciada antes de su fallecimiento, así que acusaciones de oportunismo fuera) tuvo un aire hogareño (o clandestino) más aun considerando que la proyección era en fílmico.

Más que una road movie, D’est es la película de alguien que ya está establecido en un lugar. Por eso no existe el exotismo o confrontación de la otredad con la mirada propia, sino que hay ansia de conocimiento, con paciencia y esfuerzo para filmar. Porque Akerman se toma su tiempo para retratar los países bálticos en ese estado de las cosas que está desapareciendo porque el comunismo que los sostenía acababa de caer. Esta circunstancia por un lado le permite entrar y realizar la película pero por otro está desmantelando el entramado social que le interesa. Los comentarios –políticos, sociales- están totalmente ausentes respecto de lo que estamos viendo: sus planos son estáticos y casi que se suceden naturalmente, sin que necesitar una figura que los ordene. No sabía qué era precisamente la poesía objetivista a la que Pavón afiliaba la película, pero al final lo entendí perfectamente.

vlcsnap-2015-10-21-17h41m15s905

vlcsnap-2015-10-21-17h41m45s703

Difícilmente encontremos protagonistas. Lo que más vemos son las largas filas que hace la gente, sin que podamos saber su propósito. No sabemos si es por la salida del comunismo o por la entrada del capitalismo. A veces parece que la puesta en escena, en su afán de documentarlas, se vuelve repetitiva y cansina con su principal recurso de puesta en escena, un procedimiento que se encuentra en el corazón de la película, que la constituye y que acapara la mayor parte de su metraje, los largos travellings bien lentos, circulares o no, pero sin intención de transparencia, ya que la gente le habla a la cámara, la mira, se corre para dejarla pasar. Así Chantal Akerman no sólo encuentra la manera de homologarse de manera vivencial a esa gente en esa situación sino que también consigue el documento más preciso de una época, más equidistante y respetuoso. Todo eso sin renunciar a recuperar el momento de brillo en una toma, a los breves destellos que generan niños que se tiran incansablemente de una colina, de una banda de pop agridulce que se esfuerza en seguir tocando aunque solo un par de trasnochados bailen sus canciones, o de los reflejos fantasmales del amontonamiento de una multitud para entrar al cine. Éste es un buen documental indirecto sobre el frío.

Otro viaje cualitativamente diferente es el de los protagonistas de Forastero, la ópera prima de Lucía Ferreyra. Nicolás (Julián Larquier Tellarini) y Jaime (Pablo Sigal) van a veranear a Mar del Sur en la segunda quincena de febrero. El verano está terminando. Sin preocupaciones a la vista, juegan como chicos y con chicos, comen, charlan, se encuentran con una chica, Ana (Denise Groesman). Ella, de alguna manera, es el desencadenante de la tensión –mínima- entre ellos dos. Pero en realidad siempre están tranquilos, ni muy contentos ni peleándose; como la cámara, que no está ni lejos ni cerca; como la directora, que no los quiere pero tampoco los juzga. La línea que separa la levedad del desinterés es muy fina y probablemente sea subjetiva.

En realidad el triángulo amoroso que parecía haberse formado no era tal porque Nicolás había sido novio de la hermana de Ana: su relación siempre estuvo prohibida. Pero de eso nos enteramos tarde y ya no hay salvación, la película que se había formado alrededor de Nicolas era más arquetípica de cierta tendencia del cine independiente argentino contemporáneo con la playa, el verano, los jóvenes ni-ni (si no lo son, actúan como si lo fueran), la profusión de mitos populares en gente que decididamente no es del pueblo, un ánimo lúdico-infantil, la evasión del sexo o cualquier otro tipo de concreción amorosa. Y esa película es la que le interesa a Ferreyra, pero mientras, alrededor de Jaime se forma otra, lateral e imaginaria, que tiene recorridos más atípicos. Él es el forastero fáctico aunque el título se refiera a Nicolás. Su cuerpo, grande, tosco y un poco torpe, está aburrido dentro de la película, del rol que tiene que representar, así que se va con los pescadores, juega con los niños, recorre el hotel, e incluso finalmente consigue a la chica. Quiere moverse, aprehender el mundo que lo rodea. En la rebeldía frente a lo apático que se presenta el paisaje visual y sentimental estaba lo que Ferreyra podría haber aprovechado para salvarse de la medianía.

Lautaro Garcia Candela

vlcsnap-2015-10-21-17h41m40s334

vlcsnap-2015-10-12-22h56m52s327

lp2

41 y 4 – Terminal de ómnibus

La última vez que fui a La Plata (cuenta la leyenda: el día en que Salas y García Candela se vieron por primera vez) fue hace un año y en tren, al décimo Festifreak. Esta vez, onceavo Festifreak e invitados a presentar una película de nuestra elección junto con Cinéfilo y Hacerse la crítica tardamos dos horas en encontrar la mejor forma de ir hacia La Plata. O sea, dos horas después de empezar a salir de Buenos Aires seguíamos en Buenos Aires, y cada vez más adentro. Eso era La Plata para mi: un lugar insoportablemente cuadriculado, a una millonada de kilómetros de Buenos Aires que te obligaba apenas bajabas del transporte que sea (que en mi mapa de fronteras seguía siendo Buenos Aires) a hacer cuentas ridículas y esfuerzos mentales sobrehumanos para ir de A a B. Con bandas indies. En realidad es muy sencillo: si uno está parado en un punto (digamos al bajar del colectivo, salir del cine o simplemente aparecer por arte de magia) y quiere saber si la calle que viene es un número más o un número menos, no es necesario caminar hasta la esquina sino mirar la numeración de las casas. Tan simple era amar la plata: si sube es más, si baja es menos. La matemática me liberó del porteñismo desagradable.

1 y 44 – Terminal de Trenes

La mejor forma de llegar a La Plata sigue siendo el tren rápido que como está ausente fue reemplazado por unos colectivos directos que salen cada pocos minutos. De ahí al Cinema Paradiso, una de las sedes del festival, son un par de cuentas. Álvarez y Sonzini habían llegado a La Plata un día antes y ya sabían todo esto de las cuentas así que me llevaron a ver My life directed by Nicolas Winding Refn de Liv Cofixen. WF y C son daneses, esposos y amigos de Jodorowsky. La vida que dirige WR es la de su esposa y por lo tanto la de sus hijas, cuando se van todos juntos a vivir en un departamento en el piso 22 de alguna ciudad de Tailanda para el rodaje de Only God Forgives. La película comienza cuando se están dando los últimos toques al guión y los primeros ataques de inseguridad extrema, y recorre más tarde algunos rodajes de escenas de acción, los rituales ridículos del danés a la hora de encarar la dirección de una película (como ponerse una faja escosesa en la cintura todo el rodaje) y algunos problemas regulares de una pareja de larga data con su vida familiar trasladada al extranjero. El esposo de Cofixen es un tarado y ella se lo toma con bastante gracia, con la suerte de que cada tanto aparece por la casa Ryan Gosling caracterizado como el tipo más adorable del planeta. Se ve también una gran cantidad de dinero en efectivo.

Al final de la película la pareja se encuentra con su amigo Jodorowsky para que les tire las cartas una vez más (así comienza la película), pero esta vez le toca a Liv y no a Nicolas. Si las cartas y el psicomago le confirman que tiene que separarse si quiere tener una vida y una carrera, la sensación final es que no lo va a hacer. Por alguna extraña razón ella lo quiere, él también a ella y eso es lo que le da un halo de misterio a esta película. Esta forma de retratar la intimidad hasta cuando es patética sólo puede existir porque hay algo sólido ahí que lo sostiene.

La película formaba parte de la sección Bella tarea, en la cual se exploraban procesos creativos de varios directores. El cine en su forma más cercana al directo, al registro de algo que es curioso. Esta es la forma de entrar a espacios realmente imposibles, como la casa de un danés en Tailandia al que le cuida los chicos Ryan Gosling, o el cuarto de hotel en Cannes de una familia preparándose para su estreno, son cosas que recuerdan algo que es obvio y es que el mundo es enorme y prácticamente todo recorte que se haga de él es fascinante. Si no llega a ser con pericia, la intimidad y el extraño cariño danés ilumina un poco.

lp6

46 entre 10 y 11 – Cinema Paradiso

El sábado a la tardecita, cuando ya todos habíamos hecho nuestras presentaciones y charlas fuimos entre varios a ver Respire, movidos por la curiosidad de ser una película dirigida por la Shoshanah de Bastardos sin Gloria (Mèlanie Laurent).

Hacía bastante que no salíamos de algún cine a los gritos por algo que no sea euforia. Respire es una de esas bazofias por las cuales esquivo la mayoría de las competencias internacionales salvo casos excepcionales. Es el exacto tipo de película que cada año Roger Koza nos cuenta que abunda en Cannes, de las que les va bárbaro con el público de la Costa azul: películas que desprecian a la humanidad y al cine como subproducto del cine.

En tonos alternadamente anaranjados y violáceos Charlie y Sarah se hacen amigas. Comparten colegio y el gusto por el vestuario de bellas texturas (bordados, encajes, lanas, sedas y finos algodones) pero nada más. Charlie es débil y tímida (tiene asma), Sarah es fuerte y exuberante. Charlie tiene plata y una madre más o menos agradable mientras que Sarah es pobre y tiene una madre alcohólica. El componente complejizante: la tensión de clase, el resentimiento, la lástima. Una forma binaria de mirar el mundo en una de esas películas en las cuales el interés último es ver hasta qué extremo puede llegar la violencia y la pasividad, sumando palitos al jenga de las torturas físicas y morales a los personajes esperando que como si no fuese todo controlado bajos los mágicos hilos de la ficción todo eso explote. Me recuerda un viejo y detestable eslogan: todos podemos perder el control. Todo termina con el horroroso y recurrente plano de la persona que respira fuerte y que, luego de un coqueteo solemne, termina mirando a cámara para que la película termine.

Nunca entendí bien el atractivo de estas películas. Quizás son las emociones fuertes o esa apariencia de estarse metiendo con los temas importantes del mundo. Contando una historia muy intensa, etc. Poniéndome en el lugar de la espectadora psicótica que no entiende que está en el cine, no entiendo a qué sádico le puede causar placer hacer una película de estas en las que todos explotan si ella ya sabe dónde va a explotar y como. Es como si un equipo entero de personas que está haciendo una película, directora a la cabeza, simulara no estar haciendo todo lo que ya sabían que iban a hacer. Es como si las ideas de usa película tuvieran que estar todas desde el primer y único momento en el cual se la inventa, y después de ahí en adelante es todo piloto automático. Da la sensación de que es mundo es un lugar horrendo que es siempre el mismo y que todos están condenados a no pensar y ser violentos.

La película formaba parte de Juventud en marcha, una sección que también tenía películas de Matías Piñeiro y Ezequiel Acuña. Festifreak tiene una categoría competitiva para películas argentinas pero tengo la esperanza –o una certeza que sale de leer la organización de sus secciones en el catálogo- de que de tener una competencia internacional esta película no la integraría. Las películas argentinas seleccionadas son chicas, que fueron más o menos invisibles en otros festivales. La oportunidad del premio se da entre una idea de pares y quedan afuera aquellos que siempre ganan todo. O sea: una competencia hecha de películas que los programadores quieren que ganen. De esa forma las posteriores asperezas con los jurados parecen imposibles.

vlcsnap-2015-10-12-22h59m30s064

50 ente 6 y 7 – Sala Select

La sede principal del festival es en el Pasaje Dardo Rocha, un edificio de una cuadra entera en el cual hay exposiciones y varias salas que ofician de cine. Este año la sala central estaba llena de dinosaurios y ciencia para jugar. Hablando con Paola (Buontempo, programadora de Festifreak) nos contaba que el festival comenzó como un ciclo de cine que se hace en la sala Select del Dardo Rocha, un ciclo pirata que funciona todos los días a las 22 y alrededor de las cuales se comenzó a formar eso que después fue una muestra y más tarde, un festival. La primera mejor forma que se me ocurre para que nazca un festival es a través un cineclub, la segunda alrededor de una universidad. Quizás esa sea la respuesta a una pregunta que sin formular nos hacíamos los días previos a viajar a La Plata entre los pistos: como es que Festifreak es un festival tan preciso. Un cineclub es la respuesta: ese espacio autogestivo, por lo general ligado a la descarga de películas descarada que funciona siempre en cierta medida por gustos y caprichos particulares que se van puliendo con los años hasta llegar a desarrollar un estilo, que en algún momento se convierte en algo definible que puede ampliarse a más gente. Eso quisimos hacer en algún momento con la Sala Matinee y fracasamos. El que debería convertirse en un festival es el Cinéfilo.

53 y 6 – Algunos bares

Perdidos por los bares de La Plata nos perdimos Tired Moonlight de Britni West, una joya que es quizás la película que más se parece a Festifreak: chica, bella y al parecer hecha por amigos.

Tired Moonlight sucede en verano en uno de esos pueblos que según el cine son chicos, semirurales, con uno o dos super-supermercados, con animales sueltos por ahí, camionetas que dan vueltas a la noche, latas de cerveza, excombatientes, chicos que ni se ven de lo crecido que está el pasto y momentos de tiempo suspendido. No es que el tiempo en lugares como ese se haya detenido sino que funciona de otra manera, eso es más o menos lo que viene a decir Tired Moonlight. El tiempo no es siempre el mismo, depende del espacio. En este pueblo de Montana, en verano y sobre todo llegando al 4 de julio, está hecho de algunos minutos recortados de acciones que podrían durar todo el día: levantarse de la cama, llevar y traer cosas, bailar o hacer demostraciones de artes marciales en público, pelearse con el novio. Todo salpicado en algunas tramitas que son sólo lo necesario para que haya personajes y estos personajes de alguna manera interactúen. La fragmentación así como parece, podría darle una velocidad que por suerte no tiene: en Tired Moonlight todo es sereno.

Hay una escena en la que el chico dueño de un videoclub va a la casa de su madre a dejarle la ropa sucia, supuestamente muy apurado, y ella lo termina convenciendo de que se quede a tomar el te. La escena siguiente son el actor que hace del chico y la actriz que hace de la madre intentando actuar una escena en la cual cada uno está haciendo una cosa diferente. El hijo intenta contarle como va su vida en tono naturalista y la señora rusa quiere darle un discurso acerca de cómo ante cualquier dificultad que la vida le ponga puede ir a esa dirección que ahí estará su madre para ayudarlo. Todo en ruso.

Esa mezcla entre fragmentado y disociado sale de pensar lo amateur como forma y materia.Todo está hecho con una apertura total hacia lo que el otro propone, como personaje, como persona que más o menos tiene ganas de hacer algo y como momento irrepetible que sólo sucede. Todo se capta justo cuando está pasando, ni un segundo más ni uno menos.

Por más que sea una película que simula ser sólo un poco más que registros caseros, hay salones que recuerdan a ese en el que se reunían los de la unión en El sol siempre brilla en Kentucky de Ford, o ríos y arrollos en los que se podría haber lavado las patas William Holden al llegar a un pueblo con nada más que un par de botas de su padre y una camisa sucia en Picnic. A Tired Moonlight se le nota la tradición sin perder la frescura. Un milagro.

En la película hay poemas de Paul Dickinson, un escritor y actor que tocaba en Frances Gumm, una banda a la que llegué buscando cosas de la película y cuyo disco Victory Now les recomiendo.

vlcsnap-2015-10-12-22h59m16s787

14 entre 51 y 53 – La catedral

El camino entre los cines y el departamento del staff de Cinéfilo, al que se sumaron los doble apellido Fuentes Navarro y González Cragnolino, o entre los bares posteriores y el hogar hacía que apareciera casi de la nada la catedral en la mitad del camino. Yendo por 12 unas ciento cincuenta cuadras a la madrugada nos empezamos a parecer bastante a los personajes de Microbús de Alejandro Small (también en Juventud en Marcha), un mediometraje peruano con el que John Campos Gomez viene insistiendo hace rato y del cual vi la versión corta hace un tiempo. Un grupo de amigos deambula por las calles. Son jóvenes y se notan amigos hace mucho tiempo. Parece estar construida entre un balance de escenas inventadas e improvisadas, con una tramita que tiene que ver con uno de los chicos que no pertenece al grupo y que fue traído por una de las chicas, lo cual hace que se dividan los espacios en derivas grupales e individuales y en algún momento una angustia serena que sale del recuerdo del amigo que se enamoró y se fue. No es el momento en el que el grupo comienza a separarse ni cuando ya se separó sino uno en el medio, una última noche de verano que es materialmente sólida pero potencialmente evaporable.

Durante el BAFICI 2014 salió una sinopsis de El último verano que decía algo así como una noche vivida a pleno por un grupo de adolescentes en la ciudad. La sinopsis de Microbús es “Un grupo de amigos decide pasar la noche haciendo lo que siempre hacen: deambular por las calles en busca de algo con que emborracharse. Son los últimos días del verano.” El error es común: los jóvenes de El último verano no son adolescentes, y los de Microbus casi tampoco, pero eso de adolescencia tardía parece un atajo facilitador.

Repito: no somos adolescentes. Es más, ya estamos un poco viejos, y también los clásicos actores de nuestra juventud como Pablo Sigal y Julián Laquier Tellarini, protagonistas de Forastero de Lucía Ferreyra, una película que se parece a ir a un bar y encontrarse con tantos actores de películas independientes que se estrenan en el BAFICI cada año, que empieza la paranoia de pensar que detrás de eso hay algo extraño.

La sensación de repetición es inevitable: la playa, los jóvenes ni-ni como los llamará García Candela, el tedio, deambular. Pasado un tercio la película me puso en el lugar incómodo: empezar a tener que decidir si me parece o no me parece que existan una serie de películas extremadamente similares que parecen salir de unas vacaciones entre amigos cineastas. Creo que tiene que ver si no es con intereses particulares (en estas cuestiones), con la tolerancia personal y momentánea. Quizás en otro momento me hubiera hastiado, pero no fue el caso. Si me parece o no me parece algo no creo que venga al caso, la cuestión en primera instancia es que existe, tiene una forma y en esa forma hay detalles.

El mayor problema que tiene Forastero es su postalismo. La película está hecha de momentos que son en realidad ideas de buenos momentos: cuando se roban la bici, cuando se encuentran a la chica, cuando por una lluvia comparten la cama. No suelen duran lo suficiente lo cual deriva en que no salga de la generalidad. Cada vez que están por asentarse, hay una elipsis, el plano se corta o se pasa a otra cosa. Puede ser que sea por querer mantener todo en una mediana intensidad, de manera tal que e pasaje por la película sea un agradable camino sin sobresaltos que se vaya fundiendo con el espacio, la playa y algunos médanos. Pero para eso se necesita tiempo y un poco de magia.

Hay en la película una pequeña trama que tiene que ver con dos nenes que son amigos como son amigos los protagonistas. De a poco las dos parejas de amigos se van cruzando, primero por casualidad y después voluntariamente hasta que terminan todos juntos haciendo pozos en la playa. Ese sutil intercambio de postas parece primero un abandono del lugar de un para que lleguen los que siguen con un pequeño cambio de mando que se cierra con una amistad fugaz entre los grandes y los chicos y así puesto es adorable. Pero plantea a demás un loop inquietante. Como si los personajes, una vez que los grandes se hayan ido, estuvieran condenados a vivir más o menos la misma historia: ir a la playa, caminar, leer, tomar cerveza y casi pelearse por la chica.

vlcsnap-2015-10-12-22h54m51s703

X entre X y X – La fiesta de cierre (dirección secreta)

El cierre del festival fue en una casa que comenzó con el recital de La vida de alguien. Acuña, Pedrero y Malena Villa cantaron canciones mientras el resto acompañaba, bebía y bailaba. Aunque estamos viejos no perdemos lo indie. Ganó Cuerpo de letra, todo iba bien. El festival terminó como fue siempre: agradable, amistoso, con ideas cuidadas y platense o sea lleno de bandas. Se armó de nuevo una comunidad y como siempre el mismo ligero problema: siempre estamos entre nosotros. Una ciudad universitaria como La Plata debería tener a su festival de cine repleto de estudiantes y sin embargo a esos nunca hay forma de sacarlos de las aulas. La universidad, de paso, siempre mantiene estos eventos lejos de sus cronogramas, como bien indica su sistema de compartimentos estancos. Este festival se merece más público y sabe que cuenta con los aliados de todas las movidas, la gente grande. Un festival que se dedica a desenterrar de la marea de estrenos algunos casos singulares tiene mala suerte con el público. Si les sirve de algo, desde acá nos interesa lo que hacen francesas abyectas aparte y sobre todo los da curiosidad saber que es lo próximo. Festifreak es un festival bastante heterogéneo, tiene hasta una sección expandida, y encuentra la forma de echar luz sobre corrientes completamente distintas.

Pensándolo mejor, la película que más se parece a Festifreak es Después de Sarmiento de Francisco Márquez. En la película la escuela aparece como una isla, un mundo autónomo que hasta tiene su propio sistema de representantes repartidos entre docentes, directivos y estudiantes. El afuera casi no aparece, salvo para ser hostil con las propuestas que la escuela propone para funcionar mejor, para ser más coherente, más ultil, o sea con tener más que ver con la formación y menos con los conocimientos específicos aislados. Es una película discreta, que de la sensación de haberse hecho sola de lo natural que parece todo lo que sucede frente a nuestros ojos. Pero es obvio que detrás de eso hay horas y horas de trabajo, de diálogo y de observación. De eso sale la organización de un material en pos de pensar una serie de cuestiones con el objetivo de abrir a más preguntas y no a respuestas conclusivas. La primera de todas: ¿qué es la escuela?. Para eso la película no toma ningún atajo.

En fin, queridos amigos,hasta pronto.

Lucía Salas

AqfwxOTqY7wUSkJF8QNxc9Qc6pDUK1hnu6ZDcPwhCc3L

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s