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La Isla de cemento – Cuerpo de Letra

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No existen las paredes vacías en el conurbano. Esto es algo que sabemos los que vivimos en esas zonas de muros largos sobre los que siempre reza alguna información. Afiches sobre afiches rotos que generan un collage de mensajes inesperados, graffttis sobre otros graffitis cuyas huellas devienen trama y, sobre todo, pinceladas de pintura blanca, azul y negra que constituyen el paisaje visual más característico del pueblo: la pintada política. Casi como si se tratase de una acción instantánea, de la noche al día, las paredes aparecen completamente avasalladas de letras que, la mayoría de las veces, suelen formar el apellido del político en cuestión. La tipografía, más allá de la pared, es siempre muy parecida, sino exactamente la misma. Los trazos se repiten como si todo hubiese sido hecho por la misma persona. ¿Es esto posible? Tal vez. Sin embargo, hay una huella que derriba esa teoría imposible: la firma. Cada una de estas pintadas finaliza con la firma de su enigmático autor. Dependiendo de la zona, esa huella suele repetirse, por lo que uno puede ir conociendo que hay ciertas reglas territoriales aplicadas en el misterioso asunto. Y es justamente la firma, esa clave que permanece casi marginada ante la magnitud del mensaje original, lo que parece interesarle de manera central a Julian D’Angiolillo en Cuerpo de Letra, ¿documental? que intenta traer un poco más de luz sobre esta comunidad secreta de artistas nocturnos, aunque, por suerte, termina más bien sembrando muchísimas más preguntas.

La firma que persigue Cuerpo de Letra es Eze, un iniciado en la actividad de las pintadas y que como tal veremos desarrollarse en ese ámbito durante todo el relato. Eze es nuestro guía en el submundo: junto a él vamos aprendiendo los códigos y hábitos de acción de los grupos que pintan al mismo tiempo que vamos ingresando en zonas cada vez más desconocidas por su grado cero de circulación y que, en nuestra vida diaria, permanecen solo como espacios de tránsito fugaz, especies de “no lugares” que solo parecen existir durante el momento en el que nos encontramos en ellas. El primer recorrido ya nos instala en el que será el camino al que más habituados están los miembros de esta logia: las autopistas. Aprovechando la baja circulación de automóviles que trae la madrugada, Eze y los demás se aprestan a tomar por asalto las paredes de la Panamericana o la General Paz, cruzando la ruta con una práctica del esquive de auto que envidiarían algunos superhéroes. Pero Eze no solo se dedica a las pintadas, sino que también le pone el cuerpo (y la voz) a otras formas de comunicación que derriban todo tipo de lugar publicitario habitual. Pinta pasacalles que trastocan el paisaje de los barrios bajos con mensajes que se interponen entre la tierra y el cielo, y su voz se escucha desde el aire hacia toda la ciudad desde una avioneta que reproduce locuciones que anuncian diversos servicios. Todo en Eze responde a una pregunta que la película se hace en torno a los límites de los signos en el ámbito público y sus alcances. Su figura parece representar la de un médium que permite la aparición de mensajes que responden siempre a un tercero, quedando él como un simple ejecutor. Su campo de acción se encuentra siempre en los márgenes y esa será la geografía que la película toma y transforma en una lógica que se expresará hasta en sus propias decisiones formales.

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Así como esas paredes que vemos respiran siempre un residuo de huellas que quedan, acumuladas en capas y capas de pintura derruida, D’Angiolillo realiza una acción similar con la inscripción de lo ficcionalizado en su película. Sin nunca establecer un quiebre en el cambio de un registro al otro, logra extraer del mundo por el que circula Eze momentos repletos de ideas cinematográficas, sin nunca contaminarlo del todo, mas bien acoplándose a esa circulación perpetua de signos y formas comunicantes siempre fugaces. Quizás la herramienta más poderosamente ideal que el cine le da para inscribirse a esa idea de multiplicidad de capas con las que se manejan estos artistas sea el no siempre tan recurrente fundido encadenado, que D’Angiolillo utiliza de una manera pocas vistas en el cine argentino. Usualmente destinado a ser algo así como un punto y aparte entre una escena y otra, el fundido responde aquí a otras órdenes, exacerbando esa idea de transformación y cambio que su uso implica, volviéndolo un acierto formal que funciona como clave para comprender las mutaciones que afectan de manara impávida a esta profesión de dejar inscripciones que solo funcionan en el veloz ritmo diario de la vida urbanizada. Asi, D’Angiolillo transforma a sus planos en un gran pizarrón que cada fundido parece borronear y permitir, al mismo tiempo, la aparición de otras imágenes que yacían, tapadas, bajo la anterior. Un collage morfológico de autopistas que se mezclan y trastocan, de cuerpos que parecen ir contra toda gravedad establecida, haciendo de la ciudad toda una hoja en blanco destinada al cruce de mensajes que nos traspasan.

En la noche previa a la veda electoral, una competencia de pintadas se desata en la General Paz, en la que varias brigadas se disputan las paredes. Pintadas que inmediatamente son tapadas por otras, pintura blanca que reemplaza e inicia un nuevo round, y así hasta que la pared termine o alguno de los dos se canse. Ninguno de esos mensajes sobrevivirá más de un mes, pero lo que importa es ganar ese espacio de cemento. Mensaje que se escribe casi en forma automática y que exige rapidez en la ejecución, para ser sepultado constantemente por otros que vendrán pronto. Si aquí la película entra por completo en un registro que asemeja lo que acontece a una aventura digna de Walter Hill, con pandillas en plena acción, lo que seguirá luego demuestra sus verdaderas intenciones. Porque, ¿dónde queda parado Eze en medio de todos esos mensajes de los que su cuerpo actúa como medio? La secuencia final de Cuerpo de Letra pone todo lo visto en un nuevo nivel, quizás el último de la cadena de la que fuimos testigos y que como tal su exhibición se hace necesaria ya que demuestra el supuesto fin de ese periodo de acción, el verdadero final de las paredes. Sin embargo, cuando Eze entra al cuarto oscuro a cumplir su deber como ciudadano, queda claro que ese es solo el principio de un nueva cadena de muros.

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Lucas Granero

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