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Diarios transcinemáticos

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Día 1

Empieza la muestra de Cine Argentino Transcinemático y somos unos pocos en la sala. Los menos valientes se amedrentaron con el frío y la lluvia, pero los que sí estamos nos conocemos mucho. Algunos amigos y otros desconocidos (que por acercarse ya son de los nuestros) se acercaron y demostraron ser fieles: nadie se fue de la sala en el medio de la proyección. El cine tampoco es muy grande, lo que ayuda a hacer más cálido el lugar, es casi una juntada entre amigos.

Ya había visto Reina Sofía en el FICIC 2015 y no me había entusiasmado mucho. Pero esta vez los materiales que componían el corto se acomodaron en su lugar ante mi mirada gracias una lectura precisa de Martín Iparaguirre, citado por Santi González Cragnolino presentando el programa, que es fácilmente resumible en una oración: la narración es llevada por una guitarra eléctrica. Y cuando uno lo piensa así, las repeticiones, las variaciones de intensidad, los pequeños intervalos temporales perdidos al interior de un plano, algunas abstracciones plásticas gracias a los cables que atraviesan el cielo que se cierne sobre la interminable ruta, no son sino la expresión visual y vital con la música que utiliza Ritacco para acompañar a su reina en el recorrido. En sólo quince minutos hace de un viaje una experiencia puramente cinematográfica. Hablando de Chica rutera (otro posible nombre para la Reina Sofía) Fabián Casas dice que la gracia de la canción, lo original y movilizante, es la repetición como un mantra de esas dos frases: cuando ya vamos por la segunda decena de espero que vuelvas chica rutera ya lo vivimos con la misma intensidad –y la misma densidad conceptual- que una novela de mil páginas. Ojalá más viajes le pierdan el miedo a la simpleza  y se dejen narrar por un instrumento musical.

El mar, en cambio, es el que narra el corto de Josefina Gill, lo organiza y le da el ritmo. Largos planos, concienzudos y serenos, construyen el viaje reflexivo, tan interior como el de Sofía, pero más ligado a lo oral que a lo cinematográfico. La voz en off repone algunas cuestiones relacionadas a la identidad pero ellas no se dejan ver en una manera de encuadrar o de concebir el plano: se construyen desde una lejanía, un carácter más frío, más despojado. Gill busca, en las antípodas de Ritacco, una forma apolínea del viaje. Hay un destino, hay un punto de partida, pueden ser intercambiables pero son claros. A su favor, eso mismo lo vuelve leve, delicado: esos también son atributos de una personalidad.

Nada de apolíneo tiene el documental de Scelso, un hallazgo para los porteños, que con su camarita portátil de principios del milenio interroga a sus abuelas de manera voraz. Es rara la construcción discursiva de la película, que articula momentos de frialdad y distanciamiento respecto de sus retratadas con otros de total empatía. Las interpela sin reproches, sin ironía, con una curiosidad que debería ser obligatoria en cualquiera que se calce una cámara al hombro. Visión lateral de los últimos grandes temas del país, incorpora todas las imágenes (fílmicas y televisivas) sin una intención declamatoria, sino de manera natural, un desprendimiento de lo que las abuelas dicen. Ellas tienen sus diferencias, pero da la sensación que el director hace esfuerzos por ponerlas en lugares opuestos, construyendo una polarización que no es tan necesaria: ambas, en sus similares experiencias, son medio hermanas.

Y por último, antes de mi partida, apurado por las circunstancias del transporte público, vi los cortos de Masllorens. Son realmente muy buenos. Es difícil encontrar un método o una línea conceptual que atraviese su obra, aunque Jotafrisco en el catálogo algo insinúa: la total independencia y libertad de la forma con respecto a las historias que narra, que van desde un desencuentro y posterior encuentro amoroso a una historia de espías internacional. Detrás de esas experimentaciones narrativas hay un espíritu clásico, amoroso, de la empatía. Todos sus cortos, musicalizados para la emoción, son un pequeño viaje a alguna época particular del cine pero a su vez son todas historias y testimonios de una visión del mundo bastante contemporánea y particular.

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Camino a mi casa –ya había visto la de Lingiardi-, me peleaba con algunas películas en mi cabeza pero a su vez todo tenía sentido. Pueden ser mejores o peores, más irritantes o más elaboradas, pero es evidente que hay una línea que articuló este programa que es irreprochable. Bah, hay que charlarla, y pelearse y de hecho, considerando que la programadora es mi novia, lo hice, tratando que algunas películas no sean programadas, pero no se puede negar que a todas estas películas las une un hilo invisible, una toma de posición respecto a lo que debería ser el cine, sin dejar de lado el amor y el humor, cosas que se olvidan cuando uno se pone a declamar.

Día 2

Del martes sólo pude ver un rato de Sip’ohi, el lugar del Manduré. Mientras veía cómo los wichis se preocupaban sobre sus historias y por quién y cómo iban a contarlas, pensaba que algunos de nosotros también estamos en los mismos problemas. Toda una cinefilia que –no pretendo definirla- no pasa por los clásicos directores de la calle Corrientes ni por la mayoría de los estrenos pretendidamente de arte en Capital existe, tiene filiaciones erráticas y ninguna institucionalización: ¿cuáles son sus hitos? ¿cuál es la línea divisoria que dice qué sí y qué no? Incluso está cada vez más atomizada, menos pendiente del BAFICI, encuentra pequeños nichos en festivales laterales. Por más que el público sea escaso, me enorgullece vivir en una ciudad en la que en al menos una de sus paredes estén proyectando películas así. Algunas de estas historias que nos gustan se contaron en Transcinema. No, me corrijo: más que historias, formas.

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Día 3

En el tercer día, lo más interesante  estuvo en el modo de juntar y hacer dialogar las películas.

En primer turno, La internacional, de Tatiana Mazú y Formosa, de Ivo Aichenbaum y Soledad Manrique. La primera es agraciadamente fragmentaria: por un lado, grabaciones caseras de (y por) su hermana cuando eran niñas, por otro, las conversaciones familiares en los cuales su madre es la figura reguladora, y por último, imágenes de las marchas a las que ambas asisten. Un momento clave, tomado con levedad y gracias, es cuando le pregunta a su hermana –y le exige una respuesta- cómo toma el café con leche una militante, ¿con tostadas?, ¿con azúcar?, las tostadas, ¿con manteca?

No hay una puesta en cuestión de los hábitos de la militancia en la película de Aichenbaum y Manrique, sino un diario de viaje en el cual de paso retrata a una serie de militantes que van en una pasantía (así le llaman) a Formosa, y son recibidos por los Qom, amigos de protestas. No se hace preguntas que se proyecten a escala individual sobre sus compañeros de viaje y él mismo, sino que responde cinematográficamente a algunos pre-conceptos y vicios del cine más militante. Se detiene en detalles, en pequeñas charlas sin importancia, en gestos, sin terminar de construir una narración consistente. Intercala estas viñetas con fotos analógicas –de su novia, codirectora de la película- que vienen a nivelar la cuota de belleza que toda película debería tener: una idea, como mínimo, problemática. Sólo así se explica el final del medio. Las últimas tres secuencias son así: primero vemos un recuento de muertos Qom en circunstancias polémicas en los últimos años sobreimpreso sobre un fondo del paisaje; luego una secuencia con música de Leonard Cohen en la cual vemos a algunos de ellos andando en moto, riendo en un fondo idílico de flores brillantes, casi un videoclip; y por último entrevistas en el micro a los compañeros militantes, que dan un testimonio personal de por qué empezaron a militar pero después largan todo el discurso socialista for dummies que al final, luego de todo un viaje, no puede ser sino simpático. De todas maneras, me da la sensación que sigue faltando una voz fuerte, no para bajar línea sino para confrontar: no hay nada que genere demasiado sentido. Podrán decirme que lo que habla es la propia forma. Puede ser.

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Hubo tanto debate luego de la proyección que el programa de cortos se atrasó casi cuarenta minutos. Surgieron ideas y me sacó cierta imagen de la militancia que estaba deformada por el kirchnerismo. Ambos directores son sensibles a la belleza y no se resignan a perder su propia particularidad.

El otro programa también marcaba un diálogo de recorridos poco claros y exóticos, desenvolviendo un mundo que para la mayoría es ajena. Al menos tres de cuatro, porque el de Scelso, El final, es demasiado poser, un refrito del Harmony Korine de los ’90. Del corto de Julián D’Angiolillo ya escribí y Esta es mi selva y Me olvidé habían sido programados previamente en FICIC 2015, lo que me había dado la posibilidad de verlos. Pero esta segunda pasada invirtió mi percepción de ambos: el de Santiago Reale se actualizó con un montaje menos misterioso, más acorde a algunas convenciones, pero mantiene la palpitación de sus imágenes; el de Teddy Williams es especialmente excéntrico, filmado en un lente gran angular símil GoPro, emplazado en Vietnam, la cual descubrimos a través de momentos cualquiera de nuestro protagonista (cuando escribo “momentos cualquiera” me refiero a que no son recortes específicos que den una idea de cotidianidad sino que son situaciones imposibles de asimilar y conectar bajo alguna lógica o cronología: ese es un signo de maestría por parte del director). La escena final es tan sorpresiva y vivencial que es un despropósito describirla, pero su riesgo no es sólo formal sino real, físicamente real.  Al final de las proyecciones el único director presente, D’Angiolillo, no esperó a que alguien le hiciera preguntas y tomó la palabra pidiendo explicaciones por la unión de los cortos: un mimo a quienes elaboraron el programa.

Día 4

El jueves fue la jornada Masllorens. No pude ver nada salvo el hilarante final de Martín Blaszko y de Hábitat había escrito esto.

Día 5

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El último día fue polémico. En la redacción de Las Pistas me habían dado el OK para hablar mal de cualquier película pero hasta ese momento no lo había necesitado. Los días iguales de Aldo Marchiaro es una película muy pequeña, tan pequeña que es transcinemática: si la indiscernibilidad entre documental y ficción (catalogada como no-ficción) es la seña del festival, la película llega a esa zona por contingencia y no por intención. Toda producción que no tiene medios para cortar una calle se va a ver, inevitablemente, con el problema documental, inevitable, muy estimulante por otro lado, de enfrentarse con los autos que pasen en el medio de una toma. Toda producción utilizará locaciones que queden cómodas, que sean de amigos y por lo tanto sean gratis, para filmar allí y no tendrá intenciones de modificarla mucho, lo que hace que la captura del espacio también sea indiscutiblemente real. Ese tipo de problemas los tenemos todos cuando queremos filmar y no por eso somos más o menos transcinemáticos, simplemente es una manera de hacer cine.

Los días iguales tiene esa pequeñez de medios homologada a la de su narración: simple, un tanto costumbrista –en el punto justo-, momentos de incomodidad romántica, cinefilia y un recorrido original de la ciudad de Córdoba. Pero a su vez me resulta una película autoritaria, porque ¿quién va a ser tan tirano de renegar del protagonista, un pibe extraño que quiere conquistar a la chica? ¿cómo vamos a renegar de esa escena en la que ella le muestra una canción en la onda platense/Laptra y él le dice que le gustan Divididos, Sumo, aunque se excusa porque dice que son más bien bandas de su infancia? En un momento la película se sincera, deja de exponer tanto a su personaje y admite que habla por él: cuando el chico se sube al estrado a leer un poema y en vez de escucharlo vemos un racconto de cosas que pasaron durante la película. Él es hablado por la película y está bien, un acto de sinceridad que gana en real emoción y no es tan direccionador de empatía.

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De La energía directamente no tengo mucho para decir. El amigo Juan Antonio, fiel a la muestra, la describió en pocas palabras como una película canchera. Las intenciones de retrato generacional explicitadas por el autor son, a veces, muy visibles, muy directas. Ciertos momentos en los cuales los personajes leen sus poemas son emocionantes, pero sospecho que eso es gracias a la buena poesía y no a la puesta en escena. No cuenten conmigo.

La muestra de Cine Argentino Transcinemático fue una oportunidad de ver películas extrañas, escurridizas, laterales, toda una línea del cine que ni siquiera hizo mucho eco en los festivales. No importa tanto si la premisa del festival se cumplió, es decir si las películas lograban ubicarse entre el documental y la ficción, lo que importa es que existe todavía el ansia de esquivarle al rancio cuento y buscar maneras de representar lo contemporáneo, algo que sigue siendo inasible y sorprendente. Algunas películas se embarcaron en la búsqueda indicada, la de la justicia en los temas y la justeza en las formas.

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