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Chicas y cochecitos – Mi Amiga Del Parque

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¿Qué necesita una mujer para convertirse en madre? Posiblemente alcance solamente con tener un hijo. Pero en su nueva película, Mi Amiga del Parque, Ana Katz parece contarnos que no, que en realidad no alcanza solo con eso, sino que hay una serie de preconceptos a los que se debe llegar para poder sentirse verdaderamente una madre. Liz, la mamá primeriza a la que veremos durante toda la película, no solo tiene que aprender día a día lo que es ser madre (lo que ya se le hace sumamente difícil), sino que además desea alcanzar esa idea de la madre perfecta que todo el mundo espera de ella. Uno no tiene más que pasar una hora frente al televisor para darse cuenta de cuál esa esa idea: publicidades con madres más que aptas para el cuidado de sus hijos, atentas, cuidadosas y ordenadas, dignificadas con el último pañal/shampoo/crema o lo que sea que hace de ese trabajo de ser madre un espacio idóneo para generar una verdadera conexión con su hijo. Liz de entrada parece tener ese paraíso maternal levemente vedado, o al menos complicado, ya que no puede amamantar a Nicanor, su pequeño bebé. Esto representa un grave problema para ella, porque darle la teta al bebé es, en ese ámbito de madres jóvenes y bienpensantes con el que Liz se reúne, un hecho evidente de pertenencia. ¿Dónde queda parada Liz frente a ese panorama de maternidad total al que ella misma se impone ser parte? Sus conflictos se agravan al quedar sola en esos primeros meses de desconocimiento, ya que el padre de su hijo, Gustavo, se encuentra filmando un documental muy lejos de casa. Una casa, además, que casi parece una representación espacial de su desorden afectivo, a punto de ser remodelada porque así también lo requiere la llegada del nuevo miembro de la familia. Entre esos cambios abruptos que la alcanzan y rodean como misiles, Liz se encuentra en un estado de confusión permanente en el que, por un lado, debe construir una figura maternal basada en la independencia y cuidado de su hijo, lo que la obliga a ignorar las constantes llamadas de su padre y en contratar a una mujer para que la ayude con las tareas del hogar, y, por el otro, en poder seguir estableciendo una relación con ese mundo de afuera que cada vez parece más y más hostil. Y sobre eso, no hay libro acerca de maternidad que pueda ayudarla.

Por lo tanto, que altere llanto y risa mientras se ducha con su bebé en el baño no parece ser una actitud muy lejana de sus verdaderos sentimientos, que pasan de la manifestación de una soledad total a una contención que debe siempre estar alerta. Hay algo en el hecho de ser mamá que obliga a Liz a un ocultamiento, a cosas que deben ser calladas pero que sin lugar a dudas ocupan un lugar bastante amplio en su cabeza cada vez que Nicanor se despierta a la madrugada y ella debe darle esa mamadera, mientras mira, en silencio, el techo de su habitación. Quizás también por eso mismo su encuentro con Rosa y Renata, las infames Hermanas R, tal como son llamadas por ese círculo de mamás y papás perfectos de los que han sido excluidas o bien del que no desean ser parte, parece ser para Liz una puerta que se abre hacía un mundo que creía lejano de su universo recientemente maternal. Si ese parque en el que los padres se juntar a jugar con sus hijos se descubre prontamente como un espacio plagado de psicosis varias, en el que nada se expresa del todo pero luego explota en esas reuniones de padres que de nada sirven, el lugar que ocupan las hermanas es uno bien al margen, lejos de todo preconcepto que pueda establecerse. Para Liz y el resto de las mamás, sus figuras maternales no cumplen con los requisitos que deben tenerse para entrar al club, más aún si tienen tendencias extrañas con los objetos materiales de los demás y no les tiembla el pulso para hacer un paga dios en una pizzería a las que van con sus bebés. Si bien ese primer acercamiento a Rosa es bastante extremo para Liz, su magnetismo le resulta imposible de esquivar, acaso porque Rosa no se lo permite o bien por que su necesidad de acompañamiento hace que aún cuando quiera alejarla la mantenga siempre cerca.

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El catálogo de madres que Ana Katz muestra en Mi Amiga del Parque hace evidente una problemática que ella misma y su compañera guionista Inés Bortagaray deben haber transitado en su camino hacia ser madres. Los lazos que se generan entre mujeres de una edad similar que también han sido madres entregan una idea de lo materno que se quiere variada, pero termina, en realidad, siempre siendo lo mismo. Zona de contacto entre sensibilidades idénticas, en las que siempre se conversan los mismos tópicos y en los que no pareciera haber espacio para el surgimiento de otros tipos de libertades. Rosa y su hermana no compran ni entran en ese paquete de crianza apretada y preestablecida, quizás porque no tengan ni el tiempo ni el dinero para hacerlo, pero más que nada porque saben que hay algo sumamente ridículo en seguir esas pautas que implican, entre la variedad de ejemplos que la película nos entrega, ir a hacerles escuchar canciones tontas a los bebés porque algún pediatra lo haya recomendado. Ese desapego hacia el modelo indicado, ese estímulo punk que repela al mismo tiempo que contagia, es el que termina haciendo de Liz alguien menos despreocupada y que no teme al no encontrar la respuesta adecuada en el manual de cómo ser madres.

Entre la agobiante sensación de estar todo el tiempo aprisionada por esa confusión que no le da respiro y que la persigue hasta en el invernal paisaje del parque, la cámara de Katz logra transmitirnos ese estado mental abrumado proponiendo un acercamiento total hacia Liz, cuya presencia se encuentra en cada escena de la película. Asi, la acompañamos en sus días de crisis, yendo al pediatra con sus preopaciones obvias, disfrutando una noche de salida sin su bebé, y sobre todo en esos momentos a simple vista inocuos de la vida materna, esos pequeños instantes de noches desveladas en las que hay que acurrucar infinitamente al hijo hasta que el sueño aparezca, durmiéndose ella antes que él, algo babeada, invadida de pequeños juguetes en esa habitación que ya no puede llamar suya, porque pertenece ahora al reino de su bebé. Esas son las zonas que Katz prefiere retratar, porque sabe que allí se encuentra un aspecto de lo maternal que escapa a los cuentos habituales y que iluminan con su aparición esa condición de lo “preocupante” con lo que juega el tagline de la película. Hay ciertos brotes en Liz que parecen asociarla a aquellos momentos más psícóticos de Mia Farrow en El Bebé de Rosemary, aunque, claro, no se trata aquí de que su hijo sea el endemoniado, sino más bien los efectos que eso le trae, volviendo a todo su entorno una bomba paranoíca bien polanskiana. Cuando la confianza hacia Rosa se haga más firme y Liz pueda verla despojada de todos los prejucios que le son arrojados, finalmente podrá comprender que la crianza es también una forma de crecer. En ese viaje en auto siempre deseado y hasta ese momento nunca concretado, la conexión de Liz con las hermanas se fundirá para siempre en una secuencia final que encierra acaso la verdadera aventura que urgía por nacer: la maternidad también puede ser una buddy movie.

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Lucas Granero

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