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Cine Argentino Transcinemático – Día 3

Durante estos días estaremos compartiendo con ustedes una serie de textos realizados para la Primera Muestra de Cine Argentino Transcinemático que comienza hoy en la Universidad del Cine, programada por Santiago Gonzalez Cragnolino y vuestra Salas, con el comando de la producción a cargo de Eddy Baez. Transcinema es un festival que sucede en Lima y está a cargo de John Campos Gomez. Este año por primera vez desembarca en Buenos Aires.

En el tercer día de la muestra seguimos con los cineastas transcinemáticos contemporáneos: Mazú, Aichenbaum, Manrique, D’Angiolillo, Reale y Williams. También, otra pequeña entrega del foco Germán Scelso. Por el lado de los críticos amigos asociados: Leandro Naranjo y Roger Koza.

Miércoles 23 – 19.00

La internacional (Tatiana Mazú, 2013) – 13′

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Tres chicas (madre, hermana y directora) conversan a la hora de la merienda, cocinan, van a marchas. A partir de ahí Mazú arma un sistema de tres personajes que a pesar de decir una cosa y hacer otra no se contradicen nunca: esa es su definición de lo cotidiano. Mazú hace un cine político ligado a cosas muy concretas: la vida privada como diálogo con la militancia, la vida familiar como formadora de carácter y pensamiento, el cine como algo que vive en todos los espacios, no solamente el de una puesta en escena y sobre todo la forma de pensar y definirse con buen humor. Cine político-poético sin solemnidad. También define lo que es un corto: una forma de explorar relaciones y distancias, de buscar un estilo y pensar en movimiento. Hasta le da un matiz de ridículo a esa vieja frase: todo es político. También se puede parar a comer unas tostadas sin tener que dividirse en más de un sujeto.

Lucía Salas

Formosa (Ivo Aichenbaum y Soledad Manrique, 2010) – 92′

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Ivo Aichenbaum y Soledad Manrique parten con un grupo de militantes del Partido Obrero a hacer una pasantía de la Union de Juventudes por el Socialismo que consiste en recorrer la provincia de Formosa conociendo gente, intercambiando experiencias y recopilando testimonios de los efectos de los pesticidas en la salud, las semillas transgénicas y la violencia contra los pueblos originarios. El resultado de esa experiencia es algo parecido a un documental en primera persona que se quita el peso de la voz en off para ocuparse de lo que pasa afuera.

Manrique y Aichenbaum parecen estar convencidos de que no hay cine político sin subjetividad, o que es la fuerte presencia de ese yo que filma el que politiza las imágenes. Eso se ve doble todo en su insistente búsqueda de serenidad y belleza, entre el espacio y sus personajes, buscando la forma de ingresar poesía como una forma necesaria del relato, sobre todo si el relato es de violencia y horror. Esto es algo difícil, porque ese equilibro es factible de romperse todo el tiempo: en seguida surge la pregunta acerca de si ambas cosas son equiparables, y la respuesta que casi siempre es no. En eso afortunadamente Formosa es una película imperfecta, y en sus problemas planteados e internos se abren más preguntas.

Siempre concentrados en el grupo, la militancia de ambos es tan personal como colectiva. Entrevistan a sus compañeros, que terminan siendo el centro de la película: militantes de base, un sujeto suele ser lejano al igual que sus tópicos (el capitalismo, el sistema) en la película se vuelven algo palpable, personas particulares. Hay una porción de ingenuidad franca en la forma de exponer los testimonios que proviene de un optimismo desmedido, pero esto se franquea cuando algo que parecía siempre estático e igual a si mismo actúa y se mueve con la voluntad de entender el mundo y qué se debe hacer con él. La figura del militante, algo con lo que uno tenía que posicionarse a favor o en contra, esta vez es una compañía. Pocas veces estos objetos partidos de la experiencia política se saben películas, Formosa es un caso entre pocos.

Lucía Salas

Miércoles 23 – 21:00

El fin (Germán Scelso, 1996) – ’12

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La sinopsis de El fin reza: “Retrato de un hombre y su madre pocos meses antes de que uno enloqueciera y el otro muriera”. Leer eso no hace más que aumentar el misterio en torno al cortometraje de Scelso, una serie de interacciones con un hombre que sufre enanismo y que evade las preguntas del insistente Scelso, y con la viejita que habla quizás desde la consciencia de que se acerca el final de su vida.

Santiago Gonzalez Cragnolino

Autosocorro (Julián D’angiolillo, 2014) – 13′

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Julián D’Angiolillo se adentra en una cueva tandilense con un grupo de investigadores que la recorre en búsqueda de algo que no se nos especifica bien. No es eso lo que le interesa, sino la situación casi idílica y cinematográfica que implica esta excursión, un juego de luces y sombras en una caverna originaria. No sé si es posible seguir y homologar el trabajo y el recorrido de una investigación científica con el de quien filma y su pequeña cámara réflex, lo que sí hay son evidencias visuales que se imponen por su propia fuerza y que impactan por su cercanía en el registro. Ellos, los investigadores, también se valen de particulares herramientas para lograr su propósito: una radio, un metrónomo (!), una cámara de vídeo (también tenemos oportunidad de ver lo que se filmó). La faceta de artista plástico de D’Angiolillo se nota por la plasticidad de la imagen, los raros rebotes de luces que generan las rugosidades variadas de las paredes y los movimientos erráticos de quienes investigan. Lo importante en este cortometraje es el seguimiento de gente que trabaja, con especial dedicación y cuidado a sus manos, que son sus herramientas.

Lautaro García Candela

Esta es mi selva (Santiago Reale, 2015) 22′

Fotografía cortometraje

Esta es mi selva es, antes que nada, una rareza: una ficción de dos chicos que recorren una pequeña ciudad en ruinas y un documental sobre dos chicos que recorren exactamente ese mismo lugar. Los primeros dos tienen acciones y diálogos (herramientas de guión). Los otros, en cambio, andan en bici y dicen malas palabras, se maltratan, se mojan con la lluvia, encienden bengalas y fogatas. En la ficción, esos dos chicos recorren un territorio que les pertenece y sobre el cual ejercen un dominio absoluto; el documental trata sobre la apropiación –en presente– de un espacio que ya no pertenece a nadie, que pareciera estar al margen de la ley y más allá de la jurisdicción paterna. El mundo adulto nunca trasciende la frontera del fuera de campo y cuando toma protagonismo lo hace en forma de amenaza: una expresión adolescente característica. La rebeldía y la violencia que la película retrata con cierta gravedad, no es otra cosa que un nene rompiendo botellas viejas y una venganza infantil de carnaval. Pero también hay un posible secuestro y una vocación destructiva que se convierte en enigma y atraviesa dramáticamente la película. El enigma se sostiene narrativa y formalmente, porque construye suspenso tanto en el texto y en la acción como en el tamaño de un plano y la velocidad de un travelling: rastros de la presencia de un director y evidencia física de una forma de mirar el mundo.

Leandro Naranjo

Me olvidé (Teddy Williams, 2015) – 29′

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Teddy Williams nos envía regularmente un nuevo film por año desde ese planeta todavía sin cartografías precisas que surge de su imaginación. Por ahora, neurólogos, antropólogos y geógrafos coinciden en determinar un conjunto de elementos que se repiten en sus películas: a) grupos de jóvenes de género masculino van de aquí para allá sin dirección; b) el movimiento perpetuo define la conducta del grupo; c) el espacio por recorrer jamás mantiene una referencia precisa; d) la trabazón de las escenas se asemeja (o más bien reproduce) los mecanismos imprevisibles de la asociación libre. Hanoi es aquí la ciudad elegida. Hoa es el protagonista: empieza buceando, después va al supermercado, más tarde a una obra en construcción y luego recuerda que olvidó encontrarse con un amigo, siempre desplazándose en una moto. En el final, Hoa se suma a unos acróbatas callejeros que desconocen las reglas de gravedad: trepan los edificios y saltan de un techo al otro como si el cuerpo no existiera y el riesgo se hubiera conjurado gracias a otras reglas físicas que solamente conocen los arriscados funámbulos del vacío. El despegue subjetivo visual con el que cierra la película, en el que la perspectiva vuela al cielo alejándose de los jóvenes que están en una azotea mientras el sonido permanece en la Tierra, es la síntesis de la poética de un director sin parangón entre los de su generación.

Roger Koza

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