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El clan de los Puccio en sepia

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Como coloreadas por un filtro (o un papel celofán de colores), las películas argentinas más taquilleras de los últimos años se dividen en verdes-naranjas (comedia) y marron-rojizas (dramas). Como si fueran esos estudios del tipo “McDonalds tiene esos colores para que te vayas rápido del salón”, las películas marrón-rojizas o simplemente marrones poseen una baja saturación que las acerca al sepia para una sensación de sobriedad y de algo añejado, ya que añejo es bueno y de paso se disfraza un poco al plano de Historia.

Si el nivel de seriedad de una película se mide por su cercanía con el marrón, siendo 1 muy lejos y 10 marrón absoluto, El clan de Pablo Trapero anda en un 7. A esto le faltan los puntos extra, como el diseño de arte hiper minucioso dedicado a sacrificar cuerpo y alma a la recolección de objetos retro, disfraces de época y billetes viejos en buen estado que serán recompensados con algún que otro plano detalle de alguien que mete plata en una caja registradora. También suma puntos la voluntad abnegada de no sacarle a nadie ni media carcajada, salvo que haya un personaje dedicado solo a eso (un loco o un borracho, por ejemplo) y un registro actoral sobrio que explote cada tanto en una serie de puteadas típicas porteñas gritadas ya sea al aire o a algún compañero, hecho como que cada tanto uno se acuerde que eso que se mueve detrás de la máscara de reboque grueso grisácea es un humano. También se necesitan respiraciones fuertes.

Si estas características son una base ineludible ya sea por una idea prefabricada de estándar de calidad o por aspiraciones de ir a los Oscars (un lugar en el que para entrar a eso de mejor película en otro idioma hay que dejar el carnet de película marrón en la puerta) bien podrían ser fuentes de un juego o del placer de hacer algo que se sabe un tanto ridículo y sacar un par de risas de semejante aparatosidad. Alguien con un poco sentido del humor podría reírse de su recorrido entre Mundo grúa y Pepe Argento goes to Hollywood.

Es bastante claro que para El clan el estándar de calidad es una máxima: todo tiene una función prediseñada, como una plantilla. El color y el arte se encargan de acercar la película a un pensamiento sobre el pasado metiendo todo lo que hay que meter contra cualquier argumento; la música o eso que tiene que rellenar a una película por todos lados no solo estetiza y da ritmo y unidad a las secuencias sino que también aporta información sobre los personajes (suena una y otra vez Sunny Afternoon de los Kinks recordándonos que Ale Puccio también puede ser un chico que sólo quiere estar panza arriba en un yate con su chica) o sobre la época (levantar el dedito contra Virus en el período 82-85) y por último el montaje siempre paralelo que está ahí para dejar en claro que sea lo que sea, mientras esto pasaba también pasaba esto otro, con la fiel convicción de que todo se mezcla en la panza.

Si bien la intención de gritar cada tanto que todo tiene un contexto, más allá de que narrar los operativos de un clan de secuestradores y asesinos parece cristalina, hay algo en la operación del montaje paralelo que iguala todas las acciones que parece afirmar que asociar es saber. Así, que Puccio haya pertenecido a la AAA incluido dentro de una secuencia que utiliza material de archivo de Galtieri y más tarde Alfonsín tienen la función de darle a la película una entidad de Historia oficial y verdad revelada que en el canino se lleva puestos a una serie de personajes complejos, simulando elegir a un protagonista cuando no lo hace (Alejandro Puccio) quien eclipsado por la abrupta aparición de su hermano el gordo Maguila queda como ese tipo que cuando se las ve negras respira fuerte.

Si hay algo que otorga credibilidad es el estándar de calidad, esa herramienta que si da validez a contextualizar y hacer cadenas de asociaciones vagas pero no así a que cada narración contiene subjetividad. Esa necesidad de que la película esté muy bien hecha la vuelve tan psicótica como ese tipo que en un Q&A del BAFICI le preguntaba al director si después de su película de ficción se el tipo se había quedado con la chica, o sea como si eso que sucediera fuese un captado momento de realidad.

Esta semana se estrenó Historia de un clan, la serie de Luis Ortega para Underground que comienza donde termina la película de Trapero. La serie es a la vez marrón y naranja, y esa forma de asociación por montaje se basa más en la yuxtaposición de planos que en su acumulación: cada corte deviene en una serie de posibles asociaciones delirantes que obligan a pensar muy rápido o perderse en el pantano de esa casa. Ortega se carga entre otras cosas esa forma de dirección de arte que tiene más ganas de buscar billetes que de pensar como usarlos.

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