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A la salida del cine

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Me gusta llegar temprano a las funciones del cine del Village Recoleta. Uno puede pasear por el Cúspide que está a la izquierda de la entrada y ver los libros de la vidriera, esos de arte bien grandes y caros, no conocí a nadie que tuviera uno. Tampoco compré algo ahí, pero supongo que aunque los precios sean los mismos –por ley- uno tiene la sensación de que tienen un plus de aristocracia que en otro lado no se consigue. El Starbucks que está al lado es privativo, pero por suerte enfrente está el democrático McCafé, de dudosa calidad, sin embargo un buen compañero indispensable al menos en tiempos de Bafici. Una tercera opción es la observación pasiva, quedarse sentado en los canteros que están del otro lado de la vereda, más cerca de de la calle, mirando a la gente que pasea por allí. Por lo general, antes de un incidente, siempre llega algún compañero para ocupar la atención en otro lado.

Los integrantes de Las Pistas, gracias a un mecanismo que es preferible no revelar, tenemos la posibilidad de ir al cine gratis en el Village una vez a la semana, lo que nos permite más o menos estar al tanto de algunos tanques de Hollywood o de las películas argentinas más industriales y con más publicidad. Las europeas qualité de Arteplex o BAMA quedan fuera de alcance, ninguno de nosotros está muy preocupado por eso, pero sí porque todavía nuestro privilegio no se extiende a esos baldes gigantes de pochoclos.

La primera película del año que vimos allí fue Sin Hijos, de la cual yo salía exultante a diferencia de Granero y Salas, que no compartían mi entusiasmo. El principal argumento de Lucas en contra de la de Winograd era el tufo publicitario que se desprendía de todas sus imágenes, todos sus espacios. Casi como una ciudad delineada por el propio gobierno macrista, con la Usina del Arte incluida. Me pareció que eso estaba en función de la comodidad para desarrollar una idea de puesta en escena más planificada y artificial, como supongo que debe suceder en grandes estudioso en la mayoría de las películas –por poner un ejemplo-que suceden en Los Ángeles, a una escala mucho mayor de producción, en las que debe pasar lo mismo, sólo que por ahora no podemos confrontar la ciudad real con la representada. Acá todo el tiempo se planea cuidadosamente qué entra y qué queda afuera en el encuadre, escamoteando información que nosotros podríamos reponer. No nos pudimos poner de acuerdo: me parecía que tenía cuatro o cinco gags que estaban en contra del mediocre guión que se encontró Winograd, lo cual era un mérito enorme, pero ellos me decían que exageraba, cosa bastante probable. Lo mismo nos pasó con el final y su versión de Seguir viviendo sin tu amor, que ellos negaron de plano y yo no, pero sé que cuando se habla de música me conviene bajar la cabeza y escuchar.

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No sé cómo comportarme a la salida del cine. Me gustaría saber esperar a que el otro hable, tire su primer opinión. Hay veces que lo apuro con un “¿Y?”, pero casi nunca puedo contenerme de empezar a decir pavadas. Es más probable que me quede callado cuando hay más gente, alguien tomará la palabra primero.

Martín Piroyanski, que estuvo muy bien en Sin Hijos, también dirigió Voley, película que vimos en su avant premiere en el shopping Dot con Lucía, de colados. Había tenido la idea de escribir una crónica que vinculara las circunstancias de su estreno y su producción con la propia película, viendo cómo una cosa estaba intrincada con la otra. Pero ambas fueron bastante deslucidas. Voley, que parece una secuela más trabajada de Insoladas, aprovecha el encierro para no hablar de otra cosa que no sea ella misma, perdiendo referencias con el mundo exterior, lo que hace que los personajes se vuelvan arquetípicos, especialmente las chicas. Ellos son todos muy lindos y se visten bien considerando la isla más o menos selvática del Tigre en la que están, drogándose, bailando cumbia y Reyes del Falsete sin solución de continuidad.  Y la película, con problemas de culpa considerables, no termina de regodearse en su supuesto desparpajo –utiliza música clásica con gags de caca-: primero trata de justificar científicamente algo que es evidente y natural, que están todos tratando de coger lo más que puedan, y después modela un final con un atardecer y una pareja recién formada. Como dijo mi amigo Franco Guareschi, mientras veíamos a los actores sacándose fotos desde el Burguer King del patio de comidas, “¡¿Tanto quilombo para coger, Piroyansky?!”. Las referencias a Rohmer son meramente pretenciosas, como una cita de calidad, e hicieron mella en algunos viejos críticos que piensan que la juventud son esos pibes boludeando así que le pusieron cuatro estrellitas, hicieron alguna referencia a la nueva comedia americana y se quedaron tranquilos, habiendo cumplido su cuota de juvenilia al menos por el 2015.

A los cines de cadenas (Hoyts y Village) no suelen llegar los estrenos más independientes, eso ya lo sabemos, pero existe un segmento intermedio que estrena en esas salas, de directores más o menos nóveles, del que este año fueron visibles: La patota, El incendio, La salada y La calle de los pianistas. Están lejos todavía, en producción y distribución, de los tanques argentinos que se estrenan, de hecho casi todas pasaron por el Bafici y todas tuvieron recorrido en festivales, en los que uno cree que tienen su verdadero espacio. Tienen, también, un techo de público. No puedo y me parece apurado encontrar rasgos comunes, pero todas tienen elementos “interesantes” más allá del cine: la discusión que generan, el espacio en el que filman, Martha Argerich.  Siento que en esa apuesta siempre se quedan a mitad de camino entre una real apuesta formal y cierta amabilidad con el espectador para incluirlo: ni una cosa ni la otra. Lo que terminan haciendo es atomizando ese núcleo porteño de unos miles de personas de mediana edad que va al cine regularmente. Al final, me termina interesando más el cine descaradamente comercial, en el cual podemos ver adolescentes o familias enteras, o lo que se puede encontrar en MALBA o Gaumont, en el que más de una vez vi lúmpenes que por 5 pesos se garantizan una buena siesta. De todos modos, hay que ver todas.

Retomando películas sobre gente encerrada, la peor del año es El incendio. Si bien durante la función habíamos hecho algunos gestos de hartazgo no esperaba la indignación de Salas a la salida: “yo no entiendo a la gente que hace estas películas, qué piensa, qué quiere hacer con el cine, para mí son como un paredón”. Morales y Granero casi esbozan una defensa, pero no pueden: una idea de intensidad se desprende de la película que no le gusta a ninguno de nosotros. La historia de Lucía y Marcelo a lo largo de un día resulta un recorrido tortuoso, violento, lleno de confrontaciones que quieren expresar fuerzas más allá de ellos, externas a su relación, cuestiones y entramados sociales que ellos no alcanzan a vislumbrar y que a nosotros se nos vuelven tan obvios que nos aburre. La lógica de la película se puede ver en la primera escena, en la que un jueguito de manos se intuye como algo más perverso que eso: lo que le sigue son variaciones más nocivas y amplificadas de esa primera situación. No recuerdo cuál de nosotros advirtió que cuando sacan los dólares del banco y los llevan unos metros en la calle se escuchan unos bombos a lo lejos, como de una manifestación, lo que se convierte en una amenaza y en el uso más gorila del sonido extradiegético que recordemos.

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Durante la proyección de Abzurdah mis amigos se la pasaron ríendose. A veces cruzábamos miradas, pero yo trataba de devolverles el gesto más sereno. Mientras esperábamos el bondi para volver me costó convencerlos de que no era todo snobismo mi respeto hacia la película. Realmente tiene rigurosidad su construcción adolescente de los conflictos y los espacios, es un gran mérito: el sufrimiento de la China Suárez antes de suicidarse está filmado como una publicidad de perfume –de hecho no recuerdo si está en blanco y negro-. No entender la levedad necesaria que se maneja es pedirle peras al olmo. Y si tenemos que encontrarle su elemento subversivo está en Lamothe, ese villano impasible, que trata con desdén a la pequeña Cielo Latini, mostrando que es posible decirle que no a la China Suárez y sacarla de ese lugar idealizado, aunque más no sea como exorcismo ante su belleza, que podemos ver por toda la vía pública, que la película intenta opacar y a veces lo logra.

Cuando el Village no alberga el Bafici se queda sin la condición ambigua de encarnar, de una manera solapada, una vieja complicidad de la cual todavía no soy del todo consciente: la del buen arte con la clase alta. En el shopping uno no sabe si la gente que ve vino a comprar ropa o si vino al cine, porque se visten exactamente igual. Aunque, como Lucía acota, hay películas que se venden como si fuese ropa.

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El 2015 es un buen año para el pochoclo. Mad Max fue un milagro, algo fuera de serie, y Ant-Man es muy buena. La película de Paul Rudd –quizás demasiado autor de la película, con demasiados chistes para él, como comenta Morales- tiene un tono felizmente leve, sin ironía, cuyo mayor disfrute surge de los cambios de escala que tiene el superhéroe: una cuestión estrictamente cinematográfica. En un momento, la primera vez que se pone el traje que lo encoge, es asediado por unas gotas gigantes cayendo de la ducha que casi lo hacen ahogar, mientras hay un frenético travelling que nosotros automáticamente asumimos como si fuesen unos cuantos metros pero terminan siendo, considerando el tamaño de la bañera, unos pocos centímetros. Cobran más fuerza cuando se contrastan con toda la melaza argumental con la que está unida la narración de la película, sus problemas con la hija y las implicaciones políticas de su misión que nadie se puede tomar en serio. En la mesa post- película comenté (luego de haber dicho tres o cuatro cosas) que tenía una imaginería de izquierda: comienza en el ’89, ascensión neo-liberal, se produce una tensión entre el sector privado y el público que tiene como consecuencia que Michael Douglas se corra de la investigación, dejando un traje hecho, para que luego Paul Rudd se lo ponga y arruine los planes de una empresa privada que quería venderlo, sin contar las implicancias de las hormigas como trabajadoras colectivas y etcétera. Ese comentario, que mientras escribo me parece un poco forzado, casi me cuesta la expulsión de la mesa. La película, en algunos tramos, cuando se vuelve más convencional, se parece a la parodia de las películas super-héroes que filmó Olivier Assayas en Clouds of Sils Maria, otra película que vimos juntos pero de la cual no tenemos nada para decir, sus serpenteantes nubes musicalizadas de manera solemne nos dejaron perplejos.

Un problema: dónde comer después de la función. Al mediodía es más fácil, a la vuelta hay un lugar chino de comida al peso que facilita las cosas pero no nos animamos a ir por las noches. Descartamos ese ovni caído del planeta de los ricos que es Pani y La Continental es muy cara para lo que ofrece. La mayoría de las veces nos decantamos por la opción más fácil, cada uno a su casa, pero la última vez con Lucía encontramos una pizzería al estilo Ugi’s pero una gama un poquito mejor –esto es Recoleta. Está en Pacheco de Melo y Pueyrredón. Recomendamos.

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Iván me había advertido que con la última de las Jurassic Park no era tan buena como las anteriores y que lo mismo le pasaba Terminator, pensaban que con ser autoconsciente alcanzaba.  Si Jurassic World quiere funcionar como canto nostálgico de un modo de hacer las cosas en un momento del cine que ya no existe, anterior al CGI y un poco más ingenua, termina pervirtiendo todos sus términos. No importa si el Tiranosauro Rex, la cifra de un mundo perdido, le gana al super dinosauro creado a partir de muchos pedazos de otros -a la gente ya le aburrieron los normales- con ayuda de sus viejos amigos los Velociraptors, porque le pelea a este a la nueva manera, en una secuencia digital celebratoria, ya sin la referencia de la figura humana como sucedía en las anteriores películas de la saga. Más allá de lo inverosímil de las situaciones (pensémosla como una película de robo, esas que acumulan peripecias para acabar con un sistema de seguridad) es un buen retrato del turismo mundial y una manera de encontrar algo que esté vivo en ese movimiento perverso de la gente que camina lobotomizada por el parque: los dinosaurios se rebelan y empiezan a vivir, la experiencia –de los dinosaurios y de los turistas- se vuelve salvaje, vibrante, trascendente, y ya el Starbucks global en el que uno antes podía buscar refugio ya no sirve porque puede venir uno volando y llevarse tu vasito con café.

La última vez fuimos a ver Misión Imposible 5 y salimos muy felices silbando esa gloriosa melodía. No creo que estemos cerca de ser las personas que más visitan el cine de Recoleta porque al menos hay una persona, no cuáles serán sus sentimientos hacia el lugar, que lo habita constantemente, de manera espacial y sonora, con un parlante que ya no da para más y unas pistas MIDI bastante feas a las que a veces les agrega una trompeta, cantando covers de Sinatra. No sé ni su nombre, pero ese sí que es un compañero.

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  1. Pingback: Escritura esencial sobre cine 1. Agosto 2015 | El Zapato de Herzog

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