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Galés patagónico (Cymraeg y Wladfa)

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La semana pasada se cumplieron 150 años del desembarco de los galeses en la Patagonia. Nací y crecí en un pueblo que forma parte de una colonia galesa (no tengo ni una gota de sangre galesa, mis papás son porteños emigrados al sur a fines de los 80). La primera vez que me encontré con algo remotamente galés en Buenos Aires fue en una función del Malba del ciclo dedicado a las Obras Incompletas de Homero Alsina Thevenet (enero de 2011). Daban ¡Qué verde era mi valle! (Ford, 1941). No tenía idea que la película sucedía en Gales y no se a quien se le ocurrió darle esa película al más irlandés de los hijos de irlandeses. Todo el reparto es irlandés y la película está filmada en un estudio en Hollywood. La película no tiene casi nada de galesa (los personajes se llaman Gwilym en vez de Michaeleen). Hay una comunidad que se está transformando en un fantasma, ya sea por muerte, por migración o por cambio de costumbres, y lo que queda de este grupo –sus fragmentos- vive en su valle mientras que lo que pasa se convierten en una trama de forma casi imperceptible. Esa trama es casi una excusa para que pasen millones de cosas alrededor y por fuera de la mesa de una familia. Un poco menos preocupada que las irlandesas de Ford en narrar a una serie de personajes cascarrabias, lo que sucede es la pobreza y su tensión, entre quietud (los que se quedan, casi siempre viejos que en su encierro chismosean con susurros aterradores) y el movimiento (el trabajo en el campo, en la mina de carbón y más tarde en el mundo). O sea una comunidad que podría ser otra, pero en este caso es esta. Y como es así, a lo que Ford le dedica tiempo y atención es a lo único galés que hay en la película: sus canciones y cantantes. Los hombres de la comunidad cantan siempre que están juntos como un coro de generación espontánea.

En Trelew (del galés Tre=pueblo, Lew=Luis, pueblo de Luis) casi todos los maestros de música eran de ascendencia galesa. Casi todos los maestros en general. A los seis años mi maestra de música Rebeca White (la mamá de mi compañera Antonella), a demás de dar clases a todos los chiquitos y dirigir el coro de la escuela también dirigía un coro en la Asociación San David. A Antonella la vi por última vez en un ascensor de un edificio de La Plata en el 2009, me contó que estaba estudiando Dirección de Orquestas. El San David es un edificio enorme, color rojo ladrillo ubicado a media cuadra de la capilla Tabernacl, el edificio más viejo de Trelew, que queda en la misma cuadra que el cine (Coliseo) y la recientemente incendiada taberna irlandesa Boru. Es el centro neurálgico de Trelew junto con a pocas cuadras la avenida Fontana, que desemboca en la vieja estación de tren –ahora un museo- y más adelante el Museo Paleontológico Egidio Feruglio, donde están los dinosaurios y los murales de Farrell que hacen que cuando uno entra a cualquier sala tenga la sensación de estar en el paleozoico.

Volviendo al San David, era un edificio gigante de cómo media cuadra en el cual arriba, subiendo una escalera que recuerdo bastante estrecha hay un salón de piso de madera con un escenario al fondo y un piano. Ahí, en unas gradas eran las clases del coro de Rebeca. En la zona siempre hay encuentros y certámenes de coros pero cuando se acercaba septiembre los niños cantores nos poníamos a ensayar para lo más importante, que era el Eisteddfod de la juventud, un evento que se hacía en Gaiman, actual epicentro de la cultura galesa en el valle. El certamen incluía canto y recitado individual y tenía una primera etapa –las Preliminares- que se hacían en las capillas de Gaiman, Bethel y “la capilla vieja”, justo al lado de la anterior, más modesta y vuelta una escuelita. Competíamos por edades y por categorías (canto-recitado), y de esas preliminares salían tres finalistas que iban el día siguiente o a los pocos días al gran evento en el gimnasio de Gaiman. Canto era en la capilla vieja y recitado en Bethel. Siempre fui pésima recitando y ese altar de madera con himnos y órganos me aterrorizaba pero sí recuerdo haber pasado a las preliminares de canto entre los seis y ocho años. El Eisteddfod duraba todo un día y en el medio había un momento para tomar el té galés, con torta negra, pan con manteca y demases. En el caso del Eistedfodd de los mayores (en octubre), el premio mayor es el Sillón Bárdico (al mejor poeta) y el que lo gana también recibe en su honor la danza de las flores. El gimnasio de Gaiman es otro lugar enorme, con escaleras, gradas y muchos espacios para correr y ver el certamen desde arriba. Cuando competías, aunque no ganaras, te daban una bolsita tejida con caramelos suficientes como para estar todo el día corriendo por ahí mientras cada tanto desde abajo tus papás te buscaban con la vista revisando que no estuvieras colgada de una baranda a punto de caer.

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Hablando de esto con amigos me recomendaron ver American Interior (2014), de Gruff Rhys. Mientras intentaba conseguirla me puse a ver su anterior película, Separado! (2010), me contaron que sucedía en la Patagonia.

Gruff Rhys es un músico gales (de los Super Furry Animals) que en 2007 viajó a la Patagonia a buscar un pariente, un tal René Griffiths que cantaba canciones en galés vestido con un poncho. Después de recrear una escena con caballos, Rhys se teletransporta a un santuario del Gauchito Gil que queda en las afueras de Trelew protegido por un casco de Power Ranger rojo –¿o el casco es el teletransportador?- y armado con una guitarra.

Por un lado Separado! reconstruye un espacio que podría formar parte de un western de carretas: páramos desérticos y hostiles llenos de yuyos con un viento atroz que vuela polleras y chozas. Un terreno en el cual más de 150 galeses desembarcaron con sus bártulos a cuestas y ahora Rhys y su prima Cecilia recorren en camioneta, cruzando la provincia en busca de familiares, recorriendo el camino de los Rifleros de Fontana a fines del siglo XIX, escuchando historias, buscando anécdotas, recopilando datos, improvisando recitales y aprendiendo en el camino algo de eso que empezó siendo su nueva patria y se transformó en una provincia argentina.

Por otro lado, Separado! es un viaje interestelar en el cual un viajero del espacio se teletransporta a una tierra extraña, árida, ventosa y llena de animales mitológicos (como los pingüinos, una parva de enanos blancos y negros que pueden llegar al metro veinte y tienen la pésima costumbre de perseguir gente por curiosidad). En esa tierra encuentra una colonia perdida de esa que alguna vez fue su cultura. En esa otra película el viajero Rhys interactúa con los suyos y a veces con otros, mientras busca por todos lados rastros de este otro viajero perdido. Lugares completamente comunes como una radio, una ruta o una costa se transforman en escenarios de ciencia ficción en los que vive una comunidad que para la mayoría parece inventada. Una escena que podría ser una bizarreada encuentra su lugar justo: un Power Ranger con teclado tocando en el salón de té de la hermana de mi vecina Daisy –Ty Gwyn-, que en la ciudad de Gaiman queda justo en frente de este tobogán:

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En la película aparece brevemente Carlos Dante Ferrari, antiguo compañero de canto de René Griffiths que escribió El riflero de Ffos Halen, una novela que recorre los primeros cien años de las colonias galesas en el valle. Su protagonista es uno de los primeros en nacer en la zona, hay intrigas familiares y mucho canto. Se une a los rifleros de Fontana y recorre la provincia, cuando vuelve conoce sin querer a Butch Cassidy, el Sundance Kid y Etta Place, que se asentaron un tiempo en Cholila, a unos 100 km de Trevelin, un pueblo galés de la cordillera. En el libro los lleva a buscar oro y hay romance. A diferencia de Rhys, Ferreri recorre la provincia en su libro con la intención de volver nuevos parajes que para los habitantes de la zona son muy conocidos en sus versiones actuales. La idea es recorrer la provincia como si fuera la primera vez –como alguna vez pasaba mentalmente con el libro de texto de cuarto grado, Chubut mi Provincia-. Todos los paisajes se describen con la intención de volverlos nuevos, como si nuevos se transformaran en otros. Los altares, por ejemplo, una zona de mesetas rocosas como mesas sólidas rodeadas de álamos. Una mezcla entre Monumental Valley y Los terrones con casi 250 habitantes y un Automóvil Club, parada obligatoria para cargar combustible entre Esquel y Trelew. En la misma estación hay un hotelito al cual nunca tuve una excusa para entrar.

Un alma bella me comparte American Interior y la veo. En esta Rhys se teletransporta de nuevo, esta vez a Baltimore en busca de otro pariente (pariente a esta altura es sinónimo de galés), John Evans quien viajó a Estado Unidos en búsqueda de una colonia galesa que podría haberse instalado en medio de lo que hoy es EEUU hacia el siglo XII. Esta vez Rhys va armado con una presentación de power point-recital y un muñeco hecho a imagen y semejanza aproximada de su pariente. Recopila todos los datos que puede y sobre la marcha los incorpora a las presentaciones. Mientras, humano y muñeco se teletransportan a los lugares que Evans puede haber recorrido para recrear ahí sus movimientos.

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La tecnología le permite recorrer de nuevo el territorio de formas que Evans no hubiera imaginado. Lo que hoy es teletransportarse (viajar en avión) no comparte la relación tiempo/distancia con sus antepasados. Hoy todos los terrenos están detallados en mapas e imágenes satelitales, así que no hay terrenos desconocidos ni siquiera en la Patagonia. Evans iba en barco, tren, caballo y a pata recorriendo un país y trazando mapas aproximados sobre su experiencia puramente bidimensional (los movimientos sobre el terreno-plano que puede hacer con sus medios de transporte arriba detallados). Como ahora se puede ir por arriba, los puntos se pueden unir tridimensionalmente. El cine, por otro lado, suma el tiempo. O sea, una narración espacializada. Rhys construye una supuesta narración lineal, que avanza en orden cronológico y de ciudades pero en realidad se mueve con total libertad por el tiempo y el espacio. La velocidad y cadencia del relato en American Interior hace que parezca posible y hasta natural estar en todos lados a la vez. Las películas del músico son super-ubicuas, como si por venir de un pueblo de cantantes amantes de las historias extraordinarias le viniera ese súper poder de regalo.

El viernes me llega un mail de una amiga con quien también había charlado del sesquicentenario. Me recomienda ver Pablo Dacal y el misterio del Lago Rosario (2008), de Ignacio Masllorens. El delirio aventurero de estos dos es ir a buscar un monolito (La piedra de Stephen) que supuestamente resolvería un enigma topográfico. Este Dacal además de músico estudió algunos años de Ingeniería topográfica y presenta una serie de mapas y conflictos que tienen que ver con el trazado de fronteras entre Chile y Argentina, que rastrean hasta Trevelin. Como necesitan una excusa, eligen la del plebiscito: el 30 de abril de 1902 la comunidad galesa de Trevelin (pueblo del molino) votó pertenecer a Argentina en vez de a Chile, y ese día es feriado en la provincia. En uno de los obstáculos de su travesía se cruzan con los salamónicos cerros Otto y Catedral, con confitería giratoria y museo de reproducciones de Miguel Angel respectivamente. En la biblioteca encuentran pistas.

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Músico y cineasta son por ahora la dupla más galesa del cine argentino. Dacal, un poco como Rhys, tiene la obsesión de develar el enigma a la vieja usanza (y no me refiero a hacer la pavada de ir a caballo). Si el monolito está ahí hay que encontrarlo haciendo mediciones. El cine no es un lugar para hacer de enciclopedia, ni de Google Maps o Maestro Siruela. Algo de eso debe haber, aunque todavía no lo encontré. Lo que sí es una obligación absoluta es la teletransportación. Rhys inventa una Patagonia en la cual irrumpir con su casco, toda hecha de materiales de la realidad circundante pero con un ritmo y una forma de conectar espacio y sucesos que la transforma en un invento. Su Patagonia se parece por momentos a la mía y por otros a Monumental Valley. La teletransportación es un elemento de la subjetividad, que a esta altura es lo único que importa. La distancia entre Trevelin y Buenos Aires, por ejemplo, se mide en los triángulos raros cartográficos que explica Dacal en la película, no en kilómetros. Si van a ser embusteros, que sean amables y que el invento les salga con gracia. No interesa la veracidad sino la circulación y las buenas canciones. En la página del festival de Puerto Madryn hay una pestaña que se llama “alfombra roja”. No se me ocurre nada menos galés que eso.

Leyendo unas cosas en internet vi que la novela ¡Qué verde era mi valle! tiene tres secuelas. En la primera Huw (el protagonista) decide viajar a la Patagonia, en la segunda vive en el Valle y en la tercera vuelve a Gales. No las encuentro por ningún lado, a priori es una buena idea pero primero habría que traducirlas.

En una escena de la de Ford suena el Calon lan, una canción galesa que significa corazón puro en galés. Es una canción que se suele cantar en coro y en el valle se canta una versión traducida en la que por lo general sólo el estribillo se canta en galés. Hace poco vi este video del festejo del sesquicentenario en el cual la cantan con una traducción que no había escuchado nunca. La que se cantaba cuando yo era chica decía algo así como: yo no quiero vida ociosa / perlas ni un galardón /pido un corazón alegre / un honesto corazón / corazón valiente y puro / vale más que un galardón / solo un corazón alegre / canta y cantará sin fin (Eso último también en galés: Calon lan yn llawn daioni /Tecach yw na’r lili dlos: /Dim ond calon lân all ganu /Canu’r dydd a chanu’r nos). En un cementerio privado de las afueras de Trelew, una mañana de sol clarísima y sin viento estábamos reunidos para despedir los restos de la mamá de una amiga del colegio. Yo tendría 15 años y no había ido a muchos entierros pero los pocos que había presenciado habían sido una mezcla de tristeza infinita y hablar de otra cosa. Después de que hablara un cura, una señora empezó a repartir papelitos a los presentes con la letra del Calon lan. De repente un entierro se transformo en una fila de gente cantando en galés hacia la salida. Hace poco vi un video de la hija de esta amiga participando en la danza de las flores.

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