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Los días iguales

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Creía haber visto alguna vez una película de Ozu pero googleando y revisando me di cuenta de que la que yo pensaba es de Mizoguchi. Nada que ver. Así que cuando vimos el otro día Tokyo Monogatari (Historia de Tokyo, 1953) me esperaba un extraterrestre filmado a la altura de la rodilla, pero me encontré con una película de Leo McCarey. Esto no es un invento: parece que el guionista de Ozu vió Make way for tomorrow (Dejen paso al mañana, 1937) y decidió escribir la versión japonesa. Algunos dicen que Ozu la vio, otros que no, no encuentro fuentes confiables.

En Make way for tomorrow una pareja de viejos pierde su casa y como último recurso piden ayuda a sus cinco hijos. Ninguno puede ni quiere hacerse cargo de los dos y se los dividen, de manera tal que terminan viviendo en ciudades diferentes. A partir de ahí viven casi encerrados en las casas de sus hijos, comunicándose por cartas y alguna que otra vez por teléfono tratando de convivir en el mismo planeta que hijos y nietos que más que a otro ritmo van por otra autopista (eso es bastante gracioso). Hay una escena en la cual Bark (el viejo) llama por teléfono a Lucy (la vieja) y cuando ella atiende aparece casi de frente a cámara, completamente iluminada y de espaldas a decenas de invitados de su nuera que, un poco en sombras, parecen pertenecer directamente a otra imagen, como si los hubiesen pegado atrás o proyectado detrás de ella como el camino falso que recorre un auto con backprojecting. La película esta llena de pequeños gestos nobles y silenciosos de la pareja, entre ellos y para con los otros, destinados a apagar una angustia, una culpa o la idea de la muerte. Es un pacto que funciona entre participantes que acuerdan tácitamente simular no ver ni oir nada, y lo que se ve es a un montón de personas, divididas en lugares, haciendo la vista gorda, en realidad para casi nadie.

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En Japón las cosas no son tan distintas. Una pareja de viejos viaja a la capital a visitar a algunos de sus cinco hijos, pero cuando llegan ven que están todos ocupados. Los ancianos se la pasan viajando de casa en casa, siempre un poco incómodos y fuera de lugar pero tranquilos, retirados a un costado charlando despacito y observando en qué se convirtieron sus hijos, cómo se mueven, qué hacen. Desde esa posición tan cercana al piso -donde se decidió que pasan las cosas importantes- cada persona parada de cuerpo entero que se ve queda un poco deforme, como un gigante de proporciones extrañas, o a lo sumo un estilizado cuerpo sin cabeza que se mueve velozmente contra la calma de los que están ahí sentados.

De vuelta en Nueva York todo va mal hasta que sucede un poco de magia. Reunidos por unas horas los viejos deciden pasear solos y de repente se cruzan con un vendedor que los lleva a pasear en un auto lujoso creyendo que va a poder venderles el modelo. Los termina dejando en el hotel en el cual pasaron su luna de miel y ahí en la barra los encuentra el administrador del hotel, que escucha su historia, se hace cargo de la cuenta y los invita a cenar. Incluso en la pista de baile, cuando deciden bailar, el director de orquesta cambia la lista de temas para que no se pierdan en los ritmos veloces y puedan bailar sus valses. Dejan plantados a sus hijos –por fin- y por un momento todo lo que tocan se convierte en oro.

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De vuelta en Tokyo no son desconocidos los que acompañan la magia. A demás de esos hijos ocupados que hacen malabares con sus días los ancianos tienen una nuera, esposa de un hijo muerto en la guerra, que apenas llegan sus suegros se pide el día y los lleva a pasear. Les muestra desde un mirador en qué dirección queda cada casa, qué forma tiene la ciudad y qué dimensiones, y los invita a su casa -un cuartito en una pensión- a tomar te y sake. Los lleva a visitar lugares sin que nadie mencione nunca que lo que hacen es despedirse. La chica también camina siempre con algo de la muerte a un costado, y por eso el pacto entre los tres funciona bien. Cuando se cansan de dar vueltas y deciden buscarse un lugar para pasar la última noche, aunque sea separados, el viejo se va con sus amigos a un bar y la señora vuelve con su nuera. La casa de esa mujer que le arma una cama al lado de la suya es como un tiempo prestado que se detiene. Eso y el bar son los únicos lugares en los que no se los considera aun-no-muertos sino personas vivas, en los que alguien se permite compartir el espacio con los viejos sin la necesidad de estar en una posición perpendicular o alejada, como si tuvieran miedo de que sentándose al lado se les traspasara una especie de letargo contagioso. Lo que se contagia en realidad es otra cosa.

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Este tiempo prestado por la muerte, que si tiene un rastro de tristeza se vuelve casi dulce, parece venir de lejos. En un momento de Make way for tomorrow mientras Bark y Lucy pasean se escucha un tranvía. Esa imagen presente de dos personas deseando cosas como al pasar por una ventana y la otra ausente, el tranvía atravesando una calle recuerdan un poco a Amanecer (Murnau, 1927). Un día en la ciudad durante el tiempo prestado por una catástrofe detenida, en el que puede pasar de todo (un chancho se emborracha). Son películas-pausa que existen entre dos eventos que no hacen más que delimitar un terreno. De ahí en adelante todo pasa como si la idea de evento fuese descabellada y solo existieran azares y contingencias moderados. Se suspenden las relaciones causales, los objetivos, los obstáculos y quedan sólo naderías que vividas por dos que se quieren, se transforman en lo único importante. Felicidad pura delimitada por la duración que cada uno le de a un día. El cine para esta gente es eso que hace posible inventar felicidad con la conciencia de que si termina se puede mirar de nuevo, y de que no vale la pena hacer una película si no gira en torno a esto. Porque es la única forma de materializar recuerdos: darles un tiempo y un espacio que le pertenezca sólo a eso.

Más de cincuenta años más tarde y en otra galaxia, un tranvía se escucha como si fuera un colectivo urbano y pasear vuelve a tener magia. Los días iguales de Aldo Marchiaro, un pacto entre todos ellos.

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