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SUEÑAN LOS ANDROIDES

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Al inicio de Sueñan los androides un cartel que nos dice que estamos en la tierra, pero en el 2052. Unas panorámicas nos ubican en una ciudad con colores que tienen más que ver con un centro turístico, pero la altura de los edificios es la propia de una metrópolis moderna. Ningún auto pasa, no hay movimiento en las calles que apenas vemos, algo lógico si pensamos que es verano –algo que intuimos por cómo el sol se refleja en los grandes ventanales. Luego vemos a algunas personas caminando: no es una ciudad desierta. No hay publicidades que indiquen idioma, tiempo, o alguna referencia geográfica. Toda la ciudad está rodeada de montañas y nubes, que la hacen aún más extraña, estamos viendo algo así como la Mar del Plata de Blade Runner, el lugar donde podrían vacacionar los replicantes.

Después leo que la película está rodada íntegramente en Benidorm (con ese nombre…), una ciudad que funciona como el principal centro turístico de Valencia y que tiene una extraña característica: su índice de rascacielos/habitante es el mayor del mundo. Incluso es el segundo en cantidad de rascacielos por metro cuadrado (después de Nueva York). Muchas cosas se conjugan en esa ciudad: por un lado las construcciones suspendidas por la crisis, otros edificios ya en ruina, algunas fastuosidades en su apogeo, ancianos que viven allí como si la historia no existiera, calles desiertas. Todo esto es como un juguete nuevo, un cheque en blanco para Ión de Sosa, cómplice de Luis López Carrasco y Chema Garcia Ibarra, que no sólo comparten nombres compuestos,  sino un ánimo juguetón en todas sus películas, gusto por el absurdo y la falta total de prejuicios. Son gente que no se contenta con sólo mirar. Benidorm, cuenta el propio director, fue vital en la construcción de todo lo que tiene de futurista la película, que no se vale de ningún tipo de modificación de los decorados o cosas por el estilo. Como Branco sai, preto fica, es ciencia ficción con el presupuesto de un documental: todo pasa por usar con inventiva la arquitectura de una ciudad.

Sueñan los androides tiene una estructura bien dispersa, aunque se podría pensar como un largo montaje alterno en el cual al final se juntarán el pelado (¿humano?) asesino (¿de replicantes?) y esa pareja con un hijo que vive en un departamentito mono-ambiente. Éstos últimos no hacen mucho: viven una vida normal, ella va a la iglesia y él trabaja de lavar autos cerca de su casa. . El pelado, al contrario de lo que podría pensarse de un asesino, es alguien que tiene una sensibilidad mucho más “humana”, lo vemos cantando canciones folklóricas melosas a los gritos en su auto, baila con su mujer y se apena con la muerte de su oveja. Así que para conseguir las cuatro millones y medio de pesetas (no sabemos qué pasó con la Unión europea) que vale una nueva, lo que hace es matar sistemáticamente replicantes (¿por encargo?).

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Su presencia es una amenaza en toda la película. Los primeros planos luego de las panorámicas de la ciudad son una abstracción (a veces se parecen a Rothko, incluso), encuadres geométricos vacíos de una obra en construcción ídem hasta que de repente irrumpe un gordito corriendo de un lado al otro del cuadro, de manera desesperada, a través de varios planos hasta que el pelado lo alcanza y lo mata de un par de tiros. Casi como un gag. A continuación vemos a dos mujeres que trabajan en una casa de fotografía que no tardan en recibir también sus sendos disparos ante la impávida mirada de los modelos sin alma –definitivamente no humanos- que miran desde la foto de relleno de los portarretratos que venden ahí. Cuando pasamos al tercer ambiente, una cocina pequeña en donde hay un tipo cocinando, ya no tenemos dudas que también será una víctima del pelado. El cocinero no terminó de caer luego de que le peguen dos disparos y vemos caer en su lugar a un hombre y a una mujer en un pasillo de supermercado. Con estos cuatro asesinatos, toda persona que camine en cuadro es factible de ser asesinada por este pelado.

En el medio se intercalan una serie de retratos de gente mayor que es totalmente extemporánea. Los vemos en un plano casi entero, que deja ver algunos de los ambientes más particulares de su casa, y los vemos posando para la cámara, en extrañas posiciones. De la decoración que lo rodea se podría decir que es kitsch pero eso sería reducirlo a algo demasiado cómodo. También los vemos en una especie de geriátrico, bailando lentamente una versión MIDI de Mi pollera amarilla. Esta gente no parece enterarse de nada lo que sucede a su alrededor, como los sobrevivientes que por casualidad, por ignorancia, son la última generación de humanos: qué nos queda si estos son nuestros últimos representantes. De ellos se desprende el tono general de la película, una especie de hastío veraniego.

El 16 mm recubre todo de una pátina no tanto irónica como abstracta, un formato que no corresponde a la actualidad pero que de futurista no tiene nada. Sirve para moldear algunas imágenes con un sentido de recuerdo –cuando el pelado termina de matar a la mujer y al niño- pero después sólo extraña más todos los acontencimientos. Sueñan los androides sitúa su historia en un futuro que es impensable, imposible de reponer si uno se atiene a lo que muestra, lo que nos exige a nosotros una cuota de inventiva para poder rearmar su leve trama. No sé si eso es posible, pero el efecto que me produjo es el de la des-automatización absoluta de la mirada: me sorprendí viendo una cruz cristiana o un inocente bebé como figuras extrañas, como si fueran lo extraterrestre. Mirar con desconfianza cualquier elemento y poner en duda su origen es uno de los efectos que generan las buenas películas.

Me imagino una película así en 2001, en Argentina. ¿Cómo hubiese sido su recepción? ¿Qué hubiesen dicho los críticos, que ya habían mostrado su preferencia por los diferentes realismos de Martel, Caetano o Trapero? Quizás la referencia más cercana sea  la de Rejtman, que le escapa al realismo como a la peste y cultiva una serie de referencias muy laterales a los sucesos que podrían contaminar al rodaje: las importaciones en Los guantes mágicos, la migración de cierta clase media al conurbano en Dos disparos son circunstancias que podrían vincularse con la denuncia social pero tamizadas por la puesta en escena terminan refiriendo sólo a sí mismas. Si uno tuviese esa voluntad, en Sueñan los androides podría encontrar algunos índices de la crisis, pero la película misma se encargaría de dejarlo en offside. Podría reprochárseles, también, el crear mundos indiferentes a la situación española pero en vez de eso hay que celebrar el nivel insolencia y negación que es totalmente inimaginable para cierta clase culposa que hace cine (social) en Buenos Aires. Por ahora celebremos que hay gente en otros lados que puede desembarazarse de esas mismas taras.

Lautaro Garcia Candela

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4 Comments

  1. Muy bueno el artículo!
    Yo agregaría que si bien es cierto que los índices de la crisis no estarían clarísimos, en un contexto donde la presidenta alemana le pone una mano en el hombro a una niña palestina y le dice que básicamente se van a tener que ir, esa sistematización de la eliminación del otro que muestra Sueñan los androides resultan incluso transparentes del estado de las cosas actual.
    Nuestro 2001 es otra cosa en mi opinión. Igual no entiendo si hablás del hecho político o del año en sí. Creo que de lo segundo, ¿no?

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  2. Yo creo que si prendemos el “crísistómetro” mirando esta película (como la propia Lucia lo dió en llamar) el aparatito (digo, me lo imagino como un aparatito) se nos prendería fuego. Me parece que propuestas más radicales, que apuntan quizás a formas experimentales de relato son en las que mejor se puede notar un estado de las cosas catastrófico. Pienso a Sueñan Los Androides como la continuación evidente de El Futuro: películas a priori crípticas pero que en realidad son muestras de una libertad inusitada que deviene tal a raíz de un vaciamiento (y descreímiento) absoluto en los relatos oficiales. Son películas que se permiten jugar porque no tienen nada que perder. Partiendo desde la nada crean un mundo hecho a la medida de su futuro desencantado y desde esa posición no hay aparatito alguno que resista. Hay que inventar uno nuevo: tal la única exigencia que nos piden.

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  3. Lautaro Garcia Candela

    Matias, no tuve tan en cuenta en particular esa escena de Merkel con la niña palestina, de hecho la acabo de ver. Me parece, conociendo declaraciones de los directores, que ellos tampoco -como dice Lucas- pretenden una relación tan directa con la coyuntura política.
    Nuestro 2001 es otra cosa, es verdad, yo me refería a ese año como la conjunción de ambas cosas: una situación económica y social ineludible por un lado, y un cine nacional (o una parte de él) que no miró para otro lado y que trajo nuevas formas para narrar historias que antes eran invisibles. Esa es una diferencia radical con estos españoles, que traen también formas excéntricas pero para eludir completamente una situación que -estoy tocando de oído- afecta a todos los españoles.
    Saludos

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