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En un cine vacío con La salada

LA-SALADA-50

Por Lautaro Garcia Candela

En el mismo horario y la misma sala del Artemultiplex Blegrano en la que hace casi exactamente un año y medio veía La Paz (2013, Santiago Loza), vi La Salada. En ambas funciones también se repetía otra circunstancia: la única butaca ocupada era la mía. Ver una película totalmente a solas en una sala comercial es una situación un poco atípica (no tanto si pensamos en el Gaumont y sus funciones fantasmales a la hora de la siesta, pero sí en los cines de la Avenida Cabildo). Lo realmente extraño es el carácter casi diametralmente opuesto que tienen ambas películas en la manera de incluir a su público. En el caso de la película de Loza una sala vacía es el mejor lugar para apreciar su película, con sus frágiles momentos de calma, los intentos de comunicación de Liso –el protagonista- y la sutil intimidad que logra entre sus personajes. Como si estuviera hecha para mirar en soledad.

La salada, en cambio, convoca con su espíritu un público ruidoso, que llene la sala y la anime, generando el ruido y el movimiento propios de toda aglomeración de gente. Algo así como imagino las funciones continuadas de los cines en los años ’50, con películas sentimentales atravesadas por el espectáculo con la cuota de novedad que implica toda ficción. Ésta es una película que no funciona como espejo sino que acerca nuevas formas y colores, nuevas combinaciones barriales, étnicas, incluso gastronómicas, y las deja al alcance de la mano, cercanas a quien esté atento. Y sin embargo no es totalmente exótico el lugar en el que está emplazada la narración –“la feria al aire libre más grande de Sudamérica”, decía una propaganda que pasaban en los partidos del Fútbol para Todos-, ni sus personajes son algo totalmente ajeno: dos inmigrantes bolivianos recién llegados, una familia coreana bastante diezmada (padre e hija) y un grabador/vendedor de dvd’s truchos taiwanés que me recuerda al protagonista de What time is it there? (2003, Tsai Ming Liang). Todos ellos trabajan en el mismo ambiente e inevitablemente su lógica los cruzará, completando algo así como un cuadro de doble entrada en el que se marcan los encuentros y los casilleros que no se completan podrían pensarse y reponerse de manera natural. No se me ocurre mejor elogio para una película: que en ella podrían imaginarse muchos más momentos que los que fueron mostrados, que forma parte de algo más grande que sólo se pudo mostrar por una fracción de tiempo y lo que sucedió antes o lo que sucedió después podría ser igual de bello y estimulante como lo que vimos. No puedo dejar de imaginarme spin offs protagonizados no necesariamente por alguno de estos personajes sino que sucedan en el mismo lugar, caracterizado de manera precisa como algo que palpita, algo realmente vivo.

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La salada –el predio- se cierne sobre (y bajo) ellos sin volverse todo lo amenazadora o asfixiante que uno podría pensar: ni planos avasallantes y frenéticos como en 7 Cajas ni grandes panorámicas de establecimiento. Sin hacer una película antropológica Hsu encuadra de manera justa, en el punto medio, como para que sirva de marco pero no de decorado, que tenga pulso propio pero sin ánimos documentales. Su nobleza y su trazo fino hace que evite el peor camino que podría tomar la narración, la del naturalismo que explica las actitudes de las personas a partir de la influencia de los lugares que habitan. No hay nada que esté por encima de los personajes, tan sensibles, tan refractantes en cada uno de sus movimientos que vuelven al cine una experiencia placentera y dolorosa al mismo tiempo: los acompañamos cuando les va bien –el viejo truco de la identificación- pero a su vez podemos vislumbrar el final de esa bonanza y su posterior penuria. Nosotros, que estamos afuera, lo vemos con más claridad. El vendedor de dvd’s lucha por el amor de la policía sin que le vaya muy bien (el último plano, la esperanza), pero en el caso de que pueda acercarse, tendrá que ir lidiando con ser padre. A la pobre piba coreana, obligada a casarse con el hijo del mejor amigo de su padre bastante castrador, le espera una larga lucha emancipadora. Y así con todos: sus horizontes son inciertos.

Mientras avanza la proyección me estiro por las butacas vacías, me desperezo, me pongo a silbar. Trato de hacer todo lo posible para que mi presencia se haga un poco más fuerte. No soporto ver el cine vacío habiendo tanta gente que puede entrar a ver la película y no lo hace. Hace falta un poco más de ruido acá, o al menos alguien que acompañe con un movimiento de cabeza las canciones tan lindas que suenan. Me imagino que Hsu habrá proyectado la película en la salada, y pienso que si no lo hizo habría que enmendar su error.

Un público que se sienta interpelado por las diferentes maneras de filmar el sexo que hay en La salada. Porque al fin vemos buen sexo: me refiero a escenas en las que se coge relajado, con amor, pasión y atención a los detalles, sin impostarle a la situación un condimento autodestructivo (Abzurdah, El incendio, Aire libre) como si el sexo, sin más, fuese algo chabacano o efectista. Cuando el pibe boliviano después de muchas insinuaciones por parte de su hada madrina, la chica que lo trajo a Argentina, responde al pedido, coge en un telo, desprejuiciadamente, de manera lenta y nerviosa, pero feliz. Una buena primera vez. Está también esa cogida rápida que no llega a ser penetración entre el grabador de dvd’s y esa enigmática vieja que toma whisky barato en un bar ídem. No es casual que en ambos hablen sus idiomas natales, como si en esas situaciones ciertas barreras más inconscientes se demolieran. La vieja le pide que le hable “en chino”. Para nosotros, que sabemos que él es taiwanés, no es molesto este pedido que se ubica entre la liviandad y el feliz desconocimiento porque no es un gesto costumbrista, orgulloso de la ignorancia sino más bien uno de incorrección política, considerando el cuidado especial que tiene con sus personajes el director.

En cambio el acto sexual entre la post-adolescente coreana y el aprendiz de mafioso está elipsado. Ella, recelosa toda la película, no se anima a contradecir a nadie, ni siquiera a cambiar el rumbo de una conversación. Hubiese sido incómodo, injusto, poco noble incluso, verla tener sexo con un casi desconocido. Por último, la escena en la que joven chica policía y el vendedor de dvd’s cogen nunca fue filmada (o montada, no lo sabemos) y quedará en mi recuerdo como una gran escena que nunca pude ver.

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Hay una feliz convicción popular que mantiene tanto las diferencias como las particularidades de los personajes. Se aboga por una idea de sutileza que la película mantiene siempre, pero a su vez lleva como mascarón de proa un tono que aglutina y construye a partir de la variedad. La salada se forma mezclando cosas heterogéneas, apostando a dinamitar las identidades nacionales estáticas y conservadoras, negando todo tipo de pureza. Incluso casi sin actores argentinos en una película argentina. La música, algo así como el lenguaje universal cobra importancia en la contaminación de la que se alimenta La salada. Luego de enterarse de que su hija engañó a su prometido, el patrón coreano se va con su flamante empleado, el pibe boliviano, a tomar whisky a un karaoke. En su idioma le pide fotos de su familia pero el chico no entiende así que le muestra fotos de la mujer con la que acaba de estar: no saber a quién está viendo y cuál es el parentesco mantiene con el dueño de la foto no le impide al señor emocionarse a lágrima pelada y cantar un gran bolero de su país (suponemos) en un largo plano frontal que también nos deja ver al chico tomando lo que queda del whisky. Un par de escenas antes el mismo pibe tenía una cita en el bar con la susodicha. Luego intercambiar unas frases en guaraní, empiezan a bailar. La música, de manera inexplicable, es una canción que está cantada en coreano pero nadie parece percatarse de eso. No importa de dónde sale esa canción, sino que por cómo vienen las cosas no es algo tan descabellado: ya a la mitad de la película (que es donde se ubica esta escena, más o menos) sabemos que todo es factible de ser combinado de nuevas maneras, azarosas, contradictorias, pero sobre todo impensadas.

Me voy del cine pensando en las razones de distribución (tan externas al cine) que hacen que películas como ésta queden invisibilizadas. Al día siguiente, me entero de que su exhibición se suspende por una semana, no cumplió la media de continuidad, pero que tiene un segundo estreno hoy en el Gaumont. Con la película de Leonardo Favio que cita Hsu, Juan Moreira, las salas se llenaron de manera sostenida, e incluso Héctor Cámpora –en ese entonces presidente de la nación- asistió a varias funciones comerciales de la película. En un gesto, La Salada junta dos tiempos con una distancia infranqueable y sin preguntarse las razones constata una forma curiosa de tragedia, irremediablemente nacional.

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3 Comments

  1. ¿Por qué error de casting? Creo que me han elegido bien para el personaje. Doy con la edad, conozco y conocí por la pelicula, el lugar y el tema que trata. ¿Tenian que buscar un actor más Caetano? Amigo, estoy un poco cansado del encasillamiento tonto del critico de turno.
    Abrazo sincero.
    Nicolás mateo.

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    • Lautaro Garcia Candela

      Hola Nicolás. Probablemente mi comentario haya estado de más y esté encasillando de manera vaga. Yo me refería a tu papel, a todos se los nota desgastados que a tu personaje. Tu presencia es un poco más luminosa y me hizo ruido. Muchos no compartieron mis sensaciones, no quiso ser algo personal.
      Agradezco tu lectura y un abrazo sincero para vos también.
      Lautaro

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  2. Gracias. Escribo y al rato me arrepiento de hacerlo. Pero este caso no, agradezco tu respuesta. Y, en lo demás, la critica -y la denuncia solapada al poco público del que merece la película- me parece muy buena. Saludos.

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