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Paulina y los otros – La Patota

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La Patota (Santiago Mitre, 2015)

Por Lucas Granero

Definí justicia reza en mayúsculas contundentes el afiche de La Patota que puede verse en las redes sociales. Lo mismo le piden a Paulina su padre, su novio y todos los que la rodean. Ella no puede definirlo, al menos no en esos términos que puedan satisfacer la necesidad de todos ellos por entender qué es lo que le pasa, por qué actúa de la manera en que lo hace. Paulina fue violada por un grupo de jóvenes que son alumnos de la misma escuela rural en la que se empeña en seguir enseñando. Paulina no necesita este trabajo, no necesita nada según su propio padre, quién se opone desde un principio a la idea de su hija, oposición que seguirá en aumento a medida que los días en el barro pasen y todo se vuelva más espeso, más difícil de explicar, de entender, de definir. Paulina no define, actúa sobre la marcha, y sus pasos son inciertos, precipitados, pero si algo queda claro es que está decidida a recibir todos los golpes que lleguen.

La Patota crece cada vez que una definición se pide y ésta no puede explicarse. Crece porque nos pone en el cuerpo de Paulina, en sus intentos de esquivar respuestas imposibles de dar y sobre todo en hacernos sentir que posiblemente las tenga, pero darlas significaría perder un tiempo que (ya) no tiene. Paulina actúa y a medida que lo hace va comprendiendo ese nuevo mundo que el inesperado vuelco de su vida le forjó a su pesar. En vez de entrar en una pausa, ella decide zambullirse en un flash-forward anímico y mental en el que todo sucede de manera tumultuosa y agitada. A Paulina le preguntan constantemente si pensó bien sus cosas, ella contesta, siempre, que sí, que ya lo pensó y que está decidida. Y aunque solo brevemente la veamos reflexionar, le creemos sin dudar.

Ya en 1960, cuando Paulina era un personaje dirigido por Daniel Tinayre, sus decisiones eran imposibles de entender. Su padre y su novio actuaban de la manera en la que se supone que cualquiera de nosotros debería actuar ante tal acto aberrante. Pedían justicia y le pedían a Paulina que repose, que se calme, que sufra en silencio. Ella respondía abandonando el hogar paterno y separándose de su pareja, quedándose con esa cruz cargando en su espalda y que debía soportar, cual santa, en absoluta soledad. Paulina nunca fue un personaje fácil. Repleta de matices y ambigüedades, su extraño recorrido resulta difícil de aceptar porque en vez de elegir el más sencillo, el que las leyes y la justicia posibilitan, ella se mete por los más complicados, tratando de alcanzar algo parecido a una señal que le indique que aun sufriendo el peor de los males, algo puede aún rescatarse. Corona de espinas en una, manchas de barro espeso en la otra: tales los paisajes su calvario.

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Ese mismo definí justicia es el que se empeña en preguntarle a Paulina el mismo Mitre y cada vez que lo intenta debilita el poder del relato, ya que insiste en verbalizar aquello que no necesitaba exponerse a través de la palabra y en subrayar aquello otro que ya quedaba claro. Dos escenas claves ejemplifican esta problemática. La primera, ese inicial plano secuencia en el que Padre e Hija se enfrentan en una batalla que más que una discusión entre familiares parece un debate político, promete lo peor: conceptos políticos facilistas que se deslizan de la boca de los personajes casi vergonzosamente, tildándose de clasistas, fascistas y progresistas en un tête à tête que solo se sostiene porque evidencia una pertenencia de clase, un mundo en el que ese tipo de discusiones tal vez se repitan más seguido de lo que pensamos y que, tal como lo demuestra el padre al final de la batalla haciéndose cargo de que en realidad nada es para tanto, posiblemente tengan como último fin probarse mutuamente en un terreno conocido, viendo cuál de los dos puede sacarle más jugo a los conceptos aprendidos en la facultad. “Argumenta” le dice el padre en un momento de la discusión a Paulina, acaso haciéndole su versión del definí justicia y ella ataca, siempre segura. La segunda escena, ya hacia el final, cuando la brecha entre los actos de Paulina y la justicia de su padre los separan indefectiblemente, Mitre vuelve a desconfiar de sus decisiones. Planteada en un espacio similar a la primera y con los mismos personajes, se hace claro que las diferencias entre los dos son irreconciliables. Ese plano secuencia que los hacía parte de un mismo mundo, en el que se permitían disentir y discutir sin nunca trastocar sus lazos, ahora los encuentra separados mediante un juego de planos y contraplanos que agudizan la imposibilidad de un acuerdo entre ellos. Ya no pertenecen al mismo estado. Sin embargo, Mitre necesita intensificar aquello que la forma ya nos está diciendo y las palabras, los argumentos, vuelven a invadirlo todo.

Paulina, así, queda sola con sus silencios en un mundo que le exige siempre palabras. Palabras que ella no necesita usar, porque su cuerpo y sus decisiones hablan por ella. La superposición de puntos de vista que construyen el relato trazan un camino de equívocos y remordimientos varios contra los que sus acciones intentan combatir. Todos implicados en una trama macabra que ella se empeña en desenredar para poder entender por dónde y cómo seguir. Ese recorrido, único y completamente suyo, es el punto verdaderamente importante de La Patota, un punto ideal en el que podemos caminar junto a ella, sin preguntarle nada, ni definiciones, ni argumentos. Un punto donde todo lo demás sobra.

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