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El Museo de los Vampiros: Only Lovers Left Alive

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Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch, 2013)

Por Lucas Granero

Allá en el inicio, bajo los grises cielos neoyorquinos y sus rascacielos gigantes, el recorrido sin sentido establecía la clave que encerraba el verdadero estímulo del gesto jarmuschiano: la búsqueda de las vacaciones permanentes. Los tres personajes de Stranger Than Paradise (1984) se subían a un auto sin saber muy bien por qué ni tampoco hacía dónde se dirigían y terminaban conduciendo de costa a costa, de tormentas de nieve a la soleada playa para terminar en el mismo exacto punto donde empezaron. Otros tres, los presos de Down By Law (1986), escapaban de la cárcel desplegando un recorrido que se reconocía en el Jean Renoir de La Grande Illusion (1937), solo para terminar separándose por otros caminos, ahora más solitarios que antes. Puntos muertos que se entrelazaban y avanzaban, casi a su pesar, en una circulación incierta cuya máxima aspiración era estirar ese momento, preservarlo hacia el infinito, y quedarse allí, dando vueltas en un loop eterno hacia la nada.

La eternidad que brinda el vampirísmo hace de Only Lovers Left Alive un ejemplo exacerbado de los límites que puede alcanzar esa búsqueda. En la lógica de tal leyenda, las vacaciones pasan de ser permanentes a transformarse en absolutamente perpetuas. Adam y Eve es el nombre que Jarmusch eligió para sus vampiros, y en ese guiño se evidencia acaso hace cuánto tiempo los persigue esa perpetuidad. El recorrido de estos amantes ha atravesado siglos de guerras, pestes, inquisiciones, pero también han sido testigos de los máximos gestos de belleza que el mundo ha dado: el renacimiento, la literatura, el cine, el rock and roll. Y ahora permanecen en una especie de limbo construido para resguardarse de la amenazante decadencia que todo lo rodea. El capitalismo ha transformado a los hombres en lo que ellos mismos denominan zombies, y esos zombies, agotados y mortales, han hecho lo imposible por acelerar la ruina del mundo. Cada uno como único habitante de su propio mundo privado, él, desde los restos de una Detroit desértica y desprovista de todo rastro de rebelión de antaño y ella, embriagada en los misterios de esa Tánger tan cercana al imaginario de William Burroughs (¿otro vampiro?), abandonaran sus refugios para encontrarse una vez más y dar algunas vueltas en la noche antes de que el infierno lo consuma todo.

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El espejismo entre Jarmusch y sus criaturas se hace evidente. Como ellos, él también se encuentra desencantado, viviendo en un mundo que ya no le interesa, buscando refugio en sus héroes del pasado. Su obra siempre ha estado a favor de los márgenes, y desde ellos fundó su estilo, dándoles un espacio central, pero sin nunca perderse en la referencia estéril. Iggy Pop, Tom Waits, Joe Strummer, todos mitos esenciales dentro de la formación de su personalidad, aparecían en su cine haciendo evidente su huella como rockandrollers, pero también cumpliendo una funcionalidad específica dentro del relato del que eran parte. Ahora, en Only Lovers Left Alive, Jarmusch se encuentra demasiado ensimismado en la contemplación de su altar de mártires como para preocuparse de que algo de vida entre en plano. Así, sus preciados iconos se convierten en una mera imagen colgada en la pared de la habitación de Adam, formando un collage exhaustivo que funciona como muestrario de lo que tuvimos y ahora solo podemos conjurar en la nostalgia. Su meta aquí es otra, una de un alcance mucho más corto y por ende menos interesante: mostrar lo muerto que está todo y la imposibilidad de resucitarlo.

Así, la película se convierte en un cementerio de referencias que nada hacen más que señalar la hoja de ruta intelectual de Jarmusch y todo se reduce a una fría exploración de sus gustos, sus discos, sus libros, sus instrumentos. La particularidad del planteo inicial y las puntas que de por sí le daba el mito vampírico quedan perdidas en la búsqueda de un tono que nunca deja de caer del todo, pero que tampoco se anima a ir más allá. Algunas huellas de esa otra película posible se asoman en breves raptos de comedia, que dejan entrever los alcances con los que contaba. Que un vampiro sea el verdadero autor de las obras de Shakespeare es un pequeño dato que pasa casi imperceptible, pero que está y su presencia hace evidente la huella de un Jarmusch que no le teme al ridículo y que hace pensar en algunos de los mejores momentos de Coffee and Cigarrettes (2003). La aparición de la hermana de Eve en la segunda mitad del relato trae consigo un nuevo aire y sacude un poco el polvo del templo snob en el que viven los vampiros viejos, pero pronto su energía también empieza a sentirse por demás abrumadora. Es ésta una película que sufre de un extraño de caso de afectación sonora en el que lo que está muy bajo aburre y lo muy alto molesta hasta la sordera.

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Demasiado encerrado en ese mausoleo analógico que crea para sus personajes pero que sin duda expresa su manera de ver el mundo actual, Jarmusch solo siente placer al ver cómo sus preciados objetos brillan a su alrededor. Su conexión con el mundo de hoy aparece siempre atravesada por extractos de un arte perdido al que intenta resguardar, pero del que no logra mostrar más que su cadáver. En su película anterior, The Limits Of Control (2009), el extraño protagonista realizaba, como no podía ser de otra manera, un recorrido sinuoso cuyo objetivo era llegar a la base de operaciones del Gran Mal del Mundo y destruirlo desde dentro. Only Lovers Left Alive demuestra que hasta caminar, ese mínimo acto de acción con el que parecía llevarse por delante el mundo, parece haberlo cansado.

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