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La Sangre Brota: Blue Ruin

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Cenizas del Pasado (Blue Ruin, Jeremy Saulnier, 2014)

Por Lucas Granero

A veces uno recuerda momentos de ciertas películas que para cualquier otra persona son completamente intrascendentes. Pequeños gestos que pasan desapercibidos para algunos se convierten en una huella imborrable para otros. Tan pequeños, a veces, que da la sensación de que en realidad no son parte de la película y que los inventamos. Pero no, ahí están. Y cada vez que revisamos esa película y llegamos a ese momento, el sentimiento se re-actualiza: ¿qué hay ahí que nos conmueve? Voy con un ejemplo: no recuerdo muchas cosas de Blood Simple (Joel y Ethan Coen, 1984), pero hay una escena que tengo grabada en mi memoria y que dudo que alguna vez pueda olvidar. No sé bien en qué momento sucede, ni mucho menos puedo ser muy detallista contando lo que pasa en esa escena porque tampoco sabría muy bien qué decir. Lo que sí se es que una persona mata a otra y luego otro personaje entra en el lugar del crimen. Para no quedar como el que lo perpetuó, tiene que encargarse de limpiar los rastros que todo crimen deja. La muerte nunca es limpia, y en este caso esa idea se vuelve totalmente explícita. Y acá viene el momento que resuena en mi cabeza: con un trapo, el posible asesino eventual comienza a limpiar toda la sangre que se esparció en el piso y los demás elementos de la escena del crimen que podrían evidenciar el reciente acto mortal que puede llegar a implicarlo. Las manos, enchastradas de esa sangre que el revolver, disparado desde la distancia, permitía evitar, se vuelven tontas al contactar el elemento que mejor evidencia lo cometido. Por supuesto que el trapo no era ni por cerca lo suficientemente efectivo para limpiar la creciente mancha sanguínea, y cada vez que el personaje lo escurría para poder continuar con su tarea, todo se manchaba aún más. ¿Se imaginan haciendo lo mismo? Yo, por lo menos cada vez que veo la película, sí, y no puedo dejar de pensar en lo que sufriría si me encontrara en una situación similar. Limpiar tanta sangre, escurrir el trapo y ver el agua completamente rojiza, volver hacia el piso y seguir limpiando sabiendo que es algo imposible y con la mente a mil, paranoico, escuchando los pasos que se acercan hacia mí, la culpabilidad imposible de disfrazar, el juicio, la cárcel, la muerte otra vez. Una secuencia de terror, un escape imposible. Y así, los Coen construían a través de este momento el tema central de su opera prima: el de la muerte nunca es un camino sencillo.

Lo que me interesa de ese momento tiene que ver justamente con esa idea que los Coen vuelven esencial a todo su cine, algunas veces más o menos cruel: somos inútiles para el crimen. El cine ha sabido configurar asesinos espléndidos, perfeccionistas, que jamás sufrirían momentos como el de limpiar la sangre del piso. Pero lo cierto es que la sangre siempre salpica para donde quiere y se vuelve imposible salir del paso sin mancharse. Miremos sino a Dwight, el protagonista de Blue Ruin que en los primeros 20 minutos de película consigue bañarse en sangre ajena por no saber (¿alguien lo sabría?) en qué parte del cuello debe colocarse el cuchillo para matar a un hombre sin hacer un enchastre. Sea como sea, Dwight no tiene tiempo para pensar. Acorralado por la venganza, sus movimientos van siempre al limite, chocándose contra lo que sea con tal de cumplir su objetivo: terminar con la familia que arruinó su vida hace años al matar a sus padres. Desde ese momento, Dwight decidió llevar una vida lejos de su casa, viviendo en las calles, transformándose en un animal con mínimos instintos y al que solo lo mantiene vivo el ferviente deseo de arruinar a aquellos que lo llevaron hacía ese estado. Por eso, la sangre que vibra en sus venas y la de aquel que manchó su remera vienen mezcladas desde hace rato y cada vez que se salpican mutuamente sus lazos se hacen más y más tensos.

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El recorrido que hace Dwight para llegar hasta la culminación de su deseo lo enfrenta con su propia inexperiencia en estos asuntos de matar. Jeremy Saulnier encuentra en ese amateurismo de su personaje el tono justo de su película, que combina de manera certera un bucolismo tonal con sorprendentes desvíos cómicos, gigantes gags que se construyen exclusivamente en torno a ese “no saber cómo” que embarran aún más el de por sí oscuro panorama de Dwight. No hay ningún arma en toda la película que no implique un uso erróneo de las mismas y las consecuencias de eso serán realmente experimentadas por Dwight. A la ya mencionada puñalada inicial que sale extraordinariamente mal, se le sumaran armas imposibles de manejar, autos que se rompen y una secuencia antológica que nos enseña qué puede suceder si, mientras queremos escapar de un asesino, nos clavan una flecha en la pierna. Lo físico del acto es un elemento vital de Blue Ruin y por ello mismo su vertiente gore no es excesiva, sino necesaria. El cuerpo de Dwight es casi transparente, los actos del pasado sellaron para siempre su vida y esa sensación se expresa en la fragilidad de su cuerpo y en un cierto letargo de los movimientos, que complican, también, su recorrido. La liberación del asesino de sus padres, la chispa que le da un (último) sentido a su vida, enciende las pocas llamas que le quedan y de las cuales él mismo es consciente de su pronto agotamiento. Por eso, cada bala que lo roza, cada cansancio que lo agita o cada vómito que expulsa se presentan como extrañas muestras de algo que aún vive en él.

En Blue Ruin, la clásica frase “ojo por ojo, diente por diente” se hace literal en una venganza que nunca parece terminar. En uno de los momentos finales, Dwight, frente a frente a los miembros de esa familia que arruinó la suya, anuncia, sin nunca perder esa extraña inocencia de sus ojos, que “ya son dos de los suyos y dos de los míos”, esperando que la cadena de muertes concluya a través de ese razonamiento naif. Si Dwight, como yo, hubiera visto ese gesto de limpiar la sangre en la película de los Coen, hubiese sabido que no hay chances para que eso pase: no hay forma de ocultarla, la sangre brota hasta el final.

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