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FICIC 2015 – Las comunidades coscoinas (1)

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(Foto: Sol Denker)

Primera parte: los cortometrajistas estudiosos

El FICIC es un festival que genera un comportamiento particular entre público e invitados: se generan grupos, mini comunidades. Cosquín es una ciudad pequeña, y el festival sucede en un radio de unas 10 cuadras que unen las distintas salas y puntos de encuentro, los hoteles, la plaza, La Europea, Las nueve lunas y  La munich (espacios dedicados a la alimentación y la ingesta de cafeína). El tránsito entre cualquiera de estos puntos genera encuentros con personajes cada vez más conocidos, y los tiempos intermedios generan cruces y mesas compartidas según al cantidad de sillas disponibles. Las puertas de los cines también funcionan como estaciones intermedias en las que se comparten impresiones o expectativas. En FICIC todo se conversa.

Tiene tres tradiciones que fomentan el armado de comunidades:

1. Aquellos que viajan desde Buenos Aires lo hacen todos juntos en un mismo transporte, la noche anterior a la conferencia de prensa inicial. Así, las primeras afinidades son geográficas: quienes gustan de los asientos de atrás, o los primeros, quienes se sientan solos, etc.

2. Después de la conferencia de prensa hay un locro con empanadas en la casa de la madre de la productora general, Carla Briasco.

3. Las habitaciones son compartidas y están organizadas más o menos según lo que uno va a hacer a FICIC.

Dadas estas condiciones, comienzan a armarse los grupos que luego se establecen y parecen compartir entre ellos alguna que otra idea sobre el cine. Este año llegué con el festival empezado, lo cual me dio un buen asiento en el avistaje de comunidades. El primer grupo ajeno al mio con el que tuve contacto era la de los compañeros de cuarto de García Candela y allegados a la competencia Cortos de escuela. Una de las primeras cosas que les escuché decir fue que lo mejor del festival eran esos cortos. No les voy a dar la razón pero qué sorpresa se trajeron los estudiantes. Todo lo que venga con cortos de escuela delante suele dar un poco de miedo, parecido al de las funciones de cortos en general. Si el miedo viene de las malas experiencias, estas suelen contener varios remates vueltas de tuerca efectistas, chistes malos, animaciones sin sentido, kilómetros de secuencias de títulos, etc. Schujman aportó buenos chistes con su Barrancas. Inventó una forma de consuelo para los amigos que se basa en catalogar a las personas según categorías que nos favorecen a nosotros y los desfavorecen a ellos. En este caso son los Schumajos (falsos Schumacher, los malos) y los Dieguito Luna (los Diego Luna, los buenos). La plaza/parque Barrancas de Belgrano es su escenario, con las posibilidades de espionaje que dan sus subidas y bajadas. Los amigos espían desde una altura privilegiada a la exnovia de uno y a una serie de transeúntes agarrados por sorpresa. Según me cuenta García Candela, en la cátedra de guión de Filipelli en la FUC cada cursada se dedica a una ciudad (a él le tocó Nueva York). Esta obsesión por las cartografías particulares se ve mucho en las películas que salen de ahí, trasladada a nuestra Buenos Aires. Quizás algún día, dentro de decenas de años, la ciudad haya quedado registrada en todas sus esquinas por alumnos y exalumnos, aunque por ahora las locaciones más que abrirse, se pisan bastante. Cartografía de la línea D le llaman (por el Subte).

Otro cartógrafo de zonas conocidas por alumnos y profesores de cine y afines fue el ganador de la competencia, Reale, con su Esta es mi selva. Villa Epecuen es un lugar al que año tras año acuden estudiantes de cine porteños en busca de sus ruinas. Por lo menos a mi me llega uno por cuatrimestre, muchos de ellos por culpa de Él mató a un policía motorizado. Reale es de Bonifacio, un pueblo cercano, y conoce muy bien la zona llena de lagunas y ruinas menos conocidas. En su corto el espacio vacío y ruinoso se transforma en una zona liberada para los chicos y preadolescentes, que comienzan con juegos y paseos para transformarse en una pelea de bandos cada vez más oscura. La preadolescencia es un poco idilio y otro poco pesadilla. Su causa es el aburrimiento. Reale une espacios para inventarse un pueblo y sus bordes en el que se juega una especie de captura de la bandera con la posibilidad de una violencia cada vez más descontrolada. El conocimiento profundo del territorio por parte de los personajes y el desconocimiento total por parte de los espectadores tiene la sensación de peligro y el miedo que tantas ha estado ausente en los cortos Epecuén. Forma parte del tríptico Más allá del barrio chino que Reale hizo con dos compañeras de la UNLP. En un almuerzo intercomunitario nos contó que le interesan la docencia y Raygadas, y se lo nota como una persona que piensa que la praxis es indivisible del pensamiento sobre cine. Le perdono que haya compartido cama con mi novio durante cuatro noches por haberme quitado todo prejuicio inservible ante la locación.

Otra de esas personas es Sol Denker, que junto con Emanuel Landivar (uno de los cinéfilos más obsesivos de la FADU) y otros compañeros hicieron el año pasado Sinfonía húngara. En un enroque de grupos el año pasado me tocó ver un material que estaban filmando. Un material muy preciso, muy concreto hecho con paciencia y curiosidad infinita, cualidades que no suelen verse en el calor de las entregas. Se pusieron a filmar a la comunidad húngara en Buenos Aires, sus tiros, fiestas y comidas. Habían decidido no subtitular nada y mantener el plano fijo. Se pasaban horas sin dormir pensando dónde comenzar un plano y dónde terminarlo, si usar corte directo, si dejar un espacio vacío, cuál era el orden correcto de los materiales. Pensando cómo filmar al otro, qué es una comunidad, si se puede filmar la cultura, y todo eso está en el resultado. El tipo de estudiante que te quita las ganas de refunfuñar que no se puede enseñar ni aprender a hacer cine y te hace entender que por lo menos vale el intento, sobre todo para cruzarse con gente, con películas, textos y pensamientos que traen otros. La universidad es una de las fuentes más valiosas de comunidades que tiene el cine, junto con los festivales, pero funcionan como una especie de socialización primaria/secundaria que se tira piedras mutuamente. Los festivales son todos en época de clases y la universidad suele ignorarlos, dejando de lado la posibilidad de trasladar ahí las clases o incorporar las propuestas acerca de qué es lo contemporáneo, reemplazándolo muchas veces por iras rancias cercanas a lo que era accesible en el momento en que tal o cual titular de cátedra era joven. O así era cuando yo cursaba. Una de las mejores cosas del cuatrimestre pasado fue juntarse a corregir trabajos prácticos en el Cinema del Festival de Mar del Plata. Esto debería estar legalizado de alguna forma.

Ritacco (UNC) ganó el premio RAFMA (no sabemos en qué consiste) con su Reina Sofía y dijo después de la función que el corto había comenzado como un proyecto sobre una chica perturbada que tenía problemas, se subía a un auto y se iba. Después decidió dejarlo todo y quedarse con el auto, porque recordaba que una de las primeras experiencias cinematográficas de su vida consistía en mirar por la ventana del auto. Declaró que no quería color, ni diálogos y así definió de alguna manera el (mi) ideal de cortometraje, que es una forma de acercarse a otra forma, con ideas y con la mayor libertad posible. Sobe todo, una experiencia o una especie de exploración. En su corto la experiencia del viaje, de mirar las formas en movimiento, de tener ciertas pausas, pensar, escuchar la música, ver como todo se arma y se desmorona o sea como la imagen se va definiendo y desdibujando con la velocidad dan una idea de por qué el cine es una cosa que se vive solo en presente, una especie de total despojo.

Los cortos de escuela le pelearon a la Competencia Internacional de Cortos el lugar de cantera de jóvenes talentos, ya que en esta última había bastantes personajes ya conocidos como Luque, Sotomayor o Williams. A los cortos de la Internacional se les dio un estatuto similar al de los largos, lo cual es poco frecuente y se da en retrosprectivas, secciones paralelas como Vanguardia y Género o Estados Alterados. En ambas competencias hubo más exploración y curiosidad que de costumbre. Vuelve la fe en los cortos.

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(La Isla desierta de nuestro García Candela, en la proyección nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado de sacarle las barras y segundos en negro a la copia)

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