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BAFICI 2015 – El Final

Por Lautaro Garcia Candela

Dejé colgadas para ver luego en la videoteca dos películas y terminar la cobertura: La Sombra, que no había visto, y Cuerpo de Letra, que había visto pero creía que se merecía un poco más de espacio en la crónica diaria porque intuía que era buena en serio.

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La película del hijo de Héctor Olivera se basa justamente en esa condición familiar y la problematiza: las imágenes que no son de archivo están filmadas a lo largo de cuatro años (2003 a 2008 si no recuerdo mal) y registran la paulatina demolición de la casa familiar, una mansión que también había servido como set y como lugar de reunión y festejos. Se compone en su mayoría de planos estáticos de los albañiles que cuidadosamente separan lo que tiene valor para luego sí tirar abajo las paredes y los cimientos. En el medio escuchamos la voz en off de Javier Olivera que cuenta la historia de la familia y el sistema de Aries, la productora que les daba de comer haciendo dos películas de Olmedo y Porcel más tres un poco más serias por año: siempre promediando dos millones de espectadores. Todo transcurre en una medianía un poco soporífera en la que se destacan dos momentos, uno por bueno, otro por malo: la analogía Olivera- Charles Foster Kane está de más y no habría que dejarla pasar, pero también es un descubrimiento ver como Olivera padre concibe la serie “del amor”. Cuando encuentra a su mucama escuchando unos boleros por la radio y le pregunta qué está escuchando, se interesa y encuentra una veta popular en el género musical: contrata estrellas, elige un buen soundtrack y se asegura un éxito de público considerable.

 A más de treinta años de esas películas el hijo también se mueve en terreno seguro pero en otro ámbito: el de los festivales. La película está hecha en el marco del BAL, es programática y va a lo ya conocido. Si bien su trabajo organizando hechos y anécdotas es notable, todo tiene un olor a pre-cocido, a un cine que se refugia en la categoría de ensayo que no puede estar mal porque toda la película remite a una tesis exterior a ella que se formula al principio: la siguiente hora y monedas se dedica a ilustrar eso de varias maneras. Todo esto tiene sus antecedentes prestigiosos con los que la voluntad suficiente se pueden pensar intertextualidades. La película nace en las entrañas de un festival que la acoge, la legitima y así integra un circuito que se alimenta solo, prescindiendo incluso de que haya alguien que vea estas películas.

En cambio Cuerpo de letra no da nada por sentado, considerando para empezar el riesgo contingente de meterse en esos alrededores profundos de la capital, siempre tan incómodos. El foco está puesto en esos trabajadores subterráneos, ocultos, que trabajan de pintar los paredones con los nombres de políticos en campaña (ni siquiera slóganes) de toda la Ciudad y el Gran Buenos Aires. Tienen un solo método estos grupos: cal con agua para borrar la pintada anterior, pintura negra para el contorno y azul –o amarillo, según el color del partido-. Luego lo finalizan con una firma que es como la marca de la existencia de cada grupo, una seña de territorialidad, de poder, como los mismos graffitis.

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Incómodo también es el lugar en el que la película se ubica, entre el documental y la ficción. Estas distinciones ya un poco rancias se unen acá como se unen algunos discursos en la realidad, de manera natural y orgánica, sabiendo que allí es donde puede surgir la poesía. D’Angiogillo fuerza las situaciones hasta volver indiscernible el grado de intervención en cada escena. Sus fundidos, algo frecuente de escena a escena, son largos y se mantienen en el tiempo lo suficiente para mezclar dos planos, dos ambientes: dan cuenta de que en la película las imágenes fluyen libremente. Por acumulación y repetición las letras pintadas son las que tienen el protagonismo y la pregnancia y no necesariamente Eze o los demás sujetos que aparecen en pantalla. Ellas brillan, son creadas y tapadas en un mismo movimiento, pierden su significado político e incluso como símbolo. La genialidad de la película radica en que ubica ese trabajo en su contexto –marginalidad, precariedad- pero que a su vez reintegra al cine ese movimiento manual que crea los trazos sueltos pintados que componen la letra sin que pierda su materialidad, su importancia y su fragilidad. No hay ningún discurso sobre los cuerpos que organice de antemano las imágenes.

Siempre me pareció curioso el régimen vocal de los vendedores del tren (supongo que esto se extiende a todos los transportes públicos) en  el que ya que no importa la edad o las características físicas: siempre hablan de la misma manera. Un poco impostando la voz pero también forzándola para obtener volumen, se dirigen de manera siempre excesivamente respetuosa a su audiencia. Si uno cerrase los ojos, es imposible distinguir a uno de otro, como si formaran parte de una escuela en común en la que presumo que lo principal es preservar la voz, el instrumento de trabajo. Lo mismo sucede con estos “muralistas” ya que sus trazos son indistinguibles sin la firma. No hay un cambio de estilo porque su propósito es la máxima legibilidad en el menor tiempo y en ello reside su trabajo, su especialización. No hay espacio para la originalidad: sería muy arriesgado volcarse a nuevas formas, a apostar a un poco más de opacidad y D’Angiogillo algo de esto intuye e inteligentemente no le agrega nada, ningún metalenguaje que haga analogías entre el trabajo de ellos y su trabajo como documentalista: está a la vista de quien quiera ver. Ellos no pueden pensar en las formas, su forma es la de la necesidad. Y eso no implica que Cuerpo de letra apele al par desprolijidad-pobreza, una asociación fácil que ya tiene cierto consenso.

Hay una delicada construcción que va configurando el final en el que la noche antes de las elecciones, de manera clandestina, sucede una pelea a lo Walter Hill por el dominio de algunos paredones claves en la circulación de la gente camino a votar. El arreglo con los políticos y el asado final sirven como un crescendo en el cual las pandillas preparan su recorrido por el campo de batalla. Y paradójicamente en el momento de menor intervención de lo que implica la filmación (pensemos: un grupo desconocido, una autopista en el medio, una urgencia con el tiempo que queda) es cuando la situación se adapta más a lo que uno espera de una ficción: dos bandos enfrentados por un objetivo en común. ¿Cómo filmar una pelea en la cual los contrincantes no se pueden tocar? ¿Cómo hacer si no se pueden filmar rostros, sólo una brocha que pinta y una tarea en común? Las elipsis, el paso de la noche al día, las miradas y los parlamentos a cámara son algunos recursos que ennoblecen la película porque a su vez desdibujan la idea de una puesta en escena preexistente al rodaje.

El (ilegal) anteúltimo plano también es bastante problemático. Luego de violar la veda pintando nombres de candidatos, Eze, el protagonista, se dirige a votar. Después de entrar y saludar a gente conocida en otras mesas, se interna en el cuarto oscuro: una cámara de menor calidad lo registra poniendo sus boletas (corta boleta) en el sobre. El registro no era de ese estilo y tampoco habíamos visto imágenes de tal luminosidad. ¿Por qué entonces? Es la culminación de todo un camino de una democracia particular. Si hay toda una circulación de propagandas también ilegal al final lo que termina contando (al menos me gusta pensar eso) es el voto común y corriente, el que se define en el cuarto oscuro sin influencias de algún otro lado.

La representación del poder político sobrevuela la película como un fantasma. Los pibes que pintan varían entre ropa deportiva y consignas de los candidatos sin ninguna distinción, sin gravedad, como si fueran una inscripción más sin una significación en particular: lo que sí implican es la posibilidad del trabajar. Cuerpo de letra visibiliza algo que para nosotros era invisible y lo expone en términos cinematográficos de una manera maravillosa. Hace de cada movimiento, de cada pintada, cada aviso que escuchamos por la avioneta, la huella de algo tan complejo como un entramado social pero lo hace parecer simple y disfrutable, lo trae a la pantalla sin deformarlo y lo expone con la intención de que podamos entenderlo un poco más.

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No es mi intención hacer un balance sobre lo que ha pasado en la Competencia Argentina, sino dejar unas cuantas impresiones.

-Hubo películas auto-asumidas como chiquitas que fueron a su vez las más genuinamente felices: Victoria y Todo el tiempo del mundo.

-También hubo documentales clásicos que tuvieron su encanto pero frente a modelos más arriesgados de narración perdieron protagonismo: Arribeños, Guido Models, Poner al rock de moda.

-Hubo películas que no pertenecen a otro ámbito que no sea la propia obra del autor: las películas de Ortega, Campusano y Piñeiro son únicas porque en ellas se ve una manera de hacer cine que es irrepetible.

-Más allá de las inclasificables, hubo películas que desafiaron de diferentes maneras los límites del documental, partiendo desde éste o desde la ficción: Cuerpo de letra, Generación artificial y Al centro de la tierra.

-Las peores fueron definitivamente las más programáticas. Algo de esto habla Nathan Silver en la entrevista que le hicimos, pero la idea de que hay una forma a priori que hace de molde para que todo pueda entrar allí (véase Idilio o La sombra) es nocivo para las películas. No hay ningún ánimo lúdico ni nada que se le parezca, sino que se pretende que sea una ilustración de algo ya definido de antemano. Las más libres y menos miedosas sin ser las mejores fueron las más chispeantes, las que revolucionan el ánimo de la sala, aunque después la propia sala (asumo que los fans de Banda de turistas conspiraron para eso) me contradiga y diga que la mejor película fue Poner al rock de moda.

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