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BAFICI 2015 – DIA 9

Morita escribe sobre lo aterrador en It Follows y Salas termina sus días con una mezcla entre azares, mística, amor y confusiones.

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Por Mariano Morita

It Follows (David Robert Mitchell, 2014)

Podemos ya empezar a confirmar una tendencia que viene marcándose desde hace un par de años: el cine de terror se está tecnificando. It Follows es otro eslabón de esa cadena de montaje cada vez más elogiada por una crítica que se finalizó a sí misma como producto hace ya tiempo. Ya en The Cabin in the Woods (Drew Goddard, 2012) se podía sentir un descreimiento cínico que no aparecía desde la oleada de los tardíos años noventa que serializó (y por ende debilitó en potencia) a Scream (Wes Craven, 1996). Más adelante, The Conjuring (James Wan, 2013) y The Babadook (Jennifer Kent, 2014) propusieron lo contrario pero alegorizando y estructurando mensajes prefabricados que se suponía que debíamos interpretar para aspirar a una supuesta lucidez sociológica que en realidad esconde torpeza contenidista. Ahora, la llegada de It Follows nos acerca cada vez más a un abominable producto terminado de la cadena: la simulación nostálgica perfecta del cine de los 70’s, el formalismo estetizante (apto para festivales) de piruetas de cámara y la ausencia de una implicancia fantástica que supere el mero juego de reglas y sentencias de muerte.

Todos estos doctores simil Frankenstein depositan en sus creaciones -que primero son mentales y luego se construyen con las manos- pedazos de estructuras, restos y conexiones donde no las había. Justo será entonces diseccionar a este monstruo por lo que sus partes nos dicen del creador.

Sus manos, como las de su doctor, son para operar, orquestar y construir. La izquierda le aporta a la derecha con un tono, y ese tono está encapsulado en una época, como una burbuja de cristal llena de mercancías adentro. Ya no habla del presente, porque a su criterio el presente no goza de atractivo estético. El refugio en lo retrospectivo (particularmente en la estética de los años 70) no sólo entierra a los clásicos y les anula su poder, sino que también olvida la posibilidad del Mal en el tiempo que nos es propio. Su aporte es contenidista, a la mano derecha, que es la mano formalista. Nos referimos aquí entonces puntualmente a un monstruo diestro, que evoca el otoño de Carpenter por su color, no por su melancolía, y que recorre el espacio de representación laberíntico por deporte, y no para buscar una salida.

Continuar la disección para llegar a la cabeza es acercarse al costado más siniestro, porque es ahí donde está la idea. En It Follows, la potencia del cine de devolver al mundo su imagen en términos fantásticos se disuelve en mecanismos cerebrales de relojería. Aquellos términos se vuelven reglas de una física groseramente positivista, de forma tal que lo que nos podemos atrever a creer como presencia indiscutible se vuelve discutible y verificable cuando, por ejemplo, se le arroja un objeto (como en la película le arrojan una silla a uno de los seres) y se demuestra, casi científicamente, su corporeidad innecesariamente verosímil. Se trata entonces de una película fantástica que reniega de su propia tradición, y que peor aún, construye su aparente virtud en aquel corrimiento, siendo así parte del ya habitual elogio de la novedad por la novedad misma, y que no es otra cosa que cinismo liberal en estado cada vez más puro.

Que creaciones como estas caminen entre nosotros con naturalidad debería el ser motivo de un verdadero cine de terror del presente que está cada vez más enterrado, cada vez más abajo en la tierra, cada vez más corrido, deformado, explotado y desterrado. Pero es por esos mismos motivos que crece y espera levantarse. La cara que nos devuelva, esperamos, será algo verdaderamente aterrador.

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Por Lucía Salas

Día 9 / Día 10: Lo interesante

Seth’s Dominion (Luc Chamberland, Vanguardia y Género)
Muerte blanca (Roberto Collío, Vanguardia y Género)
Atomic Heart (Ali Ahmadzadeh, Competencia Internacional)
El color de la granada (Sergei Parajanov, Clásicos restaurados)
João Bénard da Costa – Outros amarão as coisas que eu amei (Manuel Mozos, Panorama)

El anteúltimo día la familia (los cuatro nuevoscríticos en convivencia) se despertó no tan temprano para ir a una sesión de cortos y mediometrajes de Vanguardia y Género. A Prose du transsibérien llegamos un segundo tarde y el cerebro se acomodó para Muerte Blanca. Collío se acerca al lugar de una tragedia (la de Antuco, en la que un grupo de soldados y un sargento murieron en una ventisca) a través de la exploración se un espacio y los rastros que quedaron en él a través de diferentes formatos. Esto en mi manual se llama filmar la ausencia y es un subgénero bastante inexpugnable. Si bien se acerca con una belleza terrible, se queda en el pantanoso terreno de lo poético-elemental. El corto gira en falso, intentando acercarse a algo más preocupado por los procedimientos que inventa que por lo que narra, y eso lo aleja muchísimo. También se aleja de la operación poética, por su ambigüedad elemental. A esta poesía le falta complejidad y simpleza, extraño. Pero qué es la poesía, no podría definirlo.

Hacer películas tiene algo que ver con la originalidad. Pero cuando lo original se transforma en una especie de objeto que se busca obtener se vuelve problemático. En este caso la idea de originalidad parece estar ligada a la posibilidad de codificar cosas, hacer que dos elementos signifiquen lo mismo siendo diferentes, o aludan a la misma cosa. Muchas veces es genial y otras tantas es una molestia que alguien se toma sin que se entienda muy bien por qué. Llamar a las cosas por todo menos por su nombre. ¿Tiene que ver con cierta pericia para sortear obstáculos? En casos como éste la operación se rodea de solemnidad y termina atentando contra la belleza con su tedio. Por el contrario hay veces que sorprende, y suele tener que ver con atención y astucia. O la simpleza. O es indeterminable.

La originalidad tiene otro huevo por el cual se filtran las cosas, lo interesante. Una masa amorfa ya que lo abarca potencialmente todo. Seth’s dominion tiene un personaje interesante, un dibujante cuyo apodo es Seth y tiene una enorme cantidad de trabajo hecho en direcciones impensadas (tridimensionales) y muchísimas ideas sobre cada pieza que realiza. Llega el monstruo de lo original a hacerle sombra, inventándole una serie de adornos como su fuera un arbolito de navidad mal decorado. Se adorna su pasado, sus recuerdos, sus dibujos, a su esposa, a sus padres. Los adornos pesan, como esos aros que les perforaban las orejas a las mujeres hace unos años. Buscar formas de representar el mundo interior de alguien es una consigna delicada. No soy espectadora para este tipo de cuestiones, no me interesan las técnicas de animación o las técnicas de casi nada salvo que si tengan que ver con hacer cine. Son infladores eléctricos.

Seth cuenta un par de anécdotas hermosas, como cuando de chico se pasó años dando vueltas en la cama antes de dormir, conteniéndose de darle un beso de buenas noches a su madre porque ya era un adulto y esas son cosas de chiquitos. Y después toda su adolescencia pensando: mañana la saludo. Hasta que se hizo adulto.

A la tarde tocó Atomic Heart, cuyo nombre al pareces sale de una canción de Pink Floyd, algo que por suerte no sabíamos porque es una canción horrible de 23 minutos que nos hubiera espantado en el armado de la grilla. Hay una banda japonesa, Mr. Children, que tiene un disco con el mismo nombre. Es bastante feo.

La película no es así de espantosa pero tiene algo de esa búsqueda de grandilocuencia, aunque tiene el buen tipo de que suceda mientras uno no se da cuenta. Comienza con unas chicas con velos y sacos largos riéndose muy borrachas en un ascensor. Al poco tiempo entran al auto, lugar en el que se desarrollará gran parte de la película y del cual veremos casi siempre los asientos, las chicas y un pequeño borde de las ventanas. A partir de ahí y hasta mucho tiempo después si algo externo quiere ingresar al plano tendrá que acercarse a la ventanilla del auto. Así entra un amigo de las dos, a quien se cruzan mientras manejan en contramano por una avenida. El amigo se suma, cantan canciones por turnos como en Wayne’s World, van y vienen por la ciudad, hacen chistes, pasean y hablan en un iraní borracho gomoso y agudo que si uno se abstrae un momento (o se apagan los subtítulos, como sucedió en la proyección) parece cualquier cosa menos un idioma. En algún momento la película empieza a girar sobre los mismos tres o cuatro lugares: un mirador, el lugar de la fiesta, un puente, un túnel, una esquina y una iglesia. El nexo entre todos es el auto. En algún momento también el amigo es reemplazado por un desconocido, un hombre oscuro que comienza siendo silenciosamente violento hasta que comienzan los gritos. A esto en Las pistas lo llamamos un Guillermo total, por el personaje de Guillermo en Los que matan. Con la entrada de este tipo la película muta de nuevo hacia un elige tu propia aventura fílmico, en el cual lo que uno cree que derivará lógicamente de las decisiones puede terminar en un game over repentino. O en la aparición de Bin laden. La confusión comienza a quedar oculta tras la violencia física cada vez más cercana. La película iraní, que debe su carácter de interesante a su nacionalidad, se emancipa confundiendo y creando un sistema por el cual se pasa de un naturalismo extremo a una ciencia ficción-triller, que podría o no estar toda en tu mente. Grave y ligera, de esas cosas que se dicen que son raras bien.

La salida apresurada y confundida de la sala, siempre llena de conocidos que entran y salen de películas me llevó como por un encantamiento a ver El color de la granada. Si en algo se parecía a Pirosmani, valía la pena sacudirse un poco el aturdimiento y entrarle a los armenios. Buena forma la de Parajanov de decir que cine y poesía son cosas tan diferentes que hasta pueden ser opuestas. O más que opuestas, como esas líneas paralelas que sólo se juntan en el infinito. Una especie de biografía de Sayat Nova, un poeta armenio del siglo XVIII, que retoma algunos de sus escritos y los hilvana con imágenes. Los escritos de Nova son sutiles, por lo general ambiguos y muy sintéticos (algo como queríamos reconocernos en el otro) y las imágenes de Parajanov son icónicas, alegóricas y magnánimas. A la salida hablábamos de cómo es posible representar eso que para uno es sagrado, y que se está yendo o ya se ha ido, como elevado. Es extraña y placentera la sensación de que después de un rato hay cosas que superan cualquier entendimiento. Si hay algo que comparte con Pirosmani, es esa sensación de no pertenecer a este mundo. Similar a otra película de poetas que vimos en el festival, La maestra jardinera: lo sutil contra todo lo demás. Parajanov filma como Nova podría haber escrito: mucho y todo el tiempo. Hay una enorme cantidad de imágenes complejísimas, que solo pueden haber salido de la cabeza de un desquiciado. En este caso hay algo de lo interesante que es intentar codificar, acercarse a algo moviéndolo de lugar, pero en este caso cobra vida propia. Rituales, personajes, objetos, un mundo con sus decenas de versiones. Ahí me amigué con la palabra.

Hay un momento en el cual se tiran unas cenizas negras y las vemos caer lentamente. Si eso se filmara hoy, con estas nuevas tecnologías tan HD, podríamos estar mirando no sólo cenizas sino volutas de polvo, como esas que se ven cuando caen rayos de luz muy definidos. Ver a Parajanov rodeado de jóvenes da la satisfactoria sensación de que el cine ha cambiado para bien. Le hacen buena compañía.

La última película del día, João Bénard da Costa – Outros amarão as coisas que eu ameibien podría haber sido la última del festival. Raymond Durgnat decía en una carta a Gorin a propósito de su Placeres rutinarios que darse cuenta de cómo están conectadas las cosas es darse cuenta de que no son todas lo mismo. En uno de los primeros números de El amante hubo una mini disputa entre Oubiña y Castagna en cuanto a la cinefilia. Oubiña le decía necrofilia, una especie de manía acumuladora y Castagna se defendía. En Joao Bénard se resuelve muy bien este conflicto. La cinefilia, lejos de ser una forma de consumo elevada es la forma de organizar la vida alrededor del cine. La mayoría de los cinéfilos que conozco tuvieron alguna resonancia de ficha caída al escuchar esa frase. Es difícil de explicar, es que la vida simplemente toma esa forma. En otro pasaje Bénard dice que el ejercicio de ver películas debe estar acompañado de su posterior escritura, o alguna forma de fijación del pensamiento. Este pensamiento, que está en constante movimiento, es lo que hace que la cinefilía no sea una lengua muerta. A lo sumo serán botellas echadas al mar. Este pensamiento constante es tomado por la película, que lo expande, lo llena de sutilezas y sobre todo de belleza. El mar, las montañas, los textos recuperados de decenas de pensadores, los fragmentos de amor y desparpajo . Lo bello es un terreno común al ser humano y probablemente sea esa la forma de hacer que otros amen las cosas que uno ama. Lejos de ser elegíaca, Joao Bénard es un salto directo al futuro. Un futuro cargado de todo este pasado, pero con la certeza de que como dice Durgnat, servirá para darse cuenta de cómo están conectadas las cosas es dar de cuenta de que no todas son lo mismo. El futuro para Bénard y Mozos es ese lugar en el cual el conocimiento le da distinción a cada objeto, a cada línea, o sea a todo lo que algún día ha sido creado, y lo ubica en un abanico de gradientes. Está en los cinéfilos la obligación de pensarlo todo, de no simplificar nada. El futuro es ese lugar donde nada da lo mismo, donde se aloja todo lo que hace a las películas y a la vida: el mundo, la muerte, el amor y el deseo. Para acordárselo más o menos bien.

Nos fuimos con un efecto similar al de Why don’t you play in hell en el Festival de Mar Del Plata del 2013: conmoción total y abrazos a la salida. Esta película realmente tiene todo. Era la forma de cerrar un festival: amor y vida. Qué me importa si algo es interesante o no, lo importante es que esté lleno de verdad como la de Mozos.

El último día del BAFICI siempre parece estar hecho a la medida de la fiesta del día anterior: ya se dieron los premios, y casi no se dan películas de la competencia. Es el día de las curiosidades y los pendientes.  Al parecer cuando fuimos a la ultima pasada del corto nos perdimos Tired Moonlight. Esperemos que aparezca en internet cuanto antes. Vimos pocas películas, charlamos mucho, dimos vueltas, escribimos. En un momento decidimos dar un volantazo con García Candela y nos metimos a ver El día de la marmota. Salimos eufóricos. Este año el BAFICI nos dejó una sensación de desorientación frente a los millones de recorridos posibles. No por la excesiva cantidad de películas que es siempre avasallante y sobre todo dudosa, sino por las posibilidades reales. Estaban las fijas (retrospectivas y focos) y las secretas (las pequeñas alianzas invisibles, como cuando salimos de Joao Bénard y nos dieron ganas de ir a ver todas las otras películas de cinéfilos y gente extraña de la industria). Hoy veo que la mayoría de los recorridos inevitables hubiesen dejado placer e ideas. Esto debería llamarse la grilla cuántica. Hubo cosas que esperaba ver y no estuvieron (Kommunisten, algunas de las nuevas de Benning), y también algunos elementos rancios (como poner a La mujer de los perros en la Competencia Internacional). También aciertos, como una película de apertura que desatara polémicas. Es imposible imaginar cómo se hace un festival público de enormes dimensiones como éste, que tiene que ofrecer una serie de opciones para una masa indiferenciada. El primer paso imagino que es diferenciar algún tipo de masa para la cual uno programa. Me sorprende estar escribiendo esto, realmente, pero esta edición fue bastante inclusiva. Están las películas para los de siempre, las que esperamos buscando información sobe otros festivales de internet más viendo recorridos de críticos afines, y un grupo de películas que nos parecen el relleno espantoso, algo que corresponde a los intereses de alguien que no comparte nuestro grupo. Y hay algunas que probablemente sean improgramables. Hace algunos años que me vengo jactando de que cada vez cometo menos errores en el armado de mi grilla y entre Joao Bénard y la grilla real me dieron una paliza. Cometer cada vez menos errores no es siempre un mérito, es ir siguiendo lo que hay que ver cubriendo casilleros. Elegir las películas como quien hace bien la tarea. De eso se aprende mucho, y sobre todo se está en contacto con una idea de lo que es el cine contemporáneo, pero ahora mejor vendría deshacerlo. En un momento de la semana decidimos ingresar el azar como forma de elección, aunque no mucho. Si me tocara un día de la marmota, ojalá fuera un festival, así esa nueva visión del mundo podría ser completa. Ir hacia la alteridad más allá de ese árbol que tapa el bosque que es a veces la corriente cinéfila dura. Emanciparse es recorrer la grilla de una forma un poco menos programática. Parricidio de grilla.

De todas formas, hemos recorrido la programación (los cuatro pistos más los amigos invitados) como armando el mejor de los mundos posibles. Hemos intentado escribir, nos peleamos a los gritos, intentamos pensar cada día qué es eso que es el cine. Cómo definirlo, cuáles son sus problemas, y cómo armamos nuestro canon. Más tarde, como destruirlo. Mientras avanzamos se nos aflojaron las bases, aunque quedan algunas certezas. Empezamos sin fe, no esperábamos nada de este BAFICI, y nos devolvió la sensación de que algunas cosas del cine son un misterio. Esto es un balance positivo.

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