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BAFICI 2015 – DIA 8

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Por Lucas Granero

Une Jeunesse Allemande (Jean Gabriel Péirot, 2015)

Songs From The North (Soon-Mi Yoo, 2015)

Al pasar los días del festival, comienza a hacerse evidente ciertas ideas (o casualidades) de programación que parecían ocultas cuando las películas eran simplemente títulos en una grilla. Aparecen coincidencias extrañas entre ellas, diálogos inesperados que conectan a los autores de las mismas con una idea o forma de ver el mundo similar, estableciendo así su contemporaneidad. Asi es como encuentro una línea (rara, completamente fácil de destruir, lo reconozco, pero de indudable evidencia) entre los primeros minutos de Lulú, la película de Luis Ortega que más nos gustó del día de ayer, y otras dos que ví en el día de hoy, Songs From The North y Une Jeunesse Alemande, ambos documentales que forman parte de lo más interesante de la Competencia Internacional.

La línea de comunicación que encuentro entre esos tres títulos empieza con una canción. Salgan al Sol, la canción de Billy Bond y la Pesada, suena en la primera y maravillosa secuencia de Lulú, sirviendo de acompañamiento sonoro a unas imágenes que relatan uno de los tantos recorridos que se desarrollan en la película: la búsqueda de las sobras de carne por las carnicerías. Es un momento de una fuerza arrebatadora, que garantiza el grado de intensidad que se mantendrá por el resto del relato. El personaje de Nahuel Pérez Biscayart se cambia de ropa, se sube al camión que maneja Daniel Melingo y comienza a recolectar las sobras del alimento esencial de toda mesa argentina, para luego llegar a destino y dejar que toda esa grasa de las capitales se transforme vaya a saber uno en qué cosa. La idea parece ser un poco burda, pero funciona a la perfección: los desposeídos se encargan de aquello que ya no tiene ningún uso excepto ser basura, el último eslabón en una serie de cadenas (alimenticias y de las otras) que se repiten incesantemente. En varios momentos, Biscayart tirará algunos pedazos de carne por la calle, mientras se moviliza al ritmo de Billy Bond: ¡salgan al sol, revienten!

Mientras miraba Une Jeunesse Alemande pensaba que esa misma canción de Billy Bond podría haberse usado en uno de los momentos de combate callejero entre los jóvenes militantes alemanes y  toda esa forma de mal uniformado a la que consideraban sus enemigos. La película de Péirot es una oda a la lucha y como tal encuentra que ya no existen sonidos capaces de hacer temblar las calles. Es una película que mira al pasado con furia porque encuentra que en el presente no hay espacio para que algo similar a eso que sucedió en los años 60’s y 70’s vuelva a ocurrir. De ahí su tono bellamente desesperanzador, que logra captar las chispas de un enojo contra-todo hoy disipado en todo acto, incluso en las mismas películas que vimos diariamente en el festival y de ahí la potencia de su evocación. Entre la asombrosa y abrumadora cantidad de material con la que Péirot construye su película, la mayoría de ellos pertenece a una forma de arte hoy completamente devorada por otros discursos: el agit prop o film de propaganda, que no eran más que cortometrajes producidos por los propios estudiantes y arrojados inmediatamente cual escupitajo que encendía la llama de la acción. La película pasa de un estado de completa acción para terminar con el Fassbinder de Alemana en Otoño, con toda la desazón que eso implica. Desnudo, recibiendo mediante llamadas telefónicas las novedades del juicio contra la RAF, su fragilidad anuncia la de todo un pueblo y su imagen (y espíritu) no pueden más que remitir a la del otro gran derrotado del festival: Ventura, en la grandiosa Cavalo Dinheiro, otro hijo de una revolución fallida.

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Songs from the North, en cambio, no necesita de la ayuda de Billy Bond. Tal como su título lo anuncia, la película está repleta de canciones, todas ellas pertenecientes al imaginario propagandístico de la China comunista. Estos sonidos, que la directora presenta directamente desde su fuente (extrañas puestas teatrales híper producidas para la exaltación de todo sentimiento), no parecen significar nada para ella, aunque sí para sus compatriotas, de los que se ha distanciado desde hace años, eligiendo el exilio en vez de vivir en un país en el que todo parece serle extraño. Esa extrañeza con la que mira a la China actual parece regir los planos que ella misma filma cuando vuelve al país de visita. Son planos que expresan una incertidumbre total y que no esconden que hay algo de no saber cómo abarcar lo que no se comprende y lo que resulta completamente  ajeno. Aquellas imágenes de archivo se contraponen con las de una sociedad mucho más rígida de lo que su imaginario y puesta al mundo intenta disfrazar y en la que no parece haber espacio para que surjan otras (mejores) canciones.

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Por Lautaro Garcia Candela

La princesa de Francia (2014, Matías Piñeiro)

Arribeños (2015, Marcos Rodriguez)

La distancia y el cansancio se empiezan a sentir. No me acuerdo cuando fue que Lucía estrenó el corto, así que me tomo un descanso de la Competencia Argentina para contarlo por acá: después de dos semanas de sufrir por cuestiones técnicas y sin la seguridad de que se viera bien al momento de la proyección, tomamos dos cervezas cada uno en un cóctel -ya ni preguntamos el motivo- y enfilamos para la función. Amigos de todos lados vinieron y trajeron chocolates (yo también aporté los míos). A las directores las hicieron bajar y presentar las películas pero nadie dijo nada, bien tímidos todos. Nunca había ido a una muestra de cortos ya que eso es cosa de amigos y hasta ahora nadie que conocía había tenido uno: es divertido ver las diferencias y los parecidos que se producen entre los cortos que son (o deberían ser) un poco más libres que las películas. Y más en Muestra, que no es como en Competencia, cosas preformateadas y hechas para ir a Cannes. Antes de Enero vimos un corto muy musical sobre dos chicas que, según la leyenda, están inspiradas en las directoras Lucía y Lucrecia. Duraba media hora, así que tuvimos tiempo de distraernos y hacer chistes, pero ya en los créditos tuvimos miedo (hablo en plural porque si bien no aparezco, hice apoyo moral). Luego empezó y todos suspiramos de alivio: el corto se veía bien. No es su idea ser estético para impresionar a mi madre pero se veía bien. La siguiente preocupación: ¿la gente se reirá? Ahí entendí que es gracioso pero no es para reírse, es para mantener una sonrisa durante varios planos que se sostienen en el tiempo. Lucrecia y Lea están muy bien en su debut actoral, aunque ella no lo sabrá todavía porque no se quiso ver. En uno llamado Futuros Líderes largamos carcajadas, había un humor muy autoconsciente y burdo que nos gustó. Después vino uno que era un videoclip y nos fuimos a Picnic, ese lugar horrible en donde lo único barato son los choclos. Fuimos felices.

Volviendo al trabajo, el último día me esperaba Arribeños, un documental sobre esas tres o cuatro cuadras que son más conocidas como el barrio chino. Está integrado por planos fijos, observacionales, en exteriores e interiores de los negocios y asociaciones, mientras en off escuchamos testimonios de taiwaneses sobre su vida aquí, en Argentina. La película empieza en la mañana y se desarrolla como en un día: termina con una fiesta, con karaoke y todo, de un centro de jubilados, pareciera.

Una película correcta, casi académica: ciertos planos tienen aire, tienen algo que los llene de vida, pero la mayoría parecen bastante burocráticos en su afán de la construcción temporal, del día a la noche. En un momento vemos los festejos del año nuevo chino y en un mismo plano conviven budistas meditando realmente y una mujer mochila Jansport que se saca una selfie en ese lugar extraño. Entre esas dos actitudes uno puede posicionarse frente a la película: como alguien a quien esas experiencias lo movilizan realmente y la unión con los chinos (y taiwaneses) es algo natural o ver esto como una foto extraña de un oasis dentro de la ciudad.

En este Bafici vi muchas películas con pinturas y museos, ya hablaremos de eso. Pero las pinturas más alejadas de lo cotidiano y lo canónico son las del artista que presenta la película, cuyo lienzo son las servilletas de papel: a falta de dinero para comprar el buen papel, usaba esas, lo que les da una textura bastante original. Luego hay un poema, en su idioma original, sobre tomarse el tren en la estación Belgrano C y volver a casa que es realmente bellísimo. No sabría decir porqué pero en estos momentos en los que se renuncia a la fotografía es cuando la película se acerca más a la empatía.

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¿Por qué a todo el mundo en los pasillos le pareció que la nueva película de Matías Piñeiro era el cierre de un ciclo? No creo que ese primer plano maravilloso sea algo cansino o que tenga puesto el piloto automático: busca variaciones sobre un mismo micromundo, nuevos lugares para poner la cámara. De hecho, creo que hay decididamente otro tono, mucho menos festivo. La princesa de Francia es una película un tanto más oscura que Viola. Las chicas están más viejas, no hay esos rayos de luz que inundaban los recorridos en bicicleta de la homónima e incluso la película termina sin la reconciliación que esperábamos (pobres los que se fueron antes de los créditos). Acá ya no hay ensayos para un representación en vivo sino que la idea es hacer una versión radial ya que Victor –luego de un retiro de un año en México- consiguió alguien que bancara ese proyecto. Así que luego de su vuelta tiene que reconstruir las relaciones, esconder otras y reunir al elenco para poder llevar a cabo su proyecto.

Pero no pretendo contabilizar las diferencias entre esta y su anterior película. Todo el tiempo Piñeiro está teniendo ideas de puesta en escena. Pegar planos de besos por diferentes lugares, en diferentes posiciones. Filmar el mismo plano, la mism coreografía de Romina Paula que recorre ese club con diferentes personas. Existen variaciones y repeticiones dentro de La princesa…, por lo cual me parece un poco insustancial compararla con Viola: el juego es ése.

Es ya medio canónica la lectura sobre su filmografía que dice que estos son jóvenes encerrados en quintas, en departamentos, porque hay un afuera que es hostil y que esto está de alguna manera relacionado con el kirchnerismo. No creo que La princesa me dé la sensación de encierro: si no más bien indiferencia o agotamiento con lo que tiene para ofrecer la ciudad (por eso los museos). En un diálogo de la película, Romina Paula, mientras pone carteles para dar clases particulares, hace un buen chiste y dice que “no tiene un mango” o algo así. Estos personajes conocen su clase, saben que nada es tan grave y que todo puede ser un juego si no hay riesgo económico y por eso se permiten una mirada de desencanto con la ciudad –más bien, una relación conflictiva- y la dramatización de sus propias relaciones. Sí, caminan sus calles, y ellas son reconocibles, pero la experiencia de verdad está en otro lado y eso está mucho más claro en esta última película: no hay culminación sino que ciertos hilos de toda su filmografía están más a la vista.

Me da la sensación de que Piñeiro hace cine puro: por más que aparezca Shakespeare, aparezca Sarmiento, sus películas son una especie de forma vacía a las cuales se las puede llenar (o no) de textos. Que en un movimiento en el plano, que en un corte (cada vez hay menos), una entonación, una elipsis, hay libertad formal, por más de que lo quieran acusar de pragmático. Esta es más lineal y más clásica porque hay un pasado, difuso, que hay que recuperar con lo que pasa frente a los ojos. El problema es que ni los propios personajes tienen muy en claro que es lo que pasó o está pasando: se me ocurre que una de las gracias de Piñeiro es saber descomponer esas líneas entre personajes, dosificando saberes, separando y uniendo para que la experiencia de la narración también sea otra forma de exploración.

No ahuyentemos a Piñeiro porque tiene una extraña cualidad: todo lo que toca lo hace cine.

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