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BAFICI 2015 – DÍA 6

Hoy, Garcia Candela (salteándose un día, pero ya lo explicará el) habla de una de las películas más polémicas del festival: la de Campusano. Y en su trabajo de reseñar la Competencia Argentina, se encuentra con un documental sobre Banda de Turistas, con resultados. dispares. Y Salas va a hablar de cómo se quedó dormida. Y después de la gran Sueñan los androides (nuestra favorita hasta el momento), de Ión de Sosa y de La obra del siglo, de Carlos Quintela.

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Por Lautaro Garcia Candela

Poner al rock de moda (Santiago Charriere, 2015)
Placer y martirio (José Celestino Campusano, 2015)

Primero una aclaración: en mis crónicas de la Competencia Argentina falta el día 5 hasta nuevo aviso porque ese día vi Cuerpo de letra, una película mayor y compleja que me va a llevar más tiempo. Por el lado de Miramar, la otra película del programa, sólo puedo decir que es una película que nació vieja: viejo cine argentino queriendo ser nuevo cine argentino cuando nosotros ya estamos viendo el nuevo nuevo cine argentino. Por decirlo de alguna manera.

No recuerdo la primera vez que escuché Química, pero cada vez que sonaba (no pocas veces) hacía esfuerzos por olvidarla rápidamente: una canción casi rockera, casi bailable, alta capacidad de irritarme. No sabía que era de Banda de turistas porque, básicamente, no conocía Banda de turistas tampoco. Los primeros minutos de Poner al rock de moda me mostraron a una banda un poco descontracturada, en los preparativos y en el desarme de un recital en un pueblito de una provincia que no recuerdo: ellos se visten bien, varían entre peinados modernos y peinados de los ’60, y tienen una pose (o una actitud si nos la creemos) bastante avasallante. Son, y la película los presenta como tal, una banda que se va a llevar al mundo por delante. Para eso cuentan con la ayuda y la guía de un supermagnate del rock interpretado por Luis Luque (Modelo en bikini, whisky, habano, casa en la playa y teléfono blanco) que va marcando de alguna manera la estructura de este documental.

Primero, en la parte quizás más disfrutable, escuchamos la creación del propio hitazo que les abrió los caminos y a los chistes que ellos mismos hacen sobre cómo despidieron al rock para poder, finalmente, pegarla. Allí percibimos que detrás de esos arreglos y una producción estandarizada podía haber potencialmente una canción disfrutable: las pistas por separado, la guitarra por un lado, los teclados por el otro, son inocentes todavía. Luego los vemos en un recital en Méjico que casi se suspende por lluvia en una escena bastante dramática en la que tienen que arengar al público para que no se vaya. Todo está intercalado con imágenes en fílmico que quedan super cancheras y condice con todo lo vintage de su manera de vestir y moverse: recuerdo haber asistido de casualidad a la filmación de unos planos ahí en San Telmo y pensar “¡¿Quiénes son estos bananas?!”. Al verlos en la pantalla, todo tuvo sentido.

Charriere, al que presumo amigo de la banda, asiste a las discusiones sobre su futuro luego de la explosión. La discográfica, Luis Luque, el sistema, como quieran llamarlo, le pide un disco dentro de tres meses con una determinada duración de canciones (once), lo cual es un problema ya que “los turistas” tienen sólo tres temas y encima se van de gira en el medio. Casi que ni se maneja la idea del no, de ignorar las expectativas y pensar en la música, así que la solución será la de “escupir escupir escupir” canciones, lo que en realidad es mandar fruta. Si eso les salió bien en el disco nunca lo sabré, porque a mis 65 años ya no estoy para escuchar esas cosas. Pero el documental casi que lo disfruté porque el Bafici también es tolerancia.

En un documental catalán que se llama Sobre la marxa hay un personaje, Garrell, que construye castillos, ciudades enteras de madera en la selva. Él mismo se filma en esos lugares como Tarzán, como uno de los últimos de una especie que vive conectado con la naturaleza y le transmite sus conocimientos a su hijito, su aprendiz, que en la vida real es su sobrino. En un momento unos drogones, vándalos, queman y rompen todas sus construcciones: él decide poner incluir eso en sus ficciones como el crepúsculo de una vida que ya no va a existir más, así que se filma dándole consejos a su hijo sobre cómo el hombre moderno está destruyendo la selva. Ahí es cuando la voz en off dice algo así como: “En ese momento Garrell se convirtió en un buen cineasta, porque supo hacer convivir en sus películas lo que le gustaría que sea el mundo con lo que realmente es”. Esa es para mí una descripción bastante acertada de lo que significa alguien como José Celestino Campusano, un sobreviviente de otra época que cuenta historias que dice que están inspiradas en anécdotas reales pero que las cuenta como a él le gustaría, con un viejo sentido del honor y del lenguaje pero englobadas, encerradas, influidas por esos ambientes del conurbano que “son” por sí mismos, de manera real, directa, casi dolorosamente directa.

Eso es aplicable a casi todas sus películas y eso es lo que lo hizo casi un OVNI en la cinematografía local. Pero en Placer y Martirio no existe esa super-realidad de sus ambientes, sí  existe un argumento que uno puede imaginar tomado directamente de la vida, si es que tal cosa se puede hacer. Está Delfina, una diseñadora gráfica con estudio y todo, que vive de una herencia en un departamento de Puerto Madero y tiene, en orden de importancia, una camioneta, una hija, amigas y un esposo. Y está Kamil, un señor un tanto misterioso, de rasgos que no puedo identificar su procedencia, que la enamora de manera total en una escena que está elidida de manera muy extraña: recién los vemos juntos cuando él ya la hechizó y se besan (un beso de los más poderosos que he visto en el cine) con la promesa de volver a verse. Kamil siempre mantiene una actitud distante, esquiva, como si la relación no necesitara avanzar, no baja la guardia nunca y cuando ella se permite preguntarle una infidencia (si utiliza viagra) comienza la degradación. El mismo director en una entrevista desliza que su protagonista es un chanta y que en realidad es todo una farsa, pero por suerte la película se ubica en un lugar un poco más ambiguo, en la que sus extrañas presencial -mitad virtuales mitad reales- y su tono que parece calmado pero al borde del enojo son fundamentales para esa indeterminación. Campusano no pierde la crudeza y filma cosas bastante asquerosas por un lado, pero también bajezas de todo tipo sin que nadie dentro de la película se cuestione mucho. Allí hay algo que se está pudriendo y su final es el reflejo de eso.

Una única objeción (más allá de la música, pero de eso ya nos acostumbramos): el personaje de la empleada doméstica que termina siendo la reserva moral de esa familia. El único personaje que podría haber participado de películas anteriores de Campusano, en las cuales podría haber tenido matices, en esta es una mujer santa, y si bien tiene sus deslices con el Rivotril (“agarrá la tabletita empezada” le dice Delfina), junto con la amiga es la única que está ahí para ayudar, entendiéndolo todo desde un papel secundario.

Hay un trasfondo fantástico que surgió al charlar la película: la sangre, las desapariciones espontáneas de Kamil, la conciencia alterada por los psicofármacos de Delfina, la escena de la careta de su hija. Eso más tarde Lucas lo escribirá mejor. En El perro Molina, se notaba que habían comprado una grúa recientemente y que la usaban todo el tiempo, en cambio acá no hay grandes movimientos de cámara y cuando aparecen tienen un sentido, como en la escena en la cual ellos se fotografían cogiendo. Campusano está haciendo más rico su lenguaje, incorporando elementos, haciendo cada vez más sobria su puesta en escena sin perder su cadencia de actores y sus parlmentos extrañados: nos sigue obligando a, como dice él, aprender a escuchar.

por Lucía Salas

Dia 6 – Cualquier cosa

Trabajar durante el BAFICI es una distopía, sólo que vista desde el futuro, que es el presente donde uno se da cuenta de que lograr hacerlo era un bello sueño de juventud. Nada funciona, el sueño aumenta, la atención disminuye.

Un poquito más cerca del colapso fui a ver dos distopías y en la primera me dormí por lo menos la mitad. Dormirse en el cine solía ser algo voluntario. Ahora me resulta incontrolable. Debe ser que cada año olvido mis técnicas y tardo en recuperarlas: café, caramelos, gaseosas con cafeína y posiciones estratégicas. Sospecho que a los desconocidos les pasa, entre los amigos nos vamos viendo. Ridiculeces pero al fin y al cabo ayudan.

La obra del siglo de Carlos M. Quintela en competencia internacional sucede alrededor de unos reactores nucleares abandonados en Cuba a principios de los ’90. Los protagonistas, padre e hijo, fueron a la URSS para que el padre se capacitara de ingeniero y ya están de vuelta. La película tiene algo de distopía (junto a la utopía de su reactor) y por lo que vi, sería bueno volver a verla con la gente de Velocirraptors , quienes dedicaron el último número de su revista a la energía nuclear. Pasé toda la noche imaginándome como era la película, intentando reconstruirla. Al final empecé a inventarme películas que hubieran hecho otro, como una Breve Cielo en la que el protagonista es hijo de ingenieros formados en la URSS y tiene acento extraño, mientras que la chica es hija de campesinos. Pero no me cierran las fechas. Quizás la película sea algo así.

Sueñan los androides (como lo fue ayer La sapienza, porque aunque este es el día 6, hoy estamos en el 8) es de esos objetos que te salvan del colapso. Consideramos a Chema García Ibarra, uno de los guionistas de la película, un amigo de Las pistas. No lo conocemos en persona, sólo hablamos con él una vez para pedirle su película Uranes, pero sin embargo parece un tipo muy amigable e interesante de seguirle el paso. Llegamo a él por casualidad. En una materia, un amigo nos trajo su corto El ataque de los robots de nebulosa-5 (El ataque de los robots de Nebulosa-5), que no me gustó mucho. La verdad no me gustó nada. Era un corto extrañamente alegre, extrañamente ligera con la perturbación pero consciente. Me parecía una especie de fetichismo de lo extraño, a lo Strickland. Después vimos Uranes y me di cuenta de que estaba equivocada. Uranes, El ataque… y Sueñan los androides son un tipo de ciencia ficción muy poco frecuente. En si, comparten elementos con el bodrio de ayer, Above and below. Pero hay algo en estas que las distingue. Los elementos son eso de nuestro mundo que, sacado de contexto, parece venido del futuro. Y a veces en contexto también. Dubai, por ejemplo, o en este caso Bali, o alguna enfermedad. El mundo es un lugar extraño, y esa extrañeza es observable peo también material para la invención. En ese mundo también hay amigos, familia, gente con los que uno hace chistes, hace películas. Gente que también sacada de contexto es un poco ovni. Un poco consciente, un poco negro, como una fiesta en la que la gente convive con fantasmas y le encanta. A demás, está Lopez Carrasco (El futuro) en lugares importantes de los títulos, así que teníamos fe ciega en que habría buenas canciones.

Sueñan los androides sucede en la tierra en el año 2052. Es una transposición del libro de Dick ( Sueñan los androides con ovejas eléctricas) centrado en lo mejor que tiene el libro que es la obsesión por tener una oveja. La oveja se vuelve un objeto sumamente preciado al ser la única que queda, y se necesitan una serie de recursos y garantías para obtenerla. Por otro lado, este hombre de las ovejas persigue y mata a una serie de personas que aun están en la tierra. Han de ser replicantes. En la película casi nadie habla, salvo por la transacción de las ovejas y una conversación entre una pareja y un amigo que viene del espacio, contando como intentó pasar bastante cocaína en el culo. Dos conversaciones, un mundo donde hay humanos (pocos), replicantes (muchos) y ovejas (una). La película, cargada de buenos chistes (o por lo menos buenos humores) y recuerdos familiares, parece ser una especie de raconto del último día de la tierra. O por lo menos de sus últimos momentos felices. Esta felicidad es bella y terrible, bastante perturbadora. Eso de los fantasmas bailando en el living.

La película pasa con creces el crisisómetro del que hablamos allá por el día 1 (en cuanto a Los exiliados románticos), ya que de ese planeta vienen sus fantasmas. A demás, tiene la extraña cualidad de zafase de la alegoría, ¡albricias! Creo que hemos llegado a eso que andábamos buscando: vida. Así que como al otro día estrenábamos corto con Lucrecia (Enero, muestra de cortos 2), nos fuimos a dormir temprano y contentos.

 SUEÑAN-LOS-ANDROIDES

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