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BAFICI 2015 – DÍA 4

Garcia Candela se pone tanguero y elogia Victoria, la mejor película de música en un festival en la que hay muchas películas de música. De Guido Models mejor no hablemos. Salas se pone nerviosa porque no encuentra su Sipo’hi y se pelea con Gonzalez Cragnolino, un crítico que escribe en lugares que nos gustan. Mientras, escribe sobre Archie’s Betty, The Kindergarden Teacher, Above and below y la de Sarah Records.

Victoria-Villegas-ok-600

Por Lautaro Garcia Candela

Guido Models (Julieta Sans, 2015)
Victoria (Juan Villegas, 2015)

En la jornada cuatro, dos documentales que pueden servir como ejemplos de polos opuestos sobre como pensar el mundo. En Guido Models, de Julieta Sans existe un acercamiento que responde más a lo irónico, a la curiosidad, a la antropología: lo digo sin ponerme en policía ideológico pero no hay alegría en la película, cuya falta hace que todo lo demás me resulte menos interesante y que surjan entonces todos los cuestionamientos ideológicos. Alguien podría decirme que Guido Fuentes y sus modelos, aledañas también a la Villa 31, no tienen muchos motivos para estar alegres, pero la película esquiva inteligentemente algunos lugares se comunes sobre la pobreza y las villas para quedarse en otro aún peor: la falta de riesgo. Hay una mirada que pretende invisibilizarse, sin comentar nada.

Los encuadres dejan ver los pasillos, las viviendas de una manera bastante natural y a las personas insertas en ellos, lo que no mostraría un problema si esto fuese una fotografía. Pero las cosas están en movimiento y ellas, las chicas, siempre se ven incómodas frente a la cámara porque las hace posar y no saben dónde dirigir la mirada, donde poner sus manos.

La contracara es Victoria, la cuarta película de Juan Villegas. Porque la protagonista, Victoria Morán, una cantora de tangos –en el sentido amplio- secreta por la mayoría de los neófitos en el género, no se deja capturar de manera tan fácil. Y eso no quiere decir que Villegas haya sido insistente o que haya ensayado diferentes estrategias para capturar momentos privilegiados, sino que su actitud nunca es condescendiente frente a la cámara.

La mayoría de las escenas de la película, salvo los primeros recorridos en transporte público –descontextualizados podrían parecer de Guido Models, pero si lo pensamos la diferencia es descomunal- transcurren de entrecasa. Ella, a falta de un trabajo fijo (entrecomillemos eso) hace las cosas de la casa, cuida a su hija, recibe amigos, da clases, arregla fechas. Todas cosas hechas de manera artesanal y allí un poco se juega su identidad ya que Victoria se define, en principio, como una artista autogestionada y eso hizo que a todos sus movimientos les haya encontrado una dimensión extra: la del amor con lo que hace. Cuando la música aparece, eso es casi palpable. Por eso son tan importantes las canciones entre amigos, en los geriátricos, en las clases, porque gran parte de su gracia está en su gratuidad.

Cuando las cosas van en serio, se tiende a cortar el momento, como si fuese más importante la preparación que el propio acto de la canción. De hecho, la puesta en escena es austera, retraída, como si implicara un paso atrás del director para que la cantante se luzca. O que en realidad, pensándolo mejor, considerando la falta de planos virtuosos, nada se luzca. En el bellísimo último plano ella nos priva de su mirada y se pone de espalda, en tres cuartos, corriendose un poco del centro, como hacen los que saben, como hace Villegas, para privilegiar cosas más grandes e importantes: las canciones y todo lo que confluye en ellas.

archie ap comic

por Lucía Salas

Día 4: Buscando

Archie’s Betty (Gerald Peary, panorama)
La maestra jardinera (Nadav Lapid, Competencia Internacional)
Above and Below (Nicolas Steiner, Competencia Internacional)
My secret world: the story of Sarah Records (Lucy Dawkins, música)

La frase del momento: ¿eso fue ayer?. Los días parecen estar separados por semanas de tanta información que cargan.

La primera película del cuarto día fue Archie’s Betty, lugar al que caímos un poco por sugerencia de Martín Álvarez y otro poco porque decidimos variar la grilla llenándola de desvíos. El plural viene con el previamente recomendado en twitter Gonzalez Cragnolino (SGC), que ya está de vuelta en Córdoba.

SGC es una buena némesis. Todo lo que a mi me gustó hasta el momento, a el le pareció una porquería. Todo lo que a mi no me gustó, a el lo convenció de alguna manera. Salvo Bird People, que es de las unánimes.

Después de la primera película del día me han retado con razón. No es bueno para el pensamiento salir saltando de todas las funciones (aunque capaz se me acomodan algunas neuronas). Pero es mi estado actual, así que voy a hacerle compañía. Archie’s… es una película bastante simple. Peary escuchó en algún lado que los personajes de Archie están basados en gente real y decidió salir a buscarlos. Persigue a varios, encuentra algunos compañeros de obsesión, arriesga hipótesis y las arma, para después ir por otro lado. Así investiga Peary: linealmente, -como el tipo de edición- una cosa a la vez. Nada de caos pero bastante velocidad, ya que arma y desarma al personaje de Bob Montana (el creador) y su red de relaciones unas cuantas veces.

Es un poco anticuada, sobre todo en su relación con el archivo. Y anima con voces las historietas. Archie’s Betty es como una de Hollywood clásico. No las excepciones, sino las reglas. Esos objetos sencillos, basados en la repetición de cierta fórmula resuelta con ingenio, el suficiente para tener alguna forma de existir, o sea de distinguirse. Algo más bien corriente, voluntarioso y apacible, con destellos de extraordinario. Como dice Peary: es el home town. Me hace pensar en Kiss me stupid, de Billy Wilder. Jamás me acuerdo cual es. Cuando la googleo y me acuerdo que es esa en la que Dean Martin se quiere levantar a la esposa del profe de música ermitaño, que no ve nada más allá de la punta de la nariz. Y me acuerdo otras cosas: era increíblemente alegre, festiva y juguetona. Como una de Wellman: hermosa, por lo general nothing fancy.

Alguna vez Leandro Naranjo me contó su teoría de que son las películas chiquitas las que verdaderamente le importan. Por ahí lo estoy diciendo mal. Algo de que Los paranoicos se estrenó el mismo BAFICI que Historias Extraordinarias y eso la eclipsó, cuando no debería haber sido así. En ese momento lo saqué cagando, me parecía derrotista y un poco celebratoria de la medriocridad. La idea, no la película. Pero Los paranoicos no es una película mediocre, sólo no es inmensamente grande. Voy de a poco entendiendo el punto de Naranjo.

Luego pasamos a una película enorme. La maestra jardinera es más o menos así: para hacer un círculo perfecto la técnica más efectiva, sin moldes, es hacerlo con un hilo y un agujero en una superficie. A demás de sus muchos planos secuencia circulares, la película tiene una forma de dar vueltas, de recorrer lugares sin perder el centro que se parece a eso. Una maestra jardinera descubre que un alumno es un prodigio de la poesía y hace todo lo que se le ocurre para buscarle reconocimiento. Comienza a obsesionarse, todo se pone peligroso. Hay una idea de no poder negar lo que uno es, y que lo que uno es, es lo que hace. Eso se traslada también a la película, cuando pasan cosas perturbadoras como un montón de soldados israelíes saltando y bailando como locos en la casa de la maestra. La película, como el círculo del hilo, se agranda y se achica, toma otras formas según el espacio (el jardín, la casa, el taller de literatura, el bar de los bailes) y de los personajes (los hijos, el marido, los alumnos, la nana), a la manera de un zapping orgánico.

Hay algo que flota en la película por sobre eso, y metido en el medio, que es un malestar. A la salida del cine, con este tema en la cabeza, me di cuenta de que el malestar era físico. Una especie de palpitación. No se si no es más producto de un efecto que de una toma de conciencia.

Above and below se deschavo fácilmente: tiene que ver con los suizos de ayer, los de los despechados, según leí nuevo. La película comienza con lugares abandonados que hacen recordar el shopping de Dawn of the dead de Romero y en seguida se instala dentro de las ciencia ficciones construidas a base de elementos de la realidad palpable (shoppings abandonados, desiertos, túneles, tu casa). Empezó interesante, pero en seguida tomó los problemas del documental de ciencia ficción. El mayor es que la tendencia suele ser pasarse de vivo, de alegórico o de miserable. Es una búsqueda que en realidad suele no ser ninguna búsqueda. Por ejemplo, nuestro corto Implantación (nos pasamos de vivos). En este el camino fue el de lo alegórico hasta donde vi, porque si se ponía miserable fue después de que nos fuéramos de la sala. El único que la pega ahí es Adirley Queiroz con Branco Sai, preto fica, que es brasilero y no suizo como mis nuevos enemigos fílmicos (digitales en realidad).

Por último, My secret world: the story of Sarah Records. Fuimos con una serie de fanáticos de Blueboy amigos de García Candela y Martín Campos, estrella del lo-fi mediterráneo. La pareja de cinéfilos, ni idea de nada teníamos así que fue bastante educativo todo (a la vuelta se nos taró el soulseek y todavía no lo pudimos hacer arrancar).

Algo que me decía Lautaro es que en este tipo de películas, documentales digámosles expositivos sobre cosas como sellos, movidas culturales, personajes ilustres hechos por personas mayormente desconocidas en el mundo del cine, nunca se ve el vínculo del director con el asunto. La distancia sujeto-objeto nunca está del todo clara. La película se llama Mi mundo secreto… pero el mi no sabemos donde queda. Tiene muchas anécdotas geniales, como una en la que la pareja creadora del sello se va haciendo dedo y durmiendo en bolsas de dormir (en Inglaterra, lugar donde el fresco matinal debe ser aterrador) para ir a ver a las bandas que representan a otros pueblos, porque ellos son de Bristol. O de cómo mandaban cada disco que encargaban con una notita, y así empezaban decenas de relaciones epistolares con los oyentes. O también de cómo sobrevivieron a que los críticos dijeran que eran el cáncer de la música.

La película sale de un amor un poco en sordina, deja buenos recuerdos. A cambio les dejo este video de Campos, por si Dawkins llega alguna vez por estos lares.

El día en general fue tranquilo, o por lo menos equilibrado. Me dejó una especie de culpa, algo sobre tener la vara un poco baja. Pero por otro lado, ¿para qué quiero una vara?

Hay algo que todavía no encuentro, y creo que un poco es que está ausente y otro que no estoy buscando activamente. Se llaman las Sip’ohis, las películas del festival. En 2011 fue Sip’ohi (Lingiardi y Bustamante), y en los años siguientes me he cruzado varias. Horizontes de piedra (Viñoly Barreto, 1956 vista en 2012), 75 habitantes, 20 casas, 300 vacas (Dominguez, 2012), Dos metros de esta tierra (Ahmad Natche, 2012), Le terrain (Bijan Anquetil, 2013), Después de la lluvia (Marilia Hughes, Claudio Marques, 2013) Mauro (Hernán Roselli, 2014), Branco Sai, preto fica (Adirley Queiroz, 2014). Son películas materialmente chicas, pero fundadoras de momentos enormes que inyectan vida y pensamiento.

Una profesora de mi colegio, cuando nos sermoneaba por alguna cosa, tenía la manía de citar mal a Foucault. Entre otras cosas, porque se limitaba a repetir nombres de libros: vigilar y castigar chicos… vigilar y castigar. Voy a aplicar lo que aprendí en el colegio. Si bien aun no encontré nada, en el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza.

De todas formas, se aceptan datos.

adayfordestroying

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