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BAFICI 2015 – DIA 2

Hoy, Morales escribe sobre The Royal Road, una con la que se aburrió un poco. Garcia Candela empieza con su  cobertura de la Competencia Argentina con tres: Madre de los dioses, Al centro de la tierra y Mar. Granero copara dos que le gustaron: Stinking Heaven y Queen of earth. Y Salas también vio Mar, le gustó, pero más le  gustó Bird People.

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Por Iván Morales
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The Royal Road (Jenni Olson, 2015)
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Desde que el BAFICI creó la sección “Vanguardia y Género” se han podido ver ahí unos cuantos descubrimientos que escapaban a la relativa previsibilidad que naturalmente puede sufrir todo festival de cine, ya sea porque en el cine contemporáneo van formándose tendencias que pronto se vuelven fórmulas repetidas o porque el propio festival va definiendo y estandarizando un perfil en sus secciones principales. Pero también es cierto que los dos conceptos -mil veces transitados y de mil maneras significados- que componen el nombre de esta sección pueden caer fácilmente en la trampa de representar cualquier película cuyo vanguardismo esté más cerca de lo previsible que de lo novedoso, si es que esto último todavía es posible. De hecho la sección, no ingenuamente, coquetea con la doble acepción de su nombre: por un lado, el oxímoron entre la vanguardia (lo nuevo) y el género (la repetición); por el otro, la vanguardia asociada con los géneros sexuales.

The Royal Road pareciera existir para encajar en todas estas definiciones de manera tan perfecta que antes que una película es un paper académico. Como si se tomase demasiado en serio la categoría de cine-ensayo, aunque muy lejos de cineastas como Chris Marker o Thom Andersen, Jenni Olson en una hora de película expone una clase de historia sobre San Francisco, sobre el cine de Hollywood y sobre teoría de género, con citas de autoridad, notas al pie, definiciones de diccionario, fuentes históricas y mapas informativos sobre la guerra entre Estados Unidos y México.

El “Camino Real” al que hace referencia el título consiste en un trayecto histórico que unía las misiones religiosas entre México y San Francisco y que Olson retoma para hablar de su biografía personal mediante el uso de la voz en primera persona. Ese relato biográfico abunda en reflexiones sobre la transformación y el dudoso estilo colonial de la ciudad, las melodramas clásicos que marcaron las pasiones de su vida y la relación amorosa con una mujer que tuvo en un pasado difuso explicado a través de asociaciones con (como no podía ser de otra manera) Vértigo de Hitchcock. En el fondo de todo eso están las bellas imágenes de San Francisco en las que la directora no parece confiar en dejar que hablan por sí solas.

Así, The Royal Road es una película diseccionada desde su concepción. La vanguardia estaría en los planos contemplativos de los paisajes de la ciudad, el género cinematográfico (genre) en las referencias a Hollywood sin dejar de explicitar sus configuraciones de masculinidad, y el género (gender) en la verbalización en primera persona de sus derivas emocionales, que a esta altura del cine documental contemporáneo se han ido convirtiendo más bien en un tratamiento terapéutico para los directores que en una propuesta estética integrada a la totalidad de la película. Tan políticamente correcta que tampoco olvida referirse al sufrimiento vivido por los mexicanos y a la injusticia de la guerra.

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Por Lautaro Garcia Candela

En una primera mirada al catálogo, muy preliminar, sentí que no conocía a nadie de la Competencia Argentina (aunque luego en comparación con la competencia del año pasado no era tan grave) así que mi intención es ver todas. Si bien ya empecé mal, porque camino a ver La sombra me arrastraron casi contra mi voluntad a ver Stinking Heaven, estoy en camino.

Ponerle capítulos a una película es meterse en terreno pantanoso. Si los capítulos se llaman Apocalipsis, Iluminación y Génesis, más aún. A Madres de los Dioses, la primera película que vi de la Competencia Argentina, le encanta revolcarse en el barro, como si pensara que esa es una manera de volver a la naturaleza. La historia, fragmentada, la cuentan y la actúan cuatro mujeres que van a vivir al Bolsón sin hombres -queda antipático decir que es porque ellos las dejan, pero es así- y se refugian en diversas religiones, cambiándoles radicalmente su manera de vivir. En ese sentido, la tarea y el mérito de Pablo Aguero son enormes porque retratar la vida de esa mujeres a tal nivel de intimidad requiere paciencia, dedicación, simpatía. Llegar a ese círculo en el cual las mujeres realmente trabajan frente a su cámara es realmente difícil: en esos momentos es donde creo que es posible llegar al conocimiento. Aunque sin embargo, cómo se da a conocer ese mundo es lo que me resulta sospechoso, de manera muy transparente ellas se desnudan frente a cámara y pueden bailar dos o tres minutos sin parar en un plano cenital. O el trabajo fue descomunal o en realidad en esos movimientos que realizan las mujeres, cómo se desenvuelven no es más que una máscara o una pose. El riesgo es, entonces, que detrás de ellas no haya nada.

El feminismo -o al menos un feminismo-, me resulta irritante en casi todos los contextos. El espiritismo, más aún. Esta película saca lo peor de ambas cosas y las une sin ningún tipo de miedo al ridículo, intentando dar sentido, unidad, a algo que no lo tiene, a fuerza de vaguedades. Allí se manejan esos conceptos de manera muy difusa en la cual ellas van “al sur” y son todas “religiosas”, sentandas al borde de un fogón en la cual la jefa, Geraldine Chaplin, canta un texto sobre que ellas son las madres de los dioses (!). El problema es que pareciera que todas las religiones dan igual y conviven sin problema el islam, el budismo, una mapuche y una que todavía no terminé de entender. Movimientos ampulosos de cámara, iluminación contrastada, y un foco muy blando le da una impronta a las acciones de las mujeres mística cuando su poder está en algo un poco más material: la voluntad. Aguero las respeta demasiado, las eleva a un nivel en el cual pareciera estar de acuerdo con ellas en todo y no creo que se pueda estar de acuerdo con el islam y el budismo al mismo tiempo.

Mar es una película que termina siendo más interesante que lo que su línea argumental (pareja en la costa se pelean) propone. Está pre-formateada en su forma -impecable a su vez- y sólo pude percibir un riesgo, algo que escapa: los planos frenéticos, casi abstractos, abajo del agua, que se corresponden al movimiento de Mar (el protagonista, Lisandro, el mismo que el de La Paz una película que tiene la autoconciencia que ésta necesita) cuando se mete al mar. Éstos funcionan como separadores entre situaciones dramáticas que el propio personaje causa con su apatía e inestabilidad. Da la sensación que a la película no le interesa mucho nada, como si filmara de una manera muy lejana, desconociendo a quien filma. El protagonista por su naturaleza le escapa a la frontalidad, pero su novia también se ve borrada por otro personaje, el de la madre. Todo es una excusa para llegar a ese personaje, para llegar a esa sórdida relación filial. Más allá del mambo edípico y sin irnos en psicologismos, hay algunos momentos incómodos en la cual la bajeza de la madre fundamenta la película. Ella es la único elemento intenso: el final, la quema del coche y todo lo demás se ve afectado por un manto de indiferencia, apatía, que terminará haciendo que esta película se diluya con el correr de los días.

Sobre la de Daniel Rosenfeld de la cual escuché cosas muy malas pero que a mí me terminó gustando: la película tiene una impronta documental -o mejor dicho: el nivel de intervención es mínimo- porque los personajes, los actores si se quiere, están reconstruyendo hechos ya acontecidos. Eso enrarece todo, y eso que el argumento ya es bastante raro: un padre, ya viejo, de dos chicos, es un buscador de OVNI’s y se los pasa filmándolos. Tendrá un viaje a la capital y un viaje a las montañas. Allí es donde destacan las panorámicas de la película, un paisaje extraño, casi -valga la redundancia- extraterrestre. Durante esos recorridos, esas caminatas hacia el final de la película, hay un procedimiento que delata lo ficcional de la película y produce una distancia con el personaje: siempre está encuadrado de manera frontal, con todo lo que está a su espalda rodeándolo; o vemos un gran plano general -similar a alguno de La mujer de los perros- en el cual él camina pero su movimiento es ínfimo respecto a ese espacio. Es decir, nunca compartimos su mirada. Esta distancia también se ve en los momentos que elige la película para dejarlo en ridículo, un poco provinciano y desactualizado, como cuando camina por la ciudad que lo excede o cuando habla de los adelantos técnicos necesarios para avistaje.

Si la película no cruza el límite de volverse cruel es porque hay una mirada, que no es la de la puesta en escena, sino la de hijo, su alumno en esta tarea tan extraña, al cual no le interesan los OVNI’s si no su viejo. En un marco de grandes panorámicas, de extraterrestres, de Fabio Zerpa, el acto de filmar a un padre -incluso desobedeciéndolo- y aprender de él, es el amor en estado puro.

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Queen-of-Earth
Por Lucas Granero
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Queen Of Earth (Alex Ross Perry, 2015)
Stinking Heaven (Nathan Silver, 2015)
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Tanto Stinking Heaven como Queen of Earth pueden ser vistas como extraños intentos de acercamiento a una película de cámara, en la que unas pocas locaciones sirven de contexto para que unos pocos personajes desarrollen un dramatismo exagerado, casi siempre al borde del colapso. Ingmar Bergman posiblemente sea quien mejor haya configurado los tópicos y características de este tipo de cine, cuyo máximo ejemplar es Gritos y Susurros (1972). Su extensión por el panorama del cine de los 70’s fue por demás vasto y encontró fuerte adhesión entre algunos admiradores explícitos de Bergman, como Woddy Allen, que haría su propia versión de cine bergmaniano en Interiors (1978), pero también en Robert Altman, cuya olvidada Images (1972) toma de apoyo Alex Ross Perry para construir su propia versión de drama intimista.

Cambiando por completo de tono, aquella neurosis cómica que compartían los personajes de sus dos películas anteriores, The Color Wheel y Listen Up Phillip, muestra ahora una nueva faceta que acaso siempre estuvo peligrosamente dormida pero dispuesta a despertarse apenas el vaso de la paciencia se rebalse del todo. Si el Phillip de Jason Schwartzman se volvía insoportable hasta el hartazgo con su propensión a la oralidad desenfrenada y sus constantes ínfulas de artista superado, los dos personajes femeninos que conviven en Queen Of Earth se destrozan mutuamente en actos pasivo-agresivos que aumentan su fuerza a medida que los días pasan en la cabaña que habitan con el propósito de curar sus males senti(mental)es. El estado anímico de ambas resulta por demás tóxico y termina contaminando cualquier tipo de posible sanación, alterando hasta la tranquilidad bucólica del paisaje que las rodea. Perry trabaja con mínimos elementos y a todos ellos logra sacarle provecho, pero de lo que más se beneficia es justamente de esa naturaleza a la cual demuestra manejarla de igual manera que a sus dos actrices, utilizando una variedad de rangos inusual en su habitual velocidad narrativa. Aquí los días pasan lentamente y con ellos todo se va tornando cada vez más hacia el lado de lo demencial. Cuando la percepción de la realidad se vuelva difusa y todo tienda a asemejarse a una alucinación paranoica, el bosque será el elemento clave para la construcción de un clima ominoso que llevará al relato hacia un impensado viraje terrorífico donde los reflejos del lago asumirán un lugar preponderante en la pérdida de identidad que afectará de manera manifiesta a una de las mujeres y de la cual la otra sufrirá las consecuencias. Si en sus dos películas previas los elementos básicos de la comedia americana independiente eran derribados al conducirlos hacia sus puntos mas extremos, en Queen Of Earth Perry conjuga el psicologismo arrebatado del Polanski de Repulsion (1965) con la tensión envidiosa hasta la locura del Fassbinder de Las lágrimas amargas de Petra Von Kant (1972) – dos ejemplos de pelicula de cámara radicales -, logrando que su cinismo se vea notoriamente enmudecido. Lo que consigue es una nueva muestra de su talento en constante expansión.

Si en la película de Perry la realidad se trastoca a medida que la conexión con el mundo de sus protagonistas ve cada vez más afectada, en Stinking Heaven el mundo ya comienza siendo un lugar pesadillesco del que nadie parece salir ileso. Aquí también hay una casa que cumple su rol como espacio de posible sanación y un grupo de personas violentamente frágiles que encuentran en el mismo un ambiente en el cual poder sentirse mínimamente importantes para alguien más. Una comunidad de adictos en recuperación que viven una vida hecha a la medida de sus debilidades y cuya armonía fácilmente quebradiza entrará en conflicto cuando el pasado se haga presente. Nathan Silver ya había demostrado cierta destreza en la construcción de retratos de personas cuyas vidas se ven extrañamente suspendidas y en Stinking Heaven repite la fórmula extremando los medios. La calidad deliberadamente sucia de la película, filmada enteramente en video, intensifica la sensación de estar siendo testigos de un universo en pleno declive del que la belleza fue hace rato desterrada. Con un estilo que se asemeja al del cinema-verite mas crudo y directo posible y que voluntariamente se denomina heredero de los dramas de actualidad de Allan King, Silver centra su película en los rituales de convivencia del grupo, haciéndonos testigos de sus extrañas sesiones de representación de traumas del pasado que se alternan con extasiados jams musicales dignos del clan Manson. Hay una intensidad permanente en todo lo que su cámara registra y muchas veces su predisposición máxima a la improvisación concluye en escenas donde el dramatismo exagerado de los actores termina por hacer demasiado evidente el artificio. Sin embargo, no creo que se trate de una película decididamente cruel hacia sus personajes. Hay algo honesto en la crudeza del retrato que impide que todo se vuelva un mero ejemplo de exploitation amarillista. Muchos de sus momentos me hacían acordar a Tulsa, el mítico libro de fotografías que Larry Clark tomó a su grupo de amigos en los 60’s, con el que Stinking Heaven comparte su afinidad hacia lo marginal. Aún así, es en las escenas donde el volumen de lo dramático no está subido al tope en el que se encuentra el verdadero punto de interés de la película. Se trata de aquellos momentos en los que la intimidad del grupo escapa de la pesada mirada de sentirse todo el tiempo al borde del precipicio y la felicidad penetra aunque sea levemente, como en el inicial momento de celebración por el casamiento de dos de ellos. Por supuesto que para Silver la felicidad es solo un estado en la mente y por ello mismo solo puede durar muy poco: el cielo apestoso sobre sus cabezas no les permite ver más allá de su propio mundo desolado.

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Por Lucía Salas

BAFICI DIA 2: entrar por la ventana

Mar (Dominga Sotomayor, Competencia Argentina)

Bird People (Pascale Ferrand, Retrospectiva Pascale Ferran)

En una entrevista que le hacen a Rejtman en Cinéfilo, dice que el fuera de campo no existe, que lo único que hay es lo que ves. En Mar pasa algo de esto. La mayoría de sus planos, oblicuos, siempre cortando partes del cuerpo de los personajes (un brazo, medio torso, o hasta la cabeza), hechos como si estuviesen un poco más cerrado de lo planificado, no hacen pensar en el resto del cuerpo, el resto del espacio, metonímicamente, sino sólo en lo que está ahí.

Lo mismo sucede con su trama, su estructura, todo. Es como si la base de esta película (una pareja que se va de vacaciones a la costa y la relación del tipo con us madre) hubiese sido tomada para trabajarla y luego cortada. El fuera de campo, la vida de ellos, todo lo que no sucede queda fuera de cualquier evocación. Quizás sea eso y las escenas , que siempre comienzan in media res, que me generó un efecto psicótico de llegar a pensar que eso que estoy viendo sucede en vivo frente a mis ojos.

La película integra sucesos de un verano en Villa Gesell (el rayo que cayó en enero de 2014) y algunas secuencias o sucesos (fiestas, alcoholismo materno, alguna sugerencia de deseo por otros) como si fuera corriendo ir entrando a las casas por la ventana. Mar es una película muy concreta, muy depurada. En eso recuerda un poco a Mauro, en esa forma de recortar el tiempo y los espacios. Son películas que se van acercando cada vez más a una forma de ser de la vida, sobre todo del conflicto.

Después de eso Ale Cozza nos convenció de ir a ver Bird People, película que tenía como posible para el domingo. Dijo esto: la primera hora y media no es muy interesante, pero la media hora final son increíbles. Parece un mal trato, y no es muy imaginable, pero así es la película.

De todas formas, su inicio vaticina grandes entradas por la ventana. En un colectivo lleno, ponerse a filmar a los pasajeros como a escondidas se transforma en el ejercicio de inventar qué estaría escuchando, pensando, cantando o soñando cada uno. En apariencia posiblemente berreta, en Bird People esto funciona como un chiste muy delicado. La película es una montaña rusa de delicadezas.

Bird People se ocupa también de ese subgénero trabajos en lugares de ocio como es el caso de un hotel al lado del aeropuerto de París (el de Gaulle), que implica mucho mirar por la ventana, recorrer pasillos como un fantasma y una serie de operaciones que fundan la belleza apacible que nos prepara para la posterior volada de cabeza. También, sienta las bases para un encuentro memorable. Voy a hacer lo que Ale por suerte hizo conmigo y no diré nada más

De Nathan Silver nos ocuparemos mañana, si es que llegamos esta noche con Uncertain Terms. Por ahora mis expectativas son Melrose PlaceLa malparidaMullholland Drive vs. Escrito en el viento. Y un poco de teatro de la crueldad. Entrar por la ventana puede ser dudoso a veces.

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