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El embudo, Eduardo Blanco y las cervezas

Captura de pantalla 2015-03-28 a las 2.54.24 p.m. Captura de pantalla 2015-03-28 a las 2.54.09 p.m.

Hay un par de planos en Papeles en el viento que funcionan de la siguiente manera: un paneo circular sobre la cancha de Independiente en el cual se la puede apreciar de manera más o menos documental que está por empezar un partido real que ha acontecido -no recuerdo contra qué equipo-; corte a nuestros protagonistas en la platea con sus correspondientes extras, a salvo de lo que podría ser una hinchada de verdad (sin contar las publicidades extras de Musimundo). El contraste es importante, empezando por los movimientos y la ropa de los pretendidos hinchas de relleno o la prolija planificación de la puesta en escena. Todo sigue como si nada: queriendo matizar las diferencias se las pone casi en primer plano; parecería que la pretensión es tapar la ficción, hacer de cuenta que no está, que no hay diferencias en la naturaleza de las imágenes.

Eso es acercarse al costumbrismo en el cine, pensar que esa imagen vale por sí sola, como algo real, porque remite a gente que existe. Que esa intención valida las imágenes, que corrige lo ficcional y lo pone al mismo nivel que algo con mayor nivel de documentalidad. El 5 de Talleres transita peligrosamente esos caminos porque va a la cancha de fútbol y filma hinchadas de la misma manera. El costumbrismo, entonces, funciona como un embudo, un tamiz que normaliza todo lo bueno, lo verdadero a lo que puede llegar la película: filma de la misma manera con la pareja protagónica. Porque existen evidencias insoslayables de que frente a cámara están pasando cosas de una potencia infinita y sin embargo cada plano es también la negación de ello. Tenemos que ver apaciguadas las chispas que produce la relación tan particular entre Lamothe y Zylberberg, que en personajes artificiales y desgastados hacen palpables, casi de manera táctil, cada mirada, cada cachetada, cada chiste; cuando se tocan o se miman se puede intuir la más clara ternura cruzada con lujuria y eso no es nada fácil de hacer. Pero todo está enmarcado de algo un poco rancio, levemente reaccionario, como esa costumbre de comerse las eses, de ponerlo a contar a Lamothe con los dedos. Porque que haya un trabajo con el lenguaje no significa que eso sea algo a priori para destacar como pretenden algunos (desde Mar del Plata del ’97 eso no constituye necesariamente un mérito). Los personajes saben hablar en la intimidad pero para un oído un poco entrenado en el fútbol todo lo que se dice en la cancha es medio soso, ingenuo, y no pretendo ponerme en policía de la verosimilitud, pero si vamos a jugar a hacernos los populares…

Y para completar esa manera de concebir a sus personajes no puede perderse de vista el componente Eduardo Blanco: si la manera más fácil y cristalizada de encontrar empatía es exponerse a dar un poco de lástima, de situarse en una posición en la cual el error o la miseria siempre tiene su componente amable como un último recurso para asegurarse de que todo ande más o menos bien, la cara de buenazo de Blanco en las películas de Campanella es el exponente ideal. El club, Talleres, le escapa a esa miserabilidad pero el técnico, barbita candado Caruso Lombardi, y el amigo, Matías Castelli, que tuvo roles similares en las películas de Ezequiel Acuña en un universo totalmente diferente, cuya función en el club no está muy clara, tienen ese halo de perdedores simpáticos que garantizan un salvoconducto para la risa tranquilizadora.

Casi todas las escenas se fundan sobre conceptos que le escapan al costumbrismo, como la epifanía de los salames allá en Tandil, porque tienen su parte arbitraria, medio sorpresiva, inexplicable. Más si contamos la música de esa misma escena (107 Faunos) o la aparición estelar de Rosario Bléfari, que contradicen lo que digo más arriba sobre jugar a ser populares -aunque Lamothe me hace volver a dudar: es el que actúa de provinciano para los directores porteños-. Así se conforma una película que tiene intenciones cruzadas, que trata de encontrar variantes para una representación acostumbrada para un mundo conocido (el costumbrismo en el fútbol) y por momentos encuentra una forma propia. Hay un descubrimiento, una intuición, algo recurrente, mérito de Biniez, que atraviesa toda la película: la pareja se la pasan tomando cerveza, llevan su vaso a todos lados, e incluso suelen tener un aire borrachín que sin embargo sólo es sugerido pero está allí, siempre en plano. Está latente la duda de cuál es su influencia en lo que dicen y hacen, como una amenaza de explosión, como también lo es la irascibilidad del Patón que está siempre a punto de cagarse a trompadas bajo la mirada cómplice con su padre y su amigo. Ambas cosas, cosas constitutivas de su vida, están ahí para cualquier ojo atento pero ellos, el cinco y su esposa, no se dan cuenta de su presencia.

Captura de pantalla 2015-03-28 a las 2.55.27 p.m. Captura de pantalla 2015-03-28 a las 2.56.12 p.m.

Lautaro Garcia Candela

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