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Ciclo Un impulso colectivo: #06 – Ilusión

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Ilusión (Daniel Castro, 2013)

Todas las películas de este ciclo aluden directa o indirectamente, por omisión o acción, a la crisis española que se inició en 2009. En una charla entre Daniel Castro y Luis López Carrasco, éste último dice que esta ya no es una crisis política o económica, sino que también social, de desconfianza hacia las instituciones o hasta a la propia democracia. Ese clima no sólo influye en los modos de producción y distribución que tienen estas películas (que serían igualmente marginales pero quizás con más ayudas estatales o privadas) sino que también infunde un ánimo revisionista (en mayor o menor medida esto tiene su germen a principio de los ochentas ) que corresponde a Carrasco en la genial El Futuro o a su colectivo Los Hijos pero también de manera mucho más lateral a Ilusión, en la que Daniel Castro, el protagonista, escribe un guión de un musical sobre los pactos de la Moncloa, sin mucho éxito: nadie quiere comprarlo. Nunca sabremos si eso es consecuencia de que la gente no quiere recordar ya esos tiempos conflictivos o que realmente ese musical -canciones también compuestas por el director- es pésimo. Por lo que se puede ver el abordaje que hace sobre los hechos históricos se parece bastante a un sketch de Capusotto.

La primera película de Daniel Castro se parece en su planteo inicial a dos producciones de Lena Dunham: Tiny Furniture (2010) y Girls (2012-2015), también gestadas en tiempos de crisis sólo que del otro lado del océano. En todas el desencadenante de la acción es la siguiente: a joven artista sus padres le cortan los víveres, lo que implica que se replanteen su relación con el mundo, o, al menos, con el trabajo. Más concretamente, tienen que ponerse a vender su tiempo. Ambos ya pasaron los veinte pero todavía no los treinta, y viven en la ciudad capital, el epicentro cultural del país. Hay una clara correspondencia con lo que es la persona empírica: ambos son directores, productores, guionistas y protagonistas aunque Daniel Castro da un paso más allá y su personaje se llama justamente Daniel Castro. También tiene más problemas en su recorrido quijotesco (están los planos de los monumentos al Quijote para recordarlo) considerando que tiene novia y un proyecto de hijo, cuyo fantasma sobrevuela toda la película. Por último, las referencias cinematográficas de Castro son un poco más burdas: Woody Allen y Michael Haneke tienen un rol asignado, una función dramática en la historia, como Walden, de Thoreau, mientras que Dunham se cuida de casi no tener referencias y cuando las tiene son orales, como cuando nuestra generación cuenta un capítulo de Los Simpsons, ya naturalizándolos en su vida, en su historia personal.

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Pero lo que realmente diferencia a Castro de Dunham es en donde se detienen con sus personajes. No me refiero necesariamente a las cosas que hagan hacerles a sus personajes, cosas más o menos humillantes, sino a la identificación. Si Daniel Castro -personaje- es medio pesado y sus auto-entrevistas en el espejos no hacen más que confirmarlo como un pesado (o peor, como un bobo), los momentos más íntimos de Hannah se corresponden a su desnudez, tanto física como emocional, en la cual no atina a hacer muchas cosas ya no tiene resto emocional para eso. En ese momento ella se gana nuestra compasión de la manera más noble posible, sin pedirla, como ajena a la presencia de la cámara, en su intimidad, mientras que Castro está pidiéndola constantemente ya que todos sus movimientos son de adentro para afuera, exteriorizando todo lo que le pasa, lo que me hace pensar lo siguiente: su vida interior no existe o, si existe, no pasa nada interesante allí. Y eso a priori no es un problema si no fuese por la manera de ponerlo en escena. Daniel Castro al empezar la película se presenta con una gorrita de Paramount Pictures como un “vendedor de ilusiones” en la productora a la que quiere venderle el guión. Se expone para que se rían de él y ese es en alguna medida un acto mezquino porque se detiene en el personaje para no mostrar lo que lo rodea, lo realmente problemático. La crítica se posa en algo externo e imposible de asumir: en la inutilidad y desidia del protagonista, en su ridícula idea del arte, en las pocas ganas de asumir riesgos de los productores, en la supuesta amnesia colectiva de los españoles, el materialismo de la novia que sólo lo acepta cuando tiene plata.

Hay algo muy noble en Sobre la marxa y es que a Garrell sólo se lo ve en su ambiente, esa selva en la cual él era el rey. Luego hubo tiempo para entender que no era tan así y que muchas cosas se le escapaban, su poder no era tal como se lo imaginaba. Si algo se podía intuir del fuera de campo de la vida de ese hombre, es decir su rutina, su trabajo, su conducta en la ciudad, la película lo desestima rápidamente sin darle importancia. En el bosque es donde él se define y donde se filma, donde elige su propia representación. Ese deseo es respetado y la inclusión de sus filmaciones, tanto como las del protagonista de Uranes –en otro registro-, implican un gran gesto por parte de los directores: esos marginales que no hubiese tenido la posibilidad ahora se les otorga la palabra, para hablar en sus propios términos. Y en ese sentido eso es lo que más importa, lo que produce el artista y no tanto su propia vida: el procedimiento de Castro es el contrario de manera casi simétrica: la mirada está puesta en las desventuras, las contradicciones y no en la propia obra o las canciones.

Sobre dispositivos más complejos surge la empatía sobre personajes a priori marginales, alejados de la vida social. No es algo fácil considerando los cambios de la imagen, la mediación, el collage: algo que caracterizó a todo el ciclo es tener en cuenta el formato que se usa: el 16 mm casi atemporal de El Futuro, el VHS de Sobre la marxa, la narración sobre las fotografías de Uranes, o incluso es imposible imaginar Edificio España en otro formato que no sea el digital por su modo de producción. En cambio si hacemos el ejercicio Ilusión puede pensarse como una producción industrial sin la industria, ya que recurre a su lenguaje y a sus tics pero no tiene sus virtudes técnicas, varios planos están quemados o mal iluminados. Llama la atención el descuido sobre la imagen de la película. No sería problema si eso fuese una manera de escaparle a alguna convención, como un error que hace un estilo, como sucede en la mayoría de estas películas. Pero en este caso es simplemente un descuido. Es una lástima que Castro, teniendo un poder mucho más grande, el poder de la transparencia, es decir, el medio más directo para ofrecer un mundo y unos personajes, escamotea esa empatía para que no se confunda: él es más inteligente que su alter ego ficcional.

vlcsnap-2015-03-15-18h52m02s953 vlcsnap-2015-03-15-18h53m15s358Lautaro Garcia Candela

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