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Ciclo Un impulso colectivo: #05 – Sobre la marxa

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Sobre la marxa (El inventor de la selva) (Jordi Morató, 2013)

Sobre la marxa es la película de un hombre que ama hacer formas. Por eso, cada vez que alguna de sus formas es destruida (por los otros o por él mismo) la vuelve a construir. Ese movimiento que va de un estado al otro se vuelve una repetición infinita en la película y en la vida de este constructor. La historia de Garrell es resumida por la voz que acompaña el plano aéreo inicial, antes de adentrarse en la vegetación: hay un bosque al que un niño iba siempre a jugar, pasaron los años y ese niño creció y construyó torres de treinta metros, cabañas, presas, laberintos. Un día lo quemó todo.

La placa al comienzo y la voz en off a lo largo del relato no tienen pruritos en explicar su metáfora más recurrente: el agua como principio creador y el fuego como fin destructor son parte del mismo ciclo, de allí que el placer del protagonista esté en el acto creativo, más cerca de la experiencia lúdica que en el objeto terminado de la experiencia artística, aunque la frontera sea efectivamente borrosa. Hace poco escribíamos a propósito de algunos casos de soledad y confrontación del hombre con la naturaleza en el cine, pero la particularidad del caso de Garrell es que su objetivo último no es escaparse de la vida social (trabajó como tornero toda su vida y ahora tiene más tiempo libre), sino dedicarse a la tarea crear formas en el bosque el máximo tiempo posible. Y cuando un elemento ajeno a su mundo creado viene a interrumpir esa acción, Garrell encuentra la manera de conjurarlo mediante otra forma creativa, como si incorporara al juego –sobre la marcha– eso que viene a destruirlo.

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Jordi Morató entiende esa rasgo de su protagonista cuando en el proceso de investigación del documental descubre que un niño admirador de Garrell lo había registrado en filmaciones caseras y con ese material ambos habían realizado sus propias versiones de Tarzán. Obviamente Morató decide incorporarlo a su película. Allí lo vemos a Tarzán/Garrell defendiendo el bosque de los intrusos, educando a sus hijos (un niño en la primera y un joven en la secuela) en las sabidurías de la selva, luchando contra los civilizados y las máquinas, rescatando a los animales o simplemente haciendo piruetas en árboles y lagos. En ese segundo grado de ficción aparecen duplicados los problemas reales que tiene Garrell: “drogatas” que le rompen sus cabañas, visitantes frustrados que agujerean los laberintos porque no pueden resolverlos, bandidos que matan a sus animales y, finalmente, los intrusos que prenden fuego sus torres. Garrel insulta, se enoja, pero enseguida está enfocado en un nuevo proyecto, ya sea para reforzar su formas dañadas y crear trampas como defensa o para destruir con sus propias manos lo que dañaron los otros e inventar nuevas formas. Incluso en un momento dejará de construir sobre la tierra y empezará a picar túneles en la piedra: va construir sus propia tumba, nuevamente más cerca del ritual que del arte. Pero ese proyecto también lo debe abandonar porque su tumba futura empieza a tener filtraciones de agua.

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Sucede que los antagonistas no son siempre vándalos con odios miserables, puede ser la propia naturaleza como en el caso de la tumba o mismo instituciones que lo exceden. El bosque donde se encuentran las construcciones de Garrell está ubicado al lado de una ruta que va creciendo con los años hasta que un día se convierte en autopista, le pasa por encima y le dan un plazo para destruirlo todo. Tarzán/Garrell pierde una nueva batalla e incendia sus construcciones, pero también encuentra belleza y placer incluso en las formas de la destrucción. Así cómo en otra ocasión se ve obligado a derribar con sus manos las torres que ha creado porque la policía decreta que son ilegales e inseguras para un hombre anciano.

Paradójicamente (o no), la institución más absurda en esta historia pareciera ser la del Arte. La película cuenta que una historiadora norteamericana ha dicho que el bosque de Garrell es una de las obras de art brut más importantes del mundo. Pero para Garrell el objeto artístico no está en su horizonte, lo que verdaderamente importa es no parar de jugar, empezar siempre de nuevo.

Igual, hay que decirlo, por suerte existe Sobre la marxa.

Iván Morales

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