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Ciclo Un impulso colectivo: #04 – Uranes

Uranes (Chema García Ibarra, 2013)

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Uranes es una de esas películas que parecen provenir de un gesto encontrado al azar. Una foto en la que hay a primera vista cuatro chicos y una adulta, con gente de fondo en la galería de algún hotel. Los chicos están elegantes con ropa muy early 90’s, uno de ellos es un chico que ya hemos visto en diferentes fotos: José Luis, el protagonista, un chico que a raíz de un problema en el cerebro quedó discapacitado mentalmente y cuyos padres desaparecieron en algún momento quedando él al cuidado de sus abuelos. En la parte más sobreexpuesta de la foto, el borde izquierdo, hay otro chico que se está yendo hacia lo que parece ser la playa. Lo que es posible inventar inmediatamente es que el chico se está yendo pero de la foto y que no llegó porque la sacaron antes de que terminara de salir de cuadro.

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Esta operación de inventarse la historia de una foto se apoya de manera casi imperceptible en la referencia a un pasado real, a un suceso de la vida de alguien. Simplemente se le da ese carácter. También podría no dárselo pero en fin, la cuestión es que es necesario para seguir viendo la película creer en que lo que tenemos frente a nuestros ojos es un documentos de alguna fiesta o algo similar de una familia a la que pertenece este tipo que es el protagonista de lo que estamos viendo. Quien nos presenta este documento (un narrador) primero y antes que nada se pone a describirlo sobre un cuadro negro, en los detalles que le parecen pertinentes, como alguien que te cuenta algo que ha encontrado, y luego aparece dicha foto. Uno mientras tanto está ahí, intentando inventar eso que eventualmente va a poder conocer como si los inventos que uno hace tuvieran algún tipo de efecto posible sobre la foto. Las descripciones del narrador son exactas y la inmediatamente posterior confirmación sobre la foto le da credibilidad.

Así se construye la vida de José Luís: este es José Luis de pequeño, un tipo lo describe, aparece la foto y ahí empieza a contar pedacitos de su vida. Cuando nació le encontraron esto en su cabeza, el médico les dijo a los padres que no se encariñen con el bebe que se podía morir rápido y que lo traten como a un muñeco que hace ruido, siguió creciendo, le gustaron los musicales, tuvo este hermano, sus padres desaparecieron, su abuelo fue preso, se fue con su abuela. Así parece ser la vida de este chico de las fotos.

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Después aparecen unos huevos naranjas extraterrestres en las varias casas y de ahí en adelante la operación cambia: vemos un plano bastante largo en el que José Luís sólo o con su abuelo, su abuela sola o con su primo, o su hermano ya mayorcito están haciendo cosas que no se entiende muy bien qué son, mucho menos para qué son. Durante un rato volvemos a la vieja costumbre de intentar inventar, pero esta vez sobre un plano. Más tarde viene la voz a decirnos: esto que José Luis esta intentando hacer hace media hora en el suelo es levitar. Es divertido, y también bastante expositivo de las ventajas con las que corre el montaje por sobre el material filmado: puede usarlo para construir casi cualquier cosa, y reírse de ídem. Se pierde este anclaje referencial para virar hacia lo completamente inventado. Usar este poder que tiene la construcción de historias con dos o tres elementos tan direccionados para reírse de casi todo e inventar una cantidad cada vez mayor de delirios extraordinarios, con personajes con los que uno vaya a saber por qué magia se encariña, es una de las empresas más nobles que existen.

Un problema es quizás el límite en el que la risa ya se transforma en algo cruel, totalmente ajeno al personaje. Pero esto es algo que en Uranes se sortea casi siempre con éxito, porque se hace con cariño. Quizás sea la sordidez de alguno de sus relatos –los asesinatos, la pederastia- la que hace que este sistema cobre complejidad, entre una fábula y su sátira, y se salga de este límite. El verdadero problema en Uranes es este control por momentos asfixiante de obligar a cada imagen a existir a través de una voz, que controla incluso el tiempo que uno tiene para pensar las cosas. Pero hay una secuencia que se escapa a esto y es la más hermosa: los hermanos se van de la casa del abuelo y comienza un pequeño videoclip en el que ambos van en auto hasta un llano y juegan con fuegos artificiales al atardecer, un momento de pausa y libertad de amor fraternal total, de juego y de ternura entre dos hombres ya bastante grandecitos que está envueltos en situaciones bastante complicadas, mientras suena una canción de la banda de punk troglotrónico valenciano Siesta! (Dos chicos, muchos aparatos, demasiadas pretensiones) que viene directo del espacio. Parece que el indie es indie acá y en Valencia (el hermano hasta se parece un poco a Santiago Motorizado). Después de eso la película vuelve un poco para atrás pero nada grave. Bendito sea el bello gesto y el kraut espacial.

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