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Ciclo Un impulso colectivo: #02 – El Futuro

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El Futuro (Luis López Carrasco, 2013)

¡Qué overdose!
-McNamara en Laberinto de Pasiones (Pedro Almodóvar, 1982)

En 1982, Alaska y Los Pegamoides lanzaban su sencillo “Bailando”. La canción, hoy entendida como un emblema del pasaje desde la oscuridad de los tiempos dictatoriales a la fervorosa luz de los años democráticos, permitió que toda una masa cultural española anteriormente marginada accediera a la masividad. Pioneros en más de un sentido, Alaska y los suyos fueron los encargados de pegar el primer grito de liberación, celebrando el inicio de los nuevos tiempos haciendo lo que nadie, hasta ese momento, se había animado a hacer: colgarse guitarras y comenzar a sacudir el polvo de la nación. El amateurismo de los primeros tiempos punks fue acomodándose a las necesidades que iban apareciendo. La transición hacia la democracia allanó el camino para que en 1982 esa juventud con ganas de hacer no fuera ya tildada de peligrosa y pasara a transformarse en el principal centro de atención de la cultura española. Pedro Almodóvar retrató, también en 1982, los hábitos y metodologías de acción de tal sector en una película/documento de vital poder subversivo llamada Laberinto de Pasiones. Allí, Madrid quedaba plasmada como un espacio donde el deseo transitaba libremente en diversas formas y manifestaciones y cuyos habitantes vivían una fiesta de transformaciones interminables. Tal era el espíritu de la Movida Madrileña: una ciudad en movimiento perpetúo a la que no le quedaba para nada chica la pequeña pero acertadísima definición de Alaska en su icónica canción: Bailando/Me paso el día bailando/Y los vecinos mientras tanto/No paran de molestar.

La dialéctica histórica requiere, sin embargo, que en ese mismo movimiento de constante ascendencia se comiencen a gestar los motivos de su inevitable descenso. La fiesta, en algún momento, debe terminar. Luis López Carrasco, director de El Futuro, busca las causas del critico presente de España en los ecos que aún resuenan de ese pasado que ofrecía mucho pero solo dejó una casa desordenada y unas cuantas cosas rotas. Tal es la primera imagen que ésta, su primer película por fuera del colectivo Los Hijos del que forma parte desde 2008, nos ofrece: la figura de un joven que deambula con algo de resaca por una casa de la que solo quedan los restos de una celebración. Sin embargo, antes oímos una voz. Dejando en claro de manera directa el marco espacio-temporal de su película, López Carrasco nos deja oír algunos extractos del discurso de asunción de Felipe González, representante del Partido Socialista Obrero Español, elegido presidente en las votaciones de 1982. Lo que veremos a continuación de aquellas palabras son también, a su manera, extractos, pero no ya de voces, sino de una de esas fiestas de esperanzas que comenzaron con la llegada al poder del PSOE y que se vieron, abruptamente interrumpidas, con la imperiosa oscuridad que toda crisis provee. La música, de repente, se cortó.

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En perfecta coherencia con el fin del encanto que López Carrasco quiere retratar, el sistema que plantea para su película es uno de tintes fantasmagóricos, que se ve de la misma manera en la que se oye un eco en la lejanía. Filmada como una especie de home-movie que retrata diversos momentos de una fiesta del pasado, la película se presenta ante nuestra mirada como si de una proyección de found-footage se tratara. El contexto en el que nos ubica el comienzo de la película es lo que nos hace pensar que la celebración que vemos esta relacionada con la llegada del socialismo al poder, pero en realidad no hay ningún rastro en esa fiesta que nos permita pensar tal cosa: aquí solo vemos a los participantes bailar, tener algunas conversaciones y realizar las actividades que cualquier tipo de reunión festiva permite. Si esta decisión de no insertar el discurso dentro de los hábitos celebratorios de las personas funciona es porque la misma lógica del found-footage se lo permite: la resignificación del material es la base de aquel procedimiento y el hecho de ubicarlo en un fecha tan particular dentro de la historia española es lo que la convierte en un objeto poderosamente político.

Aprovechando por completo las posibilidades de textura y sonido que permite la filmación en 16mm, López Carrasco juega con el uso de tal material de la misma manera en la que Andy Warhol o Jonas Mekas solían hacerlo. No hay tanto una consideración estética caprichosa con el uso de aquel formato, sino más bien una necesidad de demostrar la capacidad del registro minucioso que permiten. Solo con una cámara pequeña, para nada intrusiva, puede ser posible capturar aquello que se escapa de lo evidente, sobre todo en situaciones como ésta, donde el descontrol y la constante actividad azarosa, no permiten demasiado planeamiento. La búsqueda, entonces, se transforma en otra de las claves de la película. A la manera de un explorador en busca de aquel momento que permita entender el presente, El Futuro se detiene en las huellas de las imperfecciones propias del formato (que, de alguna manera, son también las del paso del tiempo), a las que nos enfrentamos de manera completamente bruta. Al ralentizarse, quemarse o quedarse sin sonido, el material parece estar hablándonos, de la misma manera en la que nos hablan aquellas canciones que escuchamos constantemente en primer plano, haciendo imposible entender de qué es lo que hablan los participantes de esta fiesta. La música, un seleccionado brillantes de canciones pertenecientes al lado más desconocido de la Movida, dice todo lo que los demás callan. Así, cuando el material vaya desapareciendo, junto con los propios celebrantes, lo único que nos quedara serán unas postales de lo que se intuye como una España violentamente actual, en la que de todos los edificios cuelgan carteles que rezan “se vende” y las apocalípticas palabras de Aviador Dro cuya canción “Nuclear Si” reemplaza el esperanzador discurso de Felipe Gonzalez que oímos al comienzo.

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¿Qué será hoy de esos jóvenes que celebraban abrazando los nuevos tiempos? Sus caras, sus gestos, no hacían más que decirnos que todo iba a estar bien. Sobredosis de esperanza y de sed por alcanzar todas las metas propuestas. Como las impostadas sonrisas de sus padres en esas fotos que aparecen hacia la mitad de la película, postales claras de la falsedad del Franquismo, este fascinante objeto de López Carrasco cumple su objetivo de dejarnos con mil sospechas y una sola afirmación que desnuda la naturaleza de simulacro de todo documento: el futuro ha llegado, si, pero en forma de abominable distopía.

Lucas Granero

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