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Ciclo Un impulso colectivo: #03 – Árboles

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Los primeros planos de Árboles muestran una pareja sonriendo, casi cómplice -con la cámara y entre ellos- en blanco y negro, de manera casi frontal. Luego del título, fondo blanco y letras negras, podemos ver los primeros colores, pertenecientes al plano de un bosque bastante frondoso y virgen al menos lo suficiente para que sea pasible de ser escenario de aventuras -es decir, el bosque como algo a conquistar-. Los árboles, entonces, parecerían proveernos el marco de la película.  Incluso podemos imaginarnos el barco de Fitzcarraldo pasando por allí. Pero los próximos planos desmienten tal afirmación: entramos en una casa bastante precaria en la que niños juegan y mujeres cocinan. El acercamiento con estas personas se parece al que se ya se hizo con la pareja, los niños miran de reojo hacia donde estamos nosotros y ríen, las mujeres, un tanto más discretas, prefieren darle la espalda. En el transcurrir de los planos podemos distinguir un trayecto y personajes (o, siendo más precisos, personas con mayor protagonismo), dos chicas que se dirigen por una ruta que se hace cada vez más selvática. Hasta que, luego de unos intertítulos que anuncian la historia de un monje, empiezan a escucharse las primeras palabras inteligibles.

Una voz nos cuenta la historia de un monje español que se interna en el bosque de Guinea Ecuatorial y trata de establecer contacto con los nativos. Pero ellos no tenían las mismas intenciones, así que cuando el monje dormía con ellos, que parecían aceptarlo de buena gana, se mudaban con toda su ciudad hacia otro lado, hasta que el monje los volviese a encontrar y así sucesivamente. El punto de vista del relato es el de los que se escapan, el idioma en el que se cuenta, también. Cuando termina, hay un separador en negro y luego se suceden planos de ese mismo bosque aludido oralmente: la toma de imágenes en cambio es más distante porque no es de los nativos sino de alguien que está en una situación más parecida a la del monje. Se pone en escena el desconcierto, la falta de referencias, en fin, una manera de estar en ese ambiente. No se pretende apropiarse del relato de los nativos ni tomar su punto de vista, hay cierta distancia, respetuosa, incluso en la falta casi total de primeros planos, siempre mediada la situación por esta chica que guía el trayecto y que hace casi de intérprete. Esto se hace más notables minutos después, cuando leemos las prerrogativas y las justificaciones del trato de los conquistadores a los indígenas africanos. Diferencia capital: las leemos, como si no pudiesen estar al mismo nivel que los relatos orales porque, de hecho, pertenecen a mundos diferentes. Y sin embargo éstos últimos tienen un nivel de riqueza superior, una materialidad que la palabra escrita no tiene. Si bien pareciera que estoy diciendo algo obvio, al escuchar ese curioso dialecto de Guinea no lo es tanto: hay algunas palabras que se distinguen en español, resabios de la conquista, hay repeticiones, entonaciones extrañas, se siente algo casi musical que no se agota con los acontecimientos que se cuentan.

Una ciudad (con su respectiva cárcel) cuyo origen se cuenta en los dos siguientes fragmentos de la película. Los relatos tiene su reverso con las imágenes tanto de las ruinas de la cárcel como de la gente que se mantiene en plano, un poco curiosa frente a la presencia de la cámara. Allí hay movimiento, hay color, hay gente moviéndose: algo contrario a lo que pasa cuando en el segmento siguiente llegamos a la ciudad en sólo podemos ver cómo se escapa la gente. La diferencia es ineludible pero acentuada burdamente (quizás) con el blanco y negro, pero es verdad que los encuadres que se consigo en la ciudad serían imposibles de encontrar en esa selva: geométricos, fríos, incluso inhabitables.

Un momento especialmente bello es cuando la protagonista, una morena de pelo corto se baña en la costa entre segmento y segmento. Eso, justamente, es lo que evita que ésta sea una película-paper (concepto acuñado por Quintín hablando de este mismo film): el estremecimiento de una voz que cuenta las barbaridades que hacían los españoles, la textura de la piel de los retratados, el color de los vestidos, los extraños motivos que tiene la ropa de los habitantes de esa ciudad. Es decir, lo material que se hace presente excediendo a cualquier relato que se pueda hacer sobre él.

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Lautaro Garcia Candela 

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