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Comentario sobre Wild (Alma Salvaje)

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“Al mediodía, la sombra se ovilló alrededor de mis piernas y eso me dio mucho miedo.”

– Werner Herzog

Curiosamente el estreno de Wild (Jean-Marc Vallée, 2014) coincide con la edición nacional del libro de Werner Herzog Del caminar sobre hielo, un diario de viaje donde el alemán registra su caminata de Munich a París en una misión mítica cuya concreción garantizaría la sobrevida de su amiga y mentora Lotte Eisner, gravemente enferma en su casa de París. Herzog lo logra, Eisner vivirá nueve años más. Pero antes de que eso suceda el diario registra las reflexiones de un caminante que pareciera olvidar su propósito último (su futuro) y se deja sorprender por la experiencia de estar solo en confrontación con la naturaleza. El caminante de travesía está dominado por un presente continuo que se lo recuerdan los dolores físicos, y un pasado que es más bien una cosa difusa acechando desde algún lugar que parece siempre remoto y que despierta por alguna relación libre que sugieren los elementos encontrados en el presente del camino.

La protagonista de Wild parecería compartir estos rasgos con el viaje de Herzog, incluso en dimensiones geográficamente más exageradas: el mes que le llevó a Herzog recorrer 700 kilómetros y los tres meses de Cheryl (Reese Witherspoon) para caminar los 4.000 kilómetros que unen el Pacific Crest Trail, la ruta montañosa desde la frontera con México hasta la frontera con Canadá. Sin embargo, en la película de Vallé, como también suponemos que sucede en el libro original (otra “historia basada en hechos reales”), Cheryl nunca está verdaderamente sola. El relato está estructurado sobre la repetición de flashbacks, remarcando que cada paso del personaje es una vía purificadora de sus vidas pasadas. Así conocemos la historia de su padre borracho, de Bobbi (Laura Dern) la madre de Cheryl y la crisis de la protagonista luego de la muerte de su madre por un cáncer. Esto la llevará a entrar en un circulo de heroína y sexo que termina con la separación de su marido. Sin embargo, en el final el viaje se va a revelar, al menos en la voz reflexiva y siempre presente de Cheryl, no tanto como una gran redención por todos los tipos con los que se acostó sino como una asunción de su deseo. Si el conflicto es con el pasado y la película retorna hacia esos acontecimientos con insistencia, la naturaleza y la ruta en Wild no tienen nada de salvaje, peligroso o misterioso (salvo algún zorro perdido que parece querer indicar algo). Es decir, el fuera de campo del caminante en soledad está reducido al mínimo ya que usualmente va a encontrar imagen y resolución en algún hecho de lo vivido. Por eso, los conflictos con los que se cruza Cheryl los sortea sin demasiado esfuerzo: una serpiente en el camino solo tiene que ser rodeada, un zapato perdido se reemplaza por una sandalia, un hombre amenazante no genera problema, la falta de agua potable se resuelve con un purificador.

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Si bien esto la aleja de películas como las de Herzog donde el desafío romántico con la naturaleza (osos, grandes extensiones de hielo, selvas, montañas) lleva a que sus personajes sean extravagantes y siempre coqueteen con la locura, afortunadamente también la aleja un poco de su película hermana Into the Wild (Sean Penn, 2007) donde cada encuentro en la ruta es una gran aventura y una enseñanza sobre los males de la sociedad de consumo. Ambas coinciden en su punto partida, cierta idea de viaje transformador a causa de un pasado que está pervertido, pero en el caso de Wild hay muy poco interés en denunciar cualquier tipo de perversión social de la vida contemporánea ni en aconsejar a modo de manual de auto-ayuda, para centrarse en la experiencia subjetiva de la protagonista y en un conflicto que está en otro tiempo. En última instancia, Cheryl tiene bastante claro que no persigue un vagabundeo permanente, sabe que algún día va a volver porque el camino ya está trazado y no tiene demasiado espacio para salirse de la línea recta, como le intenta explicar al periodista que insiste en llamarla vagabunda en la que quizás sea la mejor escena de la película.

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Hay toda una tradición en la cultura norteamericana (diferente a la expedición teutona) sobre el acto de salir a la ruta, de aislarse de la vida en sociedad a causa de una frustración por no poder convivir ni encontrar una forma colectiva superadora. Lejos de esta pequeña moda sobre películas de personajes más o menos infelices que desafían a la naturaleza pareciera haber una respuesta más interesante y radical en el cine de James Benning. Allí están las rutas vacías de Small Roads (2011) como el escenario de muchas road movies posibles y la cabaña de Henry David Thoreau y Ted Kaczynski en Stemple Pass (2012) como experiencia de una soledad última a la que el cine no puede más que mirarla de lejos. En ambas, aunque extremas en su forma, el fuera de campo sigue siendo un elemento fundamental para hablar de lo desconocido.

 Iván Morales

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