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ROAD TO OSCARS 08 – Amar a Chris Kyle

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American Sniper (Clint Eastwood, 2014)

American Sniper cuenta la historia de un Chris Kyle, el francotirador más letal de la historia militar de Estados Unidos. La película comienza con una avanzada sobre una zona urbana en, suponemos, Irak. Sobre un techo se encuentra un francotirador, interpretado por Bradley Cooper. Es Chris Kyle. Los marines avanzan puerta a puerta mientras el revisa la zona. En eso ve a una mujer y a un niño salir de la casa y al poco tiempo ve que tienen una granada gigante. Duda unos segundos y se oye un disparo. Comienza un flashback: Chris Kyle niño está de caza por primera vez con su padre.

Los primeros tres minutos de película corresponden a una avanzada sobre un terreno ocupado. Podemos suponer que es Irak en un pasado no lejano. También podemos suponer que Kyle es un soldado experimentado, porque ocupa una posición específica que requiere de mucho entrenamiento y precisión. En esos primeros minutos de película tan concretos hay poca información y mucha acción, está todo dado para suponer, para adelantarse a lo que viene. De dónde viene Kyle, qué piensa, por qué está ahí, qué es lo que va a hacer. Es un completo desconocido de quien podemos suponer que es una máquina de matar.

Ahí comienza un flashback enorme. Momentos de la vida de Kyle: su familia con el padre estricto, su crianza católico-conservadora, su carrera como vaquero de rodeo, alguna mujer que lo cuerneaba, su marcado acento texano, las primeras anuncianciones (los bombardeos a las embajadas de EEUU en Kenya y Tanzania en 1998), el entrenamiento de un SEAL (fuerzas especiales de mar, tierra y aire), su futura esposa, su primer tour. Vemos un poco de lo que él es, algunas formas en las que piensa y sus prioridades. Kyle es un texano hiperpatriótico que pertenece a una casta de soldados bien rudos cuyos pilares son Dios, patria y familia.

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El flashback nos lleva de nuevo al techo, el rifle con la mujer y el niño. Ese sistema de referencias que era Kyle ya se transformó en una persona, con afectos, con valores, con formas de hablar y actuar, con la que se han pasado buenos momentos. Esa es su primera misión, es su primer objetivo vivo, la carga de la escena ha cambiado. Sin embargo Kyle está ahí apuntándole a una mujer y un niño, en terreno ocupado, y los mata. La carga es más bien una duplicación de complejidad. Se pone en marcha la diferencia entre historia  y relato en el cine: la historia es el orden cronológico de lo que sucede, el relato lo que le da un orden a esta información para poner en funcionamiento el pensamiento. En el mejor de los casos.

Kyle mata lo que el considera el enemigo, cuya construcción es lo que hemos visto en pequeñas dosis –los ataques a la embajada, las torres gemelas, el tipo que cuando llegan a Irak les dice que la zona ha sido evacuada y que cualquier hombre de esas militar que vea está ahí para matarlo- y veremos en grandes dosis a continuación. Kyle llama a su enemigo el mal (evil), una masa de salvajes que tienen tanta sangre fría que pueden taladrar mujeres y niños. Que son rústicos en su tecnología pero habilidosos. Son crueles y son todos Al-qaeda.

Cuando esta segunda parte se pone en acción –ver con quién Kyle cree que lucha, y cómo cree que está luchando- comienzan las fisuras. Porque si bien oímos a los personajes repetir un discurso cada vez más esquemático –son salvajes, ¿querés que vayan a Nueva York o San Diego?, son el mal- en las escenas se ven cuestiones más concretas. Kyle llega a un campamento sobre terreno ocupado, esto es claro. Tanques y soldados avanzan rompiendo todo a su paso. Sabemos que han evacuado la zona, y por eso van puerta a puerta revisando, gritándole barbaridades y apuntándole con armas a todo el que encuentran instalado todavía en su casa. La película muestra una serie de procedimientos que son usuales en esta guerra y son detestables. Donde Kyle ve una carnicería con soldados americanos descuartizados y colgados hay también violaciones a los derechos básicos de cualquier persona: usan a un iraquí como carnada, escapan impunemente a las consecuencias inmediatas –la protesta por el asesinato de este hombre-. Cuando esto pasa nuestra mirada se despega de Kyle, se desdobla, se ven las cosas- Porque una película puede ser distinta de lo que plantean los ojos de sus personajes sin por eso negarlos.

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En el medio aparece otra grieta. Kyle comienza a tener un enemigo: un francotirador iraquí, medallista olímpico, un hombre talentoso casi invencible. Lo que era una cruzada colectiva se particulariza. Kyle comienza a cegarse, su discurso esquemático va dejando de surtir efecto en el resto porque está perdiéndose en su propia cruzada. Pierde también sus pilares: pospone la familia, pospone a Dios y al final pospone también a la Patria. Este otro hombre, tan habilidoso como él mismo –y el es la leyenda– es su único objetivo. Este otro hombre cuya vida llegamos a pispear -su casa, su mujer e hijo, su pasado en esa foto en el podio olímpico- y ya es casi toda pasado, más aun que la de Kyle porque en su vida presente sus pilares están bien cerca de donde caen las bombas. El enemigo es complejo porque también se lo ha comenzado a entender, y la guerra se presenta como algo que está mal, que destruye todo lo que toca pero también que está sucediendo, y que también es la forma en que se la mira y sobre todo, se la relata.

Lo que vimos es un proceso. El fallido proceso de construir una máquina de matar. Fallido con suerte y con consciencia: no se puede construir esto porque lo que hay ahí es siempre un humano. Y es esta forma de proceso la que da la sensación de haber entendido que algo sucedió, algo inesperado. Tener sensaciones diferentes a las que esperaba tener al verla, por ejemplo. Haber visto dar vida a otra cosa, y sacudir cosas que se daban por sentado, ante la perspectiva que da ver cuan mezquino es eso de dar por sentado. Entonces uno vuelve a creer que el cine es eso que puede ayudar a entender cualquier cosa, porque crea un mundo cuyas reglas son accesibles, pueden verse transcurrir y sobre todo valorar su existencia como algo que está a la par de la propia. Y que si bien entender no es compartir, y mucho menos perdonar, si es necesario es esfuerzo de ver al otro, de no forzarle ser siempre el reflejo de uno mismo, o de la propia voluntad de que sea un exacto contrario. Esto es una película consciente. No hacen falta miradas a cámara, ni puestas en abismo, ni exposiciones de medios de producción, fotogramas quemados. Por suerte no existe tal fórmula. Lo que si existe son las varias capas de sentido, que involucran siempre a quien ve.

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