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ROAD TO OSCARS 06 – El amigo de Max

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El gran hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

El gran hotel Budapest es la extraterrestre de la competencia. No cubre ninguno de los lugares de los Oscars. Tiene su relación con la Historia, pero no con la de su país. Ni alegóricamente. No es una biopic, no guarda ninguna relación con alguna estética de su país, mito, leyenda, personaje, nada. Lo único que se me ocurre es que Anderson es otro texano, o que ya era tiempo de pasarlo de categoría. De artesano a artista.

Tengo una pequeña obsesión. Son esos cuentos o novelas que tienen en algún lado un flashback enorme, completamente desequilibrado que no es tanto una excusa para dar explicaciones como una necesidad de hacer convivir dos tiempos: uno pasado, que no pudo ser, y uno presente que transcurre melancólicamente. Lo que desencadenó esta pequeña obsesión fue el cuento Los muertos de Joyce. Ese cuento, que me retrotrajo directamente hacia Hiroshima mon amour (Resnais, 1959) siempre me aparece unido a cierto fantasma del nazismo, con el que no tiene nada que ver.

Este verano me crucé con Novela de ajedrez, una novela corta de Stefan Zweig de 1942. El narrador, un hombre que se sube a un barco rumbo a Buenos Aires se entera de que viaja con el un campeón mundial de ajedrez, Mirko. El campeón es una rareza: un huérfano eslavo bruto y mezquino incapaz casi por completo de leer y escribir, incluso de abstraer cualquier cosa. El viajero quiere jugarle una partida a toda costa, y lo logra pagando. En medio del juego se acerca un hombre elegante, sensible y misterioso –el doctor B.- que lo hace ganar la partida. Tras la partida, el viajero interroga al doctor y descubre que jamás ha jugado de manera competitiva. Es más, hacía décadas que no te trenzaba en una partida. Con el advenimiento de una nueva partida el hombre comienza una confidencia, que hace que la novela cambie de narrador por completo hacia el Dr. B. Cuenta que en los inicios del nazismo fue capturado y torturado, con objeto de sustraerle una información, con una técnica de la Gestapo que consistía en dejarlo encerrado en un cuarto durante meses, sin más contacto humano que un interrogatorio poco frecuente y sin lápices, ni libros, ni nada que no fueran un lugar para dormir y ocasional comida. Lo único que le quedaba: abstraer. En un momento logra robar un libro y resulta ser un libro de partidas famosas de ajedrez, que representa y memoriza hasta perder la cabeza.

Este hombre, un judío letrado de Austria, había perdido todo en la vida a manos de unos salvajes. Ahora, rumbo al exilio, se enfrenta con una versión pura de la brutalidad. El nazismo, en sus inicios, aparece como una masa negra que no sólo avanza con su ola de violencia y genocidio sino que se impone como primera aniquiladora de la cultura. Lo que aluna vez fue Austria, encarnado todo su pensamiento en Viena, sería destruido. El nazi destruye todo aquello que alguna vez tuvo un rasgo de belleza y se impregna en todas las capas de la sociedad.

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Otro personaje que ha recuperado a Zweig es Max Opüls. Defensor a ultranza d la delicadeza, de personajes que se manejan con la belleza y la elegancia como máximos valores y tienen la costumbre de jamás remarcar sus gestos. Él tiene su versión de flashback descomunal en Carta de una mujer desconocida (1948), una mujer que existe sólo en esas páginas que narran su breve paso por la tierra, como testimonio de algo que ya no existe.

Anderson, sobre todo con su película basada en las obras de Zweig, parece un heredero de Opüls. Se mueve en el terreno de una nostalgia que sus personajes construyen para si mismos. No guarda tanta relación con el pasado histórico, pero si con un estado de las costumbres que ha ido decayendo, porque son los únicos que lo mantienen, y no es algo que exista sin su puesta en marcha colectiva. Excéntricos. Todos se mueven en y por la belleza, la delicadeza, la observación de pequeños focos de misterio casi invisibles que se encuentran siempre al borde del peligro, por lo general de la incomprensión o el olvido de algunos.

M. Gustav es uno de estos personajes. Vive por la idea de elegancia que el hotel que maneja representa, la nostalgia de un tiempo que le es en realidad ajeno porque fue extinto antes de que el naciera. Tiene en su trabajo una pequeña reserva de esto y planea mantenerla a su gusto. Pero una ola de oscuridad comienza a avanzar sobre su mundo, primero en forma de eventos privados (la muerte de una cliente) que luego traspasan al ámbito público (el nazismo). Esta oscuridad no comparte sus valores, ni los de nadie, y no tiene reparo. Es impresionante presenciar ese choque en el cual de repente no hay límites. Aunque queden algunos pequeños focos de atención. No sólo se destruyen espacios y personas sino el arte y la cultura, que se transforman en rehenes.

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El presente de El gran hotel Budapest es uno en el que ya todo eso ha pasado. La tormenta pero también el esplendor. El pasado es doble: el de los eventos que se narran, que es concreto, y el de ese pasado idílico, indefinido pero bastante austrohúngaroso, de un mundo antes de las catástrofes.

Anderson hace de ellos su propio objeto, formado con belleza y elegancia, lleno de detalles discretamente espectaculares y amor por las historias, y por las historias que se doblan en historias. Como el tren de Carta de una mujer desconocida, un aparato que funciona como máquina del tiempo, como nave hacia mundos donde viven otros, de otras formas, siempre con belleza incomparable, llena de encantamientos frágiles que tienen la facultad de ser mágicamente resguardados.

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2 Comments

  1. Me parece genial que puedas hacer una comparación de Anderson con Ophüls. Desde hace rato pienso que el cine de Wes se mueve por esas zonas de cierta opulencia aristocrática, con sus relaciones sociales y aquellas, mas importantes aún, que mantienen con los objetos de su tiempo de los que se rodean que lo relacionan mucho con peliculas como “Madame O…”. Creo que desde “The Royal Tenenbaums” en adelante sus configuraciones espaciales se han ido recluyendo lejos del mundo real (el mundo submarino en “The Life Aquatic”, el tren hacia la espiritualidad perdida en “The Darjeeling Limited”, la utopía melancólica imposible de “Moonrise Kingdom”), pero es aquí donde la vuelta al pasado desde el presente permite observar que su mirada retro implica una fuerte idea de mundo y no simplemente, como le adjudican sus opositores, una nostalgía vacua que se maravilla con los gestos pop del pasado. Pero hay algo mas que me asombra de “The Grand Budapest…” y que sin duda permite agregar un nombre que cada vez se vuelve mas clave para entender el cine de Anderson: ¿no es M. Gustav, con su refinamiento burgués disfrazado de espíritu aventurero, un personaje cercano a los del gran crítico de la high society, aquel que se atrevió a poner ladrones en las alcobas de los grandes matrimonios, Ernest Lubitsch?

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    • No lo había pensado, ¡Es un Lubitsch! sabés que venía pensando, picaresca picaresca, que tiene Ophüls en La ronda pero es otra picaresca un poco más desligada del presente histórico. Ahora lo traes a Lubitsch, picaresca y hitler, sin tapujos.

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